Casi un cuento de hadas
Ricardo Bada
Estoy aquí en calidad de primer miembro español de la asamblea deliberante de esta honorable Fundación alemana, cargo para el que fui elegido hace unos meses. Pero a ella no la conozco, no la he visto hasta hoy, a esa bella hembra de rizos negrísimos, sentada directamente frente a mí. Piernas poderosas, falda corta. La perspectiva desde mi asiento me permite seguir su juego de piernas todo el tiempo, penetrar varias veces con los ojos en ese corredor donde el aire se vuelve misterio, alcanzar una vez la diana de su entrepierna. Usa una tanguita blanca. Y creo que se da cuenta de que sus piernas me interesan más que la árida, pedregosa discusión.
El orador de turno lee un tanto monótono, si bien enérgico y sin vacilaciones, una larga propuesta de diez puntos que la asamblea debe de votar, que la asamblea "debería" votar: es una resolución, mejor dicho, una propuesta de resolución que haría imposible seguir con el orden del día tal como fue aprobado al comienzo de esta sesión, puesto que si la asamblea la aprueba por mayoría el orden del día saltaría por los aires. El orador alcanza el punto séptimo sin haberse equivocado ni una sola vez en la lectura de la propuesta, se le ve y se le oye decidido, seguro de sí mismo. De repente hace una pausa, la pausa se alarga, alguien tose, alguna risita contenida, el orador enrojece, confiesa no lograr descifrar su propia letra. Teniendo en cuenta que la asamblea se celebra en el Museo de Arte Árabe, sugiero a media voz que tal vez se le hayan deslizado algunos caligramas en el texto. Risas. El orador retira su propuesta avergonzado de no poderle encontrar sentido a su propia letra.
Ahora le llega su vez a ella, Piernas Poderosas & Tanguita Blanca. Su acento la revela mucho más que sus cabellos y su actitud. También es extranjera.
—Todo lo que escucho aquí suena a positivo. Todo va bien en el mejor de los mundos. Pero lo cierto es que aquí sólo estamos 28 de los 50 miembros de la asamblea. Hace un año el espectáculo era distinto, y en las actas acabo de leer que Katharina Blum ha presentado su dimisión, deprimida y frustrada. Y si alguien como Katharina tira la toalla, es que no todo es tan de color de rosa como estamos escuchando.
Mientras lo dice, tiene, mantiene, las piernas juntas. Distingo tres franjas de color: el negro de la falda, el grisoscuro de la sombra que la mesa posa sobre sus rodillas, el trucha-ahumada en el escorzo de los muslos. Cuando termina de hablar cruza la pierna derecha sobre la izquierda para frotarse el tobillo. En ese instante, a las tres franjas de color se añade el relámpago blanco de su prenda más íntima.
Fuma Player's Navy Cut con boquilla. Como en la sala está prohibido fumar (ha sido la primera resolución de la asamblea, votada incluso antes que el sacrosanto orden del día), saca retadora el paquete de su bolso, extrae un cigarrillo del paquete, lo encaja lenta y deliberada en la boquilla, sin quitarme la vista de encima, y sale al vestíbulo con la boquilla encajada entre sus dientes y el encendedor dispuesto a soltar su llama apenas traspase la puerta. Antes, al llegar a ella, me mira una vez más. Su gesto es una muda invitación.
Desde el fondo del vestíbulo, al pie de una escalera, me hace un leve gesto de que la siga a distancia. La obedezco mientras prendo mi cigarrillo. Al pie de la escalera localizo un perfume a canela y a sudor de hembra en celo. Éso si es que mi olfato no se adelanta a mis esperanzas. Pero no. Creo. Me aguarda en una pequeña sala, tiene agarrado con la mano el picaporte de la puerta abierta . Debe de conocer muy bien el lugar. Sobre el dintel hay una chapa dorada donde reza:
SÓLO PARA EMPLEADOS DEL MUSEO
Clausura el lugar a mis espaldas, avanza unos pasos, se da vuelta y me contempla en silencio: sus ojos son dorados o los dora el sol que entra a raudales por las ventanas que dan al parque. No nos hemos dicho todavía ni una palabra. Y es también sin una palabra que, de repente, accionada por un resorte elástico y fulminante, su poderosa pierna derecha se dispara en dirección a mis ingles. El impacto es como el de la coz de una mula terca, terca y enfurecida, y menos mal que sin herrar. Cierro los ojos, grito y me doblo en dos, extiendo mis brazos en una defensa ya inútil de mis testículos, ha acertado con la puntera de su zapato en la horma de mi cuerpo. Retrocedo boqueando, me falta la respiración, trastabillo, me caigo a medias, por un segundo abro los ojos y le pregunto con los ojos bien abiertos y agrandados por el asombro.
