LA PATA DE MONO
Mayerlis Beltrán Viloria
Fernando Cárdenas Caballero
Con la dramaturgia (texto) y el montaje escénico del cuento
"La pata de mono", de W. W. Jacobs, los autores obtuvieron su título
de Maestros en Arte Dramático, otorgado por la Facultad de Bellas Artes,
Universidad del Atlántico, 2005.
PERSONAJES:
1. Padre
2. Madre
3. Hijo
4. Morris
5. Hombre
ACTO ÚNICO
Narrador: Afuera, la noche es fría y húmeda, pero en la pequeña casa de estos tres habitantes las persianas están cerradas y una vela ilumina el ambiente. Padre e hijo juegan al ajedrez; el primero, con la idea de que el juego involucra cambios radicales, pone a su rey en peligros tan intensos e innecesarios que incluso arranca comentarios de la anciana de cabellos blancos, que teje plácidamente junto al fuego.
Padre: Escuchen el viento (Intentando evitar que su hijo vea el error fatal que ha cometido en el juego).
Hijo: Estoy escuchando. (Pausa). ¡Jaque!
Padre: Me cuesta trabajo creer que vendrá esta noche.
Hijo: ¡Mate!
Padre: (Enojado). Eso es lo peor de vivir tan lejos. De todos los lugares más detestables, lodosos y solitarios, éste es el peor. El sendero es una ciénaga y el camino es un raudal. No sé en qué está pensando la gente. Supongo que por haber solo dos casas en el camino, creen que carece de importancia.
Madre: (Conciliadoramente). No tiene caso, querido. Quizá ganarás la próxima vez.
Narrador: El padre levanta los ojos abruptamente, justo a tiempo para interceptar una mirada de entendimiento entre madre e hijo. (Se escucha el sonido de una puerta que se cierra y unos pasos fuertes y pesados. El padre se levanta con hospitalaria presteza, abre la puerta. Se oye que da el pésame al recién llegado). El padre entra a la habitación, acompañado de un hombre alto y corpulento, de ojos pequeños y semblante rubicundo. Es el sargento mayor Morris. (La madre saca wisky y vasos y sirve). Al tercer vaso, los ojos del sargento se vuelven más brillantes, y comienza a hablar. El pequeño circulo familiar escucha con ansioso interés a este visitante de distantes tierras, que habla de escenas salvajes y formidables hazañas, de guerras y plagas, y de pueblos extraños.
Madre: Han pasado veintiún años desde que se fue... pero no parece haberle ido tan mal.
Morris: Sí, cuando me marché era apenas un jovenzuelo.
Madre: A mi marido también le gustaría ir a La India, sólo para echar un vistazo, como dice él.
Morris: (Coloca el vaso sobre la mesa). Está mejor aquí.
Madre: Su curiosidad es sólo por ver todos esos antiguos templos y a los faquires y prestidigitadores. A propósito... ¿Qué era eso que comentaba en la carta el otro día sobre una pata de mono o algo así, Morris?
Morris: Nada. Por lo menos, nada que valga la pena escuchar.
Madre: Vamos, nos tiene intrigados a todos.
Morris: Bueno, es sólo un poco de lo que ustedes quizá llamarían magia. (Se lleva el vaso seco a los labios y lo deja de nuevo. La madre lo vuelve a llenar. El sargento busca algo torpemente en su bolsillo). Es sólo una patita común, momificada. (Saca el objeto y lo muestra).
Narrador: La madre se aparta con una mueca, pero su hijo toma el amuleto y lo examina con curiosidad, mientras indaga: ¿Qué tiene de especial esa pata?
Morris: Un viejo faquir la hechizó, era un hombre santo. Quería demostrar que el destino rige la vida de las personas, y que los que interfieren con él, lo hacen muy a su pesar. La hechizó de manera que tres hombres distintos pudieran pedirle tres deseos cada uno.
Hijo: Y bien, ¿por qué no pide usted sus tres deseos?
Morris: Ya los pedí.
Hijo: ¿Y en realidad se le cumplieron los tres deseos?
Morris: Sí. (El vaso choca contra sus dientes).
Hijo: Y ¿alguien más ha pedido deseos?
Morris: El primer hombre pidió sus tres deseos. Sí. No sé cuáles fueron los primeros dos, pero el tercero fue la muerte. Así me hice de la pata.
(Silencio).
Padre: Si ya pidió usted sus tres deseos, entonces ya no le sirve para nada, Morris. ¿Para qué la conserva?
