Civilización/barbarie en la ciudad letrada
de José Enrique Rodó
y Doña Soledad Acosta de Samper:
Dos ensayistas americanos del siglo XIX
Alexander Steffanell
University of Florida
La gran ciudad es, sin duda, un
organismo necesario de la alta cultura.
Rodó
El gran bastión de letrados en el territorio americano se asentó principalmente en las ciudades, ya que desde allí podían ejercer el poder de la letra. Estos intelectuales eran los dueños de una forma de expresarse, de escribir y de dirigirse a un público letrado. La tendencia principal de los letrados era tomar de la cultura europea o norteamericana para afianzar la cultura, la literatura nacional, movimientos políticos, religiosos y transformaciones sociales (Rama, 27). De allí que muchos de estos escritores letrados trataron de amoldar el discurso eurocentrista en las repúblicas nacientes, sobre todo a finales del siglo XIX. Por ello, surgieron dos tipos de letrados criollos. Los primeros retomaron el discurso colonial, incluyendo acontecimientos de la Conquista para implementarlos en textos de la segunda mitad del siglo XIX; los héroes, conquistadores y el retorno a la Madre Patria eran un nuevo paradigma que fue levantado como estandarte para constituir la intelectualidad letrada. Para otros escritores, por el contrario, el paradigma histórico y coyuntural fueron los escritores de Francia, Italia, Grecia y toda la parte del Mediterráneo que representaban la civilización de la “alta cultura”.
José Enrique Rodó (1871-1917), ensayista uruguayo, y Doña Soledad Acosta de Samper (1833-1913), de nacionalidad colombiana, fueron dos escritores que conformaron esta élite criolla del siglo XIX. Sus obras —sobre todo las de Rodó— repercutieron hasta mediados del siglo XX. El primero publicó Ariel en 1900, fecha en la que “se gestó el concepto y el nombre de América Latina y cuando, tras la independencia y la dificultosa delimitación de las nacionalidades que hoy conocemos, se afrontaba la doble tarea de definir una identidad cultural y de lanzar a las jóvenes sociedades hacia su modernización” (Castro, 11). La segunda escritora publicó, entre otras cosas, unas Memorias presentadas en congresos internacionales que se reunieron en España durante las fiestas del IV centenario del descubrimiento de América, en 1892 (1893). En estas memorias, Soledad Acosta de Samper se dirige a una audiencia netamente española, a quien le hace un recuento sobre los aborígenes que formaron el Nuevo Reino de Granada y los que aún sobreviven. También, en estas mismas memorias, Acosta de Samper realiza algunos planteamientos sobre la labor que ha desempeñado el periodismo en Hispanoamérica, sobre todo, en la República de Colombia.
Los dos textos anteriormente mencionados ayudarán a dilucidar la óptica del letrado criollo. Estos intelectuales americanos presentan en sus textos la inclusión/exclusión de algunos elementos que reafirmaban y validaban la ciudad letrada en el proceso de formación nacional. Elementos como religión e intelectualidad son categorizados bajo la etiqueta principal de civilización/barbarie del siglo XIX. Es así como José Enrique Rodó y Soledad Acosta de Samper, bajo el poder de la letra, reafirman con sus escritos —como diría Rama— aquella “otra ciudad, no menos amurallada ni menos sino más agresiva y redentorista, que la rigió y condujo [a la ciudad sede administrativa]”: la ciudad letrada (Rama, 25).
