Cámara de Jazz:
Un rítmico ritual poético
Aníbal Tobón
Estoy seguro que Julio Cortázar, ese cronopio jazzístico, hubiera celebrado con un alegre palmoteo sobre alguna mesa parisina este nuevo libro de Miguel Iriarte. Y no exagero, posiblemente me quedo corto, y Cortazar habría sido capaz de sacarle jugo de armonías a cada página de Cámara de Jazz.
El libro, en edición bilingüe español/inglés con una poética traducción de Miguel Falquez, es una increíble partitura para esa Big Band que Miguel ha ido armando con toda la tesitura de la cual es creativo su verbo. Cámara de Jazz es parte del proyecto editorial de la Fundación Cultural Nueva Música, y de la editorial La Iguana Ciega, que dirige Samuel Minski.
Como buena nota poética, el libro puede leerse en todos los sentidos: en orden o en desorden, de arriba a abajo y vice-verso, de costado o de espaldas, porque la lectura de Cámara de Jazz es un libre ejercicio de Jam Session en que el lector hace parte de la banda que suena en cada poema.
Miguel, que aparte de amigo sincero, de poeta con bagaje, de docente decente y exquisito bailarín, es también un músico frustrado, como lo reconoce en el preludio de ese concierto de cámara, que trasmuta instrumentos musicales en textos y se sienten aullidos de trompetas y crujidos de contrabajo y descargas de baterías, e incluso tecleo de máquinas de escribir transformadas en pianos o voces devenidas en clarinetes.
La edición, con diseño de Aldemar Diana, es sencilla y agradable tanto al tacto como a la vista, y conlleva unas inquietantes fotografías, algunas en difuminados, de David Britton, que refuerzan estéticamente los versos, ¿o los cantos?, de Miguel Iriarte. Este es el tercer poemario de Miguel luego de Doy mi Palabra y de Segundas Intenciones, y quedamos a la espera de la publicación de Semana santa de mi boca, que hemos oído de labios del poeta en algunos concervezatorios de Salgar.
El libro nos conduce a ser partícipes de un ritual donde el jazz es uno de los dioses de todos los sonidos. Nos obliga a deslizarnos por una catarata de afinaciones para desembocar en un embrujo de acordes, mientras los supremos sacerdotes entonan sus cantos con voces espirituosas en medio de un incienso de tabacos y de los fieles aplausos de todo ceremonial pagano.
Como en este mundo el arte es una cuestión de gustos, o de disgustos, escogí para mi goce el poema Dizzy Atmosphere, que leído en alta voz no solo se le escuchan palabras o voces inexistentes por fuera de este libro, sino que además Giellespie es uno de mis músicos favoritos junto al mandinga gringo Miles Davis.
Apague el equipo de sonido, prenda el libro, déjese llevar por las notas y las letras de Cámara de Jazz y disfrute de una experiencia nocturna en solo de lector. O bien agarre el libro a mediodía y léalo bajo el sol del trópico mientras alucina que le hace coros a Mongo, saluda a Duke Ellington o bebe de la misma botella que Charlie Parker.
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© Aníbal Tobón
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 24
Enero-Febrero-Marzo de 2006
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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