“El renacuajo paseador”
o por qué los niños no entienden
la poesía “infantil”

Miguel Zapata Ferreira
mzapata@wvstateu.edu

"Da veniam puellae, amabo te.”
Terencio

No me da vergüenza confesarlo. Sólo después de tener pelo en pecho, una voz callosa como el ñame y haber disfrutado de la conversación con amigos en los bares a la luz de una canasta de cervezas, pude apreciar “El renacuajo paseador” de Rafael Pombo. Por el contrario, aún recuerdo, no sin cierta compasión, los apuros de la “seño” Belén en el Calixto Leyva de la ciudad de Barranquilla para hacernos recitar de memoria el “divertido” poema. Uno de mis compañeros de banco, tan cachaco como Pombo y con un apellido que la profesora no podía llamar a lista sin que se nos derramara una risita por la comisura de los labios, y del cual sólo digo que empezaba por V, fue el primero en recitarlo, aunque no completo. Nacido y criado bajo el calor ensopador del trópico, tampoco tenía yo experiencia con las erres africadas de la sabana rola, que luego aprendí son las mismas de los ticos (de Costa Rica), y que hacían sonar a Rin Rin Renacuajo más bien como a Rchin Rchin Rchenacuajo. Éstas, acompañadas de una interrogación a cada frase y de pausas o enlaces donde no debían ir, me hicieron sospechar que el cachaquito tampoco entendía el poema.

Creo que las dificultades que nos convertían al Rin Rin en un enigma, que nos impedían disfrutar el poema, apreciar su construcción y acercarnos a su contenido y moraleja tienen que ver con su separación histórica, su uso de regionalismos, que pocas veces vencen el paso del tiempo, su influjo extranjero, su dudoso manejo de los tiempos de narración y su intención moralizante encaminada más bien a adolescentes u hombres mucho mayores, en vez de los niños de la escuela elemental a quienes se nos asignaba.

Empezando por la separación histórica, el título, “renacuajo paseador,” realmente no es difícil. Pero el nombrecito, Rin Rin, me sonaba más a teléfono que al posible nombre del anfibio. Retrospectivamente se me ocurre que Rafael Pombo tampoco pudo pensar en la posible confusión ya que en su época —unas décadas después de la Independencia— todavía no se inventaba el teléfono. Así que no era fácil para mí a los nueve años el comprender que Rin Rin Renacuajo no era un sapo “transformer” que se creía teléfono sino el nombrecito del batracio. Tampoco creo en la onomatopeya, ya que no parece posible que los sapos aplastados a pedradas sonaran Rin Rin ni croaran Rin Rin. Es obvio que los sapos no “rin rinean,” sino que croan, por lo menos en castellano. La popular canción de Rubén Blades: “suena el teléfono, rin, rin, y no es el Gran Combo” no hacía sino añadir a la confusión. Se me ocurre que el nombre se lo puso Pombo para hacer aliteración con renacuajo.

Aún dentro del marco de la separación histórica, debe considerarse algunos objetos y rituales. En concreto, cuando los dos camaradas, el sapo y el ratón, llegan a la casa de la rata vieja, el ratón “coge el aldabón” para llamar a la puerta, dando “tres golpes” (xiii). A mi corta edad, no había visto los aldabones para las puertas. Las casas más acomodadas tenían timbres; las menos, que eran la mayoría de las que conocía, no tenían nada. Así que la costumbre era tocar la puerta con los nudillos de los dedos empuñados, todo lo cual haría de los aldabones objetos inútiles o redundantes. Dar tres golpes es aún más desorientador ya que se refiere a otro ritual, masculino, en los orinales. También la frase “tres golpes” se refiere a las tres comidas principales del día.

El ritual de saludos mediante la expresión: “beso a usted los pies,” (xiv) expresión que utiliza el ratón inmediatamente después de su arribo, estaba igualmente pasado de moda en mi época. Dentro del contexto de la situación específica, la expresión no resulta nada fácil, ya que la organización cronológica de los hechos la torna imposible, confusa: primero, el ratón llama a la puerta; segundo, doña Ratona pregunta quién es; tercero, el ratón usa la expresión de besar los pies, y cuarto, el ratón pregunta si ella está en casa (xii-xvi). Es decir, si doña Ratona pregunta quién es, es porque está en casa, entonces no hay necesidad de que el ratón pregunte lo obvio. Luego, no es fácil la expresión, “beso a usted los pies” antes de saber si ella está, y antes de que le abra la puerta.