La mayoría de los autores que contribuyen a la formación de una literatura nacional en el siglo XIX, se mueven entre la ciudad sede administrativa y la ciudad letrada. Esta tarea la cumplió a cabalidad José Rodó, para quien “el periodismo y la enseñanza, junto a la tarea de crítico y de ensayista literario, y también la política, fueron sus absorbentes y a veces simultáneas dedicaciones” (Castro, 29). La publicación de Ariel es coyuntural en cuanto a una situación de final de siglo como es la de que España perdiera sus últimas colonias americanas (Cuba, Puerto Rico y Filipinas) con la intervención militar de los Estados Unidos (1898). Esto provocó un rechazo por parte de la mayoría de los países suramericanos, que quedaron alarmados ante el avance de una nueva nación expansionista e imperialista. Ariel, entonces, reelabora todas las opiniones surgidas ante esta situación política y propone una nueva identidad latinoamericana, que se contraponga al modelo anglosajón y protestante. Rodó pone en boca de Próspero palabras de sabiduría y conocimiento para ser transmitidas a sus estudiantes al final de curso. Próspero funciona como el maestro que desea dejar una enseñanza principal: la defensa de los valores espirituales y morales de las tierras americanas. Próspero quiere traspasar en sus estudiantes, la juventud de América, un deseo de encontrar el futuro para las naciones, un espíritu renovador y luchador por la moralidad y la libertad:
“Y ningún otro espectáculo puede imaginarse más propio para cautivar a un tiempo el interés del pensador y el entusiasmo del artista, que el que presenta una generación humana que marcha al encuentro del futuro, vibrante con la impaciencia de la acción, alta la frente, en la sonrisa un altanero desdén de desengaño, colmada el alma de dulces y remotos mirajes que derraman en ella misteriosos estímulos, como las visiones de Cipango y El Dorado en las crónicas heroicas de los conquistadores” (Rodó, 142-43).
El espíritu liberto de los jóvenes se refleja en acción hacia el futuro, en el que las masas marchan en pos de un ideal. Es bien claro en Rodó que el ideal del cual habla en Ariel es todo aquello que se contraponga a la implantación de la democracia en las colonias americanas, en donde el gobierno y la administración de las naciones se volcaba en el propio pueblo: “Piensa, pues, el maestro, que una alta preocupación por los intereses ideales de la especie es opuesta del todo al espíritu de la democracia” (Rodó, 177). Para Rodó la democracia desmontaría el auge económico y político que las clases altas criollas tenían hasta el momento, como también la adquisición de beneficios por una mayoría de la población: “Piensa que la concepción de la vida, en una sociedad donde ese espíritu domine, se ajustará progresivamente a la exclusiva persecución del bienestar material como beneficio propagable al mayor número de personas” (177). Este beneficio propagable a un mayor número de personas limitaría los beneficios de un menor número de personas con afluencia económica y material (leído como los miembros de la ciudad letrada). Rodó es firme cuando trae a colación las palabras de Emerson, quien opina que las naciones deben ser gobernadas por la minoría y no por la mayoría (180). Aquí Ariel bifurca los destinos de la gran población americana: la élite criolla/el intelectual-político y la élite no criolla/el no intelectual [a la que se refiere Rodó poéticamente como “la muchedumbre o la presencia de la multitud”] (230). Esta minoría fue totalmente excluida del proyecto nacional al cual Rodó se refería en el Ariel.
Ariel enmarca al intelectual criollo dentro del paradigma de la civilización, y al resto —al que no pertenece a este grupo— lo ubica en el estado de la barbarie. Creo que Rodó plantea la civilización en términos de inclusión, la cual debía ser defendida por los estudiantes de Próspero. Los elementos inclusivos en la civilización deben ser sinónimos de alta cultura y una conciencia superior. Aquel que no posee estas características es excluido del grupo letrado por aquellos que tienen el poder de la letra y la palabra. La alta cultura y una conciencia superior posibilitan “la formación de fuertes elementos dirigentes que hagan efectivo el dominio de la calidad [el gobierno de unos pocos] sobre el número [la democracia]” (Rodó 180). La muchedumbre, la cual Rodó pone en el anonimato, no hace parte de la civilización, pues la primera no tiene “superiores maneras de pensar y de sentir” (180). El pensamiento superior y la alta cultura están ubicados en el perímetro urbano, pues fuera de éste no hay posibilidad de un desarrollo del pensamiento y del espíritu libre:
“La ciudad es fuerte y hermosa cuando sus días son algo más que la invariable repetición de un mismo eco, reflejándose indefinidamente de uno en otro círculo de una eterna espiral; cuando hay algo en ella que flota por encima de la muchedumbre; cuando entre las luces que se encienden durante sus noches está la lámpara que acompaña la soledad de la vigilia inquietada por el pensamiento y en la que se incuba la idea que ha de surgir al sol del otro día convertida en el grito que congrega y la fuerza que conduce las almas” (Rodó, 221).
