DOLIENTE PIEL DE HOMBRE
Teobaldo Noriega
Estos, Fabio ¡ ay dolor! que ves ahora,
campos de soledad, mustio collado...
Rodrigo Caro, "A las ruinas de Itálica".
I
Me preguntas por el bello país que ya no tengo
y me dices que quieres conocerlo.
Yo te hablo de sus ríos, de sus montañas,
de sus campos floreados que separan las aguas,
y mi imaginación se va aún más lejos.
Transito contigo cordilleras desnevándose al sol
hasta alcanzar una espesura de esmeralda,
me quedo allí con tu intrigante acento
para llegar al sitio justo donde empieza mi pena,
y me amordazo el alma rumiando mi nostalgia.





¿Quién me robó la patria?





¿En qué viento infeliz se la llevaron?





¿Dónde quedó el alegre color de mi otro suelo?
Verás. Yo nací junto a un río que cruzaba altanero
por una zona ardiente sembrada de bananos.
Crecían mangos, caimitos, guayabas, tamarindo,
explosión de guanábanas al chocar con los dedos,
papayas compitiendo con afiladas piñas.
Había guamas, corozos, zapotes embrujados
que mostraban airosos su pulpa erotizada.
El níspero brotaba muy cerca al marañón
y la sed terminaba en el fondo de un coco.
Sobre este río había un puente por el que puntualmente
llegaba humeando el tren con sus frescos tesoros:
un bazar de metal repartiendo sus dones.
Los pequeños jugábamos al trompo, a la carrumba,
volábamos cometas corriendo por la plaza.
Los mallores entretenían las horas hablando de sus cosas:
disfraz de Carnaval, golosos dulces para Semana Santa,
fiestas de corralejas en ese mes de julio,
pesebres y juguetes en nuestra Navidad.
Niñez armonizada al compás del sonido.
Canto de agua salvaje bajando de la Sierra.
Bulliciosa policromía de pájaros en coro tropical.
Frondosos heliotropos que todavía eran míos.





En medio del asombro a su orilla llegué





y me distraje andando la ruta de su yodo:





un verde-azul de vidrio que se rompía en la roca:





un centelleante sol sobre el perfil del Morro.





Templo de Cal, ¿de dónde sale el eco?





Patrona del Océano, ¿dónde quedó tu entraña?





Tus arenas corrí descubriendo el misterio de esa sal





y se precipitó mi adolescencia por el ardiente puerto.
Más tarde otro paisaje sembrado de eucaliptos
me mostraría feliz la frescura del páramo
compartiendo con otros el frío y la paz tunjanas.
Aquella fue una etapa de libros y acordeones
de ilusiones forjadas al calor de parrandas.
El grupito de entonces superaba las pruebas,
la Costa estaba lejos pero surgía su magia.
En el barroco austero de la Madre Castillo
me esperaba el amor en patio de convento:
carnal pasión de hombre con fondo de campanas.
Pero la vida, amigo, nos lleva a otras riberas.
II
Ahora me dicen que de eso poco queda.
Que de tanta belleza escalonada
tan sólo permanece en ese mapa
la caótica imagen del gemido angustiado
que la historia repite:
degradados fragmentos de una leyenda
trágica en que se agota el hombre.
Que de nuevo aquella obscura sombra,
por el dolor sujeta,
aparece incrustada a nuestra espalda.
Cruz de odio. Pasión no redimida.
Esperpento que impone sus cadenas.
Horror de rostros signados
por un llanto que agota y se acumula
proyectando el Gran Miedo.
Grotesco laberinto condena de la historia.
Visión distorsionada de imágenes inmersas
en tormento ancestral .
Tendrán que hacer más ancha
la margen inferior de esa bandera,
inventarle una nueva explicación
al gorro frigio y al cóndor del escudo.
¡Oh gloria inmarcesible! ¡Oh júbilo inmortal!
No. No hay gloria en una vida
que es peor que la muerte.
No se puede limpiar
lo que mancha esta sangre.
Cada cinco minutos
un nuevo cuerpo cae.
A ver, ¿cómo me explican
la razón de este júbilo
festejo-de-difuntos?
Cesó la horrible noche la libertad sublime
Monumento verbal.
Enigmáticas palabras.
Enseñados desde pequeños
a cantarlas con ciego orgullo,
jamás a cuestionarlas.
Que si de sangre,
que si de llanto un río:
la crecida es inmensa
y nos arrastra a todos.
y empieza a presentirse de la epopeya el fin
Entendámoslo de una vez:
epopéyica es la vida
y el derecho a vivirla.
No lo que aquí nos legan..
Todo trágicamente indica
que la euforia colonial
de aquellas cadenas rotas
no consiguió salvarnos
del fantasmal laberinto.
si el sol alumbra a todos justicia es libertad
De nuevo las preciosas palabras.
Traidoras. Obscenas.
Vieja obsesión ridícula.
Latigazos para un dolor sonoro.
Siempre un Leónidas
destruyendo a su Jerjes.
¡Qué desacierto ha sido
para este pobre pueblo
el tener que heredar
un dolor espartano!
III
Como te venía contando, amigo,
todo lo que ahora tengo son mis simples preguntas:
¿Podrías decirme tú dónde quedó el sendero?
¿quién canceló la luz? ¿por qué surgió la daga?
¿me extravié yo o se extraviaron los otros?
¿en qué infeliz momento me dañaron la patria?





