Del rock y otros demonios

Rodolfo Insignares Del Castillo
civilizacion75@yahoo.es

Leí con suma atención el artículo de Adlai Stevenson sobre Barranquilla y el rock (El Heraldo Dominical, Barranquilla, diciembre 4 de 2005), inserto en un interesante trabajo monográfico que sobre el tema realizó esta tribuna, tomando como epicentro a John Lennon y abriéndoles espacio a las memorias de Eduardo Jalube. Ya había leído a Stevenson y desde entonces me pareció acucioso en sus publicaciones, aportando cosas nuevas o redefiniendo perspectivas sobre un determinado asunto a partir de una información muy bien trabajada y expuesta. Aspiración cumplida por el autor dentro de los límites de espacio-tiempo que manejan los medios, aunque seguramente con un arsenal pendiente que ojalá pueda compartir con nosotros en próximas apariciones. Por lo pronto en el artículo mencionado hace un inventario rápido pero bastante cargado de datos sobre personajes y hechos del rock en la ciudad, recordándonos a los antiguos —y mostrándoles a los nuevos— que Barranquilla sí tuvo dinámica rockera y que probablemente en esta materia también haya sido pionera o al menos la acostumbrada puerta de entrada de lo nuevo en el país.

Al respecto ni qué hablar. En particular porque en vivo y en directo escuché a todos los grupos mencionados y en muchos de los lugares que Stevenson y Jalube han destacado en su gratificante recorrido hacia el pasado común. Incluso toda la vida me he jactado de haber sido el primero en llegar a la Calle 72 la vez aquélla en que ya congregada la multitud frente a la casa de los Visbal y esperándolos aparecer, brotó de la nada un camión militar con cientos de soldados repartiendo bolillo y patadas e intentando agarrar y montar en el susodicho camión a los tontos que se dejaran. Y por supuesto más demoré yo en verlos llegar que en salir disparado. Desde lo que hoy es Gases del Caribe hasta lo que todavía sigue siendo el Hotel del Prado en 9.6 segundos cronometrados y en ascenso.

Y también recuerdo el concierto rock del Colegio San José que rompió récords porque sólo duró dos minutos. Los curas ordenaron quitar la energía ante la impresionante hoguera armada por los visitantes, sólo comparable al posterior incendio de su kiosco en un evento pirotécnico que alborozó la noche barranquillera y que con sus pelos y señales fue transmitido por Marcos Pérez Caicedo en su nueva emisora, haciendo un paréntesis en su famoso concurso titulado “Los Pegaditos” –que obviamente no eran los mismos aquéllos.

Yellow Submarine en el Teatro Lido en calidad de segunda película si no estoy mal. Woodstock cuatro o cinco veces y escribiendo sobre el mismo tan sólo hasta el 2003. El Superstar que hace varios meses volví a disfrutar en el Teatro Amira gracias a la gestión del amigo Urueta con sus videoconciertos. Y hasta casi me quedo de por vida con The Fly of Phoenix y otros discos que cortésmente me prestó el cachaco Jiménez, aunque dejando constancia que mi grupo favorito siempre fueron los Rare Earth, venidos a mí en sus dos versiones por conducto de Marchenna, Lavalle y las estupendas chicas Ruíz.

Y en fin, unos inventarios individuales que no ampliaré más para que por culpa mía no se vaya a convertir esto en conciliábulo de añoranzas y evocaciones emotivas, desembocando por inercia en ese lugar tan común y agradable en terrenos poéticos pero tan profano en sectores interpretativos: “¡Qué tiempos aquéllos!”

Indudablemente un acierto ese trabajo monográfico de El Heraldo en procura de develar historias locales no tan recientes pero tampoco tan lejanas. Tocando de paso una de las múltiples aristas de ese conflictivo artículo que generosamente me fue publicado por esta misma casa en dos entregas y el cual sin embargo ya me ha granjeado algunos inconvenientes y los que están por venir. En él manifestaba entre otras barbaridades críticas que el rock no había tenido impacto en Barranquilla salvo por el trabajo creativo y solitario de Juan Carlos Buggi. Y me sostengo. Porque ya lo dije arriba: también estuve por ahí metido y nadie me va a echar cuento. Y además, porque debido a mi perpetua condición de estrato medio tuve la posibilidad de conocer la vida social de los tres mundos.

