Narcisismo y política
en la escritura de Pedro Lemebel
Bettina Albamonte
Pedro Lemebel es reconocido en la actualidad por sus narraciones, sus instalaciones y sus crónicas, género en el que más ha incursionado y el espacio escritural que más se ajusta a sus intenciones literarias. Cronista de los márgenes, portavoz de la causa gay, opositor al gobierno de Pinochet, más allá de la crueldad de los temas que trata, es dueño de una prosa exquisita (“el mejor poeta de mi generación”, lo calificó el escritor Roberto Bolaño). Un autor que, como bien lo ha reconocido el propio Carlos Monsiváis, responde a los criterios estéticos y comportamientos legítimos de las minorías latinoamericanas que hacen emerger sus derechos civiles, humanos y sexuales.
La escritura de Pedro Lemebel se caracteriza por una gran saturación que se presenta, en especial, a través del exceso expresivo, un plus que invariablemente llevan sus textos. Esto hace que su prosa sea desbordante y se identifique con la estética barroca, cuyo fin es el uso indiscriminado del lenguaje por puro placer. Así, su obra dialoga con las de Néstor Perlongher, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas y Manuel Puig, entre otros.
Reflexiones acerca del género crónica
A lo largo del tiempo, el género crónica se ha definido como un discurso íntimo que se halla entre la literatura y el periodismo: hace uso de las técnicas propias de los géneros ficcionales, manifiesta, muchas veces, un fin estético y, a su vez, informa sobre un hecho reciente. En suma, el cronista da cuenta de un acontecimiento actual con la destreza escritural propia de un literato. La crónica es un claro ejemplo de que las fronteras entre los géneros y las disciplinas se pueden atravesar. De hecho, el propio Lemebel la calificó en una entrevista como “género bastardo”, “entregénero” o “zona franca” ya que suele apelar a diversos géneros literarios.
Este género le permite al autor explicitar su ideología y poner como protagonistas a los sectores más marginados. De hecho, Pedro Lemebel ha postulado que la literatura no es sólo un “decorado amoroso”, sino que debe ponerse al servicio de aquellos temas que se desea dignificar. Aunque Carlos Monsiváis piensa la crónica desde la situación mexicana, de alguna manera, ambas propuestas están muy cerca: “[…] darles voz a marginados y desposeídos, oponiéndose y destruyendo la idea de noticia como mercancía, negándose a la asimilación y recuperación ideológica de la clase dominante, cuestionando los prejuicios y las limitaciones sectarias y machistas de la izquierda militante y la izquierda declarativa, precisando los elementos recuperables y combativos de la cultura popular […]. De modo especial, registrar y darle voz e imagen a este país nuevo que, informe y caóticamente, va creciendo entre las ruinas del desperdicio burgués y la expansión capitalista, significa partir de un análisis de clase o, por lo menos, de una defensa clara y persistente de los derechos civiles” [1].
En las últimas décadas, la crónica ha sido un tipo de discurso que se ha destacado y, a la vez, ha logrado gran relevancia en Latinoamérica. Quizás esto responda a una clara necesidad —debido a los horrores que viven muchos de nuestros pueblos— de mostrar lo que sucede y a los evidentes cambios producidos dentro del sistema literario. Es decir, hoy los géneros de no ficción (testimonio, autobiografía, biografía, etc.) tienen más protagonismo dentro de la literatura, privilegio que antes era exclusivo de la novela. En la actualidad ya no es posible considerar el trabajo del cronista como un oficio poco prestigioso por ubicarse entre la literatura y el periodismo. Hay cronistas de renombre, muy consagrados, como Gabriel García Márquez, Elena Poniatowska o Tomás Eloy Martínez que muestran un especial vínculo con el género, al que siempre vuelven.
El loco afán de mostrar la diferencia
En Loco afán la política ocupa un lugar preponderante junto con las continuas referencias al gobierno de Pinochet. Incluso el texto se abre con “La noche de los visones (o la última fiesta de la Unidad Popular)”, donde un grupo de travestis, que morirán un tiempo después, se reúnen para festejar el comienzo de 1973. Con él se inicia una dolorosa etapa para el país —el golpe de Estado—, llena de represión, no sólo a causa del autoritarismo, sino por un ingrediente que más tarde sumará muerte y devastación: el sida. El cronista anticipa estos acontecimientos históricos a través de la significativa metáfora de la escultura, hecha con huesos de pavo sobre la mesa festiva en la casa de una de las locas: “Como si el huesario velado, erigido aún en medio de la mesa, fuera el altar de un devenir futuro, un pronóstico, un horóscopo anual que pestañeaba lágrimas negras en la cera de las velas, a punto de apagarse […]” [2].
