El alacrán y el caballo
(Nueva versión)
Antonio Mora Vélez
Ilustración:
Pilar Ribas Maura
A la orilla de un río crecido que bajaba raudo por las laderas de la Sierra Flor, un alacrán hierático aguardaba el paso de algún animal para pedirle ayuda. Estaba sentado sobre un pedazo de balsa que se hundía en el barro de la orilla y se lamentaba de no haber llegado unas horas antes de la creciente.
—Allá viene el moro —se dijo al escuchar el trote del caballo por el camino de los cazadores. —Y con él, mi oportunidad de pasar al otro lado.
El brioso corcel llegó a la orilla y comenzó a buscar el lugar menos resbaloso para meterse al agua e intentar vadear el río. Al mirar hacia la balsa se percató de la presencia del alacrán.
—Hola, maestro Alacrán ¿Qué espera allí sobre esa balsa, a alguna víctima?
El alacrán observó al caballo en toda su majestuosidad, pasó por alto esa acusación directa y le dijo:
—Debo pasar al otro lado y no puedo ¿Me haría usted el favor de llevarme sobre su lomo?
—¿Sobre mi lomo? ¿Me cree usted tan ingenuo, señor alacrán? —le respondió el caballo y comenzó a tantear con sus patas delanteras la profundidad de las primeras aguas.
El alacrán se las ingenió y como pudo, echando mano de sus recursos dialécticos, convenció al caballo de que no tenía de qué preocuparse, que él estaba en un proceso irreversible de conversión al amor y que necesitaba socorrer a sus hijos, a quienes había dejado en el pedregal de enfrente.
El caballo árabe, convencido de sus buenas intenciones, dejó que el alacrán subiera sobre su lomo y comenzó a vadear el río. Durante algunos minutos el alacrán le repitió que no tuviera miedo ya que él no era el malo de antes, y que tenía el aguijón averiado por el tiempo y por culpa de las escarpadas y duras rocas de su lugar de residencia.
Pero cuando la otra orilla estuvo enfrente de los dos y el caballo comenzó a estremecer sus carnes y a decirle que se bajara, que ya habían llegado, el alacrán sintió el acicate de los genes sobre su instinto y al instante le clavó el aguijón en la cerviz al ingenuo animal. Éste sintió la traición correrle por sus venas y se resbaló, lo que aprovechó el alacrán para apearse y correr hacia lugar seguro. Entonces miró al caballo tambalearse y dijo, para justificar su acción:
—Si yo toda la vida he sido alacrán y los alacranes pican ¿porqué no habría de picar y emponzoñar al caballo?
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© Antonio Mora Vélez
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 25
Abril-Mayo-Junio de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
El Baúl de los Disfraces
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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