El eterno retorno en Borges:
Correspondencias cíclicas
en historias de repetidos personajes
Greisy Mengual Campo
Licenciada en Humanidades y Lengua Castellana
Universidad del Atlántico
Este trabajo hace parte de la monografía de grado con la cual la autora obtuvo
su título de Licenciada en Humanidades y Lengua Castellana,
Facultad de Educación, Universidad del Atlántico, 2005.
Tanto en los cuentos "El inmortal" (EI), "Las ruinas circulares" (LRC), "Tema del traidor y del héroe" (TTH), "La muerte y la brújula" (LMB) como en el poema "La noche cíclica" (LNC), advertimos una constante en la reiterada aparición de ciertos personajes tales como: el héroe, Teseo (mitología) y el escritor (hombre gris), así como también de las semejanzas de sus historias y vivencias entre sí, que obviamente representan la temática del tiempo circular.
El héroe es un personaje muy frecuente en los escritos de Borges. Entendemos por héroe, el varón famoso e ilustre por sus hazañas. En la mitología, era el nacido de un dios o de una diosa con un ser humano, por el cual le consideraban más que hombre y menos que un dios, ejemplo de ello es Hércules, Eneas, Aquiles, etc. En las proezas del héroe, sin embargo, existen triunfos y derrotas, pero su espíritu es, por naturaleza, valiente, y va siempre tras la victoria final aunque perezca en ella. “Borges pensaba que el valor es una de las pocas virtudes de que son capaces los hombres” [1], y en sus textos existen seres similares. Algunos pertenecen al hampa y comandan peleas a cuchillos, otros son militares aguerridos pertenecientes a una historia real (evocada talvez, por que en algunas de ellas, fueron protagonista sus parientes), y por último, encontramos los mitológicos. Según Rafael Flores [2] (1992: 168), “Borges supo combinar mitologías de malevos y compadres, con variadas certezas y perplejidades de la cultura universal. Supo darles a los malevos del sur, la generosidad que tienen las épicas, condición igualitaria con los personajes de las sagas escandinavas o con los de la glorificación homérica”. Sin embargo, el héroe que observamos en los textos analizados, no es el orillero argentino, sino el histórico, el mitológico y el literario, cuyas gestas van encaminadas hacia un dédalo en donde quedan condenados a un retorno infinito.
En EI, Marco Flaminio Rufo, tribuno romano, después de dirigir guerras sangrientas, se embarca en la osada empresa de atravesar los temibles desiertos africanos, para ir en busca de las aguas que otorgaban la inmortalidad y, que efectivamente encuentra en una ciudad caótica habitada por trogloditas, lo cual el personaje Cartaphilus recuerda en su narración:
"Yo había militado (sin gloria) en las recientes guerras egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo acuartelada en Berenice frente al Mar Rojo: la fiebre y la magia consumieron a muchos hombres […]. Yo logré apenas divisar el rostro de Marte. Esa privación me dolió, y fue talvez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales". (EI, p. 554)
Un héroe es inmortal. Marco Flaminio Rufo, el troglodita y Homero también son inmortales y ese solo aspecto encierra en ellos mismos el aro infinito que abarca el tiempo.
En TTH, encontramos también, la repetición del arquetípico héroe, pero en tres versiones distintas: Una real-histórica: Julio César, una real-ficticia: Kilpatrick, y una literaria: Macbeth. Los acontecimientos que rodean la muerte de estos tres personajes, son claras reproducciones de una misma historia que denota, por ende, la repetición temporal. Vemos así, que el asesinato de Kilpatrick es similar a la de Julio césar. Ambos fueron asesinados por sus amigos, y a ambas muertes les antecedieron hechos que las presagiaban: El sueño de Calpurnia en el que divisa la torre abatida corresponde a la muerte de Julio Cesar y la publicación de una torre abatida a la de Kilpatrick. Pero existe un tercer héroe con hechos semejantes: la tragedia de Macbeth pero el ficticio, el creado por Shakespeare. Borges repite los personajes heroicos y sus trágicos acontecimientos para crear la trama del cuento, causando con ello además, como lo dice Jaime Alazraki [3], un constante péndulo que oscila entre lo real y lo ficticio, entre lo histórico y lo imaginario, que al entrelazarse se confunden.