Igualmente pasados de moda estaban los rituales de darse “la venia,” (xix) lo que suena redundante seguido de “se dieron la mano” (xix); el oficio de “hilar algodón” (xvii); de tomar cerveza en jarra (xxi); y de cantar, acompañados de la guitarra, “versitos alegres” (xxiv). Todos estos rituales, presentes en el texto de Pombo, resultaban anacrónicos en mi época, en la que no se hacía la venia a nadie, el hilo se compraba en la tienda del cachaco de la esquina, la cerveza se tomaba helada en botellas de vidrio, y para acompañarlas se sacaba el equipo de sonido a la terraza para tocar a todo frenesí canciones cuya poesía era bien distinta de los versillos alegres de Pombo.

El clímax de la separación histórica del poema con la época del lector lo da su género de fábula. No sé si los niños de la época de Esopo, de Jean-Jacques de la Fontaine, encontraban verosímiles historias de animales que hablan. Me parece más verosímil el que los niños del último cuarto del Siglo XX nos hayamos saltado la infancia, o por lo menos su inocencia. Lo cierto es que ninguno de nosotros creía que un sapo y un ratón hablaran, mucho menos que fueran amigos y aún menos que tocaran guitarra y bebieran cerveza. Así que si la intención era moralizante, el caso estaba perdido, ya que lo ridículo e inverosímil de la situación nos impedía que la tomáramos en serio.

Sumado a la separación histórica que dificulta una aproximación al poema, se encuentra el uso de regionalismos no sólo arcaicos sino además de la sabana cachaca tan ajena a la costa Caribe. En los versos, “el hijo de Rana… salió muy tieso y muy majo,” (i-ii) ya aparece el primer problema lingüístico. En la Costa uno sólo sale tieso para el cementerio, y no sale, sino que lo sacan, y no precisamente a una fiesta. Así mismo, confieso mi ignorancia sobre el adjetivo majo. La primera vez que lo oí, años después, fue en relación con la “maja desnuda,” y esta maja, prima hermana de las que sí había visto en El decamerón de Passolini, no estaba nada tiesa sino fresca. Tiesos nos pusimos nosotros.

Luego vienen los términos con los que se describe el atuendo del sapo. Salvados los obstáculos de que en la Costa jamás se me ocurriría ir a tomar cerveza encorbatado, ni mucho menos combinar corbata con “pantalón corto” (iii) (que en mi época ya se decía “pantaloneway” por lo del burro), aún queda el escollo de la “chupa de boda” (iv). Lo único parecido que había oído es “El señor Chupabola", un pobre albañil con un tumor en el cachete, y que murió en Rebolo con una cadera rota, RIP. El atuendo de “los dos compadres", como se diría en la Costa, se supone apropiado para una “comilona” cachaca, no para un sancocho de gallina de patio bajado con Ron Blanco, pero me asalta aún el enigma de la “francachela” (x).

Muy cachaca también es la costumbre lingüística de nombrar todo con diminutivos. De manera tal que el ratón vecino se convierte en un “Ratico,” (xx) y eso en la Costa tiene que ver con tiempo y no con animales borrachos. Doña Ratona canta una “cancioncita” (xxxiv) con lo que Rin Rin se vuelve un “Renacuajito” (xxv). Y al final, la Rana, no “El Rana” (lii) se vuelve “Ranita.” ¡Qué vainita, no!

Cambiando ahora hacia el influjo extranjero, se tiene que más allá de la aliteración, se observa en Pombo un esfuerzo consciente por lograr en su poesía cachaca la rima interna propia de la poesía anglosajona del período antiguo, rima que se traduce no en el parecido fonológico de las últimas sílabas de la última palabra de cada verso, sino por el contrario, en el parecido fonológico de las palabras internas de las frases antes de la cesura y dentro de los hemistiquios. A manera de ilustración, obsérvese un fragmento del archifamoso Beowulf: 

Heald þu nu, hruse, nu hæled ne mostan,
eorla æhte!      Hwæt, hyt ær on đe
gode begeaton.      Guþ-deađ fornam… (Abrams et al. 26). 
 
La rima propia de esta obra cimera de la épica anglosajona, encuentra eco a lo largo de la poesía de Pombo, y específicamente en el siguiente fragmento donde la repitición de los fonemas R, S, M, K, Ch es evidente:

El hijo de Rana, Rin Rin Renacuajo,
salió esta mañana, muy tieso y muy majo
con pantalón corto, corbata a la moda,
sombrero encintado y chupa de boda.
“¡Muchacho, no salgas!”, le grita mamá... (i-v).

