Las crónicas
del Grupo de Barranquilla,
de Alfonso Fuenmayor,
veinticinco años después

Ariel Castillo Mier
facasil@metrotel.net.co
Universidad del Atlántico

"Las estrellas que forman la Osa Mayor no saben
cómo están colocadas, no saben que la Tierra las ve,
                                       componiendo ese dibujo".

Jean Cocteau

1. RAZÓN DE SER

A sus sesenta marzos, presionado por la solicitud inexorable de la empresaria Carmen Balcells, por las preguntas repetidas de los reporteros impenitentes y por la curiosidad de atónitos lectores que, para sobrevivir al impacto del milagro literario de Cien años de soledad, estaban a la espera de una explicación causal, de un testimonio verosímil sobre los duros años del aprendizaje del oficio del escritor García Márquez en Barranquilla, Alfonso Fuenmayor, testigo privilegiado de ese periodo tan crucial de la historia literaria y artística del Caribe colombiano, emprendió, desde la lejana orilla del presente, la atrevida travesía entre los meandros de la memoria, sin más brújula para tratar de “atajar las cosas que se enrumban con paso irrevocable y firme hacia el olvido” [1] que unos cuantos documentos (libros, revistas, notas de prensa, cartas, ensayos, folletos, entrevistas) [2]  y el recuerdo de añejas conversaciones con los protagonistas, la emoción evocadora del ayer que, a veces, como dice Fuenmayor que decía Unamuno, recuerda lo que nunca fue.

El resultado fueron los trece capítulos de Crónicas sobre el Grupo de Barranquilla [3], primero y único libro de Alfonso Fuenmayor, en el cual retrata personajes (escritores, artistas, periodistas y gestores culturales) que deambulan, al compás errátil del recuerdo, por diversos escenarios (bares, cafés, cantinas, restaurantes, tiendas, hoteles, bibliotecas, salas de redacción de revistas, librerías, barrios, edificios, circos, calles, carreteras, estudios de pintor, colegios, parques) en los que viven aventuras pintorescas cuyo telón de fondo principal es Barranquilla, entre 1940 y 1958. No obstante, el libro trasciende sus límites temporales y geográficos: el cronista se remonta a épocas anteriores (la década del veinte y la irrupción de Voces) o desplaza su mirada a otros ámbitos (Bogotá, Baranoa, Barcelona, Medellín), cuando la comprensión de su relato lo exige.

Hoy por hoy, tales capítulos, como rescatados restos incompletos de un remoto cantar de gesta, permiten a los historiadores de la literatura y de la cultura recrear (o reconstruir, como Schliemann, mutatis mutandis, a Troya, con base en los cantos homéricos a la cólera aquilea) una época maravillosa: las candentes décadas del cuarenta y del cincuenta (cuando García Márquez no sólo vestía camisetas a rayas de colorines sofocantes y pantalones de dacrón cálido y maldormía en una cama de madera basta en un edificio de amores de paso al que le decían el “Rascacielos”, sino que escribía, en un patio de luz verde, entre árboles y matas y molestosos mosquitos, sobre las mesas de la madrugada, cuentos fantásticos como “La noche de los alcaravanes” o historias falsamente policiales como “La mujer que llegaba a las seis”), en las cuales la vida cultural nacional accedió a la plena modernidad en la narrativa, el periodismo y las artes plásticas, con las obras vivas de un grupo heterogéneo de artistas, de diversas edades y procedencias y formación, entre quienes sobresalen José Félix Fuenmayor, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas, Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Héctor Rojas Herazo, Alejandro Obregón, Enrique Grau y Cecilia Porras.

1.1 POÉTICA IMPLÍCITA

Al comienzo del libro Fuenmayor esboza los antecedentes de Crónicas: las dificultades, los postulados básicos, los límites cronológicos del trabajo y los peligros de los cuales es consciente el autor: los espejismos borrosos, las difusas fronteras entre el antes y el después, las infidelidades de la memoria, la ponderación de lo relevante en tan importante etapa del mundo literario, artístico y cultural caribeño. De igual manera, el cronista nos ilustra acerca del sistema utilizado para la  organización de los recuerdos: el de las memorias en desorden que Jean Ajalbert tejió para el mundo literario de la segunda mitad del siglo XIX en París. Sólo que para Fuenmayor la situación era sustancialmente diferente: le tocaba ser juez y parte, personaje activo en la dura lid de la renovación cultural y espectador en primera fila, siempre muy cerca de los principales sucesos de las artes y las letras en la áurea y arenosa ciudad de los cuarenta.

Más que explicitar sus intenciones y estrategias, Fuenmayor las pone en escena: el propósito parece ser el de contar (no especular ni conjeturar ni contestar de manera explícita a interrogaciones puntuales) de modo sugerente y en un tono irónico, nunca grave, una empresa cultural que trasciende los dominios de la letra escrita para abarcar artes diversas —la caricatura, la pintura, la escultura, la fotografía, el cine, la música, el periodismo, la publicidad, la novela, el cuento, la poesía, el diseño de las carrozas de carnaval- e incluso actividades de la vida cotidiana como la cocina, el diseño, la peluquería y los hábitos del vestir.

Lo común en todas estas actividades disímiles es el propósito de expresar, desde la singularidad de cada una, la visión y la actitud que identifican a la región Caribe de Colombia: la vida asumida como una interminable fiesta de carnaval, como una continuada desacralización de todo lo consagrado: el lenguaje, la iglesia, el poder, la literatura, las sillas plásticas, las costumbres, la vulgaridad, la culinaria, las artes, la moral, la política, la muerte, la solemnidad y el concreto armado.

1.2 ORDEN Y PERSPECTIVA

El eje ordenador del libro lo constituyen los personajes y la sucesión de sus anécdotas. Cada capítulo se ordena básicamente en torno a un personaje central (Figurita, León Felipe, Vinyes, Vidal Echeverría, Julio Mario Santodomingo), aunque en varios casos puede tratarse de una pareja contrastante conformada por un extranjero y un nacional (Vinyes / J.F.Fuenmayor; Pérez Doménech / Jorge Rondón Hederich), un par de exiliados catalanes (Subirats / Vinyes) o dos nacionales (Cepeda / Noé León; Alfonso Fuenmayor / Alejandro Obregón). Quizá la excepción la constituye el último, en el que se nos cuenta la historia de un lugar clave en los estertores de la historia del grupo: el legendario bar “La Cueva” [4].

Pero lo más destacable es la forma como Fuenmayor maneja la anécdota, muy parecida a la que practicaban en sus cuentos y novelas José Félix Fuenmayor, Gabriel García Márquez y Alvaro Cepeda Samudio [5]: la atmósfera urbana; el método reiterado de la confidencia indirecta; la sugerente y silenciosa discreción; la supresión de datos cuya ausencia es significativa; la huida de todo énfasis; la evocación de la ciudad sin incurrir en descripción detallada; la atmósfera cosmopolita, contaminada de irrealidad y la presencia protagónica de múltiples voces en el texto.

1.3 AFIRMACIONES OBLICUAS: DOS PIEDRAS MILIARES

Los cuatro primeros capítulos constituyen un apartado autónomo por su unidad temática y por la cronológica ordenación temporal en torno a un hombre, su obra y su sombra hospitalaria: Ramón Vinyes. Los dos primeros, “El grupo de Barranquilla, tal como fue bautizado en Bogotá”, y “Literatura sin corbata”, postulan el origen del grupo y su visión irreverente de la literatura. Como un paraguas y una máquina de coser se encuentran fortuitamente sobre una mesa de disección, así, en Barranquilla, hacia 1945, confluyeron, en torno a una mesa de café o de bar o un mostrador de librería, un grupo de jóvenes, alrededor de dos cabezas cimeras representativas de dos culturas portuarias, la catalana y la currambera: Ramón Vinyes (1882-1952) y José Félix Fuenmayor (1885-1966), par de padres pioneros, piedras miliares, ambos poetas, políglotas y periodistas, uno fundamentalmente dramaturgo, y el otro, narrador.