En la poesía “La noche cíclica” (1940), hallamos la imagen del héroe a través de la evocación poética del autor. Tanto los mitológicos como los históricos esperan pacientemente en el tiempo, volver a cumplir su destino, volver a ejecutar de nuevo las mismas acciones. En esta obra poética, dedicada exclusivamente al tiempo circular, los héroes de la historia argentina y antiguos familiares de Borges, no son nombrados explícitamente, pero quedan sugeridos en el verso:
Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres
trae el amor o el oro, a mí apenas me deja
esta rosa apagada, esta vana madeja
de calles que repiten los pretéritos nombres
de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez…
Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas,
las repúblicas, los caballos y las mañanas,
las felices victorias, las muertes militares. (1994: 241-242)
El héroe es motivo de circularidad temporal y del vasto e inconcebible infinito del universo borgesiano y en donde a su vez, tiene ocurrencia el juego del laberinto que los une inalterablemente. En ese caos particular, los héroes anteriores le dan paso al mitológico: a Teseo, quien recorre eternamente los pasillos del dédalo fantástico. Cada peripecia que realiza, simboliza una variante o una pequeña fracción de la leyenda mitológica del laberinto. Según el mito, Teseo, quien fue educado por el centauro Quirón, heroicamente decide liberar a su patria (Atenas) de los sacrificios que Creta le exigía: Siete doncellas y siete mancebos al año. Afrodita intercede favorablemente, despertando en Ariadna, la hermana del Minotauro, gran pasión por Teseo, ofreciéndole a este, un hilo para que no se pierda en el laberinto. Teseo así lo hace y mata al monstruo, luego huye de Creta con Ariadna a la que, deslealmente, abandona en Naxos [4].
En EI, el héroe atraviesa por desiertos laberínticos para llegar a otro mucho más delirante: la Ciudad de los Inmortales:
“[…] La ciudad estaba fundada sobre una meseta de piedra. Esta meseta comparable a un acantilado no era menos ardua que los muros. […] Había nueve puertas en aquel sótano; ocho daban a un laberinto que falazmente desembocaba en la misma cámara; […] Ignoro el número total de las cámaras; mi desventura y mi ansiedad las multiplicaron”. (EI: 541)
Esta ciudad constituye el laberinto que Teseo recorrió tras la “liberación de las jóvenes víctimas y también del Minotauro” [5]. En EI, no obstante, la monstruosidad del minotauro es sustituida por la inconmensurable vastedad del universo y del infinito retorno del tiempo:
“Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado le antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales”. (EI: 542)
En el cuento policial LMB, Teseo es representado por el detective Eric Lönnrot, quien como todo héroe, se entusiasma por el reto. “Lönrot se creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había en él y hasta de tahúr” [6]. El detective descifra el enigma de cuatro muertes sucesivas con intervalos de un mes y ocurridas de tal forma, que los lugares de los hechos trazaban un rombo. Sigue las pistas que va dejando el asesino: el nombre de Dios (JHVH). Faltaba la cuarta y última letra, la que representaba su muerte y la que lo había encaminado hacia el laberinto que construía para él un “Dédalo vengativo”: Red Scharlach.
“Yo juré por el dios que ve con dos caras y por todos lo dioses de la fiebre y de los espejos, tejer un laberinto en torno del hombre que había encarcelado a mi hermano”. (LMB: 506)
Al igual que Marco Flaminio Rufo, Lönrot acepta el desafío de recorrer desconocidos pasajes para encontrar su máxima victoria, contrario a esto, se topa con una dura e insondable realidad: un tiempo poseedor de múltiples posibilidades dada su naturaleza interminable. En él, caben todas las historias del mundo, las cuales son a la postre una sola, o no son nada. La idea anterior, la vemos claramente explicada en la aclaración que realiza Cartaphilus acerca de la ambigüedad que se percibe en su narración pues en ella, se mezclan los sucesos de dos hombres distintos; “Flaminio Rufo y Homero”. Para el personaje, esto se debe a los procedimientos narrativos que aprendió de los poetas, sin embargo, más adelante aclara que toda esta confusión es consecuencia del tiempo en el momento de la muerte:
"Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. No es extraño que el tiempo haya confundido las que alguna vez me representaron, con las que fueron símbolos de la suerte de quien me acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero, en breve seré Nadie, como Ulises; en breve, seré todos: estaré muerto". (EI:543-543)
La muerte de Cartapilhus no es una muerte física como la de Lönrot, pero ambas vidas se perdieron en el laberinto temporal. Ambos advierten que tras su hazaña, quedaron abiertos otros posibles sucesos que anula toda noción de espacio y de identidad y que quizás uno de esos otros momentos puede llegar a compensar la terrible desilusión que sienten. Así lo denotan las palabras que antes de su muerte dirige Lönrot a Scharlach:
"Yo sé de un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective. Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, a ocho kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a cuatro kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a dos kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-Le Roy". (LMB: 507) [7]
Este particular episodio, lo comparte Yu Sun en el cuento “Los jardines de senderos que se bifurcan”. El heroico personaje, quien es un agente alemán de origen asiático, debe revelar un secreto: el nombre del nuevo parque de artillería británico. Encontrar el lugar y transmitir luego el nombre es la proeza que debe ejecutar; esta meta sin embargo, se convierte al final en la degradación de sí mismo:
"Soy un hombre cobarde. Ahora lo digo, ahora que he llevado a término un plan que nadie no calificará de arriesgado” [8].