Morris: Por gusto, supongo. Tenía ganas de venderla, pero creo que no lo haré. Ya ha causado suficiente mal. Además, la gente no la comprará. Algunos piensan que es un cuento de hadas. Y los que creen un poco en ella, quieren probarla primero y pagarme después.
Padre: Si tuviera tres deseos más, ¿los pediría?
Morris: No lo sé, no lo sé.
Narrador: Morris toma el amuleto, lo balancea entre el índice y el pulgar. Decide prenderle fuego. El padre se lo quita rápidamente.
Morris: Es mejor dejar que se queme.
Padre: Morris, si usted no la quiere, démela a mí.
Morris: No lo haré. Yo la iba a destruir. Si la conserva, no me culpe por lo que ocurra. Arrójela a las llamas, sea sensato. (El padre examina de cerca el objeto).
Padre: ¿Cómo lo hace?
Morris: Levántela con su mano derecha y pida el deseo en voz alta. Pero lo prevengo sobre las consecuencias.
Narrador: La madre prepara la cena y durante la comida, el talismán es parcialmente olvidado. Luego los tres se sientan a escuchar encantados una segunda sesión de las aventuras del soldado en La India. Al anochecer, el invitado se despide, mientras en su casa, la familia sigue haciendo comentarios.
Padre: Si el cuento de la pata de mono no es más veraz que los otros que nos ha contado, no haremos mucho con ella.
Hijo: ¿Le diste algo por el talismán, padre?
Padre: (Apenado). Una bagatela. No la quería pero lo hice aceptarla. Y de nuevo me presionó para que la tirara.
Hijo: (Con fingido horror). Seguramente seremos ricos, famosos y felices. Para comenzar, padre, pide ser emperador... así tu esposa no te dominará.
Narrador: El muchacho corre por toda la habitación, perseguido por la traviesa madre, armada con la funda de un cojín.
Padre: (Extrayendo el talismán de su bolsillo y mirándolo dubitativamente). No sé qué pedir, eso es un hecho. (Pausa). Me parece que tengo todo lo que quiero.
Hijo: Si tan solo pagaras la casa, estarías muy feliz, ¿o no? Bueno, entonces pide un millón, eso seria suficiente.
Padre: (Sonríe avergonzado ante su propia credulidad y levanta el talismán). Deseo un millón. (Gime mientras su hijo corre hacia él). ¡Se movió! (Mira con disgusto hacia el objeto que está en el piso). Al pedir el deseo, se torció en mi mano como una víbora.
Hijo: (Levanta el amuleto y lo pone en la mesa). Bien, no veo el dinero y apuesto a que nunca lo veré.
Padre: Sin embargo, no importa. No se ha hecho ningún mal, aunque me llevé una fuerte impresión.
Narrador: De nuevo se sientan ante la vela, mientras los dos hombres terminan de fumar sus pipas. Afuera, se escucha fuertemente el viento. El padre se asusta debido al sonido de una puerta que se golpea violentamente en el piso de arriba. Un inusual y depresivo silencio recae sobre ellos, y dura hasta que la anciana pareja se levanta para retirarse a dormir.
Hijo: Supongo que encontrarán el dinero dentro de una gran bolsa, en medio de su cama, y algo horrible agazapado sobre el armario, observándolos mientras se guardan su riqueza mal habida.
Narrador: El padre se halla sentado en la oscuridad, contemplando la agonizante llama de la vela y adivinando rostros en la penumbra. El último le ha parecido tan espantoso y simiesco que se queda estupefacto. Y le parece tan vívido que, con una risita intranquila, intenta buscar un vaso con un poco de agua para arrojárselo.
La mano del padre se topa con la pata de mono y con un ligero estremecimiento la frota en el abrigo y sale.
A la mañana siguiente, en la claridad del frío sol que cae sobre la mesa del desayuno, el padre se ríe de sus miedos.
Hijo: Supongo que todos los soldados viejos son iguales. ¡Qué idea la de hacernos escuchar tal barbaridad! ¿Cómo podrían concederse deseos en estos días? Y si se pudiera, ¿cómo podría perjudicarte un millón, padre? A no ser que caigan del cielo sobre tu cabeza.
Padre: Morris dijo que todas las cosas ocurrían con tanta naturalidad que podrías, si quisieras, atribuirlas a una coincidencia.
Hijo: Bueno. No se lancen sobre el dinero antes de que yo vuelva. Temo que te conviertas en un hombre ruin y avaro y tengamos que desconocerte.
