¿Y cómo es parada,
Padre Infante?

Miguel Falquez-Certain
mfalquez@nyc.rr.com

Entonces, Padre Infante, ¿cómo es el cuento? Desde hace algún tiempo me he venido enterando de muchas vainas que le vienen sucediendo. La verdad es que yo nunca más lo volví a ver a usted desde que terminé el bachillerato y hoy, sin esperarlo, lo veo cuando entra al Cine Rex. Ya habían apagado las luces y sólo lo vi a contraluz: su silueta recortándose entre los cortinones y el vestíbulo —el estómago me dio un vuelco y lo seguí con mis ojos en la oscuridad: usted, con su foco de mano encendido, caminaba con apremio por los corredores buscando un sitio donde sentarse. Titubeé un momento y me decidí a seguirlo con esa curiosidad malsana que producen tantos años de acumulados odios y resentimientos. Poco a poco me doy cuenta que no se trata de cualquier sitio, que usted busca algo especial, porque veo que no le interesan varias sillas desocupadas. Finalmente lo diviso ya bien sentado al lado de un muchacho que se vislumbra hermoso en el reflejo intermitente de la pantalla en donde hoy presentan Los cuatrocientos golpes.

¿Se acuerda del día que usted llegó por primera vez a Barranquilla? Estábamos todos en el patio de recreo tomándonos unas gaseosas cuando, de repente, usted salió de la iglesia. El sol caía vertical sobre usted, la canasta de basketball y el piso de cemento que reverberaba con el calor de cuarenta grados centígrados.

En seguida la curiosidad hizo que formáramos un corrillo en torno suyo pues queríamos enterarnos de todos los pormenores sobre el nuevo cura que había llegado como un héroe de esa Cuba remota que ahora todos detestábamos con ahínco. Ahora era Kennedy nuestro héroe. Imagínese usted, el primer presidente católico en la historia de los Estados Unidos. Con nuestros doce años usted también nos parecía bien joven. Era de esos hombres que acabando de afeitarse se les nota una ligera sombra azul. Y casi no tenía labios, tan sólo una raya que a duras penas los insinuaba, y me recordaban a los de mi papá. Su sotana blanca estaba inmaculada. Todo fue risas y simpatías con usted. Usted era todo un personaje que había logrado escaparse de la maldad que se había apoderado de su isla.

Algo nos desconcertó a todos, sin embargo. A usted no le gustaba Jack Kennedy, y de entrada nos dijo que él era un presidente de pacotilla. Eso no nos gustó pero lo aceptamos: guardábamos la remota esperanza de que usted se pasara al bando nuestro. No nos parecía imposible ya que Kennedy le había decretado el bloqueo a Cuba y empezaba a organizar los «Vuelos de la libertad».

Se nos erizaban los pelos oyéndole sus historias de esa isla de descreídos donde cambiaron a Dios por el barbudo de Fidel. Le contamos a gritos que lo entendíamos muy bien, que en los paquitos de la Alianza para el Progreso, que nos repartían sus hermanos jesuitas a la salida de misa los domingos, estaban muy bien explicadas sus historias: padres que se veían traicionados por sus propios hijos, denunciándolos ante las milicias, y que terminaban en el paredón por no compartir sus ideas. Mire usted, qué raza de ateos que no cumplían con el cuarto mandamiento.

O aquellos lavados de cerebro que le hacían a los niños en los colegios: la maestra les preguntaba a los alumnos si querían helados y cuando respondían que sí les decía que se lo pidieran al Niño Dios. Después que los niños la obedecían, la señorita dejaba pasar un rato y luego les ordenaba que le pidieran los helados a Fidel. Los alumnos se reunían ante el cuadro gigantesco de Castro y le rogaban que les diera helados. Dicho y hecho: segundos después entraban en fila milicianos cargados de conos para repartírselos a los alborozados niños que ahora gritaban jubilosos, dando chillidos de placer. Se necesitaba ser infame para hacerle eso a niños que ni siquiera habían llegado al uso de razón.