—Sólo para que aprendas a no mirar lo que no debes —me contesta, y se va dejando la puerta abierta.
Busco donde sentarme, un sudor frío me brota de la frente, siento mareos como los que provoca la tensión alta y descompensada. En un intento por recuperarme procuro resollar hondo y de manera regular, concentro mi vista en un punto de la alfombra, y en este mismo instante recuerdo que no sé adonde ha ido a parar mi cigarrillo, lo busco temiendo que su brasa provoque un incendio. Poco a poco remite el dolor en la entrepierna, poco a poco vuelvo a respirar normalmente, naturalmente. Al cabo de unos minutos exhalo un suspiro que me sale del alma, es el alivio de sentirme de nuevo entre los vivos.
Antes de regresar a la asamblea paso por los servicios, entro en uno de los excusados y examino mi orina tenso por el temor de verla salir sanguinolenta. Suspiro otra vez, aliviado otra vez.
En la asamblea prosiguen las deliberaciones escalando mayores y más arduos niveles de lo abstruso. A ella no la miro, y no lo hago porque mis ojos se han quedado prendidos, desde que llegué a mi asiento, en una hoja de papel de fumar de la que alguien ha humedecido su borde engomado, pegándola luego a los apuntes manuscritos desparramados sobre mi mesa. Son sólo cinco palabras, en español:
¡Averguénzate, compañero,
eres un cerdo!
¿Quién puede haber escrito estas dos líneas aprovechando el tiempo que he estado ausente, ese tiempo desde que salí al vestíbulo con la aparente intención de fumar un cigarrillo? ¿quién de entre los 27 restantes miembros domina el suficiente español como para entender lo que escribí hasta ese momento durante las deliberaciones, y además con mi letra jeroglífica? ¿y la falta de ortografía, es adrede o no?
¿Ella? No puede haber sido ella, tiene que haber sido alguien que no resulte sospechoso por el hecho de acercarse a mi mesa; uno, o una, de quienes ya me conocen y a quienes se cuenta entre mis conocidos, alguien de "La Fracción Salsa", como nos han bautizado irónicamente. Alguien que no sólo lee y escribe en español, alguien que además debe de haber descifrado mis jeroglíficos.
Encajo la cabeza entre las manos apuntalando la mandíbula con los pulgares. A Piernas Poderosas & Tanguita Blanca no le dedico ni una mirada más en lo que dura la asamblea. Mi intervención, ya casi al final, es muy breve y categórica: todos los compañeros (por cierto: ¿también ella?) saben de sobra de mi fiero rechazo a la pena de muerte. Aunque les puede sin embargo haber causado cierto escándalo el que me deje llevar por un tono sarcástico al decir que es una de las pocas cosas en que se siguen pareciendo Cuba y los Estados Unidos. Pero me lo disculparán a renglón seguido, también saben de sobra que no soy, para nada, políticamente correcto.
Al terminar la asamblea me despido sin perder tiempo, desaparezco con un mal sabor de boca. Y un dolor fino y punzante entre las ingles.
*****
Es una tarde clara del veranillo de San Martín, una semana después de la asamblea. Estoy sentado en mi rincón favorito de este café de Colonia donde ya es notorio que me pueden encontrar a tales horas, ante una jarra de té de menta y con las cuartillas por delante, y con dos o tres libros, o cinco o seis, abiertos boca abajo por unos versos a los que siempre tengo que regresar. Por ejemplo a éstos:
No te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.
Termino de releerlos cuando una sombra me cubre. Es ella, es ella, Piernas Poderosas & Tanguita Blanca. Se ha detenido entre mi mesa y la ventana, viste bluyíns y una blusa guatemalteca o salvadoreña que debe de haber comprado en algún mercadillo de solidaridad con el Tercer Mundo. De sus ojos dorados, o que acaba de dorar el sol antes de enfrentarme, emana una luz apacible, conciliatoria. Sonríe con los ojos antes que con los labios.
