La mujer negra y mulata
en la obra de Gilberto Freyre,
Casa-grande y senzala

Dalín Miranda
dalim_70@hotmail.com


Magíster en Historia, de la Universidad Nacional de Colombia,
y Doctor en Historia, de la Universidad de Puerto Rico, Recinto Río Piedra.

Introducción

Las ciencias sociales latinoamericanas de principios del siglo XX estaban impregnadas de las doctrinas positivistas de la época, que explicaban los fenómenos históricos y sociales en términos de factores naturales como la raza o el medio geográfico. La degradación racial como consecuencia del cruce de razas en algunas regiones del nuevo mundo, y la imposibilidad del trópico para la civilización fueron algunas de las concepciones que, con mucha fuerza, hicieron carrera en el ambiente académico de la época. Bajo la sombra de estos influjos teóricos se iniciaron en América Latina los estudios afroamericanos, que buscaban rescatar la silenciada presencia del componente negro en la constitución social del nuevo continente.

Al despuntar el siglo XX aparecen las investigaciones del cubano Fernando Ortiz, Hampa afrocubana, Los negros brujos, Contrapunteo del tabaco y del azúcar, entre algunas otras obras que, con el rigor y la finura metodológica, empezaban a subrayar el papel que al negro le correspondía en la historia. De la misma Cuba es igualmente significativa la obra de José Antonio Saco, Historia de la esclavitud negra en América. Un poco antes, a fines del siglo XIX, en Brasil, sale a la luz lo que, para muchos, constituye el primer intento serio y sistemático de investigación sobre la influencia del negro en la formación social del Brasil, nos referimos a Los africanos en el Brasil, del médico de Bahía Nina Rodríguez. Este galeno fue el primero en insistir que para estudiar las culturas negras de América, se tenía que mirar hacia África y retrotraernos al estudio de sus culturas para encontrar la conexión que éstas tenían con los esclavos traídos a nuestro continente [1].      

En este marco de estudios en Latinoamérica y hacia la tercera y cuarta década del siglo XX sobresalen dos obras que se destacan por su rigor metodológico y la utilización de un abanico amplísimo de evidencias históricas que contribuyeron indudablemente a un creativo acercamiento respecto de la contribución del negro a la formación social del Brasil. Se trata de la obra de dos destacados antropólogo e historiadores sociales: Casa-grande y senzala, de Gilberto Freyre, y Las culturas negras del Nuevo Mundo, de Arturo Ramos. Según el historiador colombiano Jaime Jaramillo Uribe, esta última es una obra excepcional. En primer lugar, en ella se hace un intento de presentar un panorama general de la influencia de las culturas africanas en la formación social de los diversos países americanos. Además el autor problematiza los diferentes aspectos de la investigación afroamericana [2].       

Para efectos de este ensayo nos concentraremos en el libro de Gilberto Freyre;  analizaremos el concepto que plantea sobre el papel de la mujer negra y mulata en el contexto de la familia extensa y patriarcal brasileña [3].

El autor y la obra

Hacia los años 20 del siglo pasado, cuando el positivismo hacía crisis en Latinoamérica, Gilberto Freyre viajó a los Estados Unidos, donde estudió antropología en la Universidad de Columbia. Allí, bajo el influjo del profesor hebreo Franz Boas, se formó en el campo de la antropología. Su maestro, dice Darcy Ribeiro, “lúcidamente había estructurado una antropología recia como una sistemática botánica o zoológica. Una antropología mejor que ninguna en cuanto a descripción sistemática, criteriosa, exhaustiva, cuidadosísima de los modelos culturales, pero desinteresada respecto a cualquier generalización teórica” [4]. Bajo una línea de pensamiento que diferenciaba raza y cultura estudió Freyre; y en su obra se manifiesta, según Ribeiro, en el desinterés por las generalizaciones teóricas —ni siquiera discute que es la sociedad patriarcal—, más bien otorga una especial “súper-atención” a los aspectos etnográficos de la descripción abarcadora.

