CAYETANO

Diomenia Carvajal
diomenia@tele2.fr



















Ilustración
Pilar Ribas Maura
pilar@ribasmaura.com

Ocurrió en el tiempo aquel cuando la Pampa pertenecía al salitre. La tierra era salitre. El cielo era salitre. El agua misma era salitre.

Había los hombres que lo arrancaban a las entrañas de la tierra, con sus mujeres tristes y simples, y sus niños que nacían en la arena de las dunas. Su destino era una eterna vuelta a los instantes vividos; se nacía en las dunas y cuando se moría, se volvía naturalmente a ellas.

Y allí fue donde Sofía halló  su amuleto.

La vidente de granos de arena le había dicho: "Tienes que tener una presencia humana para que te defienda de los peligros del desierto". Y Sofía recorrió los arenales buscando a la "presencia".

Allí la vio, brillando al sol que la había emblanquecido con sus rayos. Alguien había enterrado a alguien y ahora (¿cuántos años después?) brotaba a la luz del día, cual una flor que necesita claridad para revivir.

Era una falange larga y fina, un hueso derecho y sin grietas. ¿Una falange de artista o de peón?, poco importaba. Sofía se fabricó un talismán que guardó cuidadosamente en el hueco de su escote.

Como aquello era una presencia "humana", tenía que ponerle un nombre y Sofía la llamó Cayetano.

Cayetano recorrió así las provincias del norte.

Cuando el salar ofrecía trabajo, un pueblo de carpas surgía al borde del mar. Cuando el salitre solicitaba a los hombres, estos se adentraban en el desierto, llevando consigo a las mujeres, a los niños, a las bestias con las herramientas necesarias para extraer el agua: llevando al burro insípido y flaco que cargaba los trastos y la manta gris y usada que serviría para enterrar a un muerto o acostar a un recién nacido.

Y Cayetano, escondido en el escote de Sofía, se alimentaba con su sudor y con los latidos de su sangre.

Sucedió al borde del mar, en un rincón de las dunas.  Una mañana el campamento había surgido, blanco y brillante, desafiando al sol y al desecho de arena.

Sofía deshizo su escote y buscó a Cayetano; y como podía esperarse, no lo encontró. Espantada llamó: "Cayetano, ¿dónde estás?" Pero sólo el silencio respondió.

Entonces visitó las casas de toldos, interrogando a las mujeres de ojos cansados que amamantaban a sus guaguas, o que con paciencia infinita pelaban mazorcas de maíz, o lavaban sus ropas en baldes usados con fondos inextinguibles, y a otras que cantaban el exilio de las olas y el aletear de los pájaros. Pero  ¡nada! Silencio completo. Eterno silencio de las dunas. Silencio infinito de un cielo de tinta. Silencio crepuscular de los muertos.

Sofía volvió a su carpa, silenciosa y abatida. Allí se envolvió en una manta tisada por las manos pacientes de una abuela y se sumergió en la reflexión exploradora de los mineros.

¿Adónde podría estar Cayetano? ¿Estaría acaso en el pozo profundo al borde de la mina de salitre, allá donde el agua yacía tan enterrada, tan alejada de las suelas humanas que había que tenderse de bruces para lanzar el balde? ¿O a lo mejor estaba en el fondo de aquella gruta tan lejana, ahí donde un búho desgranaba cada noche su larga queja que imitaba el ruido de piedrecitas que se entrechocan?

Y Sofía, mientras más pensaba, más sentía que Cayetano se le había escapado por ese largo camino que cruza la Pampa, pero ¿hacia dónde se había ido?

La noche derramó su tintero sobre la arena y el campamento se aletargó con el sueño de las dunas.

Tres días y tres noches transcurrieron y Sofía, envuelta en su manta, seguía reflexionando. La mujer de senos tristes le llevó una taza de caldo y le dijo: "No pienses más". Otra le dio a probar su mazorca de maíz asada que crujía bajo el mordisco, diciéndole: "¿De qué sirve pensar tanto?" Una anciana de cara apergaminada por el viento y el calor, de sonrisa desdentada y voz profunda como las grutas, le dijo: "Se volvió al lugar adonde lo encontraste, y no volverá nunca más". Y Sofía terminó durmiéndose envuelta en su vieja manta.

De repente un llamado rompe el silencio de la noche.

—¡Sofía, estoy aquí, ven!

Ella se despierta, con el oído atento.

—¿Dónde estás? —grita— y la voz responde:

—¡Aquí, aquí, ven!

Y Sofía caminó, caminó y caminó cada vez más lejos y caminando llamaba:

—¡Cayetano! ¡Cayetano! ¿Dónde estás?

Y la voz respondía desde más allá de la lejanía:

—¡Aquí, aquí, ven!

Los hombres terminaron su trabajo en los salares; plegaron sus carpas y con sus mujeres, sus niños, y herramientas, emprendieron el camino hacia otros salares, hacia otras minas: a veces hacia el mar, otras hacia el desierto y por do quiera que iban, el viento gritaba:

—¿Dónde estás?

Y el eco respondía:

—¡Aquí, aquí, ven!

Y en las noches profundas del desierto, y en las pálidas auroras a orillas del mar, el viento repite aún la queja de Sofía:

—¿Dónde estás?

Y la voz de Cayetano responde:

—¡Aquí, aquí, ven!
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©   Diomenia Carvajal

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 22
Julio-Agosto-Septiembre de 2005

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
EL BAÚL DE LOS DISFRACES
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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