Obsérvense los dos hemistiquios: a) El hijo de Rana y b) Rin Rin Renacuajo. La rima entre las dos se da a través del parecido fonológico entre Rana y Rin Rin Renacuajo. Este tipo de rima interna de los fonemas iniciales de los elementos contenidos en los hemistiquios, más parecido a la aliteración que al concepto de rima en lengua romance, es propio de la poesía épica anglosajona de la antigüedad cuya obra cumbre es el poema épico citado arriba. Obsérvese la repetición del mismo patrón en a) “salió esta mañana,” b) “muy tieso y muy majo” donde el enlace entre las dos mitades de cada verso se da a través de la repetición del fonema “m.” El patrón es el mismo en el tercer verso con el fonema representado por la letra “c” (con pantalón corto, corbata a la moda) (iii). Pero en Pombo, como en la poesía anglosajona antigua, la rima no se da sólo dentro de las dos mitades de cada verso. También se enlazan los versos entre sí. Así el segundo verso mediante el fonema “s” se enlaza no sólo internamente con el segundo sino también con el cuarto, mientras que el fonema “m” también enlaza muy bien al mismo segundo verso y al quinto, [mh!] que a su vez se enlaza suavemente con el cuarto mediante esa “s” común. [¿Cómmmo te sssonó, Pommmbo?]. La chupa del muchacho de los versos cuarto y quinto respectivamente también se enlaza con la “R” rola africada de Rchin Rchin Rchenacuajo, pero nunca con la “R” rastrillada de Barranquilla.

Pasando ahora a los tiempos de narración, también éstos obscurecen el poema al párvulo lector. La combinación del pretérito indefinido con el presente y el uso del presente en vez del imperfecto dificultan la organización cronológica de los hechos. El poema empieza narrando en pretérito indefinido: “el hijo de Rana salió esta mañana…” Pero en seguida en la primera estrofa Pombo cambia al presente: “«muchacho, no salgas!», le grita mamá,” (v) en vez de “le gritó” mamá. Continúa el poema en presente con “él hace un gesto y orondo se va” (vi) para volver a cambar en seguida al pretérito indefinido: “halló en el camino… y le dijo…” (vii). El patrón de combinación de tiempos se repite en: “a poco llegaron, y avanza Ratón / estírase el cuello, coge el aldabón” (xi-xii). Igual pasa en: “Se hicieron la venia, se dieron la mano, / y dice Ratico…” (xviii-xix). Este patrón continúa a lo largo del poema.

La substitución del pretérito imperfecto por el presente se da en: “Y en tanto que el pillo consume la jarra (en vez de “consumía” la jarra” / mandó la señora traer la guitarra” (xxiii-xxiv). Sin embargo, los versos más difíciles para un niño son: “se coló en la boca de un pato tragón / y éste se lo embucha” (xlviii-xlix). Su dificultad se refiere no sólo a la substitución y mezcla de tiempos sino además a que estas líneas son definitivas para el desenlace y no es fácil distinguir entre lo que pasó (saltó y se coló) y lo que siempre pasa (el pato se lo embucha).

Sumada a las dificultades de manejo de tiempos narrativos se encuentra la intención moralizante expresada a través de imágenes muy sutiles para ser descifradas por un niño. La primera sutileza está en el vestido. Uno no se viste con su mejor ropa para invitar a un vecino a jugar un partido de bola de trapo ni para ir a la Biblioteca Departamental a pedir prestada la poesía de Pombo. El renacuajo está más bien en busca de compañía femenina. La mamá del renacuajo, conociendo la mala reputación del sitio al que con seguridad su hijo iría, le pide que no vaya, seguramente le advierte de lo peligros del sida, concede que si se ha de ir a la lucha libre, por lo menos sea de Máscara contra Melena, pero el rabioso renacuajo (rabioso a lo venezolano) hace caso omiso con un gesto que yo imagino como de extender el dedo medio mientras se encogen el índice y anular.

La casa a la que van los dos amigos ofrece música, comida y cerveza, así que en retrospectiva, el nombre doña Ratona suena sospechosamente similar al de la matrona del establecimiento. A partir de ahí puede uno imaginar cuál es realmente su oficio y por qué la alusión de hilar algodón es perfectamente gráfica para describirlo. Parece ser también que Pombo advierte a sus lectores sobre el peligro de las malas e hipócritas compañías. El ratón es el “veterano”, lo que hace al renacuajo inexperto. Es el hipócrita ratón el que dice a la ratona, igual a él en veteranía, mi verde amigo —verde en inexperiencia— tiene un calor, en sentido sexual, que está rabiando, y para que se entone y coja valor, démele una cerveza.

Tal parece que el verde renacuajo no se entona fácilmente, pues es la ratona la que tiene que coger la guitarra. Pero la muy pícara manda a traer cerveza y le pide al inexperto renacuajo que se vaya quitando la ropa. Ya empelotados, bailando, bebiendo y cantando, empiezan los problemas: “el juicio final,” (xxxviii) “el asalto,” (xliii) a manos de los atracadores armados de puñales para “trinchar” al ratón y a la rata mientras que el renacuajo escapa sólo momentáneamente.