Completa es la semblanza del numeroso Ramón Vinyes: profesor de Literatura y de Historia, con una aureola de prestigio internacional por figurar en la Enciclopedia Espasa; fastidiado de la literatura y de la vida literaria catalana, a sus 25 años, tras la publicación del primer libro de versos  y la representación de los primeros dramas; conocedor de ocho idiomas y de las literaturas antiguas y modernas; traductor; lector al día en la prosa y el pensamiento y las novedades editoriales de España, Italia, Francia, Inglaterra, Estados Unidos y Alemania; melómano; autor de  comentarios musicales para la radio; antifranquista; agente de la tentación y del estímulo de escribir para publicar; auténtico líder. Con su cátedra oral en las cotidianas conversaciones de café y sus breves, pero fundamentadas y polémicas columnas de información, divulgación y crítica literaria, publicadas en revistas y diarios locales y nacionales (en especial en la revista  Voces, reino de la pluralidad y la apertura a tendencias renovadoras en poesía y prosa, europea, latinoamericana y colombiana) cumplió en Colombia un fecundo papel  de puente [6] entre literaturas, similar al de otros intelectuales, de la diáspora española o no, que, por la misma época, fueron puntales para la construcción de la literatura moderna en Hispanomérica, como Rubén Darío en España o Juan Ramón Jiménez en Cuba y Puerto Rico o Juan José Domenchina, Manuel Altolaguirre y Ramón Xirau en México, o Luis Cardoza y Aragón, Gilberto Owen, Ernesto Volkening y Casimiro Eiger en Colombia. En las letras internacionales son célebres los casos de Mme. de Stäel en la introducción, en Francia, del romanticismo alemán; el de T. S. Eliot, con el simbolismo francés en la poesía inglesa; y el de Valery Larbaud con la literatura hispanoamericana en Francia.

En este apartado, Fuenmayor revela su olfato de historiador cuando insinúa que la irrupción del grupo de Barranquilla en las letras nacionales no es comprensible en sí misma, sino como parte de un proceso que se remonta a la época de Voces (1917-1920), cuando comienzan a valorarse las producciones caribeñas de José Félix Fuenmayor, Víctor Manuel García Herreros y Gregorio Castañeda Aragón, entre otros, cuya obra heroica dio prestigio y categoría intelectual a la ciudad, con quienes se inicia la liquidación nacional del recalcitrante “centenarismo”. Con ellos comienza el firme proceso de cuestionamiento y de cambio, de indagación y lucha contra la mediocridad de los valores puramente locales tanto de la región como del país, estancados en la comodidad del plagio y en el anacronismo por desinformación, y se consolida una literatura original, apartada de la oficialidad cultural de Bogotá, de la imitación servil de modelos hispánicos, afirmativa de la cultura popular y abierta al diálogo universal con otras literaturas del Caribe y del mundo, a partir de los temas de la región.

1.4 NUESTRA HERENCIA: UNA ACTITUD AFÍN

Nunca solemne, tal como lo vio en 1945 Alfonso Fuenmayor [7], Ramón Vinyes se ríe de todo, muy especialmente de lo respetable, de las estatuas, de las cosas usualmente aceptadas como trascendentes, de las condecoraciones y de los adjetivos ditirámbicos, pues sabe que todas las cosas tienen un punto vulnerable y por su conversación, siempre animada, circula un vigoroso y discreto hilo de erudición y buen gusto, que se manifiesta  con la sencillez con que da los buenos días. Disidente perpetuo, en permanente desacuerdo con todos, irrevocablemente fiel al pensar propio, beligerante, opuesto a convencionalismos, Vinyes disimulaba su vasto saber con los rizos ligeros de la frivolidad, generando el desconcierto en los intelectuales graves [8].

Una actitud afín ante la realidad fue la de José Félix Fuenmayor, quien le restaba toda trascendencia a la vida y no tomaba muy en serio las cosas, pendiente siempre del apunte oportuno, capaz de romper cualquier estado de ánimo pesado, con un humor muy costeño, con una mirada desprevenida sobre las cosas y las personas que lo rodeaban, atenta al lado menos trágico de la vida. Ese sano sentido del humor es el legado primordial que Vinyes y José Félix le dejan al grupo: “ese mirar las cosas desde adentro, con una sonrisa; ese quitar lo trágico, lo maluco de la vida que nos rodea y sólo dejar la risa, una sonrisa aunque sea, eso es primordial para la vida, la propia y la de los demás” [9]. Sin la asimilación de esta actitud, es imposible explicar el salto de los primeros cuentos de García Márquez y Cepeda Samudio, un tanto pesados por los desbordes líricos y cierta propensión a la metafísica silvestre, al encanto de su obra posterior, arraigada en el contexto caribeño y en una visión del mundo regida por la ironía y la libertad del humor.

1.5 DOS MANERAS DE INFLUIR

Pese a su actitud afín ante la vida y la literatura, Vinyes y Fuenmayor parecen encarnar dos modos diferentes de influir, en apariencia contrarios: uno teórico o conceptual (Vinyes) y el otro práctico, creador (Fuenmayor). La oposición no es muy válida que digamos: basta recordar que existe una narrativa de Vinyes con afinidades evidentes con la de José Félix —literatura fantástica integrada con el relato de aventuras y el humor constante, grotesco y pícaro- si bien no explorada por la crítica. Asimismo quien lea Una triste aventura de catorce sabios asistirá a una discusión teórica en torno a la verosimilitud de la narrativa, y en el cuento “La muerte en la calle” se topará con una reflexión sobre la marginalidad del artista en la sociedad pragmática ; en “Con el doctor afuera” hallará una indagación sobre el funcionamiento de la memoria y sus posibilidades para la creación y en “Utria se destapa” encontrará una puesta en escena de las relaciones entre el lenguaje creativo y la locura, entre el creador, la recepción y la realidad, además de la teoría de la novela expresada por el desastrado personaje Remo Lungo en Cosme.

1.6 LA TERCERA PATA DEL TRÍPODE

De manera sutil Fuenmayor propone la estimación de un tercer nombre poco considerado por los estudiosos de la  vida cultural barranquillera: el del profesor J. J. Pérez Doménech. Más periodista que literato, aunque conocía bien la literatura española del grupo del 27 y los ultraístas y escribía versos como “Y me devolviste un hijo en la mirada”, Pérez Domenech fue un sembrador que dejó frutos, tanto en la actitud vital como en la actividad profesional de algunos de los miembros del grupo, por su propensión al sibaritismo y por su trabajo como formador de maestros en la Escuela Normal y de periodistas radiales a través de su presencia oral en Emisora Atlántico. No existe un estudio de la influencia de la radio como vehículo para la difusión cultural ni en el Caribe colombiano ni en la capital del país. Muchas informaciones y orientaciones, e incluso, reflexiones críticas, sobre obras y autores contemporáneos que no se registraban ni en los periódicos ni en las revistas de la época, se transmitieron a través de las ondas hertzianas. Con su acostumbrada ironía Fuenmayor apunta en esta dirección: “Es difícil rastrear la influencia del profesor Pérez Doménech, ya sea en el periodismo, ya en la literatura. Pero la tuvo, seguramente que la tuvo” (p. 27).

Al lado del profesor Doménech, antifranquista implacable que moriría en la Cuba de Castro, el final del segundo capítulo destaca al librero Jorge Rondón, el hombre que encargaba todos los libros, comunista convencido por un zapatero locuaz como un peluquero (p. 28), pegador de carteles subversivos, vendedor del periódico “Tierra”, órgano del partido. Esta yuxtaposición parece apuntar a la ideología política del grupo, decididamente democrática, con tendencias hacia la izquierda. La función de este capítulo sería entonces la de contextualizar las actividades del grupo, el cual se mueve en un ambiente en el que se consolidan los principios democráticos y los medios masivos de comunicación.

Marginal, pero no por ello indigna de destacarse en este capítulo, por lo reveladora de una actitud crítica saludable es la anécdota sobre las dudas de García Márquez ante la posible estafa del admirado William Faulkner: ese sano escepticismo, ajeno a idolatrías, le permitiría al creador de Macondo trascender el carácter epigonal de mucha literatura del país, condenada por lo mismo a no contar con una segunda oportunidad de lectura sobre la tierra.

1.7 OTROS ROSTROS DEL MISMO MAESTRO

El tercer capítulo, “A la sombra del buen humor”, presenta a dos exiliados catalanes en situaciones contrastantes: uno, sedentario, rodeado de la compañía de sus contertulios y discípulos, peleando siempre con un mechón indisciplinado que le caía en la frente, y el otro, errante aventurero, solitario pasajero de hotel, con la cicatriz de un balazo arriba del tobillo como consecuencia de un telúrico lance de amor escondido. Los dos, sin embargo, artistas: el uno de la palabra y de la reflexión; el otro, pintor de indígenas, que se proponía hacer el inventario etnológico de los nativos del Nuevo Mundo, desde Tierra del Fuego hasta Alaska y, para entrar en empatía con el tema, procuraba, previamente, acostarse con las indígenas que iba a pintar, a quienes les juraba amor eterno.