En Loco afán el sida está desdramatizado y tratado como una especie de huracán que arrasa contra toda la comunidad travesti latina, a tal punto que pareciera que la hará desaparecer por completo. Las referencias a la muerte y a la enfermedad siempre están ironizadas, presentadas como una nueva forma de colonización proveniente del primer mundo: “Y junto al molde de Superman, precisamente en la aséptica envoltura de esa piel blanca, tan diferente al cuero opaco de la geografía local. En ese Apolo, en su imberbe mármol, venía cobijado el síndrome de inmunodeficiencia, como si fuera un viajante, un turista que llegó a Chile […].” (p. 27). Aquí se advierte la necesidad de creer que, como asegura Susan Sontag, la enfermedad es extranjera, lo cual no hace otra cosa que reafirmar aquel criterio, un poco obsoleto, de que todo lo malo viene del exterior. No en vano la metáfora más usada para referirse al sida proviene del vocabulario militar: el sida es el enemigo que viene a colonizarnos [3].
Casi todas las muertes provocadas por el sida están narradas con mucho humor: cuando un grupo de amigas lucha contra el rigor mortis de su compañera para lograr que sus labios queden sonrientes, cuando unas locas acaloradas y transpiradas en la fiesta de fin de año usan tapados de visón en pleno verano chileno, ante el pedido de una moribunda a Liz Taylor de una esmeralda de la corona usada en el film de “Cleopatra” para comprar AZT y así alargar su vida un par de años más, y frente a la burda imitación de una Madonna calva, sin dientes y con cara de mapuche.
Lemebel banaliza el tema de la enfermedad por medio de la construcción de imágenes grotescas donde se confunden funerales con desfiles de moda. Entonces, ese acto dramático se convierte en un gran evento social, digno de ser filmado. Asimismo, las carrozas funerarias son el lugar perfecto para los graffiti de protesta que dicen: “Adiós Tirano. Hasta nunca Pinocho. Muerte al Chacal” (p. 25). Todo se mezcla: la muerte de una amiga se entrelaza con el nacimiento de la democracia, se funde el gozo con el dolor a tal punto que “por un momento se confundió duelo con alegría, tristeza y carnaval.” (pp.24-25). Por otro lado, las imágenes desgarradoras de la muerte conviven con las ricas metáforas que acercan el género crónica al discurso literario.
Loco afán se presenta como una recopilación de crónicas, aunque algunos textos no lo sean realmente, donde transitan los personajes más estigmatizados de la homosexualidad: los travestis. El autor, que como buen cronista se niega a olvidar, no sólo invita a hacer memoria de un momento particular de Chile, sino también desnuda los rincones más excluidos de una sociedad que se empecina en negarlos.
La mirada del cronista
Muchas de las crónicas de Loco afán y De Perlas y Cicatrices [4] tienen como detonante un suceso frívolo o irrisorio: la experiencia vivida en un día de compras en el mercado, el desmayo de Margaret Thatcher en un acto público durante su visita a Chile, la descripción de la llegada del otoño, el recuerdo de una casa prostibular travesti y su madame, entre otros. La mirada del cronista se desliza desde un minúsculo detalle hacia un espectro más amplio que describe toda la situación social y política de una época. Si bien es común advertir que el punto de vista del narrador de crónicas nunca es neutral frente a lo que está contando y siempre toma partido, en este caso particular, la mirada de Lemebel está del lado de los marginados, ya sea porque adhiere a la política de izquierda o porque defiende la causa homosexual, que en realidad son sus causas primordiales.
En gran parte de su producción se manifiesta un desplazamiento del mundo privado hacia el mundo público y, sobre todo, político: “Para mí siempre hay una decisión política que detona la puesta en escena de mis irrupciones en el campo cultural” [5], afirma en un reportaje. Este acercamiento de lo privado con lo público permite reflexionar acerca de la “función ideologizante” presente en la escritura de este autor ya que, de acuerdo con la definición formulada por Lacan, “la ideología es el medio por el cual el sujeto intenta cerrar la brecha entre lo vivido privado y lo objetivamente colectivo” [6].