De la misma manera que los anteriores héroes, este busca salvar a un pueblo del terrible Minotauro que luego alterna con él, el papel alucinante del juego laberíntico. La anterior idea implica el efecto de la inmortalidad temporal, la noción matemática del tiempo eleático o el efecto alucinante de las cajas chinas. El Teseo asiático Yu Sun procura llegar hasta el hombre que sin saberlo, será sacrificado en pro de la victoria alemana. Sin embargo, encuentra más que eso, pues Albert (nombre del personaje asesinado por Yu Sun) era un consagrado sinólogo que había descubierto el misterio temático de la novela El jardín de senderos que se bifurcan, el cual no era otro que el tiempo circular y que transformaba en un abigarrado centón al mundo. Al respecto, Jaime Alazraki [9] opina que la inclusión de una obra dentro de otra, tal como lo hace Borges en este relato, obedece a los esquemas temporales de que se vale Borges, especialmente el tiempo cíclico y los tiempos simultáneos, formas de refutar su existencia e insinúan sin nombrarla, una forma de eternidad, la que corrobora en la última parte de su ensayo “Nueva refutación del tiempo”.
Otro personaje muy nombrado en estos cuentos, es el escritor, al cual Borges le otorga la particular característica de ser gris. Escritor es aquella persona que escribe o redacta algo, sin embargo, “este personaje no siempre ha existido en las sociedades humanas, pues la transmisión de las costumbres y creencias estaba confinada a lo enteramente oral. En muchos pueblos antiguos, era tan poco conocido este oficio, que llegó a ser considerado exotérico” [10]. El estudio de las génesis literarias por su parte, nos habla acerca del paso del orador al escritor, de su relación con lo sagrado y lo profano; y de su correspondencia con los primeros arquetipos de lo cual también nos habla Eliade [11]. Vemos igualmente al autor intemporal y anónimo de Borges [12], y al autor único: El Antiguo testamento, El Rigveda, El Corán.
En los escritos de Borges, hallamos un escritor múltiple, que vive en la literatura de naturaleza intemporal, pues al igual que él, puede conectarse con el pasado y con el futuro a través de los libros. Ese escritor es el que precisament, simboliza Cartaphilus en EI: “Un hombre que según el narrador primario (Borges), recuerda haber sido descrito por la última persona que los adquirió: La princesa Lucinge, como un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris” (A: 533). Su nombre, de hecho, significa literalmente “el amigo de los escritos" [13] y a lo largo del texto, la narración que realiza acerca de las vivencias de Flaminio Rufo, reflejan una relación estrecha con esta labor.
Al final del cuento, el escritor de aspecto gris, Joseph Cartaphilus, se refiere a las diferentes especulaciones que ha despertado el manuscrito sobre su autoría. En su narración, advertimos la mención de autores reales y ficticios que no solo muestran la posibilidad de que esta sea una mezcla heterogénea y riquísima de escritos de diversas lenguas, de diversos estilos, sino también, que simboliza todos los escritos y ninguno. Su identidad como escritor por tanto, también se ha perdido como se pierde toda materia sin su recuerdo y el recobrarla está sujeto a la “anamnesis platónica” [14].
La idea anterior la podemos corroborar en la reflexión que realiza acerca de la conclusión de que todo el manuscrito es apócrifo, dados los diversos autores a los que se les atribuye su elaboración, incluyendo al mismo Cartaphilus:
A mi entender, la conclusión es inadmisible. Cuando se acerca el fin, escribió Cartaphilus, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. Palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos.
Continuando con el análisis de los personajes que se repiten, en LMB, encontramos también al hombre gris cuya labor está enmarcada en los escritos: el tetrarca Marcelo Yarmolinsky. Contrariamente al confundido Cartaphilus, este escritor posee convicciones muy fuertes por las cuales ha escrito y se ha mantenido suspendido en la eternidad temporal, como se infiere de la siguiente narración de Borges:
"[…], arribó el tres de diciembre el delegado de podólsk al tercer Congreso Talmúdico, doctor Marcelo Yarmolinsky, hombre de barba gris y ojos grises. Nunca sabremos si el Hôtel du nord le agradó: lo aceptó con la antigua resignación que le había permitido tolerar tres años de guerra en los Cárpatos y tres mil años de opresión y pogroms". (LMB: 499)
Al referirse el narrador a los tres mil años de existencia de este personaje, retoma la noción pitagórica de los ciclos, pues ha sido el mismo Yarmolinsky, a través de la eternidad, quien ha resistido, con paciencia, la intolerancia de quienes no entienden su visión de mundo, su cultura y por consiguiente sus escritos. Según Bajtin, [15] la literatura es una parte inseparable de la totalidad de una cultura y no puede ser estudiada ni entendida fuera del contexto total de la cultura, de modo que el proceso literario es inseparable del proceso cultural.