Este capítulo nos muestra otras facetas de Vinyes, la del bromista victimario, que hizo beber diez cocacolas a un viejo amigo, y la del bromista embromado, víctima de una chanza del futuro cronista que, con mal disimulado candor, comete la inocente impertinencia de afirmar, tras escuchar una conversación en catalán entre Vinyes y su viejo socio Xavier Auqué Masdeu, de la que no había entendido ni “j” (p. 41), que si lo que estaban hablando no era español, con lo que ocasionó el resentimiento fugaz de Vinyes para quien el catalán no era un dialecto, sino un idioma.

El cuarto capítulo, “Una sonrisa para la muerte”, nos habla del regreso para morir de Vinyes a Barcelona, su soledad, el drama de su enfermedad cordial, que no le privó nunca de su fino y, a veces, macabro humor, puesto de manifiesto en el cuento firmado por M. Mihura, “Un caballo en la alcoba”, en el que la muerte es una obra de teatro del absurdo y la risa su mejor antídoto. Fuenmayor no sólo transcribe el cuento, a manera de “collage”, sino que, al tiempo, en un veloz pero certero ejercicio de crítica filológica, lo atribuye al propio Vinyes.

1.8 UN ARTE ONTOLÓGICO Y SOLIDARIO

Los capítulos siguientes “Alvaro prepara una Bouillabaisse”,  “Orlando se casa con una monja” y “Obregón busca una modelo”, sin seguir un orden cronológico (se salta de mediados de los 50 a finales de los 40) se concentran en el movimiento pictórico barranquillero, pero, sobre todo, en la vida de tres pintores: el primitivista ocañero Noé León, ex-policía, pintor de peluquerías y cantinas; Orlando Rivera, alias “Figurita”, perenne transgresor, pintor de prostíbulos, pícaro tropical, que “tenía un aire de “camaján” evidentísimo y se esmeraba en cultivarlo”, expulsado, por huelguista, de la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, caricaturista de La Razón, profesor de dibujo en Baranoa, seductor de monjas en Medellín, vagabundo internacional (de Acandí a Panamá, de Bogotá a Barranquilla y a La Habana —en automóvil—, además de los viajes inmóviles de la droga), payaso y bailarín de circo (adelantándose al personaje del cuento “Hoy decidí vestirme de payaso”, de Cepeda Samudio), para quien lo importante es estar vivo; y Alejandro Obregón, que, ante el dilema entre la cómoda y rutinaria vida burguesa y el azaroso universo del arte, se decidió por este último.

En otro de los “collages” del libro, Fuenmayor transcribe el texto que en homenaje póstumo a Figurita (que había muerto un miércoles de ceniza disfrazado de reina boliviana) presentó Obregón, el cual ilumina la poética de las crónicas de Fuenmayor y la de las creaciones del grupo. Para Obregón, la obra de Figurita revela que no es suficiente grabar la sensación plástica de un momento: es preciso ir más hondo y pintar con las raíces más profundas de nuestra raza, y, simultáneamente, condenar de manera abierta y franca lo absurdo y acompañar con lealtad y ternura a las víctimas de injusticias y sufrimientos, así como burlarse de lo  falso y practicar una forma de ver que se aproxima a la magia primitiva (pp. 99-100). Entre “La flor de arrebatamacho” de Figurita y “Violencia” de Obregón, se ciernen las opciones de los creadores del grupo: la pregunta ontológica por el ser del costeño del Caribe y la responsabilidad ética ante el drama letal del interior del país.

El capítulo “León Felipe yerra el tiro 1946”, es la semblanza de un insoportable: ese poeta muy menor del grupo del 27, pero buen traductor de Whitman, León Felipe Camino Galicia, un amargado y soberbio español de la diáspora, cuyo comportamiento es la antítesis del de Vinyes y Subirats y Pérez Doménech y los otros, excepto en el reconcentrado rencor antifranquista. Fuenmayor nos cuenta la sucesión de desplantes, bufonadas, bravatas, bufidos y embarradas que fue la breve estada del poeta patán León Felipe en Barranquilla. Se registra también aquí el suicidio del catalán Baltasar Miró, hecho que contrasta con la actitud de Vinyes y del grupo ante la muerte, si exceptuamos el caso del pianista y traductor Bob Prieto, olvidado por Fuenmayor.

1.9 ESTERILIZANTE AUTOCRÍTICA

“El valor de las causas perdidas” es una especie de puesta en abismo, en la que el cronista se ve a sí mismo contemplando un parque y se siente abochornado: “yo había tomado la costumbre de asomarme cada mañana por la amplia ventana y quedarme allí con la indolente quietud de un vago, para disfrutar de la refrescante intermitencia del «céfiro blando» [y ver] la plácida vivencia del fluir del tiempo por parte de los viejitos del parque, pasajeros del inexorable tren del calendario”, “contemplando todo aquello sin espíritu crítico y, antes bien, con una sensación de simpatía universal o de una nostalgia anticipada que se enlazaba con otra nostalgia”.

Instantes más tarde, al mirar al jardinero, el cronista se acuerda de un cultivador de crisantemos en las afueras de Praga, el autor de El Castillo y, anticipándose mentalmente a una remodelación del parque, empieza a echar de menos sus senderos y glorietas y verjas  y barrotes “que proyectaban sombras llenas de fascinación sobre las hojas secas cuya fragancia quizá un poco acre lo llevaba a uno a un país del que nunca se hubiera querido regresar” y, avergonzado, se retira de “ese mirador cuadrangular que a veces pudo ser una ventana abierta hacia una confusa forma de felicidad, precisamente cuando involuntaria pero cotidianamente venían a mi memoria los eneasílabos de «El poeta mira al parque»”. Cuando pensaba que algún día el bardo de Curití pudo encontrarse en actitud parecida a la que yo asumía en esos instantes, me retiraba del alféizar de esa atalaya. Un instintivo sentido de vergüenza determinaba mi alejamiento de ese lugar. Me encontraba como si estuviera haciendo el ridículo. Había algo también de indefinible pudor”. Todavía “quieto en un estado muy cercano a la beatitud, entregado inconscientemente a la contemplación de la mañana”, llega Obregón al edificio de la Biblioteca Departamental con un saco sonoro repleto de botellas de ron blanco, sobrantes de la campaña electoral de un cuñado suyo.

El texto delata a un poeta natural que (temeroso del fluir desbordado de sus sentimientos, y para no convertirse en un Ismael Enrique Arciniegas tropical), se niega a serlo, y opta por someter la riqueza de su mundo interior a la doble tortura del ahogamiento etílico (la invención sepultada bajo la bohemia improductiva) y de la autocrítica abusiva. Se dan cita entonces, e intercambian sus propiedades, dos polos contrarios del comportamiento humano: la contemplación y la acción, encarnados en Fuenmayor y Obregón. El consumo del centenar de botellas que tenía el saco sirve como telón de fondo socarrón a la empresa épica de Rafael Marriaga de armar una antología de diez poetas del Atlántico en la que hubiese podido figurar Alfonso Fuenmayor, de no haber incurrido en esa actitud que el cronista le reprocha a Bernardo Restrepo Maya: no firmar sus versos por pensar “que por ese camino no llegaría a la gloria” (p. 108).

1.10 OTRO ANTECEDENTE EN EL OLVIDO

“Un sastre aplaude al poeta” recrea un suceso de 1949: los preparativos, el desarrollo y el tragicómico final de una conferencia espectacular: “Africanización purpúrica de los sesos de Venus”, a cargo de Vidal Echeverría, el único poeta vanguardista colombiano, junto con Jaime Tello y el efímero Luis Vidales. Poeta pintor, autor de Guitarras que suenan al revés, por su excentricidad, por su actitud iconoclasta, por su notorio humor, por su antisolemnidad, Vidal Echeverría, excluido de la antología de Marriaga, constituye un antecedente tanto vital como literario del grupo, si no nos olvidamos de “El pez volador”, poema de Alejandro Obregón que cierra la antología de Fernando Arbeláez, Panorama de la nueva poesía colombiana.

1.11 AMISTADES SIN BARRERAS (ECONÓMICAS)

“Gabito lee a Julio Mario” se refiere tangencialmente al momento culminante del grupo como tal, antes de que cada quien emprendiera su propio camino: la publicación del semanario Crónica. Este capítulo nos muestra cómo la literatura y el arte generaron entre los amigos un espacio que trascendía las diferencias sociales y económicas. Un tanto de soslayo se nos revela que la dificultad mayor, la resistencia más tenaz que debió afrontar el grupo fue la inexistencia de un público a la altura de su proyecto creador, lo que, sin duda, debió incidir en la decisión de varios de sus miembros, de abandonar el medio si se quería persistir en la creación de una obra con altos niveles de exigencia y audacia.