Como Lemebel produce textos enfrentados al discurso dominante, no sorprende que la mayoría de sus crónicas estén construidas desde el lado opositor, a tal punto que en ellas casi nunca está presente el discurso laudatorio. Debido a lo extremo de su posición, el ser el portavoz o, como él mismo se autodesigna, “el ventrílocuo” de las minorías trae consigo el riesgo de construir un discurso y una interpretación unívoca, error que, según Foucault, cometieron los seguidores de Hegel, Marx y Freud: “su necedad es creer que todo pensamiento `expresa´ la ideología de una clase” [7].
En suma, la descripción de un suceso minúsculo -hasta a veces insignificante- es el disparador de su escritura. Pero ese detalle es sólo la punta del iceberg, porque aquello que parece ser primordial, sólo es un rodeo para mostrar luego lo que realmente le interesa: Chile y su política neoliberal, el pueblo chileno dividido ideológicamente y la discriminación hacia los pobres y los homosexuales.
Estrategias del discurso político en De perlas y cicatrices
La política ocupa un lugar preponderante en la producción de Pedro Lemebel, a tal punto que se convierte en la columna vertebral de sus crónicas. Por eso no sorprende en ellas la presencia de estrategias propias del discurso político. Su escritura se dirige a “dos destinatarios”: uno “negativo” y otro “positivo”.
La crónica “Cecilia Bolocco” comienza con la coronación como Miss Universo de la modelo en 1987 y se cierra, aproximadamente, en 1998. En este relato el “destinatario negativo” está simbolizado por el gobierno de Pinochet y la modelo. Es por eso que la figura de la protagonista, a lo largo de todo el texto, se construye en torno al poder nefasto, al periodismo frívolo y amarillista practicado por la cadena CNN, al mundo actoral del culebrón en Miami y, finalmente, a la reina destronada a quien se describe sumida en las sombras del anonimato. Todos estos aspectos negativos manifiestan el firme propósito del autor de mostrar la antiejemplaridad del personaje. El “destinatario positivo” está representado por los opositores al gobierno dictatorial que se sintieron defraudados, incluso el propio cronista, al ver a la flamante reina del universo unida en un abrazo con el dictador, acto que queda perpetuado en esa foto que recorrió cada rincón del país, “avalando la pesadilla de aquel mandato”.
Más adelante, el tono del cronista se vuelve irónico cuando hace referencia al ideal de mujer admirado por gran parte de la sociedad chilena. Se lo describe como un objeto de adorno que como tal no puede hablar de política y mucho menos “opinar sobre el aborto y esos horrores que discuten las feministas. Porque una reina no tiene opinión, solamente habla de las bondades de su tierra: del clima, del paisaje, de copihues, del vino y sus lindas mujeres. Todo en orden, todo tranquilo gracias al gobierno militar.” (p. 62). Aquí aflora otra de las características propias del discurso político, que es la de estar habitado por un “otro negativo”. En este caso ese “otro” es la voz del Estado autoritario, que ingresa en el texto para ser ironizada y, a la vez, destruida. El discurso político no sólo se constituye con las voces que hace suyas (en este caso las opuestas al gobierno de Pinochet), sino también con las de los enemigos.
En algunos pasajes del texto el cronista utiliza la primera persona del plural: “Y todos vimos a nuestra Miss Universo acaramelada posando con Augusto. Y todos sentimos la misma decepción al verla tan sonriente […]. Y todos nos olvidamos, borrando de un aletazo la alegría patria que experimentamos la noche de su triunfo” [8] (p. 62). Este uso de formas verbales que implican el pronombre “nosotros”, considerado por Louis Guespin como “un instrumento conativo principal del texto político” [9], tiende a incluir al lector en la interpretación de los hechos. La voz pluralizada se contamina de las ideas políticas y sociales del autor, cuyo propósito es difundirlas y convencernos de su veracidad. La elección de la primera persona del plural cumple una función: Lemebel busca por medio de ella la complicidad y adhesión del lector.
Además, este recurso es otra de las estrategias que usa el autor para marcar la oposición entre los que están a favor del régimen dictatorial y los que no. Según Benveniste, el pronombre personal “nosotros” no es una ampliación del yo, sino que se constituye como una oposición al pronombre “ellos”. El “nosotros” es indisoluble del “ellos” [10]. De acuerdo con esto, cabe pensar que la construcción de una visión maniquea de la realidad, de parte de Lemebel, no es ingenua: los buenos son aquellos que comparten sus mismos valores e ideas políticas, y los malos son los que adhieren a la política neoliberal y fascista. Detrás de esta perspectiva, se advierte la presencia latente de una actitud destructiva con respecto al adversario y, a la vez, aflora un tono didáctico, moralizante.
