La caracola

Diomenia Carvajal
diomenia@tele2.fr














Ilustración: Pilar Ribas Maura
     pilar@ribasmaura.com

Anduve escondida durante años en esta caracola. Meses, semanas y días, estaciones nevadas y calurosas, hasta que este hombre viniera a recogerme  ¿por curiosidad o mera casualidad? Ambas cosas suelen ir de par, pese a que en nuestra mente, este mundo de abajo nos reserva lo mejor y lo peor de todo. Es lo que me enseñó el abuelo, cuando de noche nos narraba hazañas de los antiguos, alrededor del fogón.

Pillán, nuestro Dios del Trueno, se lo había revelado durante el sueño, al igual que se lo había enseñado a los más ancianos de la aldea. A veces hay que saber aceptar lo que el mundo de arriba nos impone.

Y ahora, héme aquí, metida en una alforja, cabalgando en el caballo de hierro inventado por los huainas, estos hombres llegados de lejos. La mochila del hombre blanco contiene muchos tesoros que ha recogido en esta tierra nuestra. Se lleva con él lo mejor y lo peor y también me lleva a mí, no soy más que un fantasma entre tantos otros que aquí se inmolaron, ahora soy sólo un Alhue, un alma que no vaga, una presencia impalpable que puebla esta tierra de abajo.

Contaba el abuelo que llegando los blancos desde tierras lejanas, hablando idiomas para nosotros incomprensibles, mostraban papeles y fotos. Papeles estampados con firmas también incomprensibles. Eso duró algunas lunas. El lento transcurrir de noches y días, hasta que decidimos irnos al lugar llamado Apelahue, rincón de agonizantes. Y allí nos instalamos. Habíamos dejado nuestros terruco amado, nuestro Andalahue, lugar de sol claro, nuestro terruño tan hermoso, para instalarnos en aquella tierra de gente destinada a desaparecer.

Mientras tanto, los huainas ponían tendidos, hendían caminos que atravesaban nuestros bosques hasta que llegó ese enorme caballo de hierro que escupía humo y vapor, ahuyentando a los zorros, haciendo que se volaran los loritos verdes que poblaban las altas ramas,  y se escondieran los pumas.

Cuando Temuco, lugar siempre azul, se agrandó a lo largo y a lo ancho, ya todo estaba finiquitado para nosotros.

Alguien vino desde un pueblo más grande, situado al norte, para explicarnos que ese animal salido de sus  mitologías, inventado por sus sabios inteligentes, aportaría prosperidad y bienestar para todos, y también para nosotros. Mas, su paseo no lo había conducido hacia los grandes bosques de araucarias, allí donde ese animal feroz e indescriptible se iba a dar una vuelta, para que todos prosperaran. Sólo los huainas  prosperaron. Los pehuenches, indios de los bosques de araucarias, fueron echados y acorralados en las faldas de la montaña. Habían perdido uno de sus medios de subsistencia. Ya no tenían más aquellos frutos de los pehuenes, de las araucarias, como alimento de base.

En noches de frío intenso nos reuníamos en torno al fogón y el abuelo solía decirnos que no teníamos nada que temer. Que seguíamos existiendo como pueblo y como gente, pues todos los lugares aquellos que pisara ese animal de hierro y humo, les haría recordar para siempre a quienes por allí pasaran, que esta tierra ha sido y sigue siendo nuestra. Que los lagos, los ríos, montañas y campos, nos pertenecen. Y enumeraba los nombres de las estaciones en donde paraba el tren para vomitar a muchedumbres que cargaban sus bultos, sus herramientas y animales domésticos. Contaba las historias de los últimos Toquis, de nuestros jefes guerreros, nos inventaba algunas en las que nombraba a las estaciones del tren, de aquel tren que iba y venía, que soplaba como un viento de tempestad y pitaba con aullido de animal herido en noches sin luna llena.

