Café de la Feria
Graciela Gliemmo
Nada existe más difícil que entregarse al instante.
Esta dificultad es un dolor humano. Es nuestro.
Clarice Lispector, Agua viva
[...] "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona,
grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
Clarice Lispector, “Felicidad clandestina”
Un gato de los que nacieron en el edificio de aquí al lado se cuela atravesando el vacío que resta entre una y otra hoja de la gran ventana del dormitorio. Lo veo deslizarse. Andar despacio entre los objetos, hasta encontrar un lugar donde tirarse y dejarse estar. Silencioso. Reposante. Y respirando casi de manera imperceptible. Ha pasado toda la noche callejeando. Viene despeinado, con trozos de hojas en el cuerpo, lleno de tierra, sucio. Como agotado de las cosas que habrá hecho. Busca algo para beber y comer. Cuando encuentra la leche que acabo de ponerle, se la toma de un tirón. Luego se relame todo. Con su áspera lengua va alisando sus pelos, recorre como puede su cuerpo, se detiene un poco más en sus patas. Se saca de encima los restos que le ha dejado la trasnochada. Hasta que se cansa. Entonces se estira, curva el lomo y se acuesta, como si no fuera un invasor, sobre el dibujo más oscuro de la pequeña alfombra que hay debajo del mueble que traje de Maicao.
El aire ardiente de esta mañana me expulsa hacia otra parte que no sea este espacio cargado de pensamientos, de colores, bastidores, láminas, pinceles y recortes encuadrados que cuelgan de manera caprichosa en varias de las paredes claras e irregulares.
Este calor insoportable me hace sentir pegajosa y molesta. Durante el largo insomnio de esta noche he bebido litros de agua mineral. He abierto más de una vez la heladera con la inconsciente intención de meterme adentro para volverme un pedazo de hielo. Hay pocas veces en las que pensar en el frío del invierno me reconforta. Esta es una de ellas. Recuerdo ese abrigo negro, tan grueso, que he dejado a medio tejer. Pienso en qué se convertirá finalmente y en qué utilidad le daré. No estoy muy segura. Y me asalta de pronto una de tus cinco razones. Las cinco razones que hicieron que decidieras quedarte a vivir en Buenos Aires. Poder gozar las cuatro estaciones del año, me dijiste. Estoy cansado del calor. Ya no soporto más días y días atravesados de sol y de calor. Recuerdo cada detalle de ese instante en el que surgió clara tu confesión: el dulce equilibrio de tu voz, tu mirada distraída de mí, la quietud de tus manos sobre la mesa de Gandhi. Lo recuerdo como si hubiera ocurrido hace unas pocas horas.
Huelo mal. Realmente huelo mal. La idea de una ducha primero tibia y luego fría me produce cierta satisfacción. Un sentimiento cercano a la alegría. Tal vez después logre sentirme algo mejor. Sacarme esta rara sensación de orfandad que me persigue hace unos meses y que amenaza con instalarse para siempre dentro de mí. El agua se desliza por las paredes transparentes de la mampara y puedo ver a través de ellas que el gato se ha metido esta vez en el baño. Me busca porque se ha quedado con hambre. Qué raro. Porque un gato puede cambiar de dueño pero no abandonar el lugar donde vive. Los gatos no se encariñan con las personas sino con las casas. Son el polo opuesto de los perros. Este, tal vez, ya se quede a vivir aquí, conmigo.
Cuando pienso en cómo llegar desde acá hasta lo de Aída me corre un sudor extraño desde la nuca hasta los pies. En el subte no hay aire, es todo tan pesado cuando viaja mucha gente. El taxi, a esta altura del mes, prohibido. Y un colectivo. Me empiezo a angustiar. Caminar con esta temperatura sería tan descabellado como suicida.
