La representación de la naturaleza
en tres obras brasileras
María Elvira Luna Escudero Alie
La naturaleza ha sido uno de los tópicos más importantes de la literatura brasilera y de la latinoamericana en general. A lo largo del tiempo, el tema de la naturaleza ha estado presente en las diferentes representaciones artísticas porque su imponente presencia no se podía ignorar. Algunas veces la naturaleza ha sido representada desde una óptica positiva, en tanto proveedora de bienes y alimentos para el hombre, y otras veces más bien como una fuerza telúrica que estremece y es capaz de aniquilar al ser humano. En muchas ocasiones, la naturaleza ha sido representada también con la fuerza de un personaje.
Hay numerosos ejemplos que grafican la importancia del rol jugado por la naturaleza en la literatura latinoamericana. En Chile tenemos La Araucana, el poema épico de Alonso de Ercilla, en el cual vemos cómo la naturaleza se halla siempre presente en el entorno del guerrero. Es muy interesante recalcar que Ercilla sin embargo, se ocupa más del aspecto humano, de las descripciones del ser humano en tanto ser individual, que de la naturaleza en general. También tenemos el ejemplo del colombiano Jorge Isaacs con su novela romántica María, donde la naturaleza está descrita a través de las reacciones de María, es decir que hay un correlato entre las emociones de María, por ejemplo, y la descripción del entorno natural. La naturaleza está representada desde la intimidad, y no desde afuera. La naturaleza influye en los personajes y en algunos casos parece que este movimiento fuera exactamente al revés.
Observamos la influencia en los escritos latinoamericanos de Jacobo Rousseau, que fue el primero que le otorgó una fuerza afectiva a la naturaleza. También podemos hablar de la influencia de Chauteaubriand.
En el cuento “Warma Kuyay” (o “Amor de niño”), del peruano José María Arguedas, por poner otro ejemplo, vemos cómo la naturaleza conlleva un impacto agorero, que como los coros de la tragedia ática, va anunciando implacablemente lo que pasará. Justina es violada por el hacendado y la noche se despuebla de estrellas, y los pájaros cantan una canción melancólica que simboliza la muerte de la inocencia.
En la literatura brasilera, en particular, podemos observar cómo la naturaleza ha sido representada bajo distintas perspectivas y desde la época colonial. Ya en 1500, en “Carta do Achamento do Brasil”, escrita por Pero Vaz de Caminha, el mismo día en que los expedicionarios plantaron la cruz en Porto Seguro, el 1º. de mayo de 1500, tenemos una visión de la naturaleza descrita desde los asombrados y maravillados ojos del oficial Caminha. Éste, cual cronista nos brinda un informe detallado de lo que sus ojos observan y su cerebro procesa. La naturaleza es presentada en todo su esplendor y magnificencia, en su exhuberancia apabullante, como una constante sorpresa que sobrecoge y maravilla, y que invita a descubrirla; pero a la
vez aterra por el peligro que puede esconder en tanto algo desconocido y misterioso. Destaca en la “Carta” de Caminha la representación que hace de los naturales de la región. Ellos son descritos bajo el prisma del Renacimiento, como “los buenos salvajes”, de una manera idílica e idealizada.
En el espectacular tratado de Euclides da Cunha, El Sertao, (que sirvió de materia prima para la novela de Vargas Llosa, La guerra del fin del mundo), sobre la rebelión y posterior masacre de Canudos, en el nordeste brasilero, la naturaleza está presente en forma determinante. Da Cunha divide su obra en tres partes: La tierra, el hombre y la lucha.
En la primera parte, cuando habla de la tierra, Da Cunha describe con increíble minuciosidad el paisaje natural, a medida que lo observa como testigo presencial. Su relato es tan vívido como un buen cuadro paisajista, y cuando se refiere al sertón, su recuento está lleno de zozobra y de pinceladas realistas que a su vez nos dan una visión lúgubre de la pobreza, el abandono y el desamparo del nordeste brasilero, en contraste con la riqueza del sur del país. Los cangaceiros sufren los embates de una naturaleza agreste y hostil que los desafía a cada paso. La descripción del sertao es una especie de preámbulo o anuncio de la masacre que teñirá de tragedia Canudos y ensombrecerá la historia brasilera.
En la novela romántica por excelencia, Iracema, de José de Alencar, la representación de la naturaleza es asímismo muy interesante, y su presencia es una constante feliz y necesaria. Alencar se sirve de la naturaleza en su descripción de Iracema, cuyo nombre, dicho sea de paso, es un anagrama del vocablo: “América”, y por tanto es un símbolo de ese espacio misterioso y nuevo que convida al descubrimiento. Iracema es la virgen de los “labios de miel”, aquella cuyos negros cabellos son tan largos como el tallo de un árbol. Iracema consuma su amor gracias a una droga hecha de la flor jurema. Su gran amor, el portugués Martim, sólo se atreve a poseerla bajo los efectos de la droga que la flor jurema y la pasión y argucia de Iracema han posibilitado. Es entonces, un elemento natural: una flor, lo que une a los dos mundos representados por la novela: el mundo de los conquistadores portugueses y el mundo de los naturales; los conquistados, los tupíes, por ejemplo, como la sacerdotisa Iracema. También Alencar se refiere a la flor de maracuyá que servirá para la “lambranza” de Martim, por Iracema. El paisaje natural comulga con las emociones y los sentimientos de la heroína americana, Iracema.
Esta heroína romántica que sufrirá en carne propia la nostalgia “saudade’ que su amante Martim padece por haber dejado su patria, y vivir en otras tierras, dará a luz un niño llamado Moacir que será el fruto de la comunión entre el mundo de los conquistadores y el de los conquistados, el de los vencedores y los vencidos. Moacir será el primer mestizo y por tanto representa el fruto de la trasgresión; pero también de la pasión y por tanto de la fuerza de la naturaleza, y de la historia. Moacir es la esperanza en la nueva tierra americana (y no olvidemos que las letras del nombre de su madre tienen las mismas que la palabra América).
La naturaleza está presente definitivamente en la novela Iracema y juega además, y como he tratado de demostrar, un rol preponderante.
En la novela Vidas secas, de Graciliano Ramos, la representación de la naturaleza es crucial también, pues ésta nos llega tan delimitada (o tan poco delimitada) como los personajes. En Vidas secas, el sol, una sombra, el papagayo que servirá después para acallar al hambre de la familia, y la inolvidable perra sacrificada, son tan importantes como Fabiano, Victoria y los dos niños. La perra es de hecho en la novela, un personaje como lo es el sol calcinante que seca no sólo la tierra convirtiéndola en un espacio yermo, inútil, baldío, sino también la vida de los personajes, cuyo futuro, tal como su presente, queda anulado por la desesperanza y la angustia.
La representación de la naturaleza en Vidas secas, es pues, la de un entorno hostil que aplasta al ser humano y lo destruye cual fenómeno telúrico e inevitable. La naturaleza en esta novela es enemiga del ser humano y arremete contra él, al mostrarse en toda su agresividad y poderío superior al del hombre.
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© María Elvira Luna Escudero Alie
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 24
Enero-Febrero-Marzo de 2006
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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