Le dijimos que con nosotros otro gallo cantaría. Nosotros éramos cruzados eucarísticos, nos habíamos consagrado a la Santísima Virgen, y por Ella y su Hijo defenderíamos la Religión hasta morir por ella. Ahora que el Concilio Vaticano II nos había permitido empaparnos en la Biblia nos la habíamos aprendido al dedillo y los sábados íbamos a Carrizal a catequizar y llevar mercados a los pobres que allí vivían. La Historia Sagrada había quedado atrás; ahora nos sentíamos niños Jesuses en el templo y con Biblia en mano discutíamos acaloradamente argumentos teológicos, especialmente con Marta, la lavandera de mi casa, que era Testigo de Jehová.

Claro que eso no era nada comparado con usted. Usted era un verdadero héroe que había sufrido en carne propia la persecución fidelista por el hecho de ser sacerdote y como era su obligación le llevaba los sacramentos a los millones de católicos cubanos, porque Cuba era católica y siempre lo había sido, y por eso lo metieron preso a pan y agua, pero usted no desmayó como macho y hombre de Dios que era, y tampoco le importó cuando le metieron un balazo en el pie y todo se lo ofreció a Dios por Cuba, los cubanos e inclusive por el alma de Fidel, semejante descreído.

Enseguida nos mostró su zapato especial con plataforma de caucho negro para que pudiera caminar bien luego de la operación que le hicieron en el pie para sacarle la bala.  Claro que no se le notaba porque la plataforma era del mismo color del zapato que, entre otras cosas, estaban bien embolados, tan brillantes que parecían que se los hubieran lustrado los emboladores del Paseo Bolívar.

Y usted empezó a contarnos de las tristes condiciones en que se encontraba su Cuba adorada, de las persecuciones a los católicos parecidas a las historias en las clases de religión sobre las catacumbas romanas y los protocristianos, y de Fidel y los castristas que eran una mancha de desaseados, que desconocían las duchas y que olían a casita de mono, como usted nos decía en medio de las risotadas de todos los que le rodeábamos. Sin embargo, lo que nos causó más risa fue cuando usted nos dijo el apodo que le tenían a Fidel por lo puerco que era, «bola de churre» nos decía que le decían, y nosotros nos carcajeábamos porque usted nos parecía increíble.

Lástima que a usted no le gustara Jack Kennedy, el primer presidente católico de los Estados Unidos de América y que, como decía el Hermano Beto, podría convertir a todos los herejes gringos cuando se dieran cuenta de lo bueno que era, que la iglesia católica era la única verdadera, la única que podría salvarles el alma de las llamas del infierno.

Qué pena que entonces tocaron la campana y nos despedimos de usted muy contentos, gritándole que volveríamos a vernos, que no lo dudara un segundo, que usted, definitivamente, era un padre bien bacano.

La verdad, la verdad Padre Infante es que fui siempre un niño muy religioso. Mi mamá solía contarme que cuando tenía tres años mi aya me llevaba de la mano al Colegio de Lourdes que quedaba enfrente de mi casa adonde estudiaba interna mi hermana Betty, la mayor. Las monjas de La Presentación y las alumnas me convirtieron en su mascota; me invitaban siempre a todas las festividades del colegio. Mi tía Lydia me había regalado un misalito que no soltaba ni para ir al baño, y Angelita, mi aya, me paseaba en mi cochecito por todos los recovecos del colegio mientras «leía» mi misal como-cualquier-anciano, como decía mi tía Lydia. Esto les causaba inmensa gracia a las herederas de Marie Poussepin, tanto que sus hermosos rostros se sonrojaban de la dicha y las blanquísimas cornetas temblaban como flan en terremoto. Allí cursé mis primeros estudios e hice la primera comunión.

Cuando pasé al colegio de los jesuitas, Padre Infante, el cambio me cogió de sorpresa: un mundo religioso cerrado con sus pisos de clausura, sus castigos violentos —manos azotadas y despiadadas humillaciones. Atrás quedaban las cien líneas de castigo que debíamos repetir, el severo regaño que comenzaba con lágrimas y terminaba en mimos y sonrisas. En cambio teníamos misa diaria a las siete de la mañana, puntualidad, asistencia, conducta, aprovechamiento, presentación personal, traje de gala los domingos portando el escudo del colegio. Luego vino la Cruzada Eucarística, las catequesis, los desfiles imponentes, toda la parafernalia para luchar contra los herejes.