—¿Puedo sentarme?
Le digo que sí con un gesto.
—Entretanto he averiguado bien quién eres —comienza al cabo de una pausa en la que quizás ha esperado que le diga algo, y que vienes aquí todos los días, y he venido a disculparme por mi comportamiento del sábado en la asamblea.
—Tempi passati —y hago otro gesto, esta vez con la mano.
Alarga la suya derecha, delgada y fina, de dedos largos y sin adornos:
—Me llamo Leila. Te pido disculpas.
—¿Eres...turca...?...¿no?..., ¿...siria, argelina...?
—Soy Leila y te estoy pidiendo disculpas.
Tomo su mano por las puntas de los dedos y la acerco a mis labios, le doy un beso leve,
su piel huele a vainilla.
—¿Te vale?
—Sí. Me llamo Leila y soy marroquí. Estudio Pedagogía Social, me faltan tres semestres, vivo en Colonia desde hace cinco años, me eligieron miembro de la Fundación el mismo día que a ti, y ese día yo llevaba bluyíns y tú seguramente te dedicabas a mirar otras piernas menos protegidas.
Lo dice de un modo tan Leila que no tengo más remedio que reírme. Ha roto el hielo con ese desparpajo y esa nobleza a flor de piel que parecen ser sus armas para moverse por la vida. Nos enredamos en un diálogo interminable, muere la tarde en los cristales del café, avanza la noche, y debe haber habido un momento fuera del tiempo y sus fugaces servidumbres donde la amistad se mimetizó en una araña chiquita y benéfica que va y viene trenzando su tela entre Leila y yo, toma un hilo de sus labios y lo trae hasta mis ojos, y después de anclarlo en mis ojos lo lleva de retorno a sus orejas, y sigue laboriosa yendo y viniendo de Leila a mí hasta que el camarero nos pregunta si vamos a quedarnos toda la noche en el café. En ese preciso instante nos descubrimos un hambre que convierte en mero apetito la del lobo feroz.
Un taxi nos deja en la Teutoburgerstrasse, subimos a su buhardilla, desde la claraboya miro la casa donde nació el escritor que tanto amo. En un santiamén (Alá me perdone, no le he preguntado a Leila si es creyente), Leila fríe unos huevos revueltos con tiras de beicon, dados de tomate y rodajas de cebolla, a los que añade albahaca y nuez moscada, y sal y pimienta, y los apila sobre tostadas de pan integral. Y como no debe de ser creyente, abre una botella de un tinto argelino, "quizás la única— le digode las pocas buenas herencias que Francia dejó allí".
—Es una buena herencia, sí, pero sin caer en el patriotismo prefiero los tintos de Mequínez. Lo que pasa es que no se exportan.
—¿De dónde eres tú, de Mequínez?
—Salud —me contesta, con la copa en alto.
—Salud —le coreo, y los dos pizcamos un sorbo con los bordes de los labios, lo paladeamos, y bebemos luego un trago lento y prolongado.
Y sigue la comida a grandes bocados de minuciosa masticación, mientras tres gruesas velas verdes encendidas, una sobre la mesa y las otras dos una detrás de Leila, la otra a mis espaldas, atraen enjambres de efímeras que vienen del cercano Rhin, de donde también llega el tactactac de las gabarras que remontan el río padre. Las campanas de San Materno dan las dos de la madrugada, su tañido resbala por el aire camino del silencio, un silencio que se adueña de la buhardilla mientras yo prendo un cigarrillo pero Leila saca una petaca de Javaanse Jongens, un librillo de papel de fumar y una sustancia inconfundible.
Al advertir mi sorpresa, se ríe.
—¿Chocado?
—No, pero antes me estaba preguntando si serías creyente, y entonces freíste el beicon, y luego abriste la botella de vino, y ahora lías el porro... Muchacha, me parece que vas a sacar muy malas notas en Pedagogía Infantil.
—Social.
—...eeeeh: Social.
—No he nacido en Mequínez, ya que me lo preguntaste. Ni tampoco en Marráquex, donde ya sé que tienes un amigo. Ni tampoco en Agadir, donde ya sé que tienes otro, alemán converso. Ni tampoco en Rabat, donde no sé si tienes algún amigo, aunque contigo nunca se puede saber. Pero allí donde he nacido también se fuma grifa, el hermoso nombre con que nombramos al cáñamo índigo.
