Cuentos dos veces breves
Roberto Meré
Tecnología
Ya no soportaba la situación. Tenía que matar a su mujer. No había alternativa. Compró el veneno, uno muy efectivo, que, al no tener olor ni sabor, no dejaba rastros aunque el proceso de morir, unas cuatro horas, era muy doloroso.
Lo puso en el cereal que tomaban todas las mañanas. Para calentarlo, decidió poner los dos platos idénticos en el horno de microondas. Pensó: “El de la derecha, el mío.” Cuando la campana sonó, tomó los platos y dio el de la izquierda a la víctima. Empezaron a comer y, como siempre, ella a hablar sin descanso, lo que lo irritaba muchísimo. Pero cuando ella le dijo: “¿Notaste que compré un horno de microondas nuevo? Éste tiene un plato giratorio para que la comida se caliente uniformemente”, él sintió el primer dolor en el vientre.
Los años mozos
No supo cuándo ni en qué forma, pero la vida se le escapaba minuto a minuto. El tiempo, terrible enemigo, le consumía su propio tiempo. La forma como le ganó al tiempo fue muy simple: tomó la decisión inmutable de vivir sólo sus años mozos y olvidar los años viejos.
El hombre vivió como adulto, joven, después como adolescente y, por ultimo, como niño. Murió porque era tan grande su voluntad, que no supo cómo pararla cuando llegó a ser un bebé, y así siguió rejuveneciendo hasta desaparecer.
El día en que quedó sola
Caminaba, con sus hijos detrás cuando en contra del viento, de la maleza, saltó el enorme felino de colmillos descomunales. Ella recibió el primer zarpazo y, no obstante, se mantuvo entre el atacante y sus hijos. Haciendo ruido consiguió que la persiguiera a ella; corrió con la fuerza que le dio el terror y sin ver se lanzó por el acantilado hasta que golpeó en el lecho lodoso del riachuelo; quedó sumergida en el barro y así evito que el felino la encontrara. Pero a Eva se le escapaba la vida junto con su sangre por el cuello. El barro fue su tumba.
Eva triunfó. El gato y sus descendientes desaparecieron, pero a ella un hijo de sus hijos la encontró 2.121.438 años, 2 meses y 9 días después de su muerte, la desenterró y desde entones es venerada: la llamaron Lucy.
Si yo no hago daño a nadie
—Yo no sé por qué en el pueblo me odian. Yo no molesto, no me meto en las vidas de los demás ni nada de eso. Yo sólo vivo mi vida. Es cierto que tengo necesidades, y ¿cómo le voy a hacer? Tengo que trabajar, y pues como yo sólo sé robar, pues me tienen muina allá abajo. Sólo por una vaquita o un burrito que se les ha extraviado por mis rumbos, no quiere decir que yo quiera hacer el mal, no. Y si se murió el sacristán, fue por su culpa, por no querer soltar las limosnas de los pobres: pues yo soy muy pobre, así que me tocaban. El asunto de la hija de don Nacho, eso fue por puro amor. Yo sí la quería pero ella, necia, que no, y se me pasó la mano, pero no la quería matar. Fue un accidente. Y no me pueden culpar por tomarme mis tragos, si es mi gusto. Yo me los pago, y pues ni modo si echo pleito, para eso anda uno borracho, ¿o no? Para colmo, nomás se están riendo de los gestos que estoy haciendo, pues no se dan cuenta de que se siente muy feo estar colgando de este lazo, y todo por nada, pues.
El Libro
Lo había buscado casi toda su vida, desde que el anciano sabio le dijo de su existencia, y ahora lo tenía en sus manos. No parecía más que un libro común y corriente, pero este libro fue escrito por Gabriel, dictado por Dios y robado por Luzbel. Lo encontró en una vieja librería de usados, y con él en sus manos salió casi corriendo a la calle. Contenía la historia de cada ser humano vivo, muerto o por vivir. Caminando lo empezó a hojear. Las páginas del libro eran infinitas o así lo parecían, a pesar de no ser un libro muy grande. Leyó que Hitler murió de Parkinson en una aldea de Chile y que a Kennedy lo mató Oswald. Era tal su desesperación por leer de aquí para allá que el libro se le cayó de las manos y quedó abierto en una página en la que estaba escrito su nombre. Al final de ésta decía: “muere atropellado al ir leyendo este libro”.
Fábula
—-Hoy en la escuela nos llevaron al museo de ciencias, y vimos unos fósiles de unos animales gigantescos que vivieron en este planeta hace mas de 60 millones de años. Son horribles, grandes y feos. Dice la profesora que esas bestias solían matar a nuestros ancestros aplastándolos o envenenándolos: ¿eso es cierto, papá?
—Eso dicen los estudiosos del pasado: que esas bestias se extinguieron por su propia estupidez, y casi acaban con nuestro planeta. Pero lo que yo creo es que la Gran Cucaracha nos dio este planeta para vivir por siempre a su imagen y semejanza.
El monstruo
—Hoy se cumplen 60 años de nuestra amistad, mi buen monstruo.
—¿De nuestra amistad? ¡Maldito! Querrás decir de mi cautiverio y tortura. Me has tenido en este ataúd de acero que fabricaste sobre el mío de madera para torturarme con hambre y con las gotas de agua bendita que pones en mis ojos cada noche.
—No te quejes, eres un vampiro y tus ojos se regeneran al día siguiente, pero ¿ya no te acuerdas cuando por el orificio que hice en el ataúd te ponía una estaca de madera en el pecho y me suplicabas que no te matara?
—Claro, maldito, pero no me importa, quiero que me mates antes de que te mueras. Eres un anciano, y si te mueres, pasaré aquí una eternidad con esta hambre feroz. Nadie sabe de este lugar, sólo tú. Suéltame y no te haré nada…. o mátame ya.
—¿Que no me harás nada, Monstruo? Tú mataste a mi hermanita, ¿ya no te acuerdas? Yo tenía nueve años y te seguí; clavé tu ataúd y luego durante el día, cuando duermes, hice algunos arreglos para que nunca te pudieras salir, y siempre te trato bien…
—¡Monstruo, monstruo, eres un monstruo, maldito viejo!
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© Roberto Meré
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VI – Número 24
Enero-Febrero-Marzo de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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