Narrador: Su madre ríe, y siguiéndolo a la puerta, lo mira alejarse por el camino. Al regresar a la mesa del desayuno, se divierte a costa de la credulidad de su esposo. Todo esto no impide que corra a la puerta cuando llama el cartero, ni que se refiera bruscamente a los sargentos mayores retirados de hábitos bohemios.
Madre: Me imagino que Beto hará alguno de sus comentarios graciosos cuando vuelva a casa.
Padre: Así lo creo. (Se sirve un vaso con agua). Pero, de cualquier modo, la cosa se movió en mi mano, lo juro.
Madre: (En tono conciliador). Te imaginaste que se movía.
Padre: Te digo que se movió. No me lo imaginé; sólo... ¿qué pasa?
Narrador: La madre no contesta. Está observando los misteriosos movimientos de un hombre que está afuera y que, mirando de manera poco decidida hacia la casa, parece intentar convencerse de entrar. Ella lo asocia con el millón, al notar que el extraño está bien vestido y que trae un sombrero de seda, brillante de tan nuevo. Aquel hombre ha hecho tres veces una pausa ante la cerca y echa a andar otra vez. Ésta es la cuarta ocasión, se detiene, recarga su mano sobre la cerca y, con repentina resolución, la ha abierto de par en par y viene caminado por el sendero.
La madre invita al extraño que parece intranquilo, a que siga. El la mira furtivamente. Ella intenta arreglar el lugar para que se acomode el visitante y espera sumisa y pacientemente a que él ventile el asunto. El extraño permanece en silencio.
Hombre: Me... me pidieron que viniera. (Se agacha a quitarle un trocito de algodón a sus pantalones). Vengo de la fábrica donde trabaja Beto.
Madre: (Sobresaltada) ¿Pasa algo? (Sin aliento). ¿Le ha ocurrido algo a Beto? ¿Qué pasó? ¿Qué pasó?
Hombre: Lo siento...
Madre: (Enloquecida). ¿Está herido?
Hombre: (Asintiendo). Muy herido. Pero no está sufriendo.
Madre: ¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios! ¡Gracias...! (La mujer se interrumpe al comprender el significado de la frase).
Hombre: Quedó atrapado en las máquinas.
Madre: ¡Quedó atrapado en las máquinas, sí! (Al visitante). Era el único que nos quedaba. Es difícil.
Hombre: La compañía me ha encomendado que les exprese sus condolencias por esta gran pérdida. Les ruego que comprendan que soy tan solo un empleado y que únicamente obedezco órdenes. (Silencio). Quería decirles que la fábrica niega toda su responsabilidad. No admite ninguna obligación. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, desea proporcionarles una cantidad como compensación.
Madre: (Con horror). ¿Cuánto?
Hombre: Un millón. (La madre se desploma sin sentido).
Narrador: En el inmenso cementerio nuevo, a unos tres kilómetros de distancia, marido y mujer han sepultado a su hijo y han vuelto a la casa, impregnados de sombra y silencio. Todo ha ocurrido tan rápido que al principio casi no se habían dado cuenta y han permanecido en un estado de expectación, como si fuera a ocurrir algo que aliviara ese peso, demasiado grande para dos corazones viejos.
Pero han pasado los días y la esperanza se ha transformado en resignación. A veces casi no hablan, por que no tienen nada que decirse; sus días son largos hasta el cansancio. Ha transcurrido una semana más.
El anciano se despierta repentinamente en la noche, estira la mano pero se encuentra solo. El cuarto está oscuro y se escucha, proveniente de la ventana, el sonido de un llanto contenido.
Padre: (Tiernamente). Vuelve, te va a dar frío.
Madre: ¡Mi hijo tiene frío! (Se echa a llorar. Silencio. El padre cabecea de forma intermitente. La madre grita ). ¡La pata! ¡La pata de mono!
Padre: (Se levanta alarmado). ¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué pasa?
Madre: (Caminando tambaleante hacia el padre. Habla en voz baja). La quiero ¿No la has destruido?
Padre: Está en la sala, sobre la repisa. ¿Por qué?
Madre: (La madre llora y ríe al mismo tiempo, se inclina y lo besa. Expresa histéricamente). La había olvidado. ¿Por qué no lo había pensado antes? ¿Por qué no lo habías pensado tú?
Padre: ¿Pensar qué?
Madre: En los otros dos deseos. Sólo hemos pedido uno
Padre: ¿Y no fue suficiente?
Madre: (Triunfalmente). No. Pediremos uno más. Tómala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.