Quizá preparándome para la que sería su Congregación Mariana, ingresé un buen día a la recién creada Legión de Loyola, Padre Infante. Íñigo, el general que había abandonado todo para formar su ejército de Cristo. Loyola, el invencible, sólo comparable al Papa. Y yo, con mis sotanas, mis roquetes, los inciensos y mis altares. Era un reto aprender los 533 nombres diferentes que componen el mundo de la liturgia. Tenía que prepararme para ser sacerdote.

De manera que era muy religioso aunque ya el mundo de la pubertad venía reventándome por dentro: deseos reprimidos que engendraban angustias —el mundo descorriendo el velo de la inocencia.

Sí, Padre Infante, usted tuvo que darse cuenta de mi arraigada fe religiosa. Sobre todo cuando nos lo nombraron profesor de Historia Universal e Historia de la Iglesia en segundo de bachillerato. Realmente me interesaban aquellas materias y por aquel entonces ya usted era el director de la Congregación Mariana. Al Padre Molina lo habían relevado de su cargo y usted entraba por la puerta grande. Tan joven y tan competente. Su imagen de héroe religioso en la Cuba de Fidel seguramente había contribuido bastante.

Al principio sus relaciones con la clase fueron bastante cordiales. No discriminó a nadie hasta que un día, sin avisarme, me empezó a coger cola. Esto me dio de sopetón dejándome confuso porque hasta ese momento usted me parecía una persona justa. Pero poco a poco me fue dejando pistas que me llevaron al total desengaño.

Yo era buen estudiante y le dedicaba bastante tiempo a leer aquellas historias de papas y piratas. Y sin darme cuenta usted empezaba con una tiradera con los que usted consideraba «débiles». No me era fácil comprender cómo usted se pasó al bando de los que podían hacernos la vida imposible. Algunos éramos esas especies de criaturas indefensas demasiado consentidas por sus padres: el hijo menor, o el unigénito, o quizá el único varón entre mujeres. Éramos los niños que pedían el-sol-la-luna-y-las-estrellas y todo nos lo concedían sin ningún tropiezo. O acaso un ligero llanto para ablandar un poco el corazón de nuestros padres y salirnos a la larga con la nuestra. No sabíamos pelear a puños por cualquier estupidez como el resto de nuestros compañeros, y tampoco éramos deportistas. Demasiado gordos o demasiado flacos, demasiado lindos o demasiado feos. La línea general se quebraba ante los ojos iracundos de una mayoría que imponía su pretendida normalidad. Y entonces se nos arrinconaba, se nos empujaba, nos quitaban los mejores puestos en los buses, en las filas, en las aulas. Y los humores se nos iban condensando en la introversión o en corrillos esotéricos sólo para iniciados. Los libros, la poesía, el teatro, el cine, los estudios se convertían en nuestro refugio: la única forma de vencer a los vencedores.

Durante muchos años no había podido comprender cómo usted no se convirtió en nuestro guía, en nuestro amigo, sino que por el contrario resultó ser nuestro perseguidor más enconado. A medida que nos íbamos alejando, que mi admiración se iba convirtiendo en un odio concentrado, empecé a sospechar que usted en el fondo se parecía demasiado a mí, que veía su imagen reflejada en mi rostro.

Después de muchos años, luego que el odio se transformó en indiferencia, me he ido enterando de muchos casos que confirman mis sospechas.

Recuerdo que usted remedaba cualquier ligera afectación de nuestro subgrupo para beneplácito de los «duros» de la clase. Para ustedes era la burla exacerbada aunque para nosotros era la mayor humillación. Era más fácil comprender la maldad de nuestros condiscípulos pero lo que más nos dolía era su consentimiento y su participación. Al fin y al cabo ellos eran nuestros contemporáneos, pero usted era de «los grandes» y, sobre todo, nuestro profesor, alguien que se suponía mantuviera la clase en cintura. Usted, Padre Infante, se nos mostraba por el contrario como un colaboracionista, como el comodín en una partida de póquer que sólo disfrutaba con las burlas y los chistes de los bufones de turno y nosotros éramos el blanco de sus escarnios.

