Cuentos interruptus
Aymer Waldir
VIBRA EL ARPA
Me falta por recorrer tu cuerpo entero, no he tocado de ti, cuerda ni madero; ni un milímetro ha recorrido mi ingenuidad que brinda huellas, tengo la certeza de que un sólo roce en tu tonalidad generará el esplendor, y olvidaremos que somos rieles paralelos para empalmar como tren brioso y túnel que resguarda, internándonos en ese eclipse que espanta al proyectar sombra de eternidad. Dame el alfa, la clave de sol; muéstrame sin pudor el punto G para la convulsión de estreno. ¿Callas?, concedes que dé inicio... vibra arpa, mientras acaricio con la púa aquella cuerda que elegí… la que une muslo y pantorrilla, justo allí, tras tus rodillas.
HOGAR Y HOGUERA
Pulso, perforo, entro entre tus palabras buscando abrigo, la llama apenas se enciende pero ya quema; salen de ella chispas voraces que traga el dragón. Las glándulas dentro de sus fauces hierven como la arena del desierto antes de llegar al oasis. Veo venir la tregua, pero delirante, aplazo pulsar la cuerda que lleva al bosquecillo. Agradecida preludiarás la revelación y entre crispaciones avivarás la fogata en germen, que apenas tímida brota.
EL TALÓN
Qué más podrías, hija de Aquiles, que cantar entre las pulsaciones de tu atrapado corazón, que rogar porque el veneno se riegue entre el bamboleo de mimos y el desfile de vidrios triturados que presientes. Herida estás, de muerte, entregada a que los ríos de savia te desborden en la intoxicación por sobredosis de cobalto. Febril esperas que se extienda en tu paisaje aquella pócima que en certera puntería te ha irrigado la saeta enviada. Goza y cántale al oportuno festín de los perniles, que de un solo bocado te ha tragado. De nada vale retirar el dardo que encontró tu débil punto, déjalo volver allí las veces que prefiera; pide que lo lance otra vez, ruega porque encuentre de nuevo esa nota que a vibrar te manda. Clave de sol, que entre acordes te convierte en Mesalina, entrégate toda, déjate pulsar, abre el compás de tus piernas que te convierte en melodía.
BEBE
Querida Doncella, zambúllete a ojos cerrados bajo las aguas del Rin, acaricia el agua con tus movimientos rítmicos, danza y canta en el borde de las olas y espera confiada que ellas giren a tu alrededor como lo hacen los planetas en torno al sol. Tu tristeza sólo es la sombra del miércoles, espántala en el recuerdo de cuando fuiste hija de la niebla; pasa cabalgando sobre ella bajo el puente del arco iris, sin desfallecer un segundo. Empuña tu ira para guardarla en la funda de la indulgencia. Comprende la enorme ventaja que entraña el olvido y toma de la copa mágica que calma la sed de verdad, esa que una vez despertada, nunca se apaga hasta que es satisfecha. Bebe.
VIAJERA
El Sol de media noche alumbra para ti, empeñada en mirar el termómetro que marca la ausencia; sólo el frío te arropa desde lejos. El olor a bacalao seca tu boca, que intentas endulzar, escuchando a Edward Greig. Te recuestas ingenua en el recuerdo de aquel barco que ya zarpa, ves girar allí tus distintas posiciones de ánimo y, fatigada, apartas la mirada de ese elíxir. Aún no es tiempo de regresar, atrapada en medio de las gargantas labradas entre las rocas, gimes la última vocal, queriendo salir de ese laberinto vertebrado.
La Aurora boreal se te sube a la cabeza. Las tristezas y el aire entran fatigados haciendo esquí entre tus grietas. Sueñas el retorno y pretendes ser pluma de águila ártica y regresar al tibio nido. Las miríadas de mosquitos te despiertan, un Troll roba tus huevos y una gota salada se abre paso hasta tu boca, la bebes y reanudas la lectura de los petroglifos llegados de la distancia.