1.12 OBREGONADAS

“Todo el mundo cabía en La Cueva” abarca un lapso que va de 1953 a 1958 y cuenta la historia de ese espacio heterogéneo, con abanicos de notaría, mostrador de tienda, pinzas ornamentales de gabinete odontológico, sillas de bar, refrigeradores de refresquería, equipo estéreo de salón de baile y paredes de galería de arte moderno: La Cueva, la tienda vuelta licorería que se ha convertido en emblema de Barranquilla, aunque le falta el ave heráldica de la ciudad, el gótico golero. Ámbito de mezclas y confusiones; refugio de cazadores cansados; asiento de intelectuales solitarios que persiguen con desenfreno la vida y no hablan de arte ni pontifican sobre la literatura, pues detestan y evitan merecer ese apelativo, fieles a una idea de la vida en la que no caben conferencias ni simposios; posada de notarios versificadores y políticos en receso; asilo de orates estridentes que rompen las barreras de la inhibición, según lo describió un siquiatra prestigioso, La Cueva era como una plaza de carnaval donde se concentraba lo imprevisto: recitales de poesía con sonetos de cuarenta versos, asesinatos de murales, banquetes inverosímiles, borracheras interminables, celebración de natalicios, pruebas suicidas de machismo. De ahí su salto casi natural de la cotidianeidad a la leyenda y al mito. 

El último capítulo, “Obregón estima el valor de la Virgen”, nos cuenta el regreso de París del pintor, un tanto cambiado, aunque no lo suficiente como para abandonar esas máscaras o performances que adoptaba el artista para dominar “ese lirismo suyo que él ha querido sofocar tantas veces y que golpea rudamente las puertas de la angustia pascaliana”. Este capítulo es una muestra más de la actitud irreverente de los miembros del grupo, no sólo ante El Vaticano, sino ante sus propias producciones.

2. RECEPCIÓN

Libro múltiple por los diversos géneros —cuento, testimonio, entrevista, crónica roja, reportaje, ensayo, historia de la urbe, crítica literaria, presentación para catálogo de exposición de artes plásticas, epístola, biografía, autobiografía, semblanza— que celebran un feliz encuentro en el bar de la página, Crónicas, generó, como era previsible, una cadena de reacciones contrapuestas, oscilantes entre la alabanza amistosa y el venenoso vituperio. Veamos algunas.

2.1 LA PRESENTACIÓN EN SOCIEDAD

Otto Morales Benítez en el lanzamiento oficial del libro destaca la eficaz reconstrucción, por parte de Fuenmayor, de un momento trascendental en la historia del arte y la literatura colombianos. A su juicio, el libro consigue un gran fresco de escritores, artistas y soñadores locales  (dueños de un sitio en la vida nacional), con sus rostros, sus ademanes y sus gestos, acompañado de sucintos juicios y observaciones sobre sus obras, a través de los cuales se revela el espíritu encantador de Barranquilla, con su espontánea alegría, su contagioso regocijo para decir las cosas, sus bulliciosos bares y cafés y calles, su vitalidad deportiva, su escepticismo y la viva creatividad popular suelta y en todo su esplendor. El libro es, pues, el inventario de una actividad cultural intensa –las publicaciones (revistas, periódicos, libros), los movimientos del mundo pictórico, la visita de prestigiosos intelectuales y artistas internacionales —León Felipe, Ramón Vinyes, Juan José Pérez Doménech, Baltasar Miró, José Gómez Sucre— presentada con discreción y gracia en la revelación de secretos y comprensión y solidaridad con los personajes retratados.

Al evaluar el aporte del grupo, Morales Benítez considera que fue como un grito de independencia intelectual que liberó a la literatura colombiana de sus tres males endémicos —el melodrama, el maniqueísmo y el compromiso político—, iniciando la internacionalización del arte a partir de materiales reveladores de la identidad regional, atentos a las voces auténticas de su raza, a la densidad humana del múltiple Caribe. El mérito máximo de Crónicas es, para Morales Benítez, haber concedido la permanencia de la palabra a unos hechos y a sus actores, sin incurrir en la apología ni en la pedantería ni en la pesadez plomiza de la interpretación crítica.

2.2 PLUMA EN RISTRE

Amigo de varios de los personajes presentes en el libro, personaje él mismo, Néstor Madrid-Malo se fue lanza en ristre contra las Crónicas, negando la existencia del “Grupo de Barranquilla”, como centro de la actividad intelectual en aquella ciudad durante buena parte de los años finales de los cuarenta y comienzos de los cincuenta [10] y descalificando las crónicas por su inexactitud (la librería Mundo no fue nunca, según él, lugar de tertulia), e incoherencia, puesto que, según su criterio, la mayoría poco tiene mucho que ver con el referido “grupo”. Para Madrid Malo, el libro es un conjunto de cabos sueltos [los inconexos recuerdos de Fuenmayor], zurcidos bien arbitrariamente, sobre los más diferentes aspectos de la vida bohemia, periodística y literaria en la Barranquilla de aquella época, en los que más es lo que calla adrede que lo que a medias cuenta [11].

2.3 LÚCIDA DEFENSA

El texto de Madrid Malo tuvo la virtud de suscitar la respuesta de Julio Roca Baena mediante un texto de ágil y diáfana escritura, que constituye un modelo de reflexión y síntesis, en torno al tema.

El problema, para Roca Baena, no es la existencia o no del grupo, discusión irrelevante, sino definir el alcance de la palabra “grupo”, una construcción teórica con la función de ubicar cronológicamente la producción literaria, y para cuya denominación los estudiosos suelen emplear el nombre del sitio o de la ciudad donde se reunieron, más con la intención de describir la atmósfera que rodeó a sus integrantes, que la de crear una superentidad con programas tácitos o manifiestos. Con perspicacia, Roca distingue entre el papel del café o del bar, aglutinantes democráticos de talentos dispersos, y el del señorial salón  literario de la burguesía rica y cultivada, y postula, para el caso del Grupo de Barranquilla, dos instituciones románticas, la bohemia y el periodismo, como los puntos de convergencia para los jóvenes y talentosos creadores, de procedencia dispar que, estimulados por sus lecturas, sentían alguna inquietud creadora más allá de las actividades mercantiles de una sociedad sin mucha tradición ni especial inclinación a las especulaciones intelectuales.

Roca Baena sostiene que, pese a su breve duración y a la ausencia de un manifiesto programático,  lo que hace al Grupo digno de ese nombre fue el haber fundado y publicado el semanario Crónica. Tal puntualización constituye un acierto en la medida en que, para la historia de la literatura y de la cultura, lo que importa no son las amenas anécdotas sino los cuentos, las traducciones, los dibujos, las reflexiones y los reportajes que, a través de su órgano de difusión, legaron los escritores y artistas. En su estudio sobre el grupo literario mexicano de Vanguardia, “Los Contemporáneos”, el investigador Guillermo Sheridan planteaba que “Las revistas literarias son la bitácora del viaje literario de una cultura. Son el diario oficioso de ese viaje, cuyo sentido final son los libros, o algunos libros. Su primera razón de ser es impedir el deterioro de la literatura” [12]. Así, lo que queda de ese  grupo complejo congregado en Barranquilla, además de la fecunda convivencia entre generaciones que aseguraba la continuidad de un proceso, el intercambio de ideas y el  cambio maduro, son las obras en las que se efectúa una síntesis de lo nacional y lo universal, de realidad e imaginación, de vuelo inventivo y pies en la tierra, en la cotidianeidad, en lo humano, arraigado tanto en el tiempo (ahora) como en el espacio (aquí). Lo clave es que con tales obras se dan las bases y algo más de la narrativa, la pintura, el periodismo y el cine modernos en Colombia, y su conocimiento es insoslayable si se quiere tener una idea cabal del proceso de la cultura contemporánea colombiana.

Por ora parte, Roca advierte que las Crónicas, reminiscencias hilvanadas al correr de la pluma, no constituyen una historia o una biografía colectiva, pues retratan  sólo a los personajes más pintorescos y tangenciales, apartándose del tema en el que radica la importancia del Grupo como tal: la fundación y los avatares de Crónica y de los gustos literarios que le dieron carácter. Las Crónicas tampoco consideran las posteriores trayectorias individuales de sus integrantes. Asimismo señala Roca que aunque el mismo Fuenmayor ponga en duda que entonces hubieran tenido conciencia y propósitos de grupo, este hecho no invalida la existencia, “a posteriori”, del mismo.

