Primera carta del camillero de la morgue
a Caroline Lamassone

Leo Castillo
leosemata@yahoo.es

De repente mis cuerpos cavernosos estallaban casi. Me puse tan sólido como un bolillo de guayacán. Unas literalmente yemas en llamas, de tal manera febriles y temblorosas que sostendrían el adjetivo febricitantes, me sacaron del pantaloncillo. Operación que hallé fugazmente hiriente debido a los dientes de la cremallera. Mi ojo único —yo, el cíclope— avistó la vulva cuyo acceso simulaba apenas la brillante y suave pelusa color fuego de la catira, hendida por la línea de sombra de la tanga negra.

Me sentí avanzar, endurecer aún más y los ávidos dedos separaron los labios mayores para franquearme el acceso. Mi ojo se hallaba dilatadísimo, así que experimenté la bizarra convicción de que alumbraba. Entonces di de cabeza en la redecilla del himen que me impedía penetrarte, querida señorita Lamassone. Faltaba lubricación pero bastó cierta presión y la estrechez hizo exultante, vigorosa, mi vitalidad, favorecida por el intenso roce sin innecesarios lubricantes. Accedí la vagina más apretada de que tengo memoria. Alcancé el lugar más profundo (Santa Sanctórum) más enhiesto que nunca, celebrando la magnífica fricción. Cada embate hasta el fondo desarrollaba más mis venas, más y más hasta coronar en el paroxismo sacudido y convulso. Justo entonces sentí el vigoroso chorro de esperma hirviente quemándome en su fiera precipitación la uretra. Eyaculé como un caballo, un Amazonas, Lamassone, de lava en avalancha…

Luego fui suavemente retirado, frotado por los febriles dedos que me exprimían restos de semen, agüita, jabón, la áspera tela del pañuelo, insufrible en mis extremas condiciones de sensibilidad.

Bien. Volví al interior, fui cayendo en un letargo, tal pasividad en que alcancé apenas a escuchar remotamente (¿lo soñé?) el diálogo antes de dormirme profundamente:

“—¡Camillero!

“—Diga, doctor.

“—Lleve el cadáver de esta niña a la sala 8 para autopsia.

“—Ya mismo, doctor.

“—Oiga, camillero, por allí se comentan cosas poco divertidas sobre usted, medio en broma, imagino.

“—¿Qué se dice, doctor?

“—Perdone pero le llaman el Contemplativo de la Muerte, y hasta Culeamuertas. ¿Cuántos años tiene usted, camillero?

“—Cumpliré 18 el jueves.

“—Vaya, un culicagado… ¿No le da usted miedo el turno nocturno de la morgue?

“—No, doctor, amo más que nada el silencio acompañado de mi profesión.

“—Verdaderamente se expresa usted como un cabal necrófilo. No me diga que son ciertos los comentarios de los compañeros.

“—Ciertamente, doctor, hay cadáveres tan bellos…

“—Como este, ¿no? Debe tener acaso 15 años esta niña, los senos aún no terminan de crecer. Todo parece indicar que se envenenó con Baygón por otro sardino que le mezquinó el amor. Murió pues despechada. Una verdadera lástima.

“—Así es, doctor, ¡quién quita que en la muerte encuentre amor!

“—¿Cómo dijo, camillero?

“—Nada, doctor, que asearé el cadáver y ya se lo llevo a la sala para autopsia.

“—Dese  prisa, camillero. Ya casi amanece.”

Querida Carolina, este es el relato que de la por siempre inmortal primera noche nuestra, te narra mi pene.

Te amo.
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©  Leo Castillo

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 23
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2005

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN VI - NÚMERO 23