Lejos de la corriente
Edel morales
Poeta, investigador y promotor cultural cubano
Escribí estos poemas durante veinte años. Las cosas han cambiado mucho en ese tiempo, algunas más allá de todo límite previsible. Esos cambios han dejado su huella en la escritura, también en mi biografía, en las lecturas realizadas y en los escenarios económicos, sociales, tecnológicos o naturales en que interactuamos. Pero mi idea de la poesía y del ser humano que la hace, necesita y merece, no ha variado en lo esencial. Y creo que estos textos muestran esa continuidad.
No se si es bueno o malo. A mí me complace, amigo lector, encontrar estremecimientos y preguntas similares en todo el trayecto, descubrir que las palabras sostienen su sentido, y que su intensidad es mayor cuando han expresado bien el instante de su ya difuso origen.
Quisiera, por supuesto, que esa esencia permanezca. Que no se erosione el sentimiento. Que sea otra vez febrero cuando vuelvo a este poema: Tienes la cólera/ el enigma/ la sabiduría/ el halo de luz/ la altiva belleza/ y el deseo irrefrenable/ que extravía la razón./ Así debieron ser las diosas/ que cantaban los antiguos. Y que en el pórtico de un libro de poemas sea posible siempre una dedicatoria sencilla, como esta:
Para Vivian, por amor.
Los pies desnudos
No intentes posar tus manos en su inocente cuello.
Luis Rogelio Nogueras
La belleza no es nada
sino el principio de lo terrible.
Rainer María Rilke
Desde el año de la noria
Contaba una vez un rey
que ganó su trono en la sangre.
Yo, y el que ustedes imaginan fiero,
nos hemos visto antes.
Alguna luz murió sin ser por el cansancio.
Algún ciruelo perdió raíces desde entonces.
Pero no hay día más terco que los años
de la adolescencia firme.
Yo, y el que ustedes imaginan,
preguntamos juntos.
Era el año de la noria con barcos en la costa.
Todos gritando abajo.
Todos gritando arriba.
Todos listos a caer y hacernos piedra,
mientras eso fuese una manera de elevar la confianza.
¡Qué terrible el tiempo para trastocarnos tanto!
¡Qué fulgor de espejos para confundirse uno!
Porque ocurre como en las viejas historias.
Yo, y el que ustedes imaginan,
estamos mirando hacia un cielo distinto.
Y así jamás la estrella brillará para los dos.
Así jamás el grito será igual en los parques públicos.
Somos únicamente peces regados por la crecida.
El otro, y este que ustedes imaginan fiero,
al acecho del momento de saltar.
¡Oh, voz, no calles,
antes de cruzar los miedos!
Noches de 1980
He visto caer el sol detrás de las colinas.
Como esos viejos que se detienen
y pasan las calles aferrados a mi mano.
He visto caer el sol detrás de las colinas.
Y siento caer las noches de la isla
encima de mi cuerpo.
Tercera mirada a la sicología del poema
Escojo palabras en la claridad del día.
Sé que es inútil —el resplandor, los claroscuros,
la más profunda sombra.
Quise un cuerpo limpio y fuerte.
Quise caminar por el país.
Quise decir lo que sabía y lo que soñaba.
Escojo pedazos de agua en la claridad del día.
Sé que es inútil —mi inocencia, mi rabia,
mi tristeza de niño frente al acero de las armas.
Ustedes no conocerán la historia.
Yo quisiera estar sentado en el suelo de una casa,
con varias maravillas al alcance de la mano:
una bebida fresca y excitante, una música que ayude
a caminar por el país, el brazo izquierdo y suave
de una muchacha largamente conocida,
y las voces de mis nueve amigos más queridos y leales.
Yo quisiera que algún narrador contara por mí
las dos historias.
Salí a la calle, tuve un sitio, elegí mi voz.
Sé que es inútil —la rabia, la tristeza,
la inocencia de un niño frente al peso de la historia.
Pero estoy sentado en el suelo mientras el tiempo transcurre.
Miro pasar el resplandor, los claroscuros,
la más profunda sombra.
Escojo palabras, pedazos de agua en la claridad del día.