El énfasis en la descripción etnográfica, la despreocupación por los aspectos teóricos y su concepto antropológico de cultura —conjunto de costumbres, hábitos y creencias sociales— obligaron a Gilberto Freyre a emplear, para su estudio sobre el Brasil, un gran número de fuentes de incalculable valor histórico: relatos de viajes, diarios de señores de ingenios, cartas comerciales y privadas, estadísticas médicas, documentos parroquiales, literatura, estudios médicos, una amplia bibliografía secundaria y cientos de fuentes más. Con base en estas evidencias, su mirada aguda e inteligente, su fina y rigurosa capacidad para una descripción abarcadora, y su calidad literaria, le posibilitaron a este antropólogo brasileño, arrancar de las entrañas de esos documentos, en apariencia inútiles, todo aquello que ayudara a describir y comprender el universo mental de la sociedad brasileña de la época, las formas de existencia familiar, el sistema económico donde se cuajaron los valores más profundos de la sociedad. En suma, Gilberto Freyre termino escribiendo una de las interpretaciones más serias sobre la formación social del Brasil, tomando como base la sociedad patriarcal de los siglos XVI, XVII, y XVIII alrededor de la economía azucarera. El Brasil de los latifundios azucareros, de las casas grandes, donde transcurría la vida de los señores y señoras de ingenios, sus hijos y parentela; de las senzalas, moradas de los esclavos —equivalente brasileño al barracon de las Antillas— sobre los cuales recaía el funcionamiento de la economía hacendataria-azucarera y, en criterio del autor, fuente de todos los males sociales del brasil.

La aparición de Casa-grande y senzala en el escenario académico de Brasil y el resto de Latinoamérica, provocó un intenso debate sobre sus tesis y la mirada metodológica con la cual Freyre se acerco a la historia social del brasil. Su obra planteaba una ruptura con las formas tradicionales de comprender y escribir la historia social; en ella se daba fundamental importancia a cosas que para un historiador “encopetado” resultaban superfluas, como el lenguaje, la cocina y las costumbres de mesa, la cortesía y las maneras de andar, las costumbres sexuales y las formas del amor, los miedos y las creencias en los fantasmas, en suma, a las fibras más íntimas de la sociedad. Sin embargo, en la obra, no estaban ausentes los conflictos políticos y sociales del momento; en este sentido, afirma el historiador colombiano Jaime Jaramillo Uribe, “se desataron encontradas reacciones, de la izquierda y de la derecha. Los primeros, en nombre de un estrecho nacionalismo y con inconfesable sentido de clase consideraron deprimente para el honor nacional la forma cruda en que Freyre presentaba las costumbres de la aristocracia azucarera de las casas grandes, su vida sexual, sus desequilibrios psíquicos, sus crueldades y sus dramas íntimos. Los segundos lo acusaron de romantizar excesivamente al pasado y hacer más novela y poesía que ciencia” [5]. Lo que ignoraban ambos sectores, dice Jaramillo Uribe, era que Freyre también rendía homenaje al Brasil imperial y a los valores de la sociedad patriarcal, al tiempo que hacía la crítica de la economía esclavista y de la monocultura del azúcar que arruinó la naturaleza y degradó al hombre, sobre todo cuando la vieja sociedad patriarcal fue sustituida por la empresa capitalista moderna.

Familia, mujer negra y mulata en la obra de Freyre

En su esfuerzo por comprender y explicar la formación de la sociedad brasileña Gilberto Freyre llama la atención sobre el papel determinante de la familia extensa extra nuclear como elemento típico de su país. El símbolo de este orden familiar era la casa grande, hábitat donde transcurría la vida cotidiana de la gran familia; eran especies de habitáculos autosuficientes, con capilla para el oficio católico desplegado por los jesuitas, escuela donde se enseñaba a leer y escribir, taller de reparación de herramientas, habitaciones de mujeres blancas hijas de los señores de ingenio, cuarto del señor de ingenio, grandes cocinas, donde, como laboratorio cultural, se combinaban recetas alimentarias portuguesas y africanas. La casa grande era como un universo donde convivía gran cantidad de personas. Desde el señor de ingenio con su esposa e hijos, los parientes más cercanos, hasta toda una retreta de negros y negras esclavas para los oficios domésticos constituían esa estructura familiar.