De manera atinada, Roca establece dos etapas muy distintas en la historia del grupo, un tanto desdibujadas en el libro. La primera, correspondiente al  desarrollo de sus actividades, antes y durante la publicación de Crónica (mediados de los cuarenta y comienzos de los 50); la segunda, abierta y heterogénea, desaparecido ya el semanario (años 60), la de “La Cueva”, caracterizada por la menor producción del grupo como tal, así como por la asimilación de sus intelectuales al establishment, al medio, a la clase dominante. En este lapso, cada uno de los miembros del grupo, aprovechando (o traicionando) el impulso adquirido, sigue su trayectoria singular: Alfonso Fuenmayor, sus carreras, periodística en El Heraldo y política en el Senado; Obregón se convierte en el pintor moderno más importante del país; Gabriel García Márquez, corresponsal de genio y premio nacional de novela; Álvaro Cepeda Samudio escribe su obra mayor, La casa grande y cumple un papel clave en la modernización del periodismo en Diario del Caribe.

En el trabajo de Roca Baena están los fundamentos y la guía esencial para un trabajo posterior al que sólo le correspondería ampliar y desarrollar sus intuiciones y esbozos.

3. VEINTICINCO AÑOS DESPUÉS

Los veinticinco años transcurridos desde la publicación de Crónicas nos permiten una perspectiva distanciada para valorar su significación.

3.1 LOS MÉRITOS

En una entrevista con Heriberto Fiorillo [13], a raíz del premio nacional de periodismo concedido a la publicación en la prensa barranquillera y bogotana de las trece crónicas, Alfonso Fuenmayor puso de manifiesto el concepto y las reglas del juego del género: a su juicio, la crónica  es el relato que produce el tiempo y su clave está en definir cómo abordar el tema, desde qué ángulo enfocar la historia. Allí mismo establece Fuenmayor las exigencias fundamentales para el cronista: base literaria,  conocimiento de la prosa  y manejo fácil del idioma. Es sorprendente la sólida coherencia entre la prédica y la práctica: el bagaje literario y artístico del autor,  la destreza descriptiva, la gradual entrega de las informaciones, la dosificación de los datos, la fluidez y pertinencia de los diálogos, el equilibrio expositivo y la riqueza y frescura del lenguaje se nos presentan como rasgos muy difíciles de emular en nuestros tiempos.

3.1.1 BAGAJE LITERARIO-CULTURAL

Entre los elementos que llaman la atención en Crónicas figura el vasto bagaje cultural de Alfonso Fuenmayor quien se mueve con soltura en los universos diversos de la música culta y popular, la literatura, la crítica literaria, las artes plásticas, el teatro, el cine, la historia, la filosofía y el periodismo.

No obstante, las referencias más reiteradas son las literarias. Fuenmayor muestra un amplio y solvente conocimiento de varias literaturas: en la española, del Siglo de Oro, la Generación del 98, del Grupo del 27 y los dramaturgos y novelistas contemporáneos; en la hispanoamericana, del modernismo y el boom, sin olvidar la poesía barroca de Sor Juana; en la norteamericana, sus referentes son básicamente contemporáneos; en literatura europea no olvida a Homero y sus personajes memorables como el prudente Néstor, aunque sus preferencias son francamente francesas y van de Villon y Rabelais a nuestros días abarcando el teatro clásico, la novela realista, la poesía simbolista y la literatura de vanguardia en sus diversos géneros, así como los narradores existencialistas; en la literatura colombiana, de la poesía modernista de Eduardo Castillo a De Greiff, sin olvidarse de los escritores del patio costeño. Son también múltiples las alusiones a las artes plásticas francesas, españolas y norteamericanas. Todo lo anterior no sólo nos ilustra la amplitud de los intereses del grupo, su humanismo cosmopolita, más allá del marco parroquial: simultáneamente nos muestra cómo detrás de las luces penumbrosas de la bohemia se ocultaban horas de disciplinada dedicación y abundante lectura.

3.1.2 CONOCIMIENTO DE LA PROSA 

Otra de las virtudes del libro la constituye el conocimiento de la prosa narrativa puesto de manifiesto por Fuenmayor al hallar la perspectiva y el tono que hacen verosímil su relato. El cronista se convierte en un personaje de la obra, pero, casi sin quererlo, a pesar de sí mismo. No hay nunca el prurito narcisista de figurar en primer plano. Por el contrario, pareciera que su intención fuese más bien borrarse. No obstante, en el transcurso del relato de los acontecimientos en los que ha sido juez y parte, se va delineando su papel de puente entre la generación de los maestros José Félix Fuenmayor y Ramón Vinyes y los debutantes Gabriel García Márquez y Alvaro Cepeda Samudio, al tiempo que se va esbozando un perfil que le confiere credibilidad a su voz, la imagen de un tipo culto, pero modesto, poseedor del verbo y de la memoria, sin alardes ni aparatosos aspavientos, apartado de toda presunción, cuyo bagaje intelectual es respetado por sus interlocutores: nadie menos que Ramón Vinyes le pide un concepto sobre uno de sus dramas. Poco a poco, en detalles dispersos, se nos va configurando un rostro (o una máscara) con sus apetencias y disgustos: la pasión por la lectura, la ineptitud para el regateo comercial, la formación jesuita que le impide el uso de ciertas palabras enfáticas y rotundas, el horror a la solemnidad, la repulsión por la vulgaridad del plástico, la erudición en bares y tiendas de barrio y el saludable y permanente sentido del humor. 

Definitiva para las Crónicas es la coherencia de su tono irónico y filosófico, conversado, antisolemne, distante de ese mal endémico y dañino en nuestra historia cultural: la oratoria. De la estirpe socrática, renovada por las maneras de Rabelais, Cervantes y Anatole France, el tono del cronista, pleno de incertidumbre, consciente de la inexistencia de la última palabra,  recuerda al narrador de las novelas de José Félix Fuenmayor: “Quizá valga la pena hablar un poco de la Librería Mundo”. El cronista elude todo énfasis, toda afirmación rotunda: “De pronto, y no recuerdo exactamente la causa, la tertulia se trasladó” (p. 34); “nunca supimos por qué le había dado el esquinazo al café Roma” (p. 41); “Cómo funcionaba ese bar en horas del día, nunca lo supe. Ni supe tampoco quiénes eran sus parroquianos habituales” (p. 40).  Al referirse a un personaje nos dice: “A ciencia cierta no sé cuál fue su destino final”. Siempre se tiende un manto de duda ante las inevitables fallas de la memoria. No se trata, por supuesto, de una investigación rigurosa, sino de un testimonio cordial, punto de partida para ulteriores precisiones y ampliaciones. Por eso se busca siempre la complicidad del lector: “Lo demás es divagación. Evitémosla”; “Pero, en fin, dejemos las cosas, por ahora al menos, de ese tamaño”(p. 26); “Más adelante se discutirá un poco esto de “grupo”. Y como ocurre, con frecuencia en la conversación, no se cumple o se olvida la promesa. También se recurre reiteradamente a los sobreentendidos: “como suelen suceder estas cosas” o a la deliberada imprecisión temporal de los hechos recordados: “En esos días” (p. 67); “antes de irse del país” (p. 76); “a finales de la década del cuarenta” (p. 83); “un día por ese entonces llegó a Barranquilla”.

Destacable es asimismo la agudeza de la observación, capaz de captar gestos, detalles mínimos que retratan para siempre un personaje, aspecto en el cual, sin duda alguna, se manifiesta una vez más la asimilación de las lecciones del viejo José Félix. Tal ocurre en las palabras de Noé León que nos remiten al monólogo siempre esperanzado del mendigo del cuento: “No sé qué ha pasado hoy. Todavía no he vendido los cuadros. Claro que he hecho ‘estacioncitas’ por ahí. Pero el cliente no ha aparecido. Ya caerá, ya caerá” (p. 74). Igual sucede en la descripción de León Felipe al divisar un mural de Obregón, que nos recuerda al ordeñador-filósofo del cuento “Con el doctor afuera”, en su percepción minuciosa de los movimientos menudos del mundo animal, “Poniendo la cara en la posición en que las gallinas colocan su cabeza cuando toman agua” (p. 126) que, además de proyectar una imagen memorable, rebaja al altivo poeta español hasta la domesticidad cotidiana de las aves de vuelo bajo y nula valentía. En otras ocasiones, la observación culmina en una frase ocurrente, cargada de humor, que cumple una función similar de fijación en la memoria e irrisión: para darnos una idea de los ojos de la mujer que aparece en un cuadro de Figurita, nos dice que “Los ojos eran en verdad unos ojazos de bolero o de pasodoble español” (p. 84).

