LA PASAJERA

Oscar Bueno
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Cuando el bus pasaba frente al estadio de fútbol, la mujer que viajaba a su lado, se quedó encantadamente absorta contemplando el festivo alboroto del circo que por esos días visitaba la ciudad. Los niños, en compañía de sus padres, ayudaban a acrecentar la algazara; las parejas de enamorados aportaban el toque romántico a la escena y un payaso zalamero perifoneaba a través de un estrafalario megáfono la función de cinco y media de la tarde.

Él no había llegado allí por casualidad, pues en su rutina diaria se inscribía la tarea de deleitarse con un amor furtivo. Cumpliendo con su itinerario, abordó el autobús con la ilusión de siempre. En cada atardecer, le bastaba aprovechar el viaje desde su casa hasta el Parque de los Enamorados, para conseguir la cita del día siguiente. Inició sin premura su andar por el pasillo. Con la mirada escondida reparaba a los pasajeros, escudriñando en el rostro de cada dama, el detalle que la hiciera propensa a sus intenciones.

Apenas hubo detectado a la mujer que llenaba su ambición, la contempló con cautela: sentada al fondo del vehículo, vestía un traje a cuadros y portaba entre los brazos unos vastos libros que parecían hablar de filosofía. Así, avanzó hacia ella, y mientras borraba la distancia que los separaba, la midió en talante y finura.

—¿Se puede? —preguntó con timidez fingida.

—Claro, ¡como no! —respondió ella.

Él agradeció con una leve sonrisa la aceptación, y empezó a maquinar la mejor introducción de su conquista. Miró de reojo a la mujer y la advirtió un tanto más madura que cuando la contempló de lejos. Se decidió a hablarle:

—¿Sería, por favor, tan amable de decirme qué hora es?

Ella acomodó su brazo, tratando de leer el tiempo en su reloj, oportunidad que él aprovechó para agregar:

—Es que quiero saber la hora exacta en que me volví loco al contemplar tanta belleza.

En el rostro de la dama, se dibujó un gesto equilibrado entre el rubor inevitable y la sonrisa incesante de la mujer que se encuentra en una situación incómoda. Acto seguido, ella volteó la cara hacia la ventanilla. Él, por su parte, suspendió el cortejo, con la ilusión de recomenzarlo cuando ella se repusiera de aquel primer asalto. Fue entonces cuando apareció en la ventanilla la concurrida imagen del circo: Los colores de las carpas, los manojos de globos multicromáticos, los algodones de azúcar, los conos de helados y las apetecibles bolsas de crispetas. Todo ese ambiente festivo despertó en el rostro femenino, un gesto ambiguo de añoranza. Agotada la vista de aquel bullicio, volvieron a mirarse y entonces él, considerando la admiración de la mujer por aquel colorido paisaje,  encontró en el pasado un buen pretexto para robar su atención.

—¡Qué simpático espectáculo es el circo! Nos devuelve a la niñez —anotó.

—Si la vida nos permitiera volver al pasado, la historia fuera otra cosa —replicó ella con pesar.

—¿Acaso tiene muchas cosas de qué arrepentirse? —indagó él.

—Dígame usted, ¿de qué  vale el arrepentimiento cuando es imposible olvidar? —repuso ella.

—Eso es verdad. Y ya que dice olvido, recuérdeme su nombre por favor.

—¿Cómo quiere que se lo recuerde si nunca se lo he dicho?

Ante la dura respuesta, él guardó un silencio ofendido. Según creía con certeza, sabía el nombre de la mujer porque se lo había preguntado, pero ahora no lo recordaba. No cesó de contemplarla con el rabillo del ojo. Como un propósito del destino, la emisora sintonizada en el autobús dejó fluir algunos versos de un éxito musical de Arjona: “...despacio y me detiene una duda. Si es que realmente merezco robarme a la niña y regalarte a la mujer, e inscribirme en tu ayer...”, y al ritmo de tan nostálgica melodía,  él la oyó tararear sin afán algunas frases de la canción, y volvió a interpelarla, interrumpiendo lo que seguramente correspondía a una tarea de reminiscencia.

—Hoy estamos destinados a redimir recuerdos.

La joven tardó en expresarse, mostrándose abstraída en alguna reflexiones personales. Él advirtió en la cara de ella una profunda obsesión por los años tempranos de su existencia. El tono melancólico de la voz femenina fue el arma que abrió la herida por donde respiró el dolor. 

—Es inútil lamentarse. La pena ha de seguirnos siempre. Solo la muerte parece ser el inicio de una vida sin memoria.

En un instante se ofrecieron las miradas en signo de entrega, intentando producir mutuo consuelo. Los latidos pirotécnicos de ambos corazones se compenetraron y en una medida ilógica del tiempo el instante fue eterno. Desde ese momento, pensó él,¬ vivirían estimulados por el anhelo de recuperar aquella emoción fugaz que probablemente volvería a repetirse.

—¡Qué lindos ojos tienes! No me había fijado en ellos —dijo continuando su cortejo.

—No es cosa del otro mundo —replicó ella con desdén—, los verdaderos encantos de una persona no saltan a la vista.    

Ambos callaron, volviendo a contemplarse. Él se detuvo a examinar en el pecho de la joven un inquieto escapulario que reunía la imagen del Sagrado Corazón de Jesús con la del Divino Niño. Atónito, percibió el siempre prorrogado norte, luego prefirió voltearse para mirar atrás. Entendió el horizonte como una línea pasajera que avanzaba a cada momento, dejando tras su marcha un camino ya recorrido que conservaba por siempre las huellas de quienes lo transitaban. Sopesó, se volvió a fijar en su acompañante: la vio distinta, sacando de su bolsillo una bolsa de corozos con sal, muy populares en las ventas ubicadas al exterior de las escuelas, y empezó a saborear las frutas como víctima de un intransigente antojo.

Seguidamente, ella anunció la llegada a su destino. Él le pidió el número telefónico para contactarla y lo obtuvo sin mayores inconvenientes. Le manifestó el placer de haberla conocido y  el deseo de volver a verla. Ensimismada, la joven balbuceó algunas palabras para agradecer sus cumplidos. Él se distrajo imaginando llamarla para acordar el próximo encuentro. De manera casi imperceptible, una voz infantil le pidió al oído permiso para salir. Él cedió el espacio suficiente para el escape. La pasajera se trasladó hacia la puerta con un grupo de personas y entonces reconocerla representaba una dificultad. Confundido, reparó a la colegiala con quien había estado conversando portando juiciosa su uniforme escolar, y en los brazos, los cuadernos tiernos de las adolescentes. Al bajar, ella giró el rostro para despedirse con un gesto pueril: un movimiento escurridizo de la mano acompañado de una sonrisa. Él la observó, no sin asombro, mientras la perplejidad invadía su pensamiento y le impedía advertir que el vehículo reanudaba su trayecto.
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©   Óscar Bueno

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 24
Enero-Febrero-Marzo de 2006

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN VI - NÚMERO 24