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Miguel Olmos Sánchez
miguelolmos@presidencia.gov.co

Entre las 7 y las 8, las busetas pasan muy llenas. La gente parece estar atrapada y Roncancio debe llegar lo más rápido a su trabajo. Son esos afanes injustificados los que obligan a Roncancio a preocuparse, como si algo realmente importante lo esperara. La oficina es en el centro, él vive al occidente, ya son las 7:30, está muy lejos en tiempo y distancia, tiene ahora un dilema, llegar tarde y darle la cara a Alirio, quien se rasca obscenamente la muñeca cuando alguien llega tarde, o puede coger un taxi que posiblemente le cobre 10.000 pesos, se quedará sin almuerzo los siguientes dos días. Decide tomar un taxi que sin consultárselo se va por la circunvalar, el costo seguramente se duplicará. Roncancio piensa que es un alto costo por un díatarde, reflexiona en qué afectaría su vida un díatarde. En nada, piensa, eso no se reflejará en mi cara cuando muera, o tal vez sí.

Deja a un lado esos duros pensamientos y se detiene en la identificación del conductor, su nombre es Antonio Correa Suelta, imagina la risa que produjeron tales apellidos en su infancia pero abandona de tajo la idea para imaginar los comentarios que harían sus colegas taxistas, las risas frente a lo que llamarían un conductor naturalmente irresponsable. La carrera termina y Roncancio paga los 13.000 pesos frente a Palacio y llega a la oficina. Sigue su camino rápidamente sin mirar a Alirio, quien esta vez no se rasca la muñeca sino que lee detenidamente en voz alta una de las tantas denuncias del día. La jornada termina y Roncancio toma el colectivo que va hacia el aeropuerto y lo deja cerca a su casa. Pasa metido una hora en ese vehículo y trata de imaginar su vida si en vez de estudiar derecho hubiese preferido ser escritor; meses antes había escuchado a un amigo suyo borracho hablando de la vida literaria que llevaba, sus cuentos, sus novelas. Pero lo increíble era que nunca escribió, había quedado atrapado en el derecho, sin querer salir por miedo; eso pensaba Roncancio hasta cuando se percató de que su parada había pasado. Timbró rápidamente y se bajó, pero siguió imaginando, esta vez en cómo sería de nuevo su vida, escribiendo, viviendo en el centro de Bogotá, con jóvenes mujeres que se acostaran con él por sus versos o tal vez viviendo en un París con aguacero, con hambre y mucho dolor, ya tenía hasta el recuerdo, como Vallejo. Su vida había transcurrido imaginando situaciones, imaginando otras vidas, aunque no las escribió siempre inventó historias en los recorridos de buses, cuando se alejaba de la pantalla de su computador, aprovechando que Alirio no estaba, mientras leía otras novelas, pensando en qué sería de él si fuera el personaje, alejándose cada vez que un denunciante le hablaba y le contaba cosas que el presidente de la república debía saber. Siempre las inventó pero nunca hizo nada.


El juego

Yo me quedé callado. Era obvio que no quería volver a verla. Me había enamorado y era una razón suficiente para dejarla. Dejarla. En esos años pensar eso era lo más estúpido. Cuatro años después, solo me quedaba su recuerdo. El recuerdo. Recordar a Bioy, recordarla a ella mientras lloraba y yo gritándole que debía irme, que me había ganado, que me había enamorado, que el amor era un juego a la memoria del otro (que todavía perdura), pero en ese momento ella había ganado ese juego de mentiras y posturas, de ternuras que no fueron otra cosa que el amor jugando a la golosa con el humor. Fue muy simple en ese momento decirle a ella, tan razonable, que había ganado y por lo tanto debíamos dejar la partida así y alejarnos, en este caso, alejarme yo, sin más trabas, con las lágrimas tragándose mi boca. Ya estaba acostumbrado a abandonar los juegos antes de perder, siempre con ese miedo de llegar al final de las cosas. ¿Qué habría sucedido si ella siguiera conmigo? Tal vez leería más, tal vez no sería un burócrata, tal vez ella estaría en otro juego y yo observándola. Tal vez la hubiera visto al despedirse ese día, hace cuatro años, cuando ella también se había sentido una perdedora. Porque eso eramos hasta entonces, dos perdedores de algo incomprensible, del único juego en que nadie gana.
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©   Miguel Olmos Sánchez

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 23
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2005

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN VI - NÚMERO 23