La escritura como espejo
La utilización de la primera persona del plural también le permite al autor introducir elementos autobiográficos: el “yo” proyecta en el “nosotros” sus propias vivencias. Es decir, cuando el cronista cuenta las experiencias y las discriminaciones que sufren algunos sectores sociales, veladamente, está describiendo las suyas: la pobreza, la homosexualidad y la adhesión a la política de izquierda.
En este sentido, se podría ver aquí un gesto narcisista en su escritura. Según Richard Sennett, el narcisismo consiste en que “el mundo es un espejo del yo, una superficie en la que uno proyecta sus propias necesidades, necesidades que uno verdaderamente anhela ver satisfechas” [11]. De hecho, algunas de las crónicas en De Perlas y Cicatrices narran experiencias vividas por el propio autor. En “El encuentro con Lucía Sombra (o “nunca creí que fueran de carne y hueso)” el escritor cuenta, en primera persona del singular, su nefasta experiencia vivida en una exposición de arte, a causa de la presencia de la hija de Pinochet en la sala: “Porque si hubiera sabido nunca vengo. […] Pero no hizo falta que le reprochara nada al pintor, porque enterado de la escandalera, se acercó con los matones y me dijo: si no te gusta te vas. Claro que no me gusta le contesté, porque si quieres hacer negocios con el fascismo, no me invites de espectador. Casi no alcancé a terminar la frase, porque los gorilas de gafas negras me alcanzaron con sus manazas, sacándome en puntas de pies a la calle, donde me dieron una golpiza que me dejó inconsciente, tirado en la vereda.” (p. 25).
En “Ronald Wood (“A ese bello lirio despeinado”) Lemebel recuerda a un ex estudiante suyo de arte de la escuela pública que compartía sus mismas ideas políticas y que fue asesinado por los militares en 1986: “ese bello despeinado, no se perdía palabra de mi oratoria antimilitar. Oiga, profe, me decía para callado, hay que hacer algo pa que se acabe la dictadura. […] Tal vez nunca logre borrar la sombra de culpa que me nubla el recuerdo de sus grandes ojos pardos, aquellos lejanos días de escuela pública cuando me regaló en su mano generosa, la manzana partida de su rojo corazón” (p. 96). En “Noche de toma en la Universidad de Chile” cuenta, con orgullo y nostalgia, su encuentro con los estudiantes que lo invitaron a formar parte de la toma de la Universidad: “Que si me llaman voy, me dije, a pasar una noche con los chicos del cambio, a leer mis letras sucias y a cantar con ellos las mismas canciones de rebeldía […]. Qué noche memorable viví con los chicos de la U, cantando sus slogans de la Universidad libre, Universidad para todos, Universidad para el que sufre, total en el pedir no hay engaño. Y si se trata de soñar, qué importa, soñemos lo imposible” (pp. 133-134).
Loco afán es, de sus libros, aquél donde se pueden encontrar más huellas autobiográficas y donde el autor acrecienta la identificación –ideológica, social y sexual- con los personajes elegidos. En “El beso a Joan Manuel” recuerda el sorpresivo beso que le dio al cantante español al término de un acto realizado en la Universidad ARCIS en Santiago: “Logrando meterme bajo la cadena de los brazos, que formaron un pasillo de seguridad para protegerlo, me lo encuentro de espaldas despidiéndose, y al darse vuelta se topa con mi cara a boca de jarro, a sólo unos centímetros. […] Sólo un momento de homosexualidad lo tocó con la sed carmesí de una boca chupona. […] Mi beso será un recuerdo prohibido, como la luna sodomita que arañó su mar” (pp.132-133).
En su poema “Manifiesto”, Lemebel condensa sus tres grandes problemáticas -la homosexualidad, la pobreza y la política de izquierda- : “Hablo por mi diferencia / defiendo lo que soy / Y no soy tan raro / Me apesta la injusticia / Y sospecho de esta cueca democrática / Pero no hablo del proletariado / Porque ser pobre y maricón es peor / Porque hasta esta altura del partido / La izquierda tranza su culo lacio / En el parlamento / Yo no voy a cambiar por el marxismo / Que me rechazó tantas veces.” (pp. 93-97). De acuerdo con esto, es interesante destacar que para el autor no todos los homosexuales se identifican con los sectores populares y de izquierda, sino que los hay también de derecha. En la primera crónica de Loco afán ya se encuentran personajes, la Pilola Alessandri y sus amigas, que expresan claramente esta idea: “Esas rucias estiradas que en la calle Huérfanos le hacían desprecios, las mismas locas jai que odiaban a Allende y su porotada popular” (p. 15).