Todo lo que esté dentro de la ciudad debe reflejar alta cultura e inteligencia, es decir, miembros dignos de la ciudad letrada y/o la civilización. Y cuando la barbarie trata de interrumpir “los faros iluminosos” de esta civilización, “la alta cultura debe precaverse contra la obra mansa y disolvente de las hordas inevitables de la vulgaridad” (181). El pensamiento arielista se posiciona muy distante de la muchedumbre a la cual se refiere Rodó pues el solo contacto con ella “agrede la armoniosa mística del intelecto de los discípulos como una ducha fría tras la cálida permanencia en el aula” (Castro, Utopía, 99). Próspero quiere transmitir la idea de ciudad (de la letrada) como el ejercicio del pensamiento y la intelectualidad, pues las ciudades no son tales si “el pensamiento no es el señor que las domina” (Rodó, 221). Por ello, la gran ciudad, “la ciudad perfecta” debe contener líderes que promulguen un americanismo reflejo de las conciencias criollas de estas élites intelectuales. Este americanismo debe estar impregnado del espíritu colectivo exclusivo de esta élite y su culto principal debe ser la promoción del ideal del civilizado porque “la inteligencia y la virtud, representadas por la estatua, buscan desligarse de lo “grosero” (Castro, Utopía, 98).
La promoción de la ciudad letrada por parte de Rodó radica principalmente en la inserción de ideas eurocentristas en el ámbito americano. Y el aula es el espacio humanístico usado por Rodó para observar la realidad circundante (Castro, Utopía, 98). Rodó incluye la intelectualidad europea durante la magistralidad del discurso de Próspero. Dado que el maestro les hablaba a sus estudiantes jóvenes, Próspero debía buscar el ejemplo de una nación cuya laboriosidad del joven haya sido reconocida. En este caso, Rodó lo encontró en Grecia pues “los dioses le regalaron el secreto de la juventud inextinguible” (144). Próspero proclama que los jóvenes de Grecia eestaban llenos de vigor, de liderazgo y que en ellos radicaban los atributos de la raza humana. Para Rodó la cultura helénica es “la perfección de la moralidad humana” dentro de la cual los jóvenes americanos debían ser tipificados (168). El pensamiento cristiano (entre ellos el catolicismo tradicional y el puritanismo norteamericano) había fracasado en su intento de dar ejemplo a los jóvenes (167) [1]. De la cultura helénica surgen el pensamiento, la filosofía y la dignidad humana:
“Y Michelet ha comparado la actividad del alma helena con un festivo juego a cuyo alrededor se agrupan y sonríen todas las naciones del mundo. Pero de aquel divino juego de niños sobre las playas del Archipiélago y a la sombra de los olivos de Jonia, nacieron el arte, la filosofía, el pensamiento libre, la curiosidad de la investigación, la conciencia de la dignidad humana, todos esos estímulos de Dios que son aún nuestra inspiración y nuestro orgullo” (144).
Es bien claro que para Rodó el pensamiento americanista y la civilización deben seguir los mismos parámetros helénicos; tomar de este pensamiento filosófico griego es una de las bases de la fundación del ideal de este ensayista uruguayo.
El pensamiento americanista, por otra parte, también debía estar fundamentado en fuentes francesas, pues muchas de ellas estaban en contra del espíritu democrático. La principal fuente intertextual que Rodó utiliza en Ariel es la teoría de Renan, quien “formula la más explícita condenación del principio fundamental de la democracia: la igualdad de derechos; cree a este principio irremisiblemente divorciado de todo posible dominio de la superioridad intelectual” (Rodó 187) [2]. Este diálogo permanente que Próspero realiza con críticos y autores europeos muestra de alguna manera el ideal nacional de Rodó para los pueblos americanos. La nación debe descansar sobre las bases de las diferentes cunas de la civilización, sobre todo, si estas cunas se encuentran en el Mediterráneo (Rocca, 66). Rodó retoma a Renan cuando dice que el pensamiento filosófico e intelectual debe ser conducido por las generaciones nuevas: la juventud (142). Todas estas caracterizaciones que la juventud debe tomar en su discurso recaen sobre todo en el pensamiento del letrado criollo. La intelectualidad del letrado criollo, por ende, debe estar orientada hacia la defensa de la civilización sobre la barbarie, la cual nunca puede fundamentarse en un pensamiento superior (Rodó, 180).