También parece que la moraleja, encaminada a corregir o evitar un tipo de comportamiento, se refiere más propiamente a adultos que a niños. La desobediencia a la madre, la advertencia de no frecuentar bares o prostíbulos de mala muerte, el dejarse influir por malas amistades, el tomar licor, el bailar desnudos, el iniciarse en el sexo a tempana edad, los peligros sobre los asaltantes que frecuentan tales lugares, todo ello no parece asociarse fácilmente con la corta edad de los niños a quienes se asigna el poema. O quizá debo admitir que a mis nueve años aún estaba tan verde como el renacuajo.

Pero no es justo responsabilizar a Pombo por lo que los docentes o la crítica haya hecho con su poesía. Es decir, una cosa es la obra de arte y otra cosa es el uso y la valoración que se haga de ella. Clasificar a Pombo como poeta de los niños sin explicar, sin hacer salvedades, quizá no hace justicia ni a su formación artística, explícita o implícita en su poesía, ni a su producción. Los casos como éste abundan en la crítica a la literatura universal. Uno de los más sobresalientes es la clasificación de Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, como literatura infantil, un texto con un profundo sentido filosófico y con una despiadada crítica a las instituciones de la sociedad inglesa. La valoración del texto como aventuras de enanos y gigantes, de caballos parlantes y hombres salvajes es una reducción peligrosa del texto a su superficie. Del mismo Swift, su ensayo, “A Modest Proposal,” ha sido leído literalmente sin atender a su ironía. No entiendo cómo se le puede ocurrir a alguien leer literalmente una propuesta para engordar a los niños de Irlanda y venderlos para ser sacrificados en las carnicerías. Igualmente famosa es la valoración de El principito, de Antoine de Saint Exupéry, como un texto infantil olvidando su sentido filosófico y psicológico, sentido que quizá sea más obvio en Terre des hommes, del mismo autor. En el caso específico de Pombo, para abordar “El renacuajo paseador,” que es una pequeña muestra de su poesía, es necesario situar al poeta como traductor de leyendas anglosajonas, durante su estadía en Estados nidos, que muestran las estructuras poéticas descritas arriba; es necesario dar cuenta de la sutileza de sus imágenes para sugerir situaciones comprometidas; estudiar su vocabulario regionalista al servicio de temas más extensos; valorar su fino humor de juego de palabras; y por último, su inserción dentro del género lúdico de la fábula.

Rin Rin Renacuajo

El hijo de Rana, Rin Rin Renacuajo,
salió esta mañana muy tieso y muy majo,
con pantalon corto, corbata a la moda,
sombrero encintado y chupa de boda.

Muchacho, no salgas, le grita mamá,
pero él hace un gesto y orondo se va.
Halló en el camino a un ratón vecino
y le dijo: Amigo, venga usted conmigo,
visitemos juntos a doña Ratona
y habrá francachela y habrá comilona.

A poco llegaron, avanza ratón,
estírase el cuello, coge el aldabón
y da uno, dos, tres golpes
y preguntan ¿quien es?
Yo, doña Ratona, beso a usted los pies.

Estaba en mi oficio, hilando algodón,
pero eso no importa, bienvenidos son.
Se hicieron la venia, se dieron la mano
y dice Ratico que es más veterano:
Mi amigo el de verde rabia de calor,
démele cerveza, hágame el favor.
Y mientras el pillo consume la jarra,
mandó la señora traer la guitarra
y a Renacuajito le pide que cante
versitos alegres, tonada elegante.

¡Ay de mil amores lo hiciera, señora,
pero tengo el gaznate mas seco que estopa
y me aprieta mucho esta nueva ropa.
Lo siento infinito, responde doña Rata,
aflójese un poco chaleco y corbata
y mientras tanto vamos a cantar
una cancioncita muy particular.

Se hallaban en este ameno lugar,
con canto, guitarra y canción
cuando la gata y sus gatos saltan el umbral
y aquello parece el juicio final.

La gata grande cogió de la oreja
a doña Ratona maullándole hola
y los niños gatos a la rata vieja,
uno por la pata y otro por la cola.

Y Renacuajito, al ver este asalto,
cogió su sombrero y dio un tremendo salto
y siguió saltando tan alto y de prisa
que perdió el sombrero y rasgó la camisa,
se coló en la boca de un pato tragón
y este se lo embucha de un solo estirón.

Bibliografía:

Abrams, M.H. Ed. The Norton Anthology of English Literature. 6th ed. New York, London: W.W. Norton & Company, 1993.
Pombo, Rafael.  El gato bandido y otros versos.  Buenos Aires: Colihue, 2003.
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©   Miguel Zapata Ferreira

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 24
Enero-Febrero-Marzo de 2006

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN VI - NÚMERO 24