Fuenmayor sabe también crear el suspenso a partir de la descripción gradual del clima que rodea los hechos: “El calor se había hecho francamente intolerable, principalmente para Pepe Gómez Sicre, acostumbrado ya a la suave temperatura de Washington. Además, para ese entonces pesaba unas trescientas libras. Me invitó a que saliéramos a la calle con la esperanza de que un poco de brisa vagabunda nos refrescara” (p. 69); “el sol ahí estaba derramado en la calle, en los andenes. Era ese sol despiadado, incandescente, plenipotenciario de las dos de la tarde de un agobiante día de agosto. La reverberación sobre el asfalto” (p. 71); “El poco de brisa que buscábamos no surgía de ningún punto del horizonte y hubiera bastado, allá en el cenit, el aletazo de un golero para que en algo se hubiera refrescado el ambiente” (p. 71). La precisión barométrica, además, no es gratuita, pues está al servicio de un hecho ulterior: la brisa que no viene es el hombre que llega, la buena estrella de Noé León para quien “muy otra habría sido su suerte si Gómez Sicre no hubiera salido de la cocina a tomar un poco de aire en ese instante” (p. 75).

En lo relativo a la presentación de los personajes, Fuenmayor suele utilizar con eficacia un truco característico de los maestros de la novela realista decimonónica: la reiteración de un rasgo del personaje que se va convirtiendo al paso de las páginas en un sello distintivo. Así pasa con la voz y la risa del abogado, historiador y antólogo de poesía Rafael Marriaga: “hablaba con voz queda, susurrante, de tal manera que todo cuanto decía salía convertido, al través de sus labios en una confidencia” (p. 147); “voz en la que parecía escondido parte de un grillo ligeramente desafinado” (p. 148); “una risita espasmódica que hacía aparecer aún más pequeños esos ojos” (p. 149); “esa risita que tanto parecía un pequeño relincho” (p. 151).

Otro muestra de la gran destreza narrativa de Alfonso Fuenmayor es la manera de comenzar los capítulos generando en el lector uno o más interrogantes, técnica típica de  los cuentistas veteranos: “La primera vez que lo vi estaba en la Lunchería Americana” (p. 23). “Alejandro Obregón se presentó con él a mi oficina” (p. 155).

Cabría, por último, destacar la deliberada selección de datos pintorescos, curiosos que contribuyen a la creación de una atmósfera insólita, festiva: las tumbadas que el probo Julio H. Palacio le pegaba a Ramón Vinyes, al hacerse apuntar libros fiados que nunca pagaba (p. 14); el comentario en latín que escribió Vinyes contra el párroco de San Nicolás (p. 15); el derrocamiento de Alfonso XIII derrocado mientras se fumaba la colilla de un cigarrillo (p. 16); las conferencias en el lomo de un elefante de Ramón Gómez de la Serna (p. 24); las pláticas de Pérez Doménech sobre la guerra cuando no quería hablar sobre temas de la metafísica (p. 25) y la paradoja de su muerte: huyendo de la dictadura de Franco fue a morir en la Habana de Castro (p. 26); la afición culinaria de Álvaro Cepeda (p. 67); la vocación vergonzante de Alberto Lleras por la pintura (p. 70); los enredos literarios de Figurita, hablando de la vieja Faulkner y del viejo Woolf  (p. 86); la etapa vital de Obregón manejando una catapila en los campos petrolíferos del Catatumbo por donde merodeaban los antropófagos motilones (p. 106); la hedionda cabeza de caimán puesta a secar en la puerta del estudio de Obregón (p. 109); la confusión del poeta Guillermo Valencia en casa de Juan Friede cuando vio disfrazado a Vidal Echeverría y preguntó quién era esa mujer tan interesante (p. 158)...

3.1.3 Y MANEJO FÁCIL DEL IDIOMA

El tercer requisito de la buena crónica con el que cumple a cabalidad Alfonso Fuenmayor es el dominio del idioma, la madurez que le permite expresar una sensibilidad limpia de cursilerías y desbordamientos líricos, el manejo ameno y musical de las palabras tras las cuales se percibe una inteligencia rectora, un hábil juego mental.

Fuenmayor logra equilibrar la novedosa incorporación de un léxico caribeño “con el mismo movimiento con que uno observa por ahí cómo la gente toma el masato” (p. 167) o de dichos y expresiones de uso regional “con los crespos hechos” (p. 11), “advertí por el rabillo del ojo” (p. 42), con el uso de metáforas convencionales “estuario que desemboca en el mar del recuerdo”, “la cola del instante en un recodo del tiempo”, “el primer peldaño del lirismo”, (pp. 9-10) “el camino de la fascinación” (p. 25) que le imprimen un sabor añejo a su prosa. Pero, ironista nato, de vez en cuando, pone de manifiesto su conciencia crítica acerca de los riesgos que implica dejarse llevar por la simple pereza o por el encanto del lugar común: “Para entrar al estudio había que atravesar una gran azotea  desde la cual,  sin más limitación que la que impone esa línea  en que el cielo y la tierra parecen tocarse, se dibujaba un paisaje espléndido y declamatorio. Hasta el ás lerdo contemplando el trazo que en ese paraje hace el Magdalena, habría de concederles a los poetas toda la razón cuando aluden al río llamándolo “cinta de plata” o “sierpe argentada” y cosas así. Lo que seguirá sucediendo, si no se legisla a nivel universal como lo ha pedido Gabito, en el sentido de que se prohíban las metáforas y se castigue su uso hasta con la pena de muerte. “Una sanción más bien leve, comentaba el padre del Patriarca, para delito tan atroz” (pp. 109-110).

Definitiva para la amenidad del lenguaje es la presencia del humor a través de dos recursos fundamentales. Por un lado, las hipérboles, como cuando al describir a Pérez Doménech nos dice que “le ponía énfasis hasta  a los convencionalismos de la urbanidad”, (p. 24); o cuando para definir de manera viva la estolidez de los que criticaban la publicación en Crónica de un cuento de Julio Mario Santo Domingo, les atribuye unas “entendederas que tenían pasados unos cerrojos que hubieran envidiado los alcaides de la Bastilla” (p. 175); o cuando León Felipe, en pleno almuerzo en el Hotel del Prado con los padres de Obregón, se quitó el zapato y empezó a rascarse con el índice el pie poseedor de un “dedo gordo provisto de una uña capaz de destapar una botella de cerveza” (p. 164).

El otro recurso, que también nos remite a la maestría del viejo José Félix, es el del circunloquio: beberse un trago es “pasarlo por el esófago” (p. 37); el corazón es la “ noble víscera” (p. 56); cocinar es sostener “luchas con la estufa, las ollas y los condimentos”, y el arroz, “esa cándida gramínea” (p. 67); el bigote, “ese apéndice capilar que se extendía en la parte superior de sus labios” (p. 84), la zona de tolerancia prostibularia es “el sector de los «bombillos rojos»” (p. 86), la tendencia a gritar de León Felipe es “su agresiva inclinación a servirse de una fonética estentórea” (p. 121), su voz gritona es una “voz de arrestos marciales” (p. 122) y su constante gritar es poner “a prueba la consistencia de nuestros tímpanos” (p. 124).

3.2 LOS APORTES

La obra inconclusa de Fuenmayor recrea con lujo de detalles un periodo clave en la historia cultural del Caribe colombiano. Sin este libro son muchos los datos que se hubieran perdido para siempre de la memoria de los habitantes de la región. Para la reconstrucción de la historia de la ciudad, para las biografías de los protagonistas de la renovación cultural de la región y del país, éste sigue siendo un libro indispensable: por él nos enteramos acerca de numerosos sucesos significativos: que Vinyes conoció personalmente a Chesterton (p. 15) y fue huésped de Martin du Gard (p. 17), que la colonia siria regaló a la ciudad la estatua de La libertad en 1910, que Eduardo Zalamea Borda intentó suicidarse en un café del centro; por él sabemos del último salón anual de pintores costeños, de la vida, pasión y muerte de Figurita, de los comienzos de Obregón y la estrecha y atrasada crítica de las artes plásticas en la Bogotá de los 40, de la gazmoñería moral de la otra Barranquilla ciudad con sus referencias estrechas y atrasadas que coexistía con la ciudad que inventaban sus artistas.