A diferencia de José Enrique Rodó, quien identificaba la civilización en la Europa mediterránea, Soledad Acosta de Samper quería volver a las raíces españolas de la élite criolla. Por una parte, el ser hija de un prócer de la Independencia de Colombia y una inglesa nacida en Jamaica y criada en los Estados Unidos, le impide en cierta manera estar en contra de la amenaza de la democracia a la que se refiere Rodó [3]. Sin embargo, Soledad Acosta de Samper también se enmarca dentro de la ciudad letrada como bien lo hizo Rodó. Como miembro de dicha ciudad letrada, cuna de intelectuales criollos, Doña Soledad utiliza también elementos de inclusión/exclusión para definir la nación y la literatura nacional.
En sus ensayos, Soledad Acosta de Samper replantea los paradigmas de la literatura nacional para volver a la producción literaria española y a la celebración de la Conquista de las tierras americanas. El letrado criollo intelectual no podía esta alejado de sus raíces hispánicas porque éstas “nos habían legado su carácter, sus tradiciones, su vida intelectual” (Acosta de Samper, 86). A diferencia de Rodó, esta ensayista colombiana piensa que las guerras de independencia crearon odios y rencillas de los criollos americanos contra España, y este odio arrojó “de sí todo lo que viniera de la Madre Patria, y [los criollos americanos] buscaron con ahínco los libros franceses que fueron enemigos de la Religión católica y partidarios de la Revolución” (86). Ella llamó a toda esta época de los intelectuales criollos por las letras europeas, diferente de las españolas, como una “era de confusión de ideas”, como si estableciera una “patria boba” para el intelectual criollo. Es decir, dada la Independencia de las tierras americanas de España, la intelectualidad había perdido el paradigma primario y empezó a buscar respuestas en otro tipo de filosofía y conocimiento. Soledad Acosta de Samper va mucho más allá de su crítica contra los intelectuales “apóstatas de la fe católica e hispánica” y piensa que la libertad de imprenta permitió en gran manera que las letras se fueran al vacío y el ser humano empezara a proclamar la independencia —no sólo de España— también de Dios y de la Ley (86).
La civilización de Soledad Acosta de Samper es imperiosamente religiosa e intelectual. Con la participación de Doña Soledad en este congreso, ella no sólo busca “aumentar la amistad que une a todos los miembros de nuestra raza y que es hija de la comunidad de sangre, de carácter, de aspiraciones y de Religión, sino también acrecentar los beneficios espirituales y materiales de nuestras respectivas nacionalidades” (85). Es decir, la intención de esta ensayista es hacer volver a Colombia —y por ende a su ciudad letrada— a las raíces de donde toda intelectualidad americana surgió. La civilización americana debe estar contenida en el respeto a la Religión y a los valores hispanos adoptados desde la llegada de los españoles a estas tierras. Ella misma manifiesta que “todo americano debe, a la medida de sus fuerzas, manifestar su entusiasmo en estas lides literarias abiertas en la Madre Patria para celebrar el IV Centenario del Descubrimiento de América; agradecer en el alma la acogida benévola que se le hace con el objeto de estrechar los lazos que unen las Repúblicas de Ultramar con la Monarquía española, y además llevar su contingente de luces, cual más, cual menos, al antiguo hogar de sus mayores” (85). Este reencuentro entre cultura, letra y poder es una propuesta en el discurso recurrente en la ensayística de Soledad Acosta de Samper. Paradójicamente, esta ensayista no sólo piensa que los intelectuales están interesados en saber sus raíces hispanas, sino también los grupos iletrados:
“Esta curiosidad, esta ansia de conocer algo claro y seguro de la situación en que se hallaban aquellas naciones cuando las invadieron los europeos ha ido creciendo de año en año; el deseo de saber lo que eran los Americanos ha bajado del seno de las Academias y Sociedades científicas hasta las personas más iliteratas, y ha aumentado más con motivo de las fiestas que tienen lugar en este año en que se celebra el cuarto centenario del Descubrimiento de América” (2).