Y escribo mi esperanza de que algún narrador
pueda contar la historia.
Y gozo decir: buenas noches. Y no olviden.
Desplazamientos
Antes
la
luz
brillaba
en
los
altos
edificios.
Antes
no
era
hoy
que
me
hago
estas
preguntas.
Partir
Ya para entonces me había dado cuenta
de que buscar era mi signo.
J. Cortázar
Fiel a su manía de partir,
el niño que fui me azota el costado.
Estoy ante el espejo
y nadie entiende mi ahogo:
por qué recorro la casa, abro las ventanas,
y el aire sigue detenido.
Duele mucho este silencio:
la leyenda de puertas tapiadas
que no dice nada de mí,
y el tiempo paciente moviendo su garrote.
No puedo cortar el corazón y ponerlo en la sala
a que incite el hambre de los visitadores:
siempre el sol,
con sus figuras veloces sobre las lajas del patio,
trae a mis tardes de abril la inquietante belleza
y la cruda eternidad del cambio.
Quiero arder en un final que parezca aventura
y despierte aquella voz de antaño,
cuando burlaba las vigilancias mejor establecidas.
Quemante, bueno y fiel a su manía de partir,
el niño que fui sonríe, dice adiós, azota gustoso mi costado.
Y las lajas del patio comienzan su largo incendio:
una curación más palpable que cualquier cicatriz.
Los pies desnudos
No tengo nada.
Sólo el amor
de una muchacha
y mis párpados abiertos.
Así puedo
correr sobre la hierba
húmeda y punzante.
Sabiendo
que a esa certeza
llamarán locura.
La libertad es infinita
Bajo el duro afiche que da sentido a esta hora,
contemplo el rostro de los bailadores.
Manos distintas se mueven en el aire.
Se mueve una voz, muchachas pegadas al sudor
y las guitarras que una estrella acerca por su luz.
Fascinados en esa alucinación giramos libremente,
sin miedo y sin otra voluntad que estar vivos,
así giramos, todos bellos en el crepúsculo de la ciudad.
Pasa Laura llevando el ritmo en los labios.
Pasa Fernan con un toque de rock sobre botellas.
Pasa el mar, azul y gris clarísimo.
Blancas monedas que la libertad desnuda.
Contemplo el rostro de los bailadores
y el efímero resplandor de las cosas más puras.
¡Qué difícil para mi ojo humano
mirar de frente esa única luz!
Pero siguen dentro refulgiendo sus destellos.
Toda una noche con la mano en el agua
Bailar de noche con las manos en la arena.
Nadar pegado a los entrantes.
Y mis dedos no tendrán paz hasta encontrar el fondo
donde como en un cielo habitan gaviotas
—la iridiscente luz de los huesos de los ahogados,
golpeando en mis ojos para no caerme.
Qué marea en las pupilas, qué cuento de nunca acabar.
Una braza tiene longitud, la otra recurva
hacia la costa de piedras para ganar los cocos.
Un lugar definitivo es La Boca,
con su tradición de veleros que bajan al río
y una muchacha pegada al gobernable.
Qué duras piernas las mías para no ceder
al abrazo de las algas.
Si los peces me llevaran a la próxima frontera
y una vez allí saltase yo —como Armstrong o Colón,
pero sin fotos ni reproducciones.
Qué marea en las pupilas, qué cuento de nunca acabar,
qué duras piernas las mías para no ceder
al abrazo de las algas.
Nadar toda una noche con la mano pegada a los entrantes.
Y los párpados cansados, subiendo
la fosforescente caja de los que quisieron bailar.
¿Quién ordena en este mundo
el lamento de mi madre?
¿Quién?,
cuando mi hermano termina el lazo en su segunda bota
y Addis Abeba se mece como una flor.
Otro mes los camiones bajaban la cordillera en niebla
y mamá preguntaba por las manos de Miguel.
Cubavisión, Correos Air, toda la noche un solo sueño
y titila azul el satélite a lo lejos.
¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre?
¿Quién
desde una casa ingrávida y ajena
dicta así mi insomnio,
ordena en este mundo el lamento de mi madre?