Justamente entre los más altos méritos de Crónicas, figura la recreación de la vida cultural barranquillera, nutrida por la diáspora fecunda que siguió al triunfo del franquismo y por la inmigración ocasionada por la Segunda Guerra Mundial.  Habían asesinado a Gaitán y con él un universo de esperanzas y los tentáculos centenarios de la violencia comenzaban a afianzarse sobre los campos y las ciudades del interior del país, muchas de cuyas gentes, sacándole el cuerpo al fenómeno, se habían venido a la ciudad en la que había cafés eternamente abiertos, pues funcionaban sin puertas.

La ciudad, en ese entonces, era una fiesta móvil, otro país en el que se respiraba un clima, una atmósfera que quisiéramos para nuestros días, un ambiente cosmopolita de cafés, bares y centros nocturnos atendidos por catalanes o por recién venidos paisanos del interior. Los habitantes de la ciudad sintonizaban la BBC de Londres y las emisoras de la Habana, bailaban mambo y bolero con orquestas de mujeres cubanas, se motilaban con peluqueros peruanos, bebían champaña Remy Martín, leían la Nouvelle Revue Francaise y los diarios de circulación nacional y se organizaban salones de Pintura Latinoamericana y el Junior y el Sporting y el béisbol profesional conquistaban sus fanaticadas, Nereo tomaba sus fotos, Bob Prieto daba sus conciertos, Doménech y Vinyes y Vargas y Meira y Biava y Obregón y Loochkartt dictaban sus clases, Meira escribía sus poemas de amor, José Félix sus cuentos de campesinos entrando en la ciudad, Cepeda los suyos de seres solitarios en Nueva York y García Márquez iniciaba su universo mágico de muertos vivos y alcaravanes, y Figurita, Obregón, Noé León, Cecilia Porras, Melo y Grau pintaban sus cuadros, y Cepeda y García Márquez maduraban sus novelas, Rojas Herazo traía sus dibujos de próceres y sus poemas que removían a fondo la retórica piedracielista al tiempo que la orquesta del maestro Sosa y Pacho Galán y Buitrago y Peñaranda y Escalona y Peñalosa y Campo Miranda y Esther Forero y Nelson Pinedo y el negro Meyer y José Barros, entre otros, a punta de porros, fandangos, cumbias, vallenatos y mapalés iniciaban una lenta pero eficaz transformación en los hábitos amorosos y en los bailes y la actitud vital de los colombianos.

Para la historia de la literatura, Crónicas ofrece a los lectores la propuesta de unos nombres olvidados cuyas obras pueden considerarse como antecedentes en la ruptura del Grupo de Barranquilla: tales son los casos de Vidal Echeverría en la poesía y en la excentricidad, Juan José Pérez Doménech en el periodismo radial, Rafael Marriaga en la indagación crítica de una tradición.

El libro, inconcluso, es, no obstante, un minucioso testimonio de la existencia del Grupo de Barranquilla que pese a la heterogeneidad de sus miembros en edades (tres generaciones) orígenes sociales, formación, gustos y a la ausencia de un explícito programa, estaba cohesionado por actitudes afines: la desconfianza e inconformidad frente a la tradición; la honradez artística y la disciplina; la crítica frente a la improvisación y el facilismo amateur; el respeto por la aristocracia del espíritu, el pensamiento y la expresión, pero desde perspectivas democráticas, sin ínfulas ni prebendas; el rigor  y la exigencia universal y sin concesiones en su producción; la lucidez y curiosidad universal por el arte nuevo.

En un medio ni siquiera hostil, sino algo peor, indiferente, se movieron a  contrapelo de los valores de la cultura oficial. Pero no se trataba de una pelea maniquea entre una costa caribe pluricultural, aperturista, afanosa de novedades e independencia y el páramo andino, gramatical, aficionado a latines y al pensamiento ortodoxo, epigonal, excesivamente apegado a las convenciones, a la tradición y al encumbramiento de los escritores por sus actividades políticas. La oposición del grupo abarcó el provincianismo tanto de los valores nacionales —Luis López de Mesa, Calibán, los poetas   piedracielistas   y   los  leopardos  grecoquimbayas—  como el de los locales  —Miguel Goenaga, Amira de la Rosa, Emirto de Lima, Julio Enrique Blanco, Néstor Madrid Malo, Benigno Acosta Polo, Alfredo de la Espriella—. 

De ahí la importancia de la revista Crónica que da a conocer los nuevos narradores nacionales y extranjeros e instaura una nueva escala de valores que se aparta del estilo elegante, el léxico pintoresco de los costumbristas caldenses estacionados para siempre en el sabor de la tierruca, el paisajismo, el narcisismo nacionalista, el patriotismo estéril, y, en contraste, privilegia las obras que se interesan en el tema del lenguaje, en su capacidad para revelar la condición humana. No obstante, su crítica no se dio en el plano abstracto de la teoría y la especulación, sino que se encarnó en la práctica de una escritura alejada de las posiciones oficiales de las academias, orientada hacia la captación profunda de la realidad regional mediante la apropiación de las modernas técnicas narrativas europeas y norteamericanas, en las que funden la renovación con la recuperación de formas narrativas autóctonas, el humor y lo grotesco, la literatura fantástica y la picaresca, la metaliteratura y la parodia, el mundo interior del hombre marginado (en el campo y en la urbe) y su palabra, en una síntesis que expresa la polifónica realidad cultural de la región y de Latinoamérica.

El resultado fue la puesta de la literatura colombiana en la hora mundial, la  apertura de las puertas a las nuevas corrientes literarias, pictóricas, cinematográficas, periodísticas. Pero la voluntad de cambio fue más allá de las obras y se puso de manifiesto en la vida misma de los artistas, su desprejuiciada presencia en el vestir -sin corbata ni medias-, la excentricidad, la vitalidad, la irreverencia, el humor indeclinable incluso frente a la muerte, la amplitud de criterios que permite valorar lo bueno en las procedencias más diversas, la creatividad en todas las actividades, la culinaria, la pintura, el diseño de carrozas de carnaval, la composición popular y la actitud vital hedonista que no riñe con la necesidad del estudio y la disciplina.

De esta manera en la mesa del café Colombia, entre los estantes de la librería Mundo, se fue gestando la aparición de un nuevo tipo de intelectual —jóvenes lectores de literatura, practicantes del periodismo, aficionados al cine y a la pintura, a la fotografía y los deportes, al béisbol y al fútbol, a la música clásica y a la popular, al jazz y al vallenato, nocturnos bohemios, amigos, discutidores, pensadores independientes, alérgicos a la pedantería pontifical—, quienes persiguieron (y hallaron) una correspondencia entre la vida y la literatura: la literatura como una forma de vida que nada tenía que ver con la solemnidad ni la pedantería ni el corsé académico ni la celebración de la ignorancia deliberada de otros idiomas y de los limitados conocimientos ni la cerrazón a la modernidad ni la Gruta Simbólica ni los Centenaristas ni Piedra y Cielo.

3.3 ERRORES Y PROBLEMAS

Investigaciones posteriores han revelado algunas siestas, nunca homéricas, de la memoria de Alfonso Fuenmayor. Pero se trata de detalles de muy poca monta como el de situar en un mismo año, tal vez por razones de simetría estética, los nacimientos de Ramón Vinyes y José Félix Fuenmayor; o el afirmar que Vinyes llegó a Colombia como pinche de contabilidad de una empresa exportadora de bananos, cuando, en realidad,  lo había contratado un comerciante cienaguero; o la escritura incorrecta del nombre de algún novelista (Cansino Assens en lugar de Cansinos Asséns) o de un pintor (Delanay en vez de Delaunay). Lo que sí se echa de menos es que no se extendiera mucho más en lo relacionado con “los libros que nutrían las conversaciones, los diálogos interminables, discusiones acaloradas”, que no nos revelara más detalles relacionables con las obras como el de la mujer que inspiró el cuento “La mujer que llegaba a las seis” o el suceso que originó “La noche de los alcaravanes”.