Su pesadumbre por la separación entre las colonias americanas y España se hace palpable siempre. Para ella no puede haber civilización si estas colonias no regresan a su origen ibérico. De ahí que sea importante que toda la población colombiana sea consciente de que no se puede formar nación si se continúa en un limbo literario y cultural, aceptando toda doctrina y filosofía diferente a las de España. Este deseo de saber más sobre su pasado ayudaría a que el respeto, el orden y la familia volvieran a instaurarse como valores morales y sociales en Colombia pues al romperse las cadenas que la unía a España, “se rompieron también las ligaduras que ataban a aquellas nuevas naciones al principio de autoridad y al respeto por las Leyes, sin lo cual no puede haber jamás orden, ni familia organizada ni verdadero progreso” (Acosta, 86). Yace en el discurso de Doña Soledad la impronta de incluir nuevamente a España en el quehacer cotidiano de Colombia para que esta nación salga de su confusión intelectual. Y ahora que Colombia está superando “la enfermedad moral” en la que ha estado sumida por tantos años, “es preciso nutrirla con alimentos adecuados a su estado intelectual” (87). Las emergentes naciones del siglo XIX andan en búsqueda de identidad americana después de haberse separado de España. El discurso de Acosta de Samper promueve la búsqueda de la identidad española, retomando elementos del pasado colonial e incluyéndolos en la cultura decimonónica. Es decir, esta ensayista promueve “una esencia del pasado colonial y establece el nexo de la nueva república, no con un pasado indianista como haría Matto de Turner en el Perú, sino con el viejo continente, es decir, con los colonizadores” (López Cruz, 80).
En su interés por los elementos de la Colonia, Soledad Acosta hace un recuento sobre los aborígenes que vivían en el Nuevo Mundo a la llegada de los españoles y los grupos que todavía sobreviven. Para ella, era necesario que los conquistadores vinieran al Nuevo Mundo pues éste estaba inmerso en confusión cultural y religiosa. Los pobladores del Nuevo Mundo eran “salvajes embrutecidos que apenas se diferenciaban de los animales, bárbaros, crueles, viciosos, cobardes” (1). Los conquistadores vinieron a imponer orden, ley y religión.
Para esta ensayista colombiana, el separar civilización y barbarie era importante. Ella siempre caracterizaba a la barbarie con rasgos de fealdad y de asco. Dichos rasgos eran, de hecho, contenidos en los indios a quienes Soledad rechazaba agrestemente, apoyándose en los cronistas: “Sin embargo tenían la pasión del canibalismo, la cual llegaba a tal grado que cuando encontraban algunas mujeres o niños indefensos por los campos se arrojaban sobre ellos para devorarlos, con una furia que ni entre las fieras se ha visto jamás. Eran estos más morenos, más pequeños y más feos y repugnantes que sus vecinos [otro grupo de indios], y dicen los cronistas que eran de carácter doble, de mala fe y llenos de malicia y de crueldad” (21).
La evidente exclusión de los indios en el proceso de formación nacional de las nuevas repúblicas, hace parte del discurso hegemónico en los escritos de Soledad Acosta de Samper. El discurso excluyente de los indios como parte de estos procesos históricos y la inclusión de los conquistadores como personajes históricos elaboran una continuidad de la invasión española en las colonias americanas. Achugar propone que este discurso de exclusión siempre está presente en lo que él ha denominado “parnasos fundacionales”: “En la mayor parte de las antologías y parnasos de la época no aparecen textos de mujeres y por supuesto no hay prácticamente registro de voces indígenas o negras” (19). Y aunque Soledad Acosta es mujer, ella misma se disculpa por el atrevimiento de dirigirse a los congresistas siendo mujer, con pocas luces y poco mérito (2). La perspectiva colonialista hegemónica en la literatura decimonónica se posiciona en los escritos de esta ensayista, promoviendo un discurso eurocéntrico reflejado en los textos y en el que se aprecia poco o nada la búsqueda real de la identidad americana caracterizada en otras jóvenes naciones (López Cruz, 80). La visión de la historia con la que cuenta Doña Soledad se limita a observar al indio desde el punto de vista colonizado y colonizable, haciéndolo parte de la barbarie y loando el proceso de conquista en el Nuevo Mundo. Para ella, la historia de Colombia empieza en 1492, cuando los conquistadores vinieron a poner orden y a organizar el desorden y las inmoralidades que los indios cometían.