—¿Y cómo se llama ese sitio donde naciste?
—Tiene un nombre beréber: Tittawin.
Fumo con ella. Fumo con ella y es hermoso,
hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.
—Leila —le digo—, aunque no lo entiendas, quiero leerte el poema que estaba leyendo cuando llegaste esta tarde al café.
—Claro, leémelo.
Y más que leérselo se lo recito con toda el alma, y ella me pide que le repita la estrofa que yo leía cuando reapareció en mi vida:
No te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.
Se levanta Leila aspirando la última calada del porro y lo deja caer incandescente en el cenicero, baja las manos hasta el cinturón de sus bluyíns y destraba la hebilla, abre la cremallera y sacude hacia atrás su pelo rizado y negrísimo, se empieza a desnudar sin dejar de mirarme a los ojos y animándome a que la imite.
Sonríe ya desnuda, y su sonrisa llena la buhardilla convirtiendo en pálidas luciérnagas las tres velas verdes encendidas:
—Mi señor —me dice, insinuando una reverencia que no es irónica, que la retrata de cuerpo entero, Piernas Poderosas sin Tanguita Blanca, dueña y señora del kismet que ha elegido por su libérrima voluntad-, mi señor, estoy en deuda contigo. Pero puedo pagarte: soy virgen, y te debo un dolor entre las piernas.
Cuando ya clarea el nuevo día, mientras bajo la escalera de su casa, descubro una hoja de papel de fumar de la que alguien (Leila, claro está, ¿quién si no ella?) ha humedecido su borde engomado, pegándola luego en la página 712 del libro de Aleixandre. La mitad de la hoja sobresale del libro para que no deje de verla.
Al llegar a la calle, me acerco a la farola enfrente de su casa, abro el libro y la leo, y el corazón se me pone a brincar:
Eres un cerdo y mi religión
me prohibe tu carne, y ya ves...
Porque sé que debo hacerlo, levanto la mirada hasta la buhardilla. Leila está detrás de la ventana, envuelta en una colcha mora, igual a aquella que cubría la cama de mis padres en Al Andalus. Y un cortacircuito fulminante me permite reconocer en el nombre beréber de Tittawin la indudable Tetuán del Protectorado, y ahora sé que es Leila la autora del otro mensaje, el día de la asamblea. Y también sé, sin que quede el menor resquicio a la menor duda, que el español es su segunda lengua, en la que todavía no hemos hablado una sola palabra porque soy el ser más despistado de la ecúmene, pero claro que ahora sé que la muy ladina sí sabía lo que me pedía cuando me ha pedido que le repitiese aquellos versos, justamente aquellos. Y grito a pleno pulmón:
—¡Leila!
...y corro de nuevo escaleras arriba, hasta la buhardilla, sin darme cuenta hasta el escalón número 80, allá por el cuarto piso, de que la chicharra del portero automático ya estaba sonando cuando empujé por segunda vez en tan pocas horas la puerta de su casa.
*****
Han pasado tres años y no llegan a dos meses, contando minuto a minuto, los momentos que hemos vivido separados desde aquella noche. Nuestra hija Yasmina es nuestro orgullo, bien que mis padres, para no hablar de los de Leila, siguen sin entender que no estemos casados.
—Sólo somos amigos —los consuela Leila, con esa mirada y esa voz suyas tan suaves, que esconden un certero disparo de sus poderosas piernas a la entrepierna del padre de su hija.
En el Parque Sur, cerca de la buhardilla donde ahora vivimos los tres (aunque no sé hasta cuando, porque sospecho que pronto seremos cuatro), Yasmina juega con un niño de su misma edad y que se llama Paul Louis. No es casual ni inusual que nos encontremos con él y con sus padres, casi todos los días que hace sol.
—¡Querer ver! —le dice Paul Louis a Yasmina, empleando esos infinitivos tan imperativos de la infancia.
—¡Cerdo! —le contesta Yasmina, mientras se aleja de él con su pañal blanco manchado por la arena del parque.
¿De quién lo habrá aprendido?
Leila lee mis pensamientos, me mira enarcando las cejas, y luego se ríe y me saca la lengua.
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© Ricardo Bada
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 23
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2005
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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