Viene con dos lágrimas en cada mano plural
y yo Me acuerdo que jugábamos esta hora,
y que mamá
nos acariciaba: “Pero, hijos...”
Por el jardín y en cada laja del patio
pasa, irredimible, el tiempo,
pasa, irredimible y fugaz, todo el tiempo;
y pasan, vigilantes, los grillos, la única luciérnaga
con luz, con luz, con luz.
No tardarás, Miguel, susurro, no tardarás.
Pero el mundo es un nicho cerrado, las horas
un juego cruel, el tiempo un lamento humano
—redondo y olvidado y cruel
y otra vez redondo y olvidado y cruel y muchas veces más.
Un simple nicho olvidado después de la explosión.
Estación de invierno
Abro completamente desnudo la ventana
y miro: arriba las estrellas siguen alumbrando
una fiesta de la que sólo escuché el rumor.
Músicas que no siempre fluyen para el hombre
en la noche irónica y danzante.
Música sin la fantasía de mis dedos.
¡Qué largo es el silencio!
Contempló el ancho cielo estrellado de mi patria
y esas calles que se alejan, se pierden, me dejan solo...
Músicas que van y vienen y regresan luego,
danzando libres y no iguales hacia y desde un mar sombrío.
La felicidad adormece mi voz y luego se aleja,
mientras abro completamente desnudo la ventana
y miro.
Toda la cabeza
Un pájaro
se mueve
en las maderas del techo.
Está apedreado
y no podrá
salvar el ruido de sus alas.
Pero se acerca a las vigas más duras.
Su traslación
es mínima, inapresable,
capaz de enloquecernos.
Y en la gravedad de sus plumas
se nos pierde el fuego
del arquero.
Sufro en agonía
este dolor
de entonces:
el pájaro que cae,
se mueve
y alcanza las vigas más duras.
El mínimo,
inapresable,
infinito dolor
de las patas de un pájaro,
haciendo caer hacia nosotros
el polvo de su eternidad.
De la ausencia y la noche
No queda más que marcharse.
Y buscar luciérnagas en los patios dormidos.
Y conquistar en la ciudad los puentes.
Y habitar en soledad la casa.
Y dibujar tus ojos en las paredes blancas.
Y regresar despacio hasta la puerta.
Y olvidar tus ojos, y olvidar, y olvidarlos.
Sabiendo que mañana o luego, siempre
la noche los traerá.
Calle G. 1982
Una noche partíamos almendras en la calle G.
Eran más de las 12 y tú y aquella saya de flores blancas,
parecían la eternidad.
Yo me detuve un momento a contemplar la luz
y el paso de los autos por La Habana de 1982.
Todo resultaba tan sencillo.
El viejo mar bendito frente a la estatua de Calixto García.
Tu rostro avanzando en la semiclaridad de los pinos.
El golpe con que mi mano buscaba
en la roja intimidad de la almendra.
Todo resultaba tan sencillo
como la vida del agua que se escurre entre los dedos.
No debía venir nadie.
No esperábamos a nadie.
Yo me detuve un momento a contemplar la luz
y el paso de los autos por La Habana de 1982.
Tú, y aquella saya de flores blancas,
parecían la eternidad.
Mujer gozando su desnudez
Las piernas recogidas,
el pelo cansado,
distinta.
Ha dejado su temor junta al último café,
ahora goza mi presencia.
La semipenumbra
y los discos moviéndose en la madrugada,
permiten un espacio para el deslumbramiento.
Está sentada sobre el piso
y mira sin palabras
la esperma que deja en los mosaicos
la vela de la fortuna.
Escucha una canción de ángeles.
Goza en su cuerpo mi presencia.
La limpieza de su cutis y la lentitud de abril
me ofrecen en el espejo manchado
la otra cara de la luna.
Sólo ardiendo
Nadie sabe si al fin te alcanzaremos:
cazadores demasiado torpes para tu huella
y para esa luz que oculta permanece en el fuego.
Sólo ardiendo lograrás
un verso que me rinda,
dice tu voz perdida en la hojarasca.
Y nadie sabe si al fin te alcanzaremos, cegadora.
En la densa claridad de los trópicos
lo único cierto es que te seguimos.