En la tierra media por ejemplo mandaban la parada musical los grupos venezolanos y colombianos con los ritmos que en ese entonces simplemente se llamaban “bailables”. Y en los estratos bajos -que según las Empresas Públicas comenzaban en aquellos tiempos luego de la Carrera 38- la salsa ocupaba casi todo el firmamento doméstico, verbenero, tendero y esquinero; aun cuando para la época ya estaban ingresando y pegando fuerte los famosos “africanos”, supongo que en una primera avanzada de lo que más tarde sería salsa soca y después champeta. Del vallenato en cambio muy poco, poquito o nada. Porque a pesar de Alfredo Gutiérrez y sus ojos gachos el vallenato grande y masivo lo trajo a Barranquilla la bonanza marimbera y no necesariamente impactando de inmediato. Y en cuanto a los ancestrales y pegajosos raspacanillas de Aníbal Velásquez, todavía no eran vallenatos por mucho acordeón, caja y guacharaca que exhibieran. 

Por todo eso entonces, amigos, y por otras consideraciones y testimonios que el espacio no me permitirá, doy fe que muy poco rock pasó por estratos medios y bajos y que tampoco arrasó por completo en los altos. A menos que como en el caso de nuestra historia urbana romántica se tenga por Barranquilla sólo las mansiones del barrio El Prado.

Con mi grupo de investigación integrado por Robert, Wadit, Chucho, Jorge y el difunto Guillo, entre los que recuerdo, fuimos algo así como una especie de colonizadores; porque tras las rutas que abrimos entre los tres mundos se colaron en la expedición y cual torrentes otros tantos investigadores de estratos superiores. A propósito, ya registraba yo por escrito observaciones y reflexiones cuyos manuscritos parciales coloqué en manos de alguien no precisado, no ubicado, conjuntamente con el dibujo de un ave prehistórica abstracta que sobresalía sobre un fondo rojo y que espero no repose hoy en una galería pirata firmado por quién sabe quién. Porque no vayan a creer ustedes. También incursioné en las artes pictóricas y hasta se me dio por estudiar Arquitectura cayendo nada más y nada menos que en el mismísimo curso de los Blues Band. ¿Cómo le parece? ¿En qué país vivimos? Y verídico lo que dice Jalube. Eran la comidilla diaria entre las chicas por los atuendos extravagantes o de avanzada con los que se presentaban. Pero yo decidí abandonar la idea pictórica luego de contemplar con cierta reverencia y gran mutismo el mural que Eduardo Visbal y el desaparecido Saulo Guerrero elaboraron en el extinto teatro Coliseo.

¿El rock sólo fue música? En Norteamérica y Europa Occidental no solamente quedó como el símbolo de una época de rebeldía contra el establecimiento. Evolucionó de modos diversos y permanece inserto en sus culturas. Si bien varios de sus exponentes perecieron trágicamente y otros se retiraron prematuramente del escenario, el rock fue retomado e implantado como música comercial en cine y TV, ya sea con derivaciones o fusiones o en sus versiones originales. Me llegan a la memoria las aperturas musicales de La Misión del Deber y El Cazador, entre otras tantas. Y hasta creo que Cooker se inmortalizó más con su tema de combate retomado para Los Años Maravillosos que con sus propios Perros Rabiosos. Y así terminó relegando al baúl de los coleccionistas aquellas bandas sonoras plagadas de violines y trompetas al estilo Quo Vadis.