Tu jersey, de pura lana de alce y hecho a mano, contiene el trepidar de tus fibras que añoran volver a donde surgieron. Es el dolor más septentrional del mundo, una separación cubierta de musgo, un reclamo es cada célula pidiendo que retornes. Posas entonces tu silencio en el hombre que te mima, le perdonas que sea semilla de esa tierra que te tiene prisionera. Le prodigas tu cadencia en clave de mi contenida, lo haces vibrar con una nota si a la deriva mientras lo consuelas dejando que sea intérprete de tu instrumento afligido. Te pregunta de tus planes y le ocultas que acaricias la idea de volver, que tus oídos reclaman los susurros de tu patria. Todo es tristeza en ti, dulce Vikinga estacionada.
CUEVA DE MIME
Despierta, Brunhilde, vela para que no te paralice el desaliento, recuerda que posees la calidad esencial de todo buscador de la verdad: la falta de miedo. Vamos, forja para mí la espada que ningún herrero ha podido regalarme. Yo por ahora blando la desbaratada Nothung, ya que soldé sus pedazos y la rehice a pulso sin consejo de artesano. Dale, sé tú el caldero, vierte el cálido metal y deja que yo golpee sobre el yunque hasta fundirla-fundirnos en aleación sonora. Y entrégame el anillo, no seas obstinada, déjate domar por quien sólo conoce miedo y derrota en las hojas del diccionario. Decide rápido, apúrate, ya llego. Me sumergiré hacia tu roca rodeada de fuego, pasaré firme entre ella sin quemarme, guiado por el ave de la intuición despertaré y cortejaré a la belleza durmiente, buscando que me concedas lo que con tanto ardor he perseguido durante muchas vidas. Sin desviarme, te acogeré en mis brazos y en la armonía de las esferas con un beso ferviente, despertaré al espíritu de la verdad de su largo sueño y cabalgaremos desde la madrugada hasta la medianoche en el más impetuoso de los corceles celestes. Despierta, Brunhilde, no sigas sumida en sueños, despabila tu intrepidez soltando el nudo que te ata, quema esos lazos en el círculo de las llamas encendidas. Entérate insomne que lo que voy a decir se cumplirá: Si vuelvo a encontrarte delirando como ahora, no seré llamado Siegfried y diré que Mime, el feo Nibelungo, no es un enano, si, echándote mano, no te despojo del vestido que cubre tus vergüenzas y no te envío golosa a tocar la flauta entre los lirios. Advertida quedas.
FUSILAMIENTO
Está lívida Francia, el siglo desdobla su primer quinquenio. Aún no recibe la partida de su hijo visionario con nombre de séptimo mes ni sospecha la llegada de un tocayo que le hará dar la vuelta al día en ochenta mundos. La biblioteca del museo Guimet se viste como templo indio para la aparición de la bailarina de cuatro dimensiones; la túnica traslúcida que apenas la abriga se pega a su sombra, sus contoneos desvanecen un velo tras otro hasta llegar al séptimo cielo. En un frágil pestañeo el candelabro ilumina la intensidad geométrica del desnudo danzante, ruge el silencio apagando cualquier rumor. Es el ojo del día, el amanecer malayo que ha acercado las naves de los deslumbrados espectadores a un punto fijo, tan exótico como mortal.
El respetuoso mutismo celebra a la venus danzarina, cubierta ahora por un sari y un diminuto sujetador de lentejuelas: su solemne demostración en contorsiones. El espacio y el tiempo, formalmente considerados absolutos, son ante su presencia: relativos. Únicamente la velocidad con que ondean sus caderas es constante, independiente de a quien amaguen encender. Está libidinosa París, Mata Hari postula ante ojos atónitos que cuanto más se aproxima la velocidad de un deseo a la de su pelvis, el volumen de la quimera disminuye, la masa del anhelo aumenta y el tiempo se torna más lento.
