DIOSES Y MUERTOS:
Parábola vital de encuentros y desencuentros


Armando Martínez Gutiérrez
amarli@telesat.com.co
Universidad del Atlántico


Dioses y muertos [1], novela embrionaria del profesor Luis Fernando López, entraña un juego narrativo polifónico en que las distintas voces reconstruyen, en retrospectiva, retazos de  recuerdos infantiles y vivencias juveniles de sus protagonistas. El texto se encuentra estructurado en tres capítulos denominados "Los Funerales", "El Colegio Francés y la Ciudad Natal", y "El Abandono", antecedidos de una breve introducción donde se enuncian las temáticas abordadas.

En "Los Funerales", tres de los protagonistas —Felipe, Ricardo y Zoe— recuperan  recuerdos de los sepelios del abuelo, la bisabuela y el padre, en su orden, familiares de cada uno de estos personajes. Así, la voz de Felipe recrea la manera como debió ser partícipe del sepelio del abuelo, ya que la madre lo escoge entre sus hermanos, Vela y Ángelo, para asistir al funeral. Desde el mismo principio,  se hace evidente la formación literaria del autor, la cual encontramos en expresiones como,”yo no dije nada, porque estaba en actitud de no llevarle la contraria” (12), expresión de Juan Preciado en la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo, cuando Dolores, la madre, le pide que vaya a buscar a su padre Pedro Páramo. Las descripciones de las casas que el niño observa en el poblado, “eran casas con ojos cerrados, con boca sin dientes y esqueleto remendado”, se dan la mano con la forma como el visitante amigo de Roderick Usher, en el famoso cuento de Edgar Allan Poe “La caída de la casa de Usher”, percibe la casa de su amigo: “vi en sus profundidades las imágenes reconstruidas, invertidas, de las grises juncias, los troncos espectrales y las ventanas como ojos vacíos” [2] .

En este  mismo primer capítulo, comienzan a ser recurrentes expresiones y situaciones muy conocidas de Gabriel García Márquez tales como “la historia de la fundación y el abandono” (7) “años más tarde” (12), “las hormigas invadiendo los rincones y las despensas” (24), “...el río que divide la ciudad” (31). Sin embargo, el autor parece justificarse al respecto cuando en la voz de Ricardo inicia un fragmento con la expresión “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento recordé a Judith” (60). Resultaría, pues, palpable la intencionalidad de López Noriega en retomar recursos muy propios del laureado escritor de Aracataca.

Al mismo primer capítulo corresponde la voz narrativa de Ricardo que, en un bien logrado recurso de analepsis, revive en el recuerdo a su bisabuela Judith. A través de un magnífico retrato, conocemos a plenitud ese personaje y la palabra se convierte en artificio, en malabar de creación:

“En cuerpo: tus senos se hicieron mangos rebosantes, tus piernas se embellecieron como un par de columnas cálidas de mármol, y tus costillas se abrieron como puertas de una recámara nupcial. En el alma: observabas el mundo como un montón de cabezas que corrían para poder vivir...tu alegría se vivía por dentro. Entre tus ríos, entre tus latidos, entre tus campos de hueso y sal”  (20).

No obstante, en un corto fragmento comprendido entre las páginas 19 y 20 de la novela —al cual pertenece la anterior cita— se encuentra repetido más de veinte veces el adjetivo posesivo tu, lo cual no parece que correspondiera a una intencionalidad ex profesa del autor, sino a un descuido en la elaboración de su discurso narrativo. El empleo recurrente de tal adjetivo lo obliga, otras tantas veces, a utilizar el pronombre personal átono de segunda persona del singular, te, como también el pronombre personal tú, con lo cual se torna denso y hostigante el citado aparte:

“Tú estabas sola, sola para el mundo, y el mundo también se sentía desolado. Tus padres habían muerto en accidente de viaje cuando solo eras una niña, así que tu crianza estuvo encargada a una tía ya bastante avanzada en edad. Y cuando ésta murió tuviste que arreglártelas con tus propias manos. Empezaste a trabajar en un almacén de telas: todo el día esforzabas tu voz para anunciar la venta de la seda china, del paño inglés, del lino de la India. Tu voz, una pueril confección de cuerdas vocales que se perdieron el grito reglamentario de las escondidas para pregonar desde la puerta de un almacén. Y luego te vinculaste a un comité de costura cuando atravesabas tu pubertad. […] Estabas acostada en la vieja hamaca, ¿recuerdas?, te mecías suavemente y tu vestido de algodón se extendía, se proyectaba más allá de tu flaco cuerpo. Era como el anuncio de tu vuelo, como la estela de un pájaro. Y entonces empezaste a cerrar tus ojos, y a abrir las palmas de tus manos”  (19).