Busco un conjunto de ropa interior en el primer cajón del placard y descubro, entre corpiños y bombachas, la billetera negra que me regaló Inés cuando cumplí treinta y tres. La abro y, oh milagro de los dioses, encuentro dobladitos y muy arrugados cinco billetes de mil guardados tal como guardaban los viejos de antes el dinero. Mi madre me contó varias veces que cuando murió mi abuelo, el padre de mi padre, al dar vuelta el colchón en el que había estado inmovilizado durante seis largos años, cayeron al piso montones de billetitos. Algunos ya ni siquiera servían. La cosa es que este descubrimiento inesperado por completo me cambia el humor y hasta parece que la vida me sonríe. No conforme con el hallazgo, reviso cada escondite de la billetera negra. Al hacerlo, también rescato del olvido un delgado papel blanco, apretado y con dobleces. Me detengo a observarlo. Se trata de una servilleta. Café de la Feria dice en todo el centro de una de sus cuatro partes. Café de la Feria. Hay unos garabatos escritos con lapicera azul. La letra es mía. Hacer sólo dos niveles en el cuarto principal. Que la mampara del baño sea completamente transparente. Una pared de la cocina como la de la casa de Frida y Diego, con cacerolitas de cerámica. Me distraigo por un momento pero vuelvo, decidida, a la idea de fugarme de aquí por un par de horas. Andariega, me decías, cuando quería salir por las tardes a caminar. Café de la Feria.
Ya es enero. El mes de la añoranza. No voy a ir a la casa de Aída. No. ¿Para qué? Para que sus chiquitos berreen, interrumpan nuestra conversación, salten sobre mí con las manos llenas de mermelada, me pregunten veinte veces por qué no tengo un hijo y reclamen por su madre, es decir, mi amiga de la infancia, con el pequeño respiro que va de un café a un comentario. Siempre vuelvo cargada de la casa de Aída. Siempre regreso preguntándome por el camino por qué no combinamos un encuentro en algún bar para estar solas, para poder hablar sin que su marido y los pequeños nos molesten a cada rato. Tirana la vida familiar, me digo una y otra vez cuando recuerdo mi enérgico no a tu pedido, también enérgico, de convivencia.
Acabo de elegir hacia dónde dirigiré mis pasos. San Telmo. Por qué no. No está prohibido caminar por San Telmo. Tampoco está prohibido sufrir. Ese creo que es un derecho que aún me reservo. Lo bueno de sufrir, de estar triste es que volvés con el dolor y la tristeza. Esa es la misma frase que escribí en el cuadro aquel. Hay una casa como las de La Habana, con angostas escaleras caracol, con paredes de color claro, con cables y objetos tirados en los pasillos, envolventes y sinuosas, atrapantes y devoradoras, como las que pinta Arturo en sus cuadros, y en una pared se lee muy perdida esa frase. Escrita en un azul violáceo. Lo bueno de sufrir es que volvés junto con la tristeza. Tal vez porque la tristeza en sí me transporta de manera segura hacia el pasado y vos sos mi pasado.

Hoy caminamos por San Telmo. El sol brilla a pleno. Celeste, muy celeste, el cielo parece dibujado sobre las casas viejas, con grandes y espaciosas escaleras de hierro. Balcones llenos de malvones y con macetas improvisadas en baldes, piletas de lavar que se han quebrado, blancas aún y agrietadas. Latas rotas y geranios colgando, malvones pensamiento veteados que revientan entre las rejas descascaradas de cuartos que dan a la calle. Ropa tendida en un cordón de soga gris, nada tenso, dejando descargar su peso sobre el centro. Ropa limpia secándose al sol. Montones de perros y gatos callejeros en los portales de las casas. Cruzando las calles hoy desiertas de coches. Todo tan lleno de vida. Como pedazos de postales. Igual que en la Boca, el pasaje Caminito por donde anduvimos ayer. Adonde te llevé para que escucharas cantar tango y donde me escuchaste cantar "Sur" y "Naranjo en flor", con los ojos desmesuradamente abiertos por el asombro. Pero te morís por conocer la zona del antiguo mercado del Abasto, hoy todo abandonado, con linyeras que duermen en los recovecos, tapados con pedazos de cartón o diarios. Querés caminar por la calle Jean Jaures, por Agüero. Tenés la cabeza llena de las imágenes que te hiciste de esta ciudad. Borges, Alfonsina Storni, Quinquela Martín, Cortázar, Gardel. La calle Maipú, el café Tortoni, la Boca, el pasaje Barolo y el Abasto.