Larga es la ausencia en esta piel de hombre:





cartón de piedra trágico el mapa que ahora cargo:





difusa geografía cubierta de desechos:





cavilación antigua de un caminar que apena:





peregrinaje triste de cuerpo amurallado:





recordada quietud evocando el sonido:





pasión que se descubre junto a la vena rota:





paisaje que alimenta este espejismo vivo:





enmascarados rostros de éste mi medio-sueño:





imágenes dispersas por mi afán cotidiano:





dolor inseparable de la herida que toco:





directorio con nombres borrados por el viento:





catálogo decrépito donde otra vida estuvo:





añorada inocencia de aquella edad primera:





cordón umbilical que partieron las aguas:





resaca de un amor que en sobrepeso traigo:





navegación luctuosa lanzada a ese otro espacio:





sed de patria que hiere y se consume ausente:





difusa reflexión camuflada en el rito:





sufrimiento añadido mientras pasan los años.
Trasnspiro. Pienso. Busco.
En mi osadía reclamo.
Me gustaría encontrar de nuevo aquella plaza,
el patio iluminado, la puerta y la ventana.
Caminar suspendido por el calor del viento,
seguir caracoleando la línea de la espuma.
Pero transito solo por esta galería
de voces en silencio.
SEÑORA MUERTE
Traicionera viniste
—como acostumbras siempre—
y me robaste lo que más amaba.
No diste tregua en tu tenaz tarea
transpusiste la puerta y te llevaste
el cotidiano pan de mi alegría
la sonrisa y el guiso de la abuela
la suave voz de madre convertida en plegaria.
Sólo queda tristeza en aquel patio
donde aprendí a esperar las Diez del día
con fragancia de albahaca y trinitarias.
Huesuda hambrienta
con nada te contentas
de otros brazos también me desprendiste
amigas voces tristemente ausentes
recordándome con su silencio audible
que el abandono sigue pues la vida
—angustiosa ilusión endeble pasajera—
es una serie infinita de dolores
cabalísticos y tétricos numerales
con que sumamos nuestra constante resta.
Meticulosa y puntual
escalofriantemente señalas el minuto
con una exactitud exagerada.
Trágico sino humano:
eternamente sometidos
a tu imprevisible y siniestro capricho.
De nada sirve intentar eludirte
siempre estás esperándonos
agazapada en la secreta esquina.
Sé que el vacío dejado por los otros
seguirá acariciando mi reducido entorno
y un dia por mi tambien vendras:
como fulgor intenso que cancele mis ojos
como sonido agudo que mis labios traspase
como incorporea forma extraviada en mis dedos
como afilado viento de una invernal maNana
como pesado aire que parta en dos mi pecho
como anillo de fuego que mi interior calcine
como golpe de sangre que haga estallar mi arteria
como dosis de oxigeno negada a mi cerebro.
Trompetazo impaciente reclamando mi entrega.
Pero temor no tengo —fatídica Pelona—
me acompañan los muertos que me has dado
con ellos voy armando mi macabra comparsa
y al baile llegaré coqueteando contigo
charangueando irredento mi retablo de sueños
moviendo el esqueleto frente a tu cruel guadaña.
EN LA ETERNIDAD DEL BOLERO
I
Armoniosamente machihembrados
En esa sagrada pista
Ritual inmolación de humanas ansias
Navegando hacia la entrega
Moviéndonos sin movernos
Entrepiernados en medio de la sombra
Sin transgredir el perímetro que marca la baldosa
Mi pelvis buscando la tuya más allá de la tela
Esa hinchazón frontal que me engoma a tu cuerpo
Calor de bestia herida que quiere tocar fondo
Ritmo sexual que suavemente pulsa y no se agota
Pasión de media noche que no conoce tiempo.
II
No se trata del tiempo y sus quimeras
Sino de lo que deja el sufrimiento
Entiendes bien el limo de la vida
Te aferras a la letra y te disparas
Retrospectivamente
Sin embargo
Importa poco cuanto hiere el recuerdo
Busco en mí mismo y allí me reconozco
No hay placer sin dolor siempre se paga
Sudor y semen son la misma cosa
Los dos responden ante el mismo impulso:
Gota en la gota entre la muerte-vida
Siempre escapando de la misma suerte.
III
Mírame:
La melodía se esconde en el fondo del vaso
Y mi cuerpo se altera al enfrentar tu rostro
Tus ojos son dos brasas que queman mi costado.
Invítame:
La noche anuncia el reto que imponen estas notas
Invadiendo el sagrado recinto donde estamos
La pista nos espera como un océano quieto.
Sujétame:
Que sean tus sabias manos las que a ciegas me lleven
Por ese laberinto donde anduvo la pena
Mi cuerpo presionando la redondez del fruto.
Muéveme:
Nuestros pasos bordando este tapiz sonoro
Dos barcos remecidos por el sensual oleaje
Respirar acezante de bestias al acecho.
Embriágame:
Todo desaparece sólo estás tú conmigo
El ritmo que me impones me lleva a ese otro espacio
Es como estar bebiendo el licor de tu cuerpo.
Sedúceme:
Que tu cintura me hable que tu pecho me rinda
Que no haya paz en mí salvo el feliz momento
De encontrar mi reposo perdido en la tormenta.
Quédate:
No te desprendas nunca de este vaivén genésico
Renaciendo los dos en la cadencia ardiente
De este bolero eterno donde no existe el tiempo.
AL –ANDALUS
I
La Giralda se alza
como una vela mora.
Así debieron verla
El Chicuelo y Maera
lo mismo Juan Belmonte
cruzando a la Maestranza
por el Puente de Triana.
Huele a tabaco el aire
a incienso de cuaresma
huele a aceite de oliva
huele a anís
huele a caña.
Desde el fondo del agua
un tropel marinero
rescata la leyenda
de aquellos que partieron
montando en carabelas
con su cruz y su espada
a encontrar rancherías
en ese mundo nuevo:
Nenguanje, Posigueyca,
Chengue, Cinto, Gairaca.
A incursionar la tierra
que llamaron Caribe
cita de sueño y pena
con que me harían la patria.
II
Guadalquivir arriba
el Cristo de los Faroles
pacientemente aguarda.
Me recuerda una promesa hecha.
Cielo azul sobre barro.
Tiempo que se hace voz
que se hace hombre
que se hace espacio.
(No es maldad la pasión excesiva
Lucio Anneo
sino todo lo contrario:
nuestro dolor nos salva)
Y mientras Maimónides
rompe el silencio de la Judería
explicando a su discípulo
el enigma de las sagradas tablas
en un rincón del palmeral de piedra
-ocre y amarillo de un Islám
adormecido ahora por una pax cristiana-
la tumba de don Luis se agiganta.
III
Quizá porque de niño
me impresionaron tanto
los moros y cristianos
que en la vega luchaban.
O fue tal vez
el recuerdo heredado
del candil encendido
a la orilla del río.
En verdad no lo sé.
Lo cierto es que el azahar
me condujo a esos cármenes.
Por la Puerta de Elvira
subí hasta el Albayzín
y extraviado en el tiempo
me rozó su misterio.
Fue fácil comprender
la tragedia del ciego:
su mirada perdida
pidiendo en la limosna
lo que Dios le negaba.
El agua deja un eco
de canto que hipnotiza.
Bajo el viejo ciprés
Boabdil persigue aún
el sedoso perfume
dejado por su amada.
Y yo contemplo al fin
el milagro feliz
de esa mole de luz
que sale de la roca.
CABALLERO DE LA FE