Al llegar al segundo capítulo, "El Colegio francés y la Ciudad natal", la novela cobra fuerza narrativa y la tensión es manejada con calculado acierto, lo que permite mantener el interés del lector por los sucesos. De esta manera, a los anteriores actores —Felipe, Ricardo y Zoe— se suman los nombres de Adolfo, Isela, Fernando y Yago, los cuales, también, asumen roles protagónicos, al integrase en un sólido grupo juvenil que está en contra de las normas familiares y las convenciones sociales que sus padres les han impuesto.

Es esta última circunstancia la que marcará un proceso de rebeldía interior en cada uno de los actores que, en principio, escapan de la realidad impuesta en sus casas y en los colegios donde estudian, mediante un viaje que realizan conjuntamente a las afueras de la ciudad. Tal evasión, sin embargo, constituye apenas una búsqueda individual que al final no les resolverá su inconformismo. De allí que ni el viaje, ni el alcohol, ni la marihuana que consumen logran satisfacer su incesante búsqueda.

De un súbito brochazo —lo cual compromete la coherencia de la novela— los miembros del grupo juvenil aparecen convertidos en líderes con la suficiente  claridad política para comprender que el problema es de carácter social. Es decir, han cambiado sus búsquedas interiores por búsquedas colectivas sociales. Ahora son los líderes de un movimiento que arrastra multitudes en favor de su causa (¿?):

“Y entonces la gente empezó a sumarse silenciosamente, la columna de guerreros empezó a crecer como la falange de un animal en mutación. El tráfico, al cabo de un rato, tuvo que paralizarse por completo, y la ciudad entró en una conmoción profunda durante varias horas. Logramos sacudir, logramos dar un golpe frontal”  (64).

Sin duda, aquí la novela pierde verosimilitud y coherencia. Queda un vacío que nunca se resuelve y el lector se ve asaltado por la ilegitimidad ficcional de estas acciones. Después, asistiremos a la entrega de los ideales políticos de los integrantes del grupo “rebelde” y cada uno de ellos —a excepción de Yago, único que no claudica y muere por esta causa— llegará al convencimiento de que la razón la tenían sus padres. La parábola ha llegado a su punto de partida, esto es, al punto que generó los primeros asomos de inconformismo. De la misma manera que aceptaron un compromiso social, una pincelada mágica les devuelve su conciencia de clase y los protagonistas asumen, como una especie de legado generacional, el rol socio-económico de sus padres y abuelos.

El tercero y último de los capítulos, "El Abandono", opera en el diseño estructural de la novela como una especie de resumen o síntesis de los sucesos recuperados en la variedad de voces narrativas que nos han contado la historia. Al llegar aquí, la tensión ha decaído totalmente. Pareciera que sobrara esta parte y que se encapsularan los sucesos más interesantes para dar fin a la novela. Ahora sabemos que el artífice de todo el discurso narrativo es Felipe; su naturaleza de creador literario le ha permitido contar en voces distintas, incluida la suya, los variados acontecimientos. Pero la autonomía, la autoridad narrativa, la posee siempre la voz de Felipe. Queda la incertidumbre de pensar que esta obra, concebida como novela, hubiera podido encajar mejor bajo la estructura de un cuento; así, seguramente, con la supresión de algunas repeticiones innecesarias la intensidad del relato sería de sus virtudes más notorias.

Finalmente, con la publicación de esta breve novela asistimos al surgimiento de un magnífico narrador que muy seguramente, con previsibles nuevas publicaciones, enriquecerá el campo literario nacional. Dentro de sus grandes logros está el manejo de la técnica narrar-focalizar en forma simultánea, con lo cual matiza de manera muy singular el hilo del discurso ficcional. Asimismo, el empleo del tiempo narrativo, bajo la perspectiva de un  “ahora” y “años más tarde”, le confiere al texto el tono de reflexión que soporta, en gran parte,  la verosimilitud de lo narrado.

NOTAS:

[1] Luis Fernando López Noriega. Dioses y muertos. Bogotá, Fondo Nacional Universitario, 2004.
[2] Edgar Allan Poe. “La caída de la casa de Usher”. En: El gato negro. Bogotá, Rei Andes, 1993. p. 193.
_________________________________________
©   Armando Martínez

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 24
Enero-Febrero-Marzo de 2006

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v6n24dioses.html
PORTADA
VOLUMEN VI - NÚMERO 24