La estructura del libro presenta cierto desequilibrio que no hace justicia al papel de los diversos protagonistas: la primera parte se centra en torno a Ramón Vinyes: la segunda, en Alejandro Obregón. Sin demeritar el papel de Vinyes como cómplice y gran gestor ni  el estímulo de su ejemplo de hombre que se la jugó por la literatura, José Félix Fuenmayor, por su obra, exige un mayor despliegue. El decoro, el pudor o la reticencia, “por razones fácilmente comprensibles quien esto escribe no se extenderá sobre la personalidad de José Félix Fuenmayor” (p.18), la modestia misma de Alfonso Fuenmayor, “según aseguran quienes tienen autoridad sobre la materia [los cuentos de JFF], influyeron en el grupo desde el punto de vista narrativo” (p. 19), lo llevan a desplegar un amplio desarrollo al maestro catalán, en detrimento del valioso aporte del fundador José Félix. Lástima: mucho hubiera podido decirnos Alfonso sobre la formación de su padre, su amistad literaria con Porfirio Barba-Jacob, su interesante periodo creativo posterior a Voces y la génesis de los magistrales cuentos de La muerte en la calle, e incluso sobre los poemas de Musa del trópico, que están a la espera de una renovada relectura.

Hay muchos personajes olvidados, o a la espera de una segunda oportunidad sobre la tierra como Germán Vargas que en el libro es casi una ausencia, o el propio García Márquez (quien a la larga explica y justifica este tipo de crónicas), o Cepeda Samudio que figura más como cocinero, bebedor y empresario excéntrico que como escritor. Tampoco se nos dice nada del Obregón poeta, ni del papel de Bernardo Restrepo Maya, Meira Delmar y Armando Barrameda Morán,  quienes de seguro tuvieron que ver con la génesis y evolución del ideario estético del grupo y de las obras. Se olvidan asimismo algunos visitantes asiduos del patio que andaban en búsquedas similares como Cecilia Porras, Enrique Grau y Héctor Rojas Herazo.

3.4 FUNCIONALIDAD

Crónicas cumple un papel fundamental en nuestra región, tan inclinada a borrar las huellas de sus pasos como los animales salvajes, lo que degenera en un mal crónico: el  desconocimiento de los propios orígenes, de una herencia cultural, de un legado de conocimientos y formas que imposibilitan la creación de una obra de peso, que no sólo se nutra del pasado, sino que lo transforme. Fuenmayor tuvo la osadía de transgredir esa tradición de memorialistas que no van más allá de la euforia etílica y oral del cafetín (el imperio premoderno de la charlatanería), y supo legarnos una obra admirablemente escrita que salva del olvido múltiples episodios de nuestra historia cultural y rompe con esa fatalidad de Barranquilla que Marvel Moreno enunciaba: “En Barranquilla todo desaparece: la humedad y el comején corroen libros, objetos, muebles: las casas se abandonan o se derrumban solas. No existe la sensación de perennidad que emana de las ciudades europeas; ningún rastro de los hombres que trabajaron para crear el mundo en el cual nacimos” [14].

De allí la fecundidad de su trabajo que al provocar la aparición de una serie de textos como los de Néstor Madrid Malo, Jorge García Usta, Dasso Saldívar, Carlos Flores Sierra, Gustavo Arango, Oscar Collazos, Eligio García Márquez y Heriberto Fiorillo, contribuye al esclarecimiento del proceso cultural de la región y al inventario minucioso de sus protagonistas y obras.  Fuenmayor, quien se propuso satisfacer la curiosidad de otros, no sólo lo logra, sino que, al mismo, tiempo la incrementa, al convidar a la búsqueda de mayor información acerca de las vidas tan singulares de nuestros escritores y artistas, y sobre todo, a la revisión, desde una nueva luz, de su producción. Lo que continúa haciendo falta es un trabajo integrador de estas dos vertientes —la vida y la obra—,  porque al fin y al cabo lo que justifica los estudios literarios y artísticos es la iluminación que puedan proyectar en torno a las creaciones.

3.5 CONCLUSIÓN

A veinticinco años de su publicación, las Crónicas de Fuenmayor mantienen su frescura y su vigencia, la fortaleza de sus irradiaciones. Se trata de un trabajo que exige su continuación y su ampliación. El grave problema es que la obra ya no se consigue, por lo que se hace necesaria su reedición. Para este trabajo sería interesante no sólo la inclusión de un índice de autores y de obras y de una cronología complementaria, sino la inclusión de una serie de textos del propio Alfonso Fuenmayor, crónicas, columnas periodísticas, traducciones, entrevistas, prólogos, relacionados con los personajes que integran el libro y sus obras, y con otros protagonistas de la historia cultural del país como Rafael Maya, Fernando González o Álvaro Mutis. Tales textos, dispersos en libros, revistas y periódicos, no siempre de fácil acceso [15] servirían para llenar algunas de las lagunas u olvidos que hemos señalado en Crónicas, así como para ampliar su marco de referencias.

NOTAS:

1. Alfonso Fuenmayor, “Crónica sobre las «Crónicas del Grupo de Barranquilla»”, Intermedio, Suplemento del Caribe de Diario del Caribe (Barranquilla),14 de junio de 1981: 6.
2. Aunque Fuenmayor declaró que en la redacción de cada capítulo se empleaba una hora y la fluidez verbal del libro da la impresión de haber sido escrito a vuela pluma, aprovechando al máximo la veteranía en el oficio, la lectura de Crónicas nos revela, en especial al comienzo del libro, el apoyo en múltiples fuentes: estudios de Rama, Brushwood y Cepeda sobre José Félix Fuenmayor, cartas de Vinyes, viejas revistas Crónica, textos de Obregón y del propio Alfonso en homenaje a Figurita, entre otros.
3. Alfonso Fuenmayor, Crónicas sobre el Grupo de Barranquilla, Instituto Colombiano de Cultura-Gobernación del Atlántico, Bogotá, 1981.
4. Al respecto conviene consultar el minucioso testimonio sobre las actividades en este recinto de Heriberto Fiorillo, La Cueva: Crónica del Grupo de Barranquilla, Editorial Heriberto Fiorillo, Barranquilla, 2002.
5. En relación con la poética narrativa del Grupo de Barranquilla existe un estudio panorámico ejemplar: el de Jacques Gilard, “El grupo de Barranquilla y la renovación del cuento colombiano” (1983), en Historia Crítica de la literatura latinoamericana”, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 36-53.
6. Los comparatistas emplean el término ‘intermediario’. Cf., Claudio Guillén, Lo uno y lo diverso: Introducción a la literatura comparada, Crítica, Barcelona, 1985: pp. 23, 68, 69, 307, 338, 349.
7. Alfonso Fuenmayor, “Ramón Vinyes tuvo que elegir entre los bananos y la literatura”, Cromos, Bogotá, enero de 1945, en Ramón Vinyes, Selección de textos, 2. Selección y prólogo de Jacques Gilard, Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá, 1982: 370-379.
8. Alfonso Fuenmayor, “Hasta la tinta violeta”, El Heraldo, Barranquilla, 1952.
9. Alberto Duque López, 1983, “Alfonso Fuenmayor: monólogo entre matarratones y  ceibas”Gaceta Colcultura 39: 9
10. Otto Morales Benitez, 1981 “Un gran fresco sobre el espíritu barranquillero”, Intermedio, Suplemento del Caribe, Barranquilla, 4 de octubre: 10-11.
11. Néstor Madrid Malo, “El pretendido “Grupo de Barranquilla”. Un caso de mitología literaria, Magazín Dominical de El Espectador, 18 de octubre de 1981: p. 10.
12. Guillermo Sheridan, 1985,  Los contemporáneos ayer, México, FCE: p. 20.
13. Heriberto Fiorillo, “Premio a un personaje de novela. Alfonso Fuenmayor cuenta  cómo ganó con una obra inconclusa el Premio Nacional de Periodismo”, El Espectador, Bogotá, domingo 3 de septiembre de 1978: 15ª.
14. 1981 “Marvel Moreno. Una entrevista con la autora”, Magazín Dominical de El Espectador, Bogotá, 8 de noviembre: 4.
15. Algunos de los textos que deberían integrar esa hipotética reedición serían los prólogos a Cosme, Todos estábamos a la espera y La casa grande; su testimonio en la muerte de Germán Vargas; “Crónica de una muerte anunciada”, “García Márquez y Barranquilla” y las crónicas sobre el Premio Nobel, alusivas a García Márquez; “Hasta la tinta violeta” y “Recordando a don Ramón”, relacionados con Ramón Vinyes; la traducción de “Los asesinos” de Hemingway; columnas “Ni más allá ni más acá”, relacionadas con el Grupo de Barranquilla; crónicas sobre Alejandro Obregón en París y Rafael Maya y José María Vargas Vila en Barranquilla; entrevista sobre la vida de Barba-Jacob en la ciudad; “Crónica de Crónicas”, historia de su libro, y reseñas dispersas en revistas y suplementos literarios.
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©   Ariel Castillo Mier

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 23
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2005

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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