Con fiebre.
Un poco de amor en la mano izquierda
Estoy sentado en la misma piedra que mi mano quiso.
No pregunto, ni blasfemo, ni escojo nada.
Sonrío como un héroe de novelas triste y solo.
Fumo para quemar las semillas más terribles del miedo.
Y miro en silencio a través de la ventana.
En los círculos que las luces dejan sobre los parques abiertos
alcanzo a ver un rostro que sostiene el fuego.
Cerca los perros muerden este diciembre blanco y mudo.
Nada recuerda esta noche el tiempo feliz.
Por esa helada quietud se han marchado los amigos,
luego también las escasas muchachas.
No pregunto, ni blasfemo, ni escojo nada.
Sonrío con la bondad y dureza que he visto sonreír a mis héroes
y espero en silencio la próxima lectura.
Afuera pasan los días de Navidad.
Entrañablemente azul tras la muda hojarasca de diciembre,
el fuego de los creadores sostiene mi cielo.
1983 no era un año triste
Guarda esas fotos en el forro de tu abrigo,
y guarda esa cara de circunstancia:
1983 no era un año triste,
lo sabes tú y lo saben las paredes del Club.
Deja que el tiempo arrastre esas nubes.
Deja tu rabia vagar en esta carne blanca y suelta,
la carne que el cielo te dio.
No trates de explicar el color de las luces.
Escoge una pregunta
cercana a la claridad de las voces más jóvenes,
y guarda esa cara de circunstancia.
Lo sabes tú y lo saben las paredes del Club:
1983 no era un año triste.
Mar Atlántico
Como en las fotos del Mar Atlántico,
que Enrique guarda en el forro de su abrigo,
ahora todos
miramos al cielo fijamente.
Con su guitarra y su silencio
Fran arpegea en las botellas, y quiere llegar,
y la vida vale o no, pero aquí estamos.
Tere afirma su manía de nubes en la boca
y sus príncipes mendigos
que nunca quisimos comprender,
porque la amábamos tanto;
la amaba yo soñando en el muro
de espaldas a las preguntas de mi cuerpo;
todos, alguna vez, fuimos su insomnio verdadero.
Si todavía Mandy fuese el mejor anfitrión,
Monsieur Zaping in Zaping's Club,
descorcharíamos otra vez la Havana,
y el pasitrote de Fernan perdido en las minas
sería el más fantástico juego,
la mayor felicidad para los golpes de Ale.
Eran otros años, nosotros demasiado jóvenes
para entender esa historia
de gente dispersa en el mundo.
Nosotros demasiado jóvenes pero muy seguros
de que Fillo no mintió,
de que a medio paso del dos mil no se regalan islas.
Como en los rostros del Mar Atlántico,
murales del Zaping's Club
jamás borrados por el peso de la bruma,
cada uno es el genio,
todos latiendo en un mismo corazón,
vigías de un tiempo
que nos costó la infancia.
Con el muro a la espalda
Murió el tiempo de los cómplices.
Felicidad de las horas girando hacia el día
de llamarnos cómplices
—relámpago, aproximación, tiempo de los cómplices
ya muerto.
Cómo querría encontrar ese alguien
que confirme la inasible nostalgia
en su retorno y escape.
No he pedido que aparezcas igual,
con el muro a la espalda
y una lealtad más fiel que los brazos pactados.
Pronto es para engañarse.
Sólo por hacer algo fija las estrellas ganadas,
los años que ardieron
como el aire fuerte en la dispersión del fuego.
No olvides tú ese rumor que escapa.
Murió el tiempo de los cómplices,
ha muerto.
Y miro la ciudad volver de sus mejores días.
Y miro la gente que va y viene despacio junto al mar.
Y me pregunto con el muro a la espalda:
¿Tan solo será la vida
un tiempo posible?
Fábula del hombre y la ciudad
I
Sentados junto a una vieja cruz de madera
cuatro pescadores miran al mar.
Aguas lejanas y muertas, un hombre solo por las calles.
Son imágenes que preciso, los últimos lugares
que vieron sus miradas de testigos.
En sus palabras, y en el relato de otros protagonistas,
recuerdan los miedos de aquel año.