La ficción en Lemebel
Como narrador, Lemebel no se diferencia mucho del cronista. En Tengo miedo torero, la única novela que ha publicado, la mirada nunca es neutral, ya que siempre toma partido. En ambos casos hay una carga ideológica que constantemente se expresa en contra de Pinochet, al que llama “el tirano”, “el dictador”. Asimismo, el autor nuevamente coloca a la política como elemento principal del texto. De hecho, el libro centra su historia en el atentado frustrado a Pinochet ocurrido en 1986, época muy particular en Chile, ya que el clima era cada vez más turbio y violento. Al comienzo de la novela, se lee la siguiente descripción “[…] la primavera del 86. Un año marcado a fuego de neumáticos humeando en las calles de Santiago comprimido por el patrullaje. Un Santiago que venía despertando al caceroleo y los relámpagos del apagón [...]. Esas noches fúnebres, engalanadas de gritos, del incansable “Y va a caer […]” [12].
Aquí, al igual que en sus crónicas, su prosa está cargada de metáforas que hacen que las historias contadas, muchas veces desgarradoras, se hagan más amenas. Su escritura oscila entre la acidez (las escenas ligadas al mundo del Pinochet) y la dulzura (las situaciones vividas por la Loca del Frente y su “joven amado”). Una vez más, Lemebel pone el lenguaje al servicio de sus emociones. Coloca a la escritura en el universo femenino, espacio que conoce profundamente hasta el mínimo detalle. Esto se puede ver en la reflexión que hace la Loca del Frente después de que Carlos la invita a pasar un día de campo: “Que debería cocer un pollo y huevos duros para el picnic, llevar ese mantel divino bordado de pájaros y angelitos, y comprarle pilas a la radio para escuchar música, y quizás una pelota para que Carlos se entretenga chuteando.” (p. 23). Incluso, el mundo de la mujer, marcado con sus objetos de belleza, ya se advierte en la primera página donde el autor cuenta, entre agradecimientos, cómo nace la escritura del texto: “Este libro surge de veinte páginas escritas a fines de los 80, y que permanecieron por años traspapeladas entre abanicos, medias de encaje y cosméticos que mancharon de rouge la caligrafía romancera de sus letras.” (p. 6).
En este sentido, se puede ver cómo los objetos que aparecen en la novela suelen adquirir características femeninas y mostrar una percepción erótica de la realidad. Por ejemplo, casi todas las cosas que Carlos acumula en la casa de La Loca del Frente son travestidos por ella en adornos: “En el umbral, Carlos y dos amigos cargaban un agresivo tubo de metal, que sin preguntarle introdujeron en el interior. Déjenlo por aquí nomás, susurró entre bostezos mirando el extraño aparato. Es delicado, son rollos de manuscritos súper valiosos. Más parece un condón para dinosaurio, lo voy a transformar en una columna para la salita […]”. (p. 21)
Se establece una clara diferencia entre las voces de los personajes femeninos. La de la Loca del Frente siempre está impregnada de deseo y de placer hacia su amado: “Parece un dios indio, arrullado por las palmas de la selva, pensó. Un guerrero soñador que se da un descanso en el combate, una tentación inevitable para una loca sedienta de sexo tierno como ella, hipnotizada, enloquecida por esa atmósfera rancia de pecado y pasión.” (p. 106). Esta voz se contrapone a la de Lucía, personaje por demás frívolo, que siempre está parodiada y construida con una gran superficialidad: “¿CÓMO SE ME VE este Chapó Nina Ricci? Augusto, me lo mandó Gonzalo de las Canarias […]. Porque yo se lo encargué amarillo oro como se usan allá. Le dije: Gonza, si ves un sombrero de ala ancha parecido al que usa la princesa Margarita en esa revista, mándamelo valga lo que valga, que Augusto aquí en Chile te dará la plata.” (p. 69). Lemebel descarga sobre este personaje toda su furia. Es decir, no importa para el desarrollo de la historia lo que diga la primera dama, ya que el autor se vale de ella sólo para expresar su desacuerdo y dura crítica contra el gobierno de Pinochet. Toda la novela se sostiene en el cruce entre estas dos líneas ficcionales.