Pero la casa-grande era también, para Freyre, un sistema económico, político y social, alrededor del cual gravitaban las senzalas; donde el régimen de producción de monocultura, es decir, el latifundio azucarero, el trabajo esclavo, la religión católica, y el patriarcalismo polígamo eran componentes estructurales de la misma.

Desde esta perspectiva antropológica el autor construye una radiografía de la formación social del Brasil desde el siglo XVI, XVII, XVIII y XIX. Aquí cuestiona las tesis que colocaban al negro como elemento degradante y corruptor del proceso de formación de la sociedad. Planteamientos racistas que permearon las reflexiones de los intelectuales latinoamericanos. Contra estas argumentaciones Freyre sale al paso, para refutarlas por su endeble base empírica; eran percepciones, en criterio del autor, deterministas y racistas que explicaban insuficientemente —por no decir equivocadamente— a la sociedad brasileña.

Los esclavos africanos del Brasil eran representados como lujuriosos y degradados sexualmente. La mujer negra era mostrada como símbolo del erotismo; “sus contornos físicos y la energía que destilaba” la convertían, dentro de esta perspectiva, en icono voluptuoso y sensual. Fueron estas mujeres voluptuosas, eróticas y decadentes, según este punto de vista que barbariza al negro, quienes iniciaron sexualmente a los señoritos de los ingenios, fueron ellas quienes calmaron los arrebatos sexuales de los señores de la casa-grande, las que procrearon hijos ilegítimos tanto de estos señores como de sus hijos, retoños que al crecer entraban a formar parte de la dotación de esclavo del ingenio; fueron también estas negras las reproductoras de la sífilis en la sociedad brasilera, en suma fue este componente social el factor causal de muchos de los males del Brasil. Sobre estos planteamientos Freyre arremete diciendo “nada nos autoriza a inferir que haya sido el negro quien aportó al Brasil la pegajosa lujuria a la que todos nos sentimos arrastrados, apenas alcanzada la adolescencia. La precoz voluptuosidad, el deseo de mujer que a los trece o catorce años hace de todo brasileño un Don Juan, no dimana del contagio o de la sangre de la “raza inferior”, sino del sistema económico y social de nuestra formación, y, un poco acaso, del clima, del aire muelle, denso y tibio, que temprano parece disponernos a las excitaciones del amor” [6]. Era, en criterio de Gilberto Freyre, un problema estructural, coadyuvado, aunque marginalmente, por factores climáticos.

Para debilitar las tesis que barbarizaban al elemento negro en general, y a la negra en particular, Freyre recurre a evidencias históricas, insuficientemente utilizada por los historiadores brasileños, para probar que, a diferencia del resto de América Latina, el Caribe y el sur de los Estados Unidos, los negros traídos del Africa como esclavos para trabajar en las haciendas azucareras y en las casas-grandes brasileñas, habían sido social y culturalmente superiores, incluso que muchos blancos portugueses. Estos esclavos procedían de un área de cultura más adelantada, y, según el autor, “constituyeron un elemento activo, creador... que lejos de haber sido nada más que bestias de carga y brazos de azada al servicio de la agricultura, desempeñaron una función civilizadora. Fueron la mano derecha de la formación agraria brasileña; los indios la mano izquierda” [7].