El orden y la organización son importantes —para Soledad— cuando son impuestas a través de la religión. De allí que la fe católica funja como elemento colonizador en las tierras americanas. Es decir, la fe católica es la que moldea el proceso de civilización que arranca a los indios de la barbarie, aunque “la civilización era para ellos [los indios] tan contraria que no podían vivir al lado de ella y mucho menos aceptarla” (39). La separación entre civilización y barbarie como alentadora de la conservación de la pureza de las razas es primordial en el proceso civilizador del letrado decimonónico. Una vez civilizada la república, es importante conservarse en ese estado, sin volver atrás porque no es posible que “las hoy cultas y civilizadas razas cuando por medio de la corrupción, los vicios, el materialismo y la negación a Dios y del alma humana [vuelvan] a sumirse en la barbarie” (Acosta, 36). Es interesante observar que según esta autora, la civilización tiene algunas características barbáricas; de allí que advierta a la civilización no regresar a la inopia cultural en la que estaba sumida, pues los vicios y la negación a Dios, rasgos barbáricos, son solo pertenecientes a los indios: “Los indios del alto San Jorge son seres que no han adoptado de nuestra civilización más que el aguardiente, licor traicionero que piden á todos los que pasan por allí” (12). También el hecho de que los indios no usen la lengua castellana como medio de comunicarse, hace de ellos seres bárbaros: “A esta palabra [aguardiente] se reducen sus nociones de la elocuente lengua castellana; pues ellos han conservado su idioma, el cual les sirve para entenderse entre sí, y que, sin duda, está ya muy alterado y corrompido” (12). Nótese, entonces, que la lengua castellana imponía, instauraba también características civilizadoras en las tierras americanas; aquél que no hablaba castellano no era considerado “civilizado” y mucho menos parte de la ciudad letrada.
En resumen, el letrado intelectual evidenciaba su manera de pensar y actuar muchas veces a través del ensayo, con el cual se debatían ideas y se reafirmaban valores para las ciudades respectivas. Rodó, con su esfuerzo pedagógico para transmitir estas ideas políticas y éticas a las jóvenes ciudades americanas, defendió la identidad latinoamericana, proponiendo helenizarla. La cultura americana debía tomar su fuente pedagógica y filosófica de su herencia europea. Como bien lo dice Oviedo, “Rodó contrasts this social model to that forged by Latin and Christian America, heir to Hellenic grace and to an uncomprising practice of art” (368). Al helenizar el pensamiento latinoamericano, Rodó propone la idea de civilización/barbarie al estilo sarmientino, pero poniendo mucho más énfasis en la consecución de nuevas filosofías e ideas políticas que sustenten la formación de las naciones. Para Rodó, la civilización/barbarie está representada en términos de niveles del pensamiento e intelectualidad.
Por otra parte, la civilización/barbarie de Soledad Acosta de Samper está determinada por la celebración de la herencia hispana, traída por los conquistadores al Nuevo Mundo. Dicha herencia contendría los basamentos principales para proclamarnos “nación americana”: religión, intelecto, rechazo por los indios, entre otras cosas. La propuesta de Acosta de Samper es reconstruir el pensamiento colombiano regresando a los orígenes de la Conquista y a la fe católica, de las cuales se siente muy orgullosa. Para ella, la confirmación de la ciudad letrada no está en un pasado indianista sino en regresar a las raíces culturales traídas por los conquistadores, de ahí que su concepto de civilización arranque desde la llegada de Colón al Nuevo Mundo, hasta el siglo XIX. Todo lo que existía antes de la llegada del conquistador, no existía para esta letrada. El discurso hegemónico manejado por Soledad Acosta de Samper es innegable, y los conquistadores y su fe cristiana son los héroes románticos de sus ensayos.