Doce años después, su espiado cuerpo se cimbreará entre balas aliadas, que se la llevarán penetrándola sin compasión y sin enterarse de que mientras agitaba música, un físico alemán le copiaba la ecuación del original, sin citar a la autora.
PESQUISA
“Soy gota en tu esencia de nácar,
latido contraído en purpurino gozo,
zócalo y cúpula del sagrado templo
donde incendiada por tus manos
ahumo el holocausto de la sin razón.”
Uni-verso de Fany G. Jaretón
Atiendo el griterío de la lluvia que clama a tu espesura y acudo a rebosar mi fantasía merodeando los espacios que ahora te contienen. El cristal donde reflejas alas y resabios, me mira alucinado y pide ser descolgado de inmediato. Transmutado en chaval espío tu reflejo y en la taquicardia de la provocación cambio a espuma jabonosa que rodea voluptuosidad y pudor. Dos cumbres siamesas me incitan a escalarlas en tanto que ancas y perniles citan al banquete. Encumbrado y hambriento, observo la grieta que calmará mi gula; extiendo el brazo para asirme y me despeño por el desfiladero del delirio… transpiro y goteo con la última lágrima de tu ducha.
Derretimiento
Con la punzada del aléjate, cae la fracción cobriza de una gota, traza el contorno conmovido que ya no la contiene; y se lanza al abismo de tu búsqueda, para evaporarse entre las contracciones indiferentes de tu lecho.
Del jardín perfumado
“Que venga el domador que quiere domesticarme,
este que me ha puesto puñal incrustando la carne de mi ánimo
con bozales de alambradas de púas”.
Quién eres, Fany G. Jaretón
Maceraba plantas y flores para obtener ungüentos. Sabía componer igual de bien perfumes o venenos. Transfería al almizcle y al ámbar un poco de lo divino, un poco de lo profano. Amante al fin, mostraba su secreto a cuentagotas y en el charco así formado cabía el cielo. Un día escuchó la música que le trajo su nariz y la lució coqueta detrás del lóbulo de sus orejas, pretendiendo que las pulsaciones del corazón potenciaran el aroma. En el bouquet floral, y a la espera del abatido, turnaba en el deshojado: lima, mandarina, limón y naranja. Apretó una cáscara entre sus dedos atomizando gotas en el aire, se estremeció ante ellas y, bajo su techo, se sintió descubierta por los oídos del otro. La ausencia también se huele, se percibe. En el jardín inexplorado, el paciente se refugió entre las candilejas huecas del aplauso. Ella propició el cambio. Se apoderó el perfume de una inmensidad en la memoria con la angustia del pez cuando le falta el aire. La suave y envolvente huella de la flor que le brindó para curarle, creó un discreto aura e hizo persistente la fragancia. Defensora de su territorio de palabras desentrañó el misterio, a la vez que inauguraba otro. En tanto, la fugacidad planeaba el éxodo, su firma quedó estampada, no en el agua, en el cuello del viajero de su embrujo, que aspira ahora a morir oliendo su perfume. Pero los mágicos brazos le señalan el camino: fuera de su tienda le espera un regimiento.
EMBOSCADO
"Pisa con suavidad porque estás pisando mis sueños”.
William Burtler Yeats
Pronuncias el castigo antes de escuchar descargos, suena el látigo que me aquieta desde el temor de verme sorprendido en el silencio; me enlazas a traición y ajustas la mordaza del reproche. Apaciguado así, inauguras tus intentos de seducción para domarme. Traes motivos sobrados para vengar las múltiples infidelidades que otros han cometido, pero dices atraparme por mi incontinencia. Posas de desdichada y viertes la materia de una nube frente a mí para confundirme. Bebo, sediento tras la captura y no percibo la diferencia entre el agua apetecida y el brebaje ofrecido; se inunda mi voracidad con la calma que trae el hechizo. Me conduces del cabestro a tus antojos y me encierras en el establo del desprecio.