Estas formulaciones estaban basamentadas en observaciones de estudiosos de fines del siglo XIX y principios del XX. Freyre hace acopio de ellas para destacar, por ejemplo, que hacia 1928, Eschwege, sostenía que la mineración del hierro en brasil fue aprendida de los africanos. Y, utilizando los manuscritos de Max Schmidt, que reposan en el Museo Barbero del Paraguay, destaca “dos aspectos de la colonización africana que permiten entrever la superioridad técnica del negro sobre el indígena y hasta sobre el blanco: el trabajo de los metales y la cría de ganado"; a esto agrega Freyre la culinaria, “que en el Brasil se enriqueció y refinó con la contribución africana”  [8]. A brasil también llegaban de Africa técnicos para las minas, doñas de casa para los colonos, criadores de ganado y comerciantes, en fin toda una masa activa que contribuyó a la civilización brasileña. De la dotación de esclavos de las casa-grande, por ejemplo, se escogía quienes trabajarían en el espacio doméstico; estas figuras “privilegiadas”, si esto se puede afirmar, eran resultado de una selección estética y eugenésica por parte de los señores de ingenio. Las negras o mulatas que hacían parte del oficio doméstico son descritas por Freyre como de una belleza “heráldica” y “aristocrática”.

Bajo este sistema las negras son degradadas y utilizadas, además, para cumplir funciones sexuales; convirtiéndolas en reproductoras de esclavos para los hombres de la gran familia. Estas negras, descritas por Gilberto Freyre como esbeltas, eran concubinas y domésticas al mismo tiempo, Objetos de deseos “sádicos del hombres de ingenio y niños adolescentes. Esta relación de la negra-mulata con hombres blancos de la casa-grande provocaba todo un segmento de ilegítimos, que, en su debido tiempo, pasaba a engrosar la dotación de esclavos. Fueron formas sádicas del amor —provocadas por condiciones económicas y sociales favorables al masoquismo— que sin embargo, eran atribuidas a las negras.

Narrando las características del comportamiento de los jóvenes de las casas-grandes —para lo cual recurre a descripciones de testigos de la época—, el autor subraya el papel erótico que la negra cumplía en la anticipación de la actividad sexual del niño brasileño, esta marca despectiva impuesta por la tradición y por la historia, era compartida, dice Freyre, con los animales domésticos, el banano, la sandía, y la “fruta del mandacarú” con su viscosidad y su astringencia casi de carne, con las cuales estos hombrecitos calmaban sus deseos íntimos.

El imaginario machista de esta sociedad patriarcal, convertía desde muy temprano a los niños y adolescentes en hombres prematuros. En las casas-grandes, argumenta Freyre, nunca hubo espacio para los “hijos maricas” o ingenuos, siempre desde temprano era inducido —por las condiciones— a enredarse con mujeres, iniciador de mocitas, en hacer madres a negras, aumentando de esta forma el rebaño y el capital paterno.

En los registros de la historia este fue el concepto que se plasmó sobre la mujer negra y mulata.  Quienes se ocuparon del tema en Brasil arguyen que la influencia de este elemento fue pernicioso y corruptor. Hubo quienes llegaron a sostener que “el gran número de casos raros de cánceres de los aparatos genitales de las negras y mestizas del Brasil, es resultado de la lubricidad simiesca sin límites” [9]. Citando la correspondencia Vilhena, Freyre subraya cómo éste anotaba que “las negras y mulatas, para quienes la honra es una palabra quimérica que nada significa, son ordinariamente las primeras que comienzan a corromper después de niños a los señoritos, proponiéndoles los primeros ensayos de lujuria”. Es todo un imaginario colectivo, todo un concepto hegemónico el que existía sobre la negra y la mulata en el Brasil. Contra este imperativo reacciona Gilberto Freyre, revisando conceptos y planteamientos, enfrentándose a lo más prestigioso de la ciencia del momento. Contra todo eso, el autor de Casa-grande y senzala propone otra mirada de la negra y la mulata, otra perspectiva de la formación social del Brasil.

Freyre hace un papel de abogado del componente negro en su país. Afirma que fue el sistema esclavócrata, el latifundio azucarero los que acarrearon la degradación de la negra-mulata y las dificultades que enfrentó el país en su proceso de gestación. Los elementos causales, en criterio de Freyre, son estructurales. Dice al respecto que “Superexitados sexuales, antes bien fueron los señores, que sus pasivas negras o mulatas. Y ni aun ellos: el ambiente de intoxicación sexual lo creó para todos el sistema económico de la monocultura y del trabajo esclavo en secreta alianza con el clima. El sistema económico, sin embargo, y sus efectos sociales preponderando sobre