—Contaba: “Llegando yo del valle de Aconcagua, lugar de gavillas, bajé donde termina el estero. Ví a Doña Gracia Melillán que me ofreció dos tortillas al rescoldo. No pude ver a los Ainil, tribu de los Cuncos, se habían ido también hacia un lugar lejano. Parece que ese es un territorio muy reseco. Nada que ver con aquel del agua caliente. Los huainas andaban por allí, buscando el agua que brilla al sol y también las piedrecillas de sol. Parece que los hay que hallaron plata de sol. Han dejado muchas piedras trituradas. En ese lugar ahora sólo habita Auquinco, el eco y  ya no es más Ayentemo, gracioso y hermoso, como antes. Y no olviden nunca, nunca jamás que todas las estaciones del caballo de hierro, o casi todas, son nuestras porque si no ¿por qué les habrán dejado sus nombres mapuches?

Fíjense mis queridos hijos, mis nietos y sobrinos, escuchen sus nombres que suenan con nuestro idioma, con nuestra lengua vernacular, el mapundungun, y que les indica los lugares en donde ahora habitan los extranjeros: Estación de Llallauquén, lugar de hongos; entronque de  Curicó, agua oscura; línea de Chacabuco agua del arbusto; paso de Ocoa, lugar con manantiales; apeadero de Coltauco, agua de los renacuajos;  bajada de Colchagua, donde abundan los renacuajos; riel de Doñihue, lugar de cejas tupidas, telares de mis ancestros; y también siguen existiendo: el lugar de greda blanca, y ese también llamado, bosque pequeño, o el otro que es el cerro de los pumas, y Panimávida, montaña del león, Lontué, región baja y el lugar que siempre habían preferido mis propios padres, Itahue, lugar de pastoreo...”

Y el mitológico animal, desliza sobre los rieles, pareciendo hablar con los elementos, y la gente. Su quejido ronco de mastodonte de acero y fuego es una conversación  y aquel que quiera escuchar el ruido de sus propias entrañas, puede inventarla, oírla y repetirla  hasta la saciedad.

El extranjero que me arrebató a mi reposo eterno, entabla conversación con un lugareño:

—¿Adónde va Usted?

—Pues, no muy lejos de aquí. Me bajo en Panquehue.

—¿Panquehue? ¿Me puede decir usted, cómo se traduce el nombre?

—¿Qué nombre?

—Panquehue ¿es indígena, no?

—En realidad, no lo sé. Acabo de darme cuenta que se trata de un nombre indígena...

—¡Ah! A veces hay que mirar las cosas desde “afuera” para darnos cuenta de lo que poseemos en realidad. Y en este mismo instante Usted las está mirando desde otro ángulo, ¿ve? —el hombre ríe.

—Gracias señor, es cierto que ya no estoy más “adentro” ¿y usted, de dónde es?

—Yo, vengo desde “muy afuera” —ríe también el extranjero. —Vengo de Europa, de Francia.

—¡Ah, Francia! “¡Las dulces colinas de Francia”...!

—Sí, soy uno de los muchos turistas que toman el tren en lugares recónditos del mundo. ¿Ve usted? Soy historiador y los trenes siempre me han apasionado. Ahora ando recogiendo informaciones sobre el ferrocarril chileno. ¿Sabía usted que el primer tren de Chile se inauguró en el norte de su país? Fue exactamente en Copiapó, en la Navidad de 1851. Y Copiapó quiere decir “mina de plata” ¡Es extraordinario!, ¿no? Y su empresario se llamaba William Wheelwright...

Y así, durante el tiempo que duró el viaje yo también aprendí, de manera inesperada, pero todo ha sido inesperado en mi destino, aprendí adónde había nacido el caballo de hierro. El por qué de tanto empeño en hacerlo atravesar montes, horadar caminos y talar bosques. Su única ambición: “desarrollar”, decía el forastero, llevar los minerales hasta los muelles que les harían cruzar el océano y terminar sus vidas en una lejana fábrica, del otro lado del mundo.

Todo aquello fue una gran feria de entretención, que dura ya desde hace más de ciento cincuenta años. Y yo, los míos y los nuestros, aquí estamos.

El lugareño pregunta de nuevo:

—¿Y qué más visitó usted viniendo del norte?