Nos mezclamos entre la gente de la feria. Me encanta charlar con ellos. Nos reímos y adivino que en cualquier momento vas a fumar. Es que intuyo muchas de tus reacciones. Sacás tu pipa y tu tabaco del bolsillo y mientras conversamos con un caricaturista vas colocando sin impaciencia, con una sabiduría milenaria, ese pastito marrón con olor a chocolate. Me acerco y te beso gozando estos primeros días juntos en Buenos Aires. Es delicioso pensar que esto comienza. Que estamos inaugurándonos. Sorprendiéndonos mientras descubrimos quiénes somos.
Los puestos con vestidos antiguos, enaguas con puntillas, contrastantes el salmón y el ocre, hacen que me detenga a observar con muchísimo interés. Hay un vestido negro que combina la seda con la gasa, con aplicaciones de pétalos y hojas bordados en la falda. Hermosísimo. Amplio. Sensual. Lleno de sugerencias. Con un ruedo irregular por el peso de la tela, por el uso o por los años. Se desprende algo extraño de él. Me gustaría comprármelo. No es barato pero el dinero que llevo en la cartera me alcanza. Estoy tan contenta. ¿Cómo sería la mujer que lo ha usado? ¿Sería como yo? Tal vez ya se haya muerto. O su situación económica la haya llevado a vender su ropa de juventud. Seguramente no ha tenido hijas ni sobrinas a quienes haya podido regalárselo. Siempre me han gustado los vestidos y las telas. Entrar a una tienda y mirar los estampados, adivinar por la intensidad del brillo los dibujos de las telas de color muy oscuro, tocar las diversas texturas. Colocarme sobre el cuerpo algunas para imaginar cómo podrían quedar al tomar la forma de un vestido me da tanto placer. Tanto. Es catártico.
Piedras de colores tan llamativas. Las pulseras. La plata y la filigrana relucen contra los paneles de terciopelo rojo. Qué belleza esos collares, tal vez como los que alguna vez usó mi madre. Simples. Con varias vueltas. De plata ya vieja. Ese medallón con la imagen de la virgen. Los camafeos. Cuando tenía doce años se usaban en el cuello, pendiendo de una cinta negra. Esos aros con incrustaciones de oro. Y el anillo con una esmeralda. Ese prendedor de azabache. Verdaderas obras de arte. Joyas que me hipnotizan. Como las que en varias oportunidades pude disfrutar en el Museo del Oro de Bogotá. Esas piezas de oro precolombinas que los indígenas usaban cotidianamente. Collares. Argollas. Aretes. Esas ranitas de oro.
Te detenés en un puesto que tiene relojes antiguos, fundas y pistolas de principios de siglo. Tomás una y la mirás con admiración y como si quisieras comprártela, pero sabiendo de entrada que es imposible. Conversás con el señor que atiende sobre la marca y las características del arma. La hacés girar con una de tus manos y colocás tu pipa un buen rato en tu boca, mientras con la otra mano vas levantando uno y otro reloj. Sale un humo penetrante por tu nariz. Entrecerrás tus ojos. Sos curioso e impaciente. Todo tu cuerpo parece disfrutar a pleno de cada cosa. Tu capacidad de sorpresa. Te tironeo para que avancemos porque empiezo a aburrirme.
Qué hermosa vajilla. Es del veinte, nos dice la vendedora y nos propone hacernos precio si compramos por lo menos dos piezas. Seguimos de largo. Hasta que volvemos a detenernos. Esta vez en el puesto de las fotos antiguas. Nos reímos cuando me decís al oído que te gustaría ver la cara de esos dos hombres ante las imágenes que me sacaste durante esta semana. Desnuda y haciendo monerías. Desnuda y brindando por tu llegada. Desnuda y feliz. Con la misma felicidad despreocupada que se adivina en esa otra foto en la que tengo tan solo un año. Increíble, pero la sonrisa es apenas distinta. El tamaño de los labios, obviamente, y los rasgos de la cara son otros. Sin embargo, me parezco tanto a esa nena que fui. Me parezco al sonreír. Algo se ha mantenido en los dos rostros, algo que el visor de la cámara ha logrado capturar para la eternidad. Cierta cuota de picardía. Un destello de travesura en la mirada. Y como esa nena estoy desnuda.