Escuchan el silencio de treinta mil rostros
perdidos en su memoria de niños.
Los cayos barridos por las olas, la ciudad apagada.
Luego llega la luna y tensa los cordeles
sobre el tranquilo mar del sur.
Hasta la claridad del día siguiente.
II
Habrá otro silencio en la poca arena de las costas,
han dicho mirándome a la cara.
Con el tono de las cosas inevitables.
Es la memoria de la sal en el aire de la noche,
el color del miedo en sus brazos desnudos.
Yo respiro en ese lenguaje de pescadores
la temporalidad manifiesta de mis veintiséis años.
Yo espero con la mano en la cruz
una voz que magie mi nombre y mis ojos de tigre.
Por ella atravesé el país y vine a esta playa.
Luego regreso por un camino de piedras
a mi habitación de hombre de paso en la leyenda.
Y veo cómo se apagan sin amor las casas a lo lejos.
III
Hay un cuerpo en la cruz, unas calles en penumbra,
una magia que muere entre las aguas.
Una línea de sombras donde se corta el horizonte.
Vuelvo a la costa por este silencio antiguo
que desde ayer los pescadores me anunciaron.
Ciudad anclada en el letargo, y una bella mujer
que se pierde entre el fuego y la tristeza.
Ciudad de míseros rituales, donde escucho y miro
y palpo cada día la simple repetición de estas imágenes.
Nadie puede sin cambiar retener de verdad sus mitos.
Esas lunas de la memoria de los niños
se hunden para siempre bajo este cielo acabado.
Desde el mar avanza en ras la marea deslumbrante.
Noches de 1985
He visto encenderse las luces del parque.
Semejantes a un ahogado que vuelve
abrieron los ramajes para mí.
Y puedo ver el blanco borde de los cielos.
Historia tan contada
Vuelve, soplo queridísimo, a mi vida.
Vuelve, y no olvides:
volaban pájaros en el cielo, el amanecer llegaba,
y nadie dijo: Acabaré rendido.
Lo recuerdo todo en este minuto de agosto.
Tú y yo y el alto amanecer.
Tú y yo y pájaros que volaban
en el alto amanecer.
Tú y yo sabiendo que alguna vez el cielo
sería algo más y estaría más cerca.
Tú y yo, soplo queridísimo,
mirando por los mismos ojos.
¿Acaso olvidaste el sonido de las aguas?
En la herida burbujea su historia tan contada.
Hacia la claridad que asoma en el alto amanecer
vuelven los pájaros a buscar el cielo.
Mira: cuando termine el silencio habrá nuevas voces.
Mira: cuando demos la cara los partos serán felices.
Yo te espero, soplo queridísimo, no me faltes.
Mientras arda el fuego
Yo estoy seguro o muy seguro:
los espectadores desconocen lo que vale una voz,
o el peso de una voz en medio del fuego,
lo que cuesta adelantarse sin inmunidad.
Mientras arda el fuego.
Mientras caigan los hombres en mayo.
Mientras cada palabra cueste una vida.
Con los dedos subiendo al despeñadero,
hasta desnudar la rojez de la brasa.
Mientras arda el fuego.
Mientras caigan los hombres en mayo.
Mientras cada palabra cueste una vida.
Los espectadores bailan en un pie
y nosotros marcamos el ritmo,
el sabor eterno de estas otras canciones.
Mientras arda el fuego.
Mientras caigan los hombres en mayo.
Mientras cada palabra cueste una vida.
Con los dedos subiendo al despeñadero,
hasta desnudar la rojez de la brasa.
Espectadores siempre hubo,
al margen de la Historia,
espectadores en su inmunidad.
Yo estoy tan seguro de esta voz
como del tiempo.
Yo también tuve un silencio
No estoy escondiendo nada.
Sólo dije, calmado y para todos:
No creo en los murmuradores.
Van y vuelven por el largo pasillo.
Van y vuelven, pero no adelantan un paso.
Yo también tuve un silencio.
Cada amanecer en el mundo un vacío alimentándose,
una puerta pálida como el frío de los ciegos.