—Bueno, todo lo que se pueda visitar —responde el extranjero. —Ahora mismo vengo del mar y recogí unas caracolas ¿quiere verlas?

Y una mano peluda me extrae del fondo de su mochila. Unos ojos azulinos me miran de frente. Y un par de ojos negros me descubren de más cerca.

—Esta irá a formar parte de mi colección personal —vuelve a explicar el huaina. —Tengo de varias partes del mundo: Africa, Indonesia, Mar Caribe.. ¿Es bonita no? ¿Qué piensa usted? Y vuelvo a entrar de nuevo en el  fondo de su mochila.

El abuelo no se acordaba cuánto tiempo había transcurrido desde su última historia. Poquito a poco se iba adentrando en el mundo de los olvidadizos. Sólo se rememoraba algunos lugares de su infancia. De cuando se había escapado de la escuela, siguiendo los rieles, para no perderse. Del caballo de don Joaquín a quien el tren de Los Boldos había atropellado:

—“Estuvimos obligados a convertirlo en charqui, ¡vaya faena aquella! Ese invierno pasamos menos hambre  ¡iloca, comimos carne! Don Joaquín nos había premiado con varios kilos de charqui que repartimos entre los que lo habíamos ayudado a preparar la carne para que secara”.

De vez en cuando su voz nos despertaba canturreando letanías

—“Huechupiín, Huechupiín, habla más alto, que yo ya estoy huente, huenu huépil, encima, en lo alto del arco iris, llama al alfarero,  que venga conmigo, quiero que me lleve en el caballo de hierro hacia mi tierra sureña. Allá quedó el telar de mi madre, quiero morir junto al mar...”

De repente me encontré tirada por una ráfaga de tempestad, y me alojé en el vientre de la caracola. Me estaba predestinada, tenía que ser mi última morada. El ser mitológico pitó y yo no lo oí. Me iba cantando, haciendo acrobacias por encima de los rieles color de plata :

—Voy a arrancar Ibacaches, matas de maíz, cantaba yo. Después me sentaré en una piedra lisa y blanca, encima del agua...

Y rodando, el  Ivunche, ese ser monstruoso, me volteó. Ya no estoy más en la llanura, ahora soy parte del mar...

Antes de que el forastero pueda embarcarse rumbo a su tierra, tengo que tratar de ver por última vez, aquellos lugares descritos e invocados por el abuelo.

Trato de escaparme, logro esfumarme un poco, me alejo, vuelo por encima de los que antes eran pasos, entronques, entrevías, y no logro distinguir las paradas  ni apeaderos. ¿Abuelo, adónde está la vía que llegaba hasta Loreto?

Ya no existe más. Yo, metida en la caracola, escondida en las aguas del mar,  no he visto el paso de los años, ni el avance de los hombres blancos. Sólo puedo distinguir una carretera. Los rieles que antes yacían en ese lugar, han desaparecido. Y yo también desaparezco con ellos.

Me han puesto detrás de unos cristales. Expuesta estoy a las miradas de los que quieren ver de cerca lo que el huaina de Francia trajo de nuevo. Y desde aquí escucho los suspiros del viento, el lamento de las hojas, el miedo de las raíces escondidas en el subsuelo.

Llevo en mí, y por do quiera que vaya, los kilómetros inscritos en esta tierra de abajo, con sus carrileras, sus placas giratorias, sus barreras, sus pasos a nivel pero también el inmenso consuelo de saber que ahora pertenezco a la tierra de arriba.

Canto y entono mi lamento: Oh gente vecina del río, oh roca de los lobos, oh tigre de la selva, oh agua del pozo, oh Llanquihue, lago perdido. Nací a una aurora refulgente y hago el juramento que cuidaré a mi gente acorralada. Aunque ya haya desaparecido el camino de hierro que corría de Rancagua, la ciudad inventada, la salida de la nada hasta Coltauco, “agua de los renacuajos”, yo soy aquella oñoquintui, “la que mira hacia atrás...”

Francia, enero de 2006.
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©   Diomenia Carvajal

LA CASA DE ASTERIÓN
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Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 24
Enero-Febrero-Marzo de 2006

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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