En “El jardin de los senderos que se bifurcan”, encontramos igualmente al mismo personaje. Esta vez, el hombre de barba y ojos grises es Stephen Albert, inglés dedicado al estudio de la cultura china, y quien descifra el enigma temático de una obra literaria con tanta pasión, que es comparado por Yu Tsun con Goethe: “[…] yo sé de un hombre modesto que para mí no es menos que Goethe”. (JSB: 473) Tanto Yarmolinsky como Albert vivían obsesionados por descifrar secretos de obras y temas metafísicos como lo son las sagradas escrituras y el tema de una caótica novela, el cual era el tiempo.
Como hemos podido observar, Borges emplea, desde su propia técnica narrativa, un sistema simétrico y circular en donde expone con claridad, que todo fluye y refluye eternamente. Permanecen allí, esclavizados a ese orbe infinito, el héroe luchando contra la perturbadora fuerza del tiempo, Teseo aventurándose constantemente en el laberinto tras su temeraria hazaña y, el escritor jugando con las letras que viven en el mundo etéreo del círculo temporal.
NOTAS:
1. La Gaceta. Fondo de Cultura Económica. Op. Cit., p. 4.
2. “El autor explica que el héroe sureño de condiciones semejantes a las de los héroes mitológicos, era ya una fórmula empleada por Leopoldo Lugones, que con un tanto de provinciana solemnidad, equiparó la bizarría de los personajes gauchescos con la edad heroica de la Grecia clásica. Rafael Flórez. “Los últimos motivos.” En: Cuadernos Hispanoamericanos. Op. cit., p. 168.
3. Jaime Alazraki. Op. Cit., p. 111.
4. Rafael Gutiérrez Girardot. Op. Cit , pp. 66-67.
5. Según Luzmila Kapschutschenko, Teseo pasa a ser el liberador no sólo de futuras víctimas, sino de la víctima verdadera: el monstruo. Op. Cit., pp. 42-43.
6. LMB, p. 499.
7. Estas palabras se refieren a una de las aporías de Zenón: “Aquiles y la tortuga”, muy aludida por Borges en sus ensayos, especialmente en “Historia de la eternidad” y la cual consiste en una noción matemática del tiempo en la que es imposible que Aquiles pueda alcanzar a la tortuga pues esta le lleva una leve diferencia, que jamás podrá compensar, pues para recorrer 14 centímetros habrán pasado siete y para cuando recorra siete, tres y medio, y para cuando recorra tres y medio, dos centímetros y un milímetro y así hasta el infinito. http://www.cornermag.org/corner05/page02.htm-57k.
8. EJSB, p. 473.
9. Jaime Alazraki. Op. Cit., pp. 111-112.
10. En África, su número estaba limitado a una minoría eclesiástica. La cultura inca, por ejemplo, prescindió de escritores pues poseían un sistema de símbolos que inutilizó la escritura llamados “quipus” que un reducido número de especialistas confeccionaba e interpretaba. Enciclopedia Gran Larousse. Op. Cit. p.7672
11. En algunos pueblos primitivos, no se tenía libertad para contar las historias verídicas, es decir, los mitos, cuando y donde se quisiera. El mito ocupa su lugar en un lapso de tiempo sagrado: la noche, la estación sagrada, etc. Mircea Eliade. Op. Cit., p. 39.
12. Enciclopedia Gran Larousse Universal. Op. Cit., p. 7.672.
13. Carlos Rincón y Julián Serna Arango. Op. Cit., p. 25.
14. La reminiscencia platónica nos dice que no hay nada nuevo sobre la tierra y así de la misma manera como imaginó que todo conocimiento no es sino un recuerdo, del mismo modo sentenció que toda novedad no es sino un olvido. Johannes Hirschverg. Historia de la Filosofía: Antigüedad, Edad Media, Renacimiento. Tomo I. Editorial Herder, 1979. p. 76.
15. Mijail Bajtin. Estética de la creación verbal. Editorial Siglo XXI. Madrid, 1982. p. 362.
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Revista Trimestral de Estudios Literarios
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