Yo también tuve un silencio:
era estrecho y apretaba
como la tos de los irremediables enfermos.
Pero ya rompe el círculo para hacerse voz.
Que nadie diga luego:
No lo imaginaba.
Cada hombre tiene su palabra.
Cada palabra tiene su sentido.
Que nadie guiñe luego el ojo en los conciertos.
Sólo creo en el ronco grito de las marímbulas
que con la tierra rugen.
Cuando seas alguien
I
No espero mi nombre en las encuestas,
camino hacia otro resplandor.
Escucho voces que murmuran:
Cuando seas alguien podrás decir,
ya soy alguien, amarás decir,
si quieres ser alguien no debes decir.
Como si esa proposición de barnizado yugo
pudiera convencernos.
Modelar,
y luego pájaros tristes preguntan por nosotros.
No. Hace ya varias guerras elegimos
la estrella, el pecho abierto, la mano siempre lista.
No vamos a ser otros, seguimos siendo fieles,
al fin y al cabo el tiempo es nuestro
y nuestra es la tierra.
Cruzan las piernas y mirando al mar murmuran:
Cuando todo se confunde
es fácil ascender barajando bien las cartas,
basta saber moverse en la marea
como hace la blandísima arena que jamás traspasa el veril.
Y con esa letanía trataban de cegarnos.
II
Para no caer como una mosca en la tela
juega tu vida en las corrientes
y al margen, con rabia y dolor, con toda el alma,
con hambre y miedo y paz
siempre puedes gritar, y decir:
Soy alguien,
y no espero mi nombre en las encuestas.
Camino hasta las primeras luces,
enciendo alguna lámpara porque soy cualquiera
y a todos nos importa,
el halo del rocío en las flores abiertas.
Murmuren y barajen esas cartas marcadas
los que nunca dieron su mano.
De tanto no ser nadie y no cambiar un rostro
que irremediablemente arde,
tenemos en la mirada el tiempo:
una estrella que abrasa para siempre
a los murmuradores.
Vivo
Un
corazón
no puede terminar
como una panetela
almibarado
desmembrable
entre los dientes del mundo.
El hombre prevalecerá sobre todas las angustias,
dice William Faulkner
Sobre la angustia de un amanecer
donde no estás.
Sobre el blanquísimo sol
y la dolorosa penumbra cuando llueve.
Sobre la angustia de los cómplices
traidores.
Sobre el golpe de las gotas
en el fondo.
Sobre la angustia del lazo
y las correas.
Sobre el más lento redoblar
de las campanas.
Sobre la angustia de los cielos
perdidos.
Sobre vicios y bondades y
desesperanza y melodías.
Sobre colmos y mañanas
el hombre será más que silencio.
Sobre la angustia de su propio miedo
prevalecerá.
Edel Morales (Cabaiguán, 1961) Escritor, investigador y promotor cultural. Ha publicado los poemarios Viendo los autos pasar hacia Occidente, 1994, y Escrituras visibles, 1999. Seleccionó y prologó el catálogo de jóvenes poetas cubanos Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo, 2000, y la muestra La Estrella de Cuba: Inventario de una expedición, 2004, todos por la editorial Letras Cubanas. En el 2002 la editorial canaria Globo publicó su poemario Lejos de la corriente, corregido y aumentado para Ediciones Unión en el 2004. También en el 2004 Ediciones Luminaria publicó su relato testimonial Los pies en la tierra. Obtuvo, entre otros, los premios Revolución y Cultura, 13 de marzo y Razón de Ser. Sus textos aparecen en numerosas antologías, publicaciones periódicas y sitios digitales de la isla y de otros países. Poemas suyos han sido traducidos al inglés y al francés. Ha impartido conferencias y realizado lecturas en Cuba, España, Venezuela, Argentina, Puerto Rico, México, Estados Unidos y Alemania. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y Miembro de Honor de la Asociación Hermanos Saíz de escritores y artistas jóvenes. Le fue conferida la Distinción Por la Cultura Cubana. Es director del Centro Cultural Dulce María Loynaz y de la revista de literatura y libros La Letra del Escriba. Reside en La Habana.
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© Edel Morales
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 23
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2005
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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