De otra parte, rockeros del inicio siguen figurando. Vangelis con una obra posterior sin precedentes: Blade Runner, Carros de Fuego, 1492, Mythodea –música oficial de la NASA en el proyecto Marte-; Rollingstone dando todavía de qué hablar al igual que Santana y McCarthy. (No menciono a Elton porque últimamente anda de capa caída en Barranquilla y el Caribe). Y como fuera poco si lo anterior, ya se deja sentir hoy con mucha fuerza una tendencia cineasta que está reproduciendo vidas y obras de ese género para TV.

Desde este punto de vista el rock no tuvo impacto alguno en Barranquilla. Es decir, con tales indicadores y guardadas las debidas proporciones. Porque una cosa es haber existido y otra muy diferente haber incidido. Sin embargo cordialmente invito a los expertos a identificar cuántos y cuáles de esa época nuestra llegaron a ser grandes músicos o al menos a permanecer vigentes y no sólo como coleccionistas. Y si de paso señalamos algunos éxitos suyos que perduren o hayan sido significativos también servirá. Porque por ejemplo el bolero de los años cincuenta todavía se escucha y bastante. Y ni hablar de la salsa y los bailables. Incluso produciéndose desde siempre compositores y cantantes de renombre en los tres casos citados. ¿Nosotros tuvimos compositores rockeros? No sé. Tal vez. A lo mejor. Pero en esta materia sí me declaro un absoluto ignorante y por eso invoco nuevamente la colaboración de los expertos.

Aunque, esperen, por acá me dice un asistente en plan de recocha que dizque aquel barranquillero que en la TV cantaba algo así como: “Viene un hippie malparado, ¿marihuana?, de aquel lado, al final de la manzana la conse-gui-rás…”. (Disculpen los del Factor X por los detalles de afinación). Sí, lo recuerdo. Un flaco alto si no estoy mal. Componía y cantaba bastante bien y al final decía: “Y hasta luego amigos míos, y recuerden en que líos, me ha metido esta opinión”. Sí, claro, lo recuerdo. No preciso su nombre ahora pero le aclaro al asistente que aquí no estoy hablando del Club del Clan ni de cositas de ésas y que en tal sentido respaldo lo que al respecto comentó Stevenson. Si bien aprovecho para reconocerle al mismo asistente que en materia de compositores los atlanticenses toda la vida hemos sido unos tesos y hasta le acepto que me diga que en el país sólo los bolivarenses nos han hecho cosquillas. Mejor dicho Galán-Bermúdez, Enygma-Julio, Junior-Real, Rentería-Cabrera, Caimanes-Tigres. (Y ahí vamos otra vez).

Y todo porque a pesar de manejarse el rock en estratos altos no había fundamento en ese proceso. Fue una simple moda en Barranquilla y nada más -que entre otras cosas no duró mucho-. El propio Stevenson lo reconoce así al final de su artículo y sobre todo cuando lo califica como “desesperadamente tropical”. Para mí en cambio fue Buggi quien intentó darle el fondo que no tenía; no sólo con sus efectos especiales y su música de avanzada en Free Space, sino especialmente con los poemas, pensamientos y apuntes bien seleccionados que el hombre introducía. Y con el respeto que me merece el maestro, siempre he tenido la idea de que nunca fue plenamente consciente del notable impacto que tuvo su programa en los sectores poblacionales a los cuales atendió. Una impresión que me sobrevino más nítida después de leer la extensa y amable entrevista que les concedió en el 2003 a mis alumnos gestores de la revista artesanal “Sui Géneris”.

Pero también evolucionó hacia el Latin Jazz y eso ya es mucho decir. Y por cierto, Buggi sí colocaba Beatles en su programa, aunque para referirse a ellos casi nunca dijera su nombre comercial sino simplemente “cuatro chicos de Liverpool”. Mas no pudo con el encargo de la mayor fundamentación sobre sus hombros por las razones contextuales ya enunciadas y porque él mismo era demasiado joven -18 años-; y porque, para rematar faena, de repente aparecieron los gurúes asiáticos y norteamericanos aprovechando el vacío de pensamiento o el océano de superficialidad típico del snob y se robaron las principales mentes de ese entonces. (Y en algunos casos para siempre).