Sí, Padre Infante, ¿se acuerda del día que usted decidió que yo era homosexual? Yo, por el contrario, no lo olvidaré jamás. Asistíamos a su clase de Historia Universal. La Compañía de Jesús era muy peculiar y se diferenciaba de los otros colegios de Barranquilla. En el colegio San José existían las divisiones y las clases. Cada curso de bachillerato tenía su propia división con varias secciones, así la primera división comprendía el sexto de bachillerato con sus secciones A y B. Yo estaba en segundo de bachillerato y pertenecía a la sección A (los más altos) de la quinta división. Pero lo que diferenciaba a las divisiones de las clases era que en las primeras todo el mundo tenía un pupitre fijo en el cual siempre se sentaba. Y allí, en aquellos pupitres viejos guardábamos bajo llave nuestros útiles escolares, y el trapo y el betún conque los barnizábamos. Las clases se reunían por secciones individuales en aulas más pequeñas y allí cada quien era libre de sentarse donde quisiera. Al menos en teoría, porque en la práctica había ciertas reglas del juego compartidas tácitamente entre los condiscípulos de la sección. En vez de pupitres fijos de cajón las clases tenían unas mesas largas y planas con sillas de metal individual. Cada mesa tenía dos puestos y tú escogías tu compañero o él te escogía a ti.

Caraballo me había escogido a mí. Abimalet Caraballo —apodado, nunca supe por qué (aunque años más tarde, cuando estuve familiarizado con el argot puertorriqueño, la ironía se hizo evidente), «el pato boricuá» (así, con acento en la «a», modas que venían y se iban arbitrariamente al compás de los vientos alisios), ya que «pato» en Barranquilla se le decía al que se presentaba a una fiesta sin ser invitado— era todo un caso. Casi sin darnos cuenta se había convertido en parte de mi grupo: cinco compañeros que nos reuníamos en los recreos, después de clases, los fines de semana y en los pupitres. Sin quererlo, digo, porque a mí el «Pato» me caía mal. Tal vez era su vulgaridad, su descomunal corronchería. Debía de tener mi misma edad: trece años. Pero también había algo en él que me atraía al mismo tiempo y que me obligaba a aceptarlo: sus presuntos conocimientos sexuales y su tan alardeada experiencia. En efecto, el Pato Caraballo hablaba con la misma libertad de su ida a la casa de las putas la noche anterior, de la burra que se comió el domingo en el potrero y del marica que se tiró por treinta pesos. Por supuesto que todo esto picaba mi curiosidad dada mi sexualidad reprimida y mi virginidad absoluta. El Pato Caraballo era el gran charlatán, y para decir la verdad yo no le creía todo lo que contaba en el corrillo de mis amigos, aunque cuando estaba solo conmigo su énfasis definitivamente lo ponía en la homosexualidad. Me insistía que se lograba un placer increíble comiéndose a un marica porque el ano era más estrecho que la vagina.

—Mierda, marica, yo sé lo que te digo —enfatizaba, utilizando el epíteto como una muletilla; en Barranquilla todos los machos se llaman entre sí marica o loco.

—¿Por qué?

—Porque es más chiquito y cuando te vienes es mejor porque la tienes más apretada —remataba triunfalmente y soltaba una carcajada. ―Debieras probarlo.

—No sé si me atreva.

—Pero eso sí —añadía en tono de precaución. ―Tienes que tener mucho cuidado. Lo único jodido es que los maricas pueden tener gonorrea en el culo y te la pegan. Por eso, cuando te los vayas a tirar, exprímeles un limón en el culo, y si les arde es que la tienen.

En cierta forma el Pato Caraballo estaba enamorado de mí. Mejor dicho, yo le gustaba y siempre estaba dispuesto a mandar la mano y agarrarme las nalgas para iniciar el juego de yo-te-agarro-las-nalgas-pa'-que-tú-me-las-agarres-también. Por eso se sentaba al lado mío en las clases, porque le gustaba y así poder aprovechar cualquier momento para mandarme la mano.

El salón de clases era rectangular con grandes ventanales flanqueados por dos largos corredores. Al fondo del salón, enclavada en un rincón, había una tarima en donde estaba el viejo escritorio del profesor, de manera que estando más alto que el resto de la clase podía observar no sólo a sus discípulos sino a quienes deambularan por los corredores. Había tres hileras de diez escritorios para dos aunque era rara la sección que pasara de cuarenta alumnos. Ese día, Padre Infante, el Pato Caraballo y yo estábamos sentados en la tercera mesa de la fila del medio. Y usted comenzó su lección.

Como yo sabía la tirria que me tenía me había «apuñaleado»  los dos capítulos del texto la noche anterior: la Reina Isabel, Francis Drake y los piratas en América. Y como era de esperarse usted me tomó la lección. Y se la di al dedillo, con pelos y señales, como para que usted me felicitara y me concediera un cinco aclamado. Pero no fue así.