Preso allí, veo cómo ofreces banquetes en el Olimpo y no me invitas. El rastro de tus excesos se acumula en tu tono de voz, y en el oh de tus palabras, que proponen calma, escucho el arre no pronunciado de la revancha. No es conmigo el desquite, desamárrame. Déjame libre en el bosque. Permíteme salir al galope huyendo de tus obsesiones. Regrésame al sitio de donde me has sacado con la intención de calmar tu angustia. Desátame para esquivar la rudeza de esta costumbre que tienes de producir dolores, permite que la disciplina de mi linaje no obedezca ciega tu llamada de capataz.
No quiero sobrevivir a los lacerantes sufrimientos que produces con las flechas de tus celos, renuncio a la calidad de inmortal que tu misma me procuraste. Resigno mi cuero a ser marcado por tu fuego pasionario con la condición de que sólo en mí te montes, propongo este convenio tras la huella de aquel paraíso que perdiste; allí también estuve y fueron tus manos las que me lo arrebataron. Libérame o vuélvete fiel como pregonas para equilibrar la balanza en que me subes.
O permíteme, entonces, salir desbocado a meter todas y cada una de mis seis extremidades entre las equivocaciones posibles del jardín laberíntico del placer. Que la lujuria también ascienda por estas cuatro patas equinas y estos dos brazos humanos. Que la lascivia arree este trasero del que surge la mitad posterior de un caballo. Suéltame para copular a mi antojo con yeguas magnesias. Déjame ser Quirón, regrésame al sitio de donde somos los centauros.
VESTIGIO
Huelo la pista sutil que me has dejado. Bebo de los vientos donde expandes tu fragancia. Pronto te daré alcance. Acumulo mi experiencia, en años de seguir tu rastro, desde aquel momento en que preferiste eludir nuestro combate. Busco, desde entonces, la esencia de la tentación con que acentúas tu presencia. Te perseguía, incluso, desde antes de emprender este viaje: venías instalada con mi infancia. En el acecho de atrapar tu posesión arrebatada, pasaron días en que el aroma se desvanecía; entonces pensé en desistir, la razón me perturbó por un instante y su bofetada pretendió apaciguarme. Y otros, en que el rastro frío pretendió serenarme el ímpetu, pero la fiebre de tu sexo mantuvo mi cuerpo en su temperatura normal. Ha llegado el momento. Mis ojos, cubiertos de brumas, intuyen el camino en que hemos de cruzarnos. No retrocedí nunca, fue el atolondramiento de no saber qué quería el que me hizo dar media vuelta y seguir avanzando. Desde mi colección de recuerdos la intensidad de tu torrente tempestuoso se agita para que, poseso, te invoque de nuevo y me incendie en ganas de encontrarte. Indago en mis nostalgias para reintegrarme a ese paraíso del que nunca podrás expulsarme. De entre las espinas saco la rosa para acariciar, otra vez, la idea de mimarte. Cae la tarde. Te acorralo. Para mí, la oscuridad es otro sol, pero postergo el momento de tenerte. En el deleite de los instantes previos no duermo, descanso en la idea de capturarte. Llega tu aroma y con él la certeza de que mañana será el día de tenerte cautiva. Te espío en los segundos de rebeldía que aún te quedan. Tu malicia se acuesta con la noche, la trampa ya está tendida. Frente a la hoguera que preparas, el presagio te lleva un escalofrío. El fuego levanta tu llama danzarina mientras el ojo salvaje de la inocencia se asombra y con la sombra llega el delirio. Baila sola… mientras puedas. Ya te tengo, sólo es cuestión de tiempo y piel. Ya no podrás ocultar tu pasado, toda la tierra te será de vidrio. Amanece, llega el día.
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© Aymer Waldir
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 23
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2005
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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