Como muchas veces se ha mencionado, Tengo miedo torero se relaciona de manera llamativa con la novela El beso de la mujer araña del escritor argentino Manuel Puig, por quien Lemebel ha manifestado admiración. Pero, a pesar de la cercanía entre estos dos libros, es necesario distinguir diferencias entre uno y otro autor. Si bien en los textos de Puig el referente social está casi siempre presente, el mundo que él evoca es continuamente el de la frivolidad propia del cine de Hollywood. En cambio, el referente de Lemebel es exclusivamente la realidad social chilena, pues en él hay una fuerte tendencia a politizar sus escritos. El cine es para Manuel Puig lo que la política para Pedro Lemebel.
A pesar de que muchos críticos y reseñistas coincidan en que Lemebel es un escritor que se diferencia del resto de los autores chilenos por los temas que trata, es evidente que, más allá de los contenidos, su escritura responde a una larga tradición literaria en Chile. En sus textos manifiesta un esencial interés por las problemáticas sociales a tal punto que éstas han sido materia vital de su quehacer artístico. Chile siempre tuvo a lo largo del siglo XIX y XX una gran producción de textos realistas y costumbristas. Basta con recordar la obra de autores como Alberto Blest Gana y Joaquín Edwards Bello, que fueron grandes íconos de la novela realista y de las crónicas de las letras chilenas, para advertir la estrecha relación que existe entre la literatura y la realidad social. En este sentido, no debería sorprender el interés de Lemebel por dar cuenta del referente.
En realidad, más allá del género que elija, Pedro Lemebel siempre deja muy claro cuál es su intención: poner la escritura a merced de sus inclinaciones políticas. Será por eso que muchas veces sus obras son llamativamente muy homogéneas, como si estuviera escribiendo siempre el mismo texto. No en vano, el propio Lemebel ha manifestado en una de sus últimas entrevistas que en sus próximos libros hará un ejercicio extremo para transformar su escritura y así no repetirse [13]. Ahora bien, tal como podría verse en la escena psicoanalítica, aquello a lo que se vuelve siempre es significativo y nunca aflora de la misma manera. Las atmósferas que crea Lemebel están recargadas y renombradas, y los personajes que las habitan suelen estar enmascarados detrás de múltiples identidades que adoptan de acuerdo con el estado de ánimo, con la escala social o con la situación política del momento.
El eterno retorno plantea un riesgo en la escritura de Lemebel: que sus próximos libros ya no sorprendan. Es decir, la duda reside en sospechar que el autor no cruce su propio límite y permanezca, en el futuro, encasillado dentro de su producción, demasiado fiel a sí mismo.
NOTAS:
[1] Monsiváis, Carlos. “Prólogo: Y yo preguntaba y anotaba, y el caudillo no se dio por enterado”. En: A ustedes les consta. Antología de la crónica en México. México, Era, 1985, p. 76.
[2] Lemebel, Pedro. Loco afán. Barcelona, Anagrama, 2000, p. 18.
[3] Sontag, Susan. La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas. Buenos Aires, Taurus, 2003.
[4] Lemebel, Pedro. De Perlas y Cicatrices. Santiago de Chile, LOM, 1998.
[5] Extraído de la entrevista realizada por Flavia Acosta, “La rabia es la tinta de mi escritura”, publicada en Suplemento Ñ, Diario Clarín, Buenos Aires, sábado 14 de agosto de 2004.
[6] Citado por Susana Rotker. En: La invención de la crónica. Buenos Aires, Letra Buena, 1992, p. 70.
[7] Foucault, Michel. Las palabras y las cosas. Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2003, p. 319.
[8] El subrayado es mío.
[9] Citado por María Magdalena Chirico: “El proyecto autoritario y la prensa para la mujer: Un ejemplo de discurso intermediario”. En: El discurso político. Lenguajes y acontecimientos. Buenos Aires, Hachette, 1987, p. 59.
[10] Benveniste, Émile. Problemas de lingüística general. México, Siglo XXI, 1986.
[11] Sennett, Richard. Narcisismo y cultura moderna. Barcelona, Kairós, 1980, p. 12.
[12] Lemebel, Pedro. Tengo miedo torero. Buenos Aires, Seix Barral, 2002, p. 7.
[13] Entrevista realizada por Álvaro Matus, “Juego de máscaras”, publicada en Revista de Libros. Revistas El Mercurio, Santiago de Chile, Viernes 12 de agosto de 2005.
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© Bettina Albamonte
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 24
Enero-Febrero-Marzo de 2006
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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