Por supuesto hay una gran ruptura entre los rockeros de ayer y los de hoy en Barranquilla. No se han recogido banderas propiamente dicho porque nunca fue un proceso continuo. No hubo escuela. Los nuevos han sido influenciados principalmente por argentinos, españoles, mexicanos y bogotanos, y algunos de ellos —me consta— vinieron a saber de Santana y otros luego de autodefinirse como rockeros; tal vez después de Maná.

En Medellín y Bogotá la cosa parece que fue distinta. En la primera estaba de base el nadaísmo, del que si bien ha dicho un experto no produjo nada en literatura, tal vez sí en cuanto a su relación con otras formas de expresión como la música y la pintura y el comportamiento cotidiano... Si es que –observen- todavía hay andariegos antioqueños del tipo hippie vendiendo collarcitos y artesanías en calles y esquinas.

Por tanto, en mi humilde opinión y a pesar de la paradoja lingüística implícita, el Juanes rockero no surgió de la nada en Medellín, como tampoco Andrea Echeverri en Bogotá. Shakira quizás sí en Barranquilla y además porque reiteradamente ha dicho esta niña que se considera una cantante rock prisionera del pop. ¡Qué definición tan estupenda! ¿No dije yo alguna vez que los jóvenes barranquilleros son talentosos, despiertos, brillantes, descomplicados, naturales? ¿Y que si tienen disciplina y rigor de trabajo y están bien centrados en su arte u oficio y se van de Barranquilla lo más rápido posible tendrán éxito asegurado? ¿O será que mantenerse en la cima como Shakira y creciendo cada vez más se debe al relajo o al larín larán? ¿Y cuándo la vieron ustedes muchachos con desplantes y groserías? ¿O en las situaciones grotescas de las que otros no parecen querer salir? Todo lo contrario hasta el momento y tocamos madera para que prosiga así. Sencilla y humilde y más barranquillera mientras más sube. ¡Qué chica por Dios y cómo la amamos!

Y entre sus primeros éxitos, los pies descalzos y la canción de la metodología son definitivamente rockeros en contenido. Lamentablemente y a pesar de tanta noticia que va y que viene sobre ella no se nos ha ocurrido aquí investigar por qué o cómo o de dónde le vino tal influencia -o de pronto no habré conocido yo de ese estudio.

Porque en general nos hace falta trabajo sobre los temas musicales y su relación con las conductas y preferencias masivas y sobre la evolución de las mismas en la localidad y por fuera de ella. En los últimos tiempos El Heraldo Dominical parece haber iniciado una cruzada pedagógica en torno a tal cultura. De hecho no sólo se trata de tocar, cantar y bailar. Ese otro aspecto “complementario” que a lo mejor de pava conocer o investigar, también forma parte de la educación musical y artística y realmente yo no sabría decirles ahora mismo si en Bellas Artes o en las Normales o en la Escuela Distrital de Artes se brinden espacios para tales intenciones. Ya me informarán los aludidos por cualquier conducto, pero mientras vienen, comentemos que en los medios sonoros nos hemos caracterizado básicamente por tener grandes coleccionistas y muy buenos discjockeys. Excelentes en lo que hacen. Muy profesionales. Pero los más esforzados sólo llegan hasta el manejo minucioso de los datos biográficos y de producción, a los orígenes de determinadas canciones y/o a los tratos personales con los intérpretes. Mientras los menos se conforman con una histeria o con una bulla o con modular lo mejor posible la voz por el micrófono.

Pues entendidos el arte y las letras por fuera de su contexto estético y recreativo o de concurso al estilo Factor X; como función social –ojo-; como instrumentos u objetos para explicar mejor nuestra cultura e idiosincrasia y hacer más permeable y productiva la trama cotidiana, en realidad de verdad, damas y caballeros, es bien poco lo que hemos avanzado.
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©   Rodolfo Insignares Del Castillo

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 24
Enero-Febrero-Marzo de 2006

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN VI - NÚMERO 24