Padre: (Horrorizado). Dios mío, estás loca.
Madre: (Jadeante). Tómala. Tómala pronto y pide. ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
Padre: (Encendiendo una vela). Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo
Madre: Nuestro primer deseo se cumplió ¿Por qué no el segundo?
Padre: Fue una coincidencia.
Madre: Tómala ahora y pide el deseo. (Pausa).
Padre: Hace diez días que está muerto, y además... no quiero decir más... sólo pude reconocerlo por la ropa. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras, ahora...
Madre: Tómala. (Lo empuja hacia la puerta). ¿Crees que le tengo miedo al niño que crié?
Narrador: El anciano camina en la oscuridad. El talismán se halla en algún lugar de la sala y un terrible miedo de que su deseo aún no formulado le traiga a su hijo mutilado antes de que él pueda escapar del cuarto, hace presa de él y le corta la respiración antes de darse cuenta de que ha perdido el rastro de la pata. Con la frente fría por el sudor, tantea alrededor de la mesa y a lo largo de la pared hasta que se encuentra con el maligno objeto en la mano.
El anciano entra al dormitorio. La mujer tiene algo sobrenatural en el rostro.
Madre: (Gritando con violencia). ¡Pídelo!
Padre: Es absurdo y perverso.
Madre: Pídelo.
Padre: (Levantando la mano). Deseo que mi hijo viva de nuevo. (El talismán cae al suelo y el anciano lo mira con terror. Temblando se deja caer en una silla, mientras la anciana, con ojos febriles, se acerca a la ventana y levanta la persiana. El hombre está aterrado, inmóvil, mira ocasionalmente a la anciana. La vela se apaga. El hombre aliviado ante el fracaso del talismán vuelve a la silla. Al rato, la mujer, silenciosa y apática vuelve a su lado. Rato después el padre busca la caja de cerillos enciende uno y va en busca de otra vela. El cerillo se apaga y el padre se detiene para encender otro. Al mismo tiempo suena un golpe suave, casi imperceptible, en la puerta de entrada. Los cerillos se le caen y se riegan. Permanece inmóvil, sin respirar, hasta que se repite el golpe. Corre hacia su esposa. Resuena un tercer golpe por toda la casa).
Madre: (Levantándose de la silla). ¿Qué fue eso?
Padre: Un ratón... un ratón que pasó a mi lado. (La mujer esta erguida y escuchando. Suena un golpe más fuerte que los anteriores).
Madre: (Gritando). ¡Es Beto! ¡Es Beto! (La madre corre hacia la puerta, pero su esposo la sigue, la toma del brazo y la inmoviliza).
Padre: (Con voz quebrada). ¿Qué vas a hacer?
Madre: (Mientras lucha por liberarse). ¡Es mi hijo! ¡Es Beto! Olvidé que estaba a tres kilómetros de aquí. ¿Por qué me detienes? Déjame ir. Debo abrirle la puerta.
Padre: (Lleno de terror). ¡Por el amor de Dios, no lo dejes entrar!
Madre: (Gritando y forzando a su marido a soltarla). ¿Vas a temerle a tu propio hijo? Déjame ir. ¡Ya voy, hijo! ¡Voy a verte, Beto! (Suena otro golpe y otro más. La anciana, con un desesperado tirón, se zafa de su esposo y corre a la puerta. Él se va tras ella, llamándola angustiosamente. Ella suelta la cadena y quita el pasador de la puerta. Luego, la voz jadeante de la anciana llega hasta él). El cerrojo de arriba. Ven pronto, no lo alcanzo.
Padre: (A gatas, sobre el piso, buscando la pata). Si pudiera encontrarla antes de que esa cosa entre a la casa. (Los golpes son ahora mas frenéticos. La mujer se apodera de una silla y la arrastra hasta colocarla junto a la puerta. Mientras se dice el siguiente texto, los personajes continúan en acción).
Narrador: La mujer descorre el cerrojo. En ese momento el anciano encuentra la pata de mono y pide su tercer y último deseo cuando casi está sin aliento. (Cesa la acción. Los golpes cesan abruptamente). El eco de los golpes queda en el aire. Escucha a su esposa mover la silla y abrir la puerta. Una fría corriente de aire se cuela hasta la sala y hay un largo lamento de desaliento y dolor. (El anciano corre hacia su esposa). Desde la puerta, ven el farol que se balancea en la acera de enfrente, iluminando un camino solitario y tranquilo.
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Octubre-Noviembre-Diciembre de 2005
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