El poema de Luciana
Clinton Ramírez
He olvidado quién soy y qué he sido. Tengo infinita y única memoria de una mujer. Sé qué nació en un barrio de verbenas nocturnas y arenosas calles de brisa, en una ciudad con mujeres de espartana hermosura. Es el dictamen de mi madre, que fue hechicera y diosa de los bosques. Su retrato solicita brevedad. Una frase la define: muchacha de andar ligero, pecho erguido y altiva mirada, ella es mi destino. Alguna vez que memora poco se dio en responder al llamado de Nausícaa, una perrita de la cuadra de su bulliciosa vecindad.
En las calles de tantas ciudades transitadas, en los pasillos de lujosos almacenes, marcho detrás de ella, colecciono rumores, recojo miradas, registro momentáneas felicidades de aceras y esquinas.
—¡De dónde habrá sacado a ese muchacho tan hermoso y elegante!— murmuran con razón sus vecinos, hombres y mujeres que la han visto crecer, distinguirse, sin perder sus gestos y sus aires resueltos de muchacha de barrio.
Soy su perro, su esclavo y su dueño. Ella es mi reino. Radiante a todos, espejo en el que el cielo sonríe, no hay vida que iguale su vida. Tiene veinticinco o veintiocho años y sabe que puede coger el mundo a patadas. Escuchar una canción la mata, bailar es su paraíso y le basta una mirada para ser feliz.
Sabe quién es y qué quiere. Yo, con menos seguridades, olvido quién soy y qué he sido, me consuela ser el hombre que la lleva de la mano, que le compra un vestido en una boutique cara, que le abre la puerta del coche en el parqueadero, la carretera sinuosa que bordea la playa que la trae de vuelta a casa, el agua tranquila que contempla su cabaña riscosa y el muchacho que la espera con un trago en la abierta terraza de palmeras y colgantes helechos.
Algún día, que siempre es mañana, saldré del mar para llevarla en mi lomo por el mundo. Una isla nos espera y siento que también la dicha.
“Hola, querido”, me dice, cuando abro la puerta, pasándome la bolsa del vestido que ha comprado. Es rojo, suelto, de fino material, oloroso a nuevo, una pieza a la medida de un sueño, porque eso es su cuerpo, el sueño de una divinidad oscura y perversa, que lo concibió para esclavizar a los hombres.
En el baúl del auto, recuerda, trae los faroles y las cajas de luces para celebrar esta noche el siete. Mientras bajo la escalera, siento que abre el congelador y saca una cerveza, que beberá de un único sorbo. Una vez pone el equipo, sus pasos la llevan a la hamaca, colgada entre matas y flores que tienen la frescura de las montañas, siempre a la espera y nunca resentida de los excesos.
Cuando subo con los paquetes y las bolsas, ella, que se llamó Nausícaa y ahora se llama Luciana, duerme en la hamaca. Ajena al rumor del mar, a la brisa que sacude el cielo en el horizonte, a la eternidad de los helechos, a la oficina de juzgado donde labora, a la tesis de grado que sustenta en una semana, a la balada americana que fluye en el equipo de sonido, ignorará también esta imaginaria página que intenta salvarla del fuego y de los años. No sé quién soy pero sé a quién quiero y por qué existo.
Santa Marta, diciembre 5 de 2005.
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© Clinton Ramírez
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 24
Enero-Febrero-Marzo de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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