En un lugar de la Mancha,





de cuyo nombre no quiero acordarme…
Sobrehumana inquietud
ésa que empuja tu arrogante paso
por las secas praderas de la Mancha.
Quedan atrás tu descuidada hacienda
y el galgo corredor con que salías de caza
antes de distraerte ociosamente
con anécdotas de Palmerines o Amadises
que mortificándote el juicio
te lanzan hoy por esta tierra de nadie
a descubrir tus verdaderos
duelos y quebrantos.





Las armas llevas puestas.





Difícilmente montas sobre el maltrecho animal





cuyo nombre recuerda lo que antes fuera.





En tu enfebrecido corazón escondes el secreto





de una vieja pasión no conquistada.





Y en este caluroso amanecer de un día de julio





al campo sales en busca de aventuras





confiando en que tu fe y tu voluntad





habrán de darte eterno amor y fama.
Pero oteas de pronto el horizonte
y reconoces que a pesar de tus nobles intenciones
más fuerte que tu brazo y que tu lanza
es esa triste soledad que te acompaña.
Del inútil intento convencido pareces ver la luz.
Nuevamente traspasas la puerta del corral
te deshaces de todos tus pertrechos
—en el establo ya has dejado la cabalgadura—
y regresas a tu lecho de cristiano viejo
con la esperanza de encontrar alivio en el sosiego.





Antes de acomodarte le pides a tu Dios





te conceda el milagro de ese otro feliz día





en que surja el fabulador que te redima.





Otro ingenioso hidalgo armado de una pluma





escribiendo la historia que sabemos.





Aquélla donde tú —como siempre— eres quien eres:





el invencible héroe en constante batalla





entretejiendo en sueños la más terrena gloria.
Teobaldo A. Noriega
Del poemario Doliente piel de hombre.
Palma de Mallorca: Lleonard Muntaner Editor, 2005.
para ver el comentario del narrador Clinton Ramírez
sobre el libro Doliente piel de hombre.
_________________________________
© Teobaldo Noriega
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 23
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2005
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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