Para dar la lección uno tenía que ponerse de pie y esperar el ataque sadista del gran inquisidor. Cuando ya estaba por cerrar mi perorata con broche de oro, el Pato Caraballo me mandó la mano a las nalgas. Me quedé estupefacto por fracciones de segundo que a mí me parecieron siglos y luego, con una reacción compulsiva e irracional, tomé mi maletín de cuero inglés y lo arrojé al suelo en mi ira sagrada.

Usted, al ver que me había detenido abruptamente en mi brillante intervención, no lograba entender lo que estaba sucediendo, pero los condiscípulos que estaban detrás de mí estallaron en carcajadas.

Anselmo Echeverri, uno de los depositarios de mis odios más acendrados, dijo a la chita callando que lo mío era una reacción de maricas pero usted, Padre Infante, lo alcanzó a oír y se unió al corrillo burlón. Se me fue la sangre a los tobillos y me dejé desplomar en mi silla de metal al mismo tiempo que le oí decir a usted que yo debía ser más macho. Con las mismas me dio un cuatro de calificación y no tuve el coraje de discurtírselo. Se la acepté sumiso y cuando creía que el escarnio nunca llegaría a su fin, la campana sonó a rebato lanzándonos al recreo de las nueve.

De allí en adelante usted se convirtió en mi perseguidor más enconado. Comenzó a regar rumores infundados que corrían de boca en boca entre mis compañeros, yo, que a los trece años aún no había probado los deleites sexuales.

Y me llegó el turno de solicitar la admisión a su Congregación Mariana. Ante un grupo de estudiantes mayores presididos por usted comenzó la Santa Inquisición: preguntas capciosas que encerraban el desprecio. Bola negra conmigo, Padre Infante, bola negra. Una y otra vez lo intenté, con los mismos resultados. Hasta que un día desistí y me dediqué al escultismo hasta culminar mi bachillerato con honores.

Supe runrunes sobre su vida luego de mi grado pero ya qué importaba. Su figura perversa se desvaneció con el tiempo y sólo aparecía recurrente en una que otra pesadilla.

Hasta hoy que vuelvo a verle cuando menos lo esperaba. Me he apostado en la pared del fondo junto a los cortinones de la salida para espiarlo con deleite. No lleva sotana —ni siquiera el cuello de sacerdote que ahora les permiten. No. Está de civil, como cualquier hijo de vecino. Allí, a diez metros de distancia.

Las luces intermitentes de la pantalla muestran a un Jean-Pierre Léaud de trece años, representando a Antoine Doinel, alter ego de Truffaut, corriendo por la campiña en busca del mar que le forjará su destino.

Y yo comienzo lentamente con el mío, con el corazón desbocado, caminando sigilosamente por el corredor oscuro hasta la butaca en que usted se encuentra cuando descubro asombrado que el muchacho hermoso junto a usted tiene la bragueta abierta y su sexo erecto, reluciente en su blancura prístina en medio de las penumbras intermitentes del Cine Rex, se encuentra cautivo entre sus sacerdotales manos.

Se siente sorprendido. Duda un segundo y alza su rostro amedrentado y me reconoce al instante. Por sus ojos acuosos transitan vertiginosamente el odio, el pavor y la vergüenza, y yo titubeo pero prosigo mi camino.

Antoine ha llegado finalmente al mar y en sus aristas platerescas se baña su cuerpo jubiloso. ¡Al fin, la libertad!


El autor:
Miguel Falquez-Certain nació en Barranquilla, Colombia. Ha publicado cuentos, poemas, piezas de teatro, ensayos, traducciones y críticas literarias, teatrales y cinematográficas en Europa, Latinoamérica y los EE.UU. Es autor de seis poemarios, seis piezas de teatro, una noveleta y un libro de narrativa corta, Triacas, por los cuales ha recibido varios galardones. Es Licenciado en literaturas hispánica y francesa (Hunter College, 1980), cursó estudios de doctorado en literatura comparada en New York University (1981-85). Reside en Nueva York desde hace tres decenios.
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©   Miguel Falquez-Certain

LA CASA DE ASTERIÓN
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Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 24
Enero-Febrero-Marzo de 2006

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN VI - NÚMERO 24