El paradigma que manejan tanto José Enrique Rodó como Doña Soledad Acosta de Samper se establece en términos de civilización/barbarie. Ambos ensayistas pertenecían a la élite criolla de las nuevas naciones americanas, y como tal tenían que defender su posición cultural y política frente al peligro de ser gobernados por la minoría. Su foco de intelectualidad está orientado hacia Europa, sea la Europa mediterránea o la hispana. El pasado histórico de las colonias americanas no contribuía en nada —según ellos— a la formación de la nación y mucho menos a la reafirmación de la ciudad letrada que orientaba estos procesos. A pesar de haber nacido en América, sus escritos no defienden realmente la causa americana para el establecimiento de las naciones. Su forma de Estado se encuentra en el ejemplo de las naciones europeas a las que se les debe celebrar su “alta cultura” y su civilización. A pesar de que la ciudadanía y la residencia de estos dos ensayistas latinoamericanos se encontraban en el Nuevo Mundo, el discurso hegemónico del Viejo Mundo imperaba.
NOTAS:
[1] El crítico Ruffinelli le da otra connotación a la “juventud de América”. Dice que la juventud representa el vínculo con las generaciones anteriores, con “lo tradicional”. También dice que Rodó desplaza el significado de “juventud” personificada en el Nuevo Mundo. Es decir, la juventud de América —el Nuevo Mundo— tiene una relación con su generación anterior —el Viejo Mundo—, los jóvenes, por tanto, tienen el proyecto de libertad y orientación espiritual en sus manos (26).
[2] Ernest Renan (1823-1892) fue un importante teórico francés que escribió uno de los ensayos principales dedicados a la democracia y a la formación de nación durante el siglo XIX. Este ensayo ha sido tomado como vant-garde de todo el pensamiento americanista nacionalista. El ensayo lleva por título: “¿Qué es una nación?
[3] Joaquín Acosta (1800-1852) fue historiador, geólogo e ingeniero militar cundinamarqués. Amigo de Bolívar y Francisco de Paula Santander. En 1845 viaja a España para consultar el Archivo de Indias y posteriormente (1847) publicar un estudio denominado Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada en siglo decimosexto. La misma Soledad Acosta de Samper (1901) escribió un texto llamado Biografía del general Joaquín Acosta.
BIBLIOGRAFÍA:
Acosta de Samper, Soledad. Memorias presentadas en congresos internacionales que se
reunieron en España durante las fiestas del IV centenario del Descubrimiento de América, en 1892. Chartres: Imprenta de Durand, 1893.
Achugar, Hugo. “Parnasos fundacionales: Letra, nación y Estado en el siglo XIX” Revista Iberoamericana, No. 63 (1997): 13-31.
Castro, Belén. Introducción. Ariel. Madrid: Cátedra, 2000.
Castro, belén. “Utopía y naufragio del intelectual arielista: Representaciones espaciales en José Enrique Rodó”. José Enrique Rodó y su tiempo. Ed. Tomar Ette y Titus Heydenreich. Madrid: Iberoamericana, 2000, 95-104.
López Cruz, Humberto. “Enmarcando la historia en la obra de Soledad Acosta de
Samper”. La voz de la mujer en la literatura hispanoamericana fin-de-siglo. San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1999, 79-88.
Ovideo, José Miguel. “The modern essay in Spanish America”. The Cambridge history of
Latin America literature. Ed. Roberto González Echeverría y Enrique Pupo-Walker. New York: Cambridge UP, 1996, 365-424.
Rocca, Pablo. Enseñanza y teoría de la literatura en José Enrique Rodó. Montevideo:
Ediciones de la Banda Oriental, 2001.
Rodó, José Enrique. Ariel. Ed. Belén Castro. Madrid: Cátedra, 2000.
Rufinelli, Jorge. Ed. José Enrique Rodó: Crítico literario. Alicante: Instituto de Cultura
Juan Gil-Albert, 1995.
Rama, Angel. La ciudad letrada. Hanover: Ediciones del Norte, 1984.
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© Alexander Steffanell
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 23
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2005
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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