Salimos de la feria y caminamos hacia el café de la esquina. El póster de Marilyn nos atrae como un imán y una vez que estamos adentro, te voy mostrando los otros, los que más me gustan. Nos sentamos contra una de las ventanas y podemos ver cómo preparan los tragos que pedimos en la barra del bar. Tengo una foto, detrás de allí, con todos esos chops de cerveza colgando y las botellas de bebidas a los costados. Es una de las fotos inolvidables que me sacó mi amigo Federico. Le tomé una a él debajo del póster de Marilyn.
Intento grabar en mis ojos lo que ninguna imagen podría captar de tu rostro. Me pedís que te fotografíe. Pero mi memoria, lo sé, apresará mejor que nada esa fuerza que se concentra, a punto de estallar, en la parte chispeante, luminosa de tus ojos oscuros. Este Gabriel vivo. Dulce, muy dulce. Y al que quisiera retener por mucho tiempo. No digo para siempre, que eso es mucho, bien lo sé. Por unos meses. ¿Años? Todo el tiempo que quiera. Por favor, que me dure esta felicidad un poco más que un rato.
Hablamos sobre fotografía, sobre cine, sobre literatura y sobre esa casa interior que llevo dibujada adentro y que aún no pude terminar de construir en la realidad. Te cuento cómo pienso seguir arreglándola. Quiero bajar el piso del living y hacer unos escalones. Tres escalones en semicírculo, como un pequeño anfiteatro. Hacer de dos habitaciones una sola, para organizar allí mi estudio y trabajar con más comodidad. Llenar una de las paredes con anuncios, tarjetas de mis exposiciones. Tan pocas para mi gusto. Una habitación para dormir y un cuarto de huéspedes para recibir a las amigas que tengo regadas por todo el mundo, para cuando pase por aquí Silvana, en esos viajes ultra rápidos que unen por escasos días a París con Buenos Aires, o para Cecilia, que siempre está por venir y nunca viene. Quiero modificar la cocina y uno de los baños. Me ayuda Mariana, pero de a poco. Mientras tanto, tengo hecho un caos el dos ambientes de Caballito.
Me gustan las ideas que se te ocurren y las anoto en una servilleta que reproduce el logo del Café de la Feria. La dejo abandonada sobre la mesa de madera marrón, surcada de nombres y corazones. Del tipo de escritura que realizan a cada paso los adolescentes cuando están enamorados.
Entre la servilleta y vos median pocos centímetros. Tan pocos que me parece que no es cierto. Estamos tan cerca. Casi un milagro. Coincidimos en montones de cosas. Digo un jugo, por favor, y vos decís para mí lo mismo. Miramos la página de espectáculos y los dos queremos ver a Michelle Pfeiffer en Las amistades peligrosas. Entramos a una librería y nos zambullimos juntos en una marea de novelas y poemas. Preferimos la misma calle. Nos despertamos a la misma hora. Nos conmueven y asombran casi las mismas cosas. La armonía universal hace girar de manera perfecta a los planetas y produce una música celestial casi inaudible. Y me acuerdo de la teoría de Pitágoras. Y pongo entre paréntesis cada uno de mis dilemas.
Algún día esto acabará, me repito para protegerme de las desilusiones anteriores. Pero tu mirada es tan prometedora, tan tranquila que pienso por qué no. Quizá esta vez resulte. Es distinto. ¿Verdad? Algo me dice que unas pocas cosas en esta vida acaso puedan durar. Sonrío y te acaricio. Me abandono a la esperanza de creer que esta vez debo dejarme llevar por mis ganas y la confianza. Pienso que por algo existe en todos los diccionarios del mundo la palabra siempre.
Graciela Gliemmo
Narradora y ensayista argentina. El cuento "Café de la feria" fue publicado en Ideas 6, edición especial de Cuadernos de Marcha, Montevideo, abril-mayo de 2000. Traducido al francés, integra la antología realizada por Agnès Poires: Voyage au coeur des femes latinoaméricaines. Paris, Michalon, 2003.
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© Graciela Gliemmo
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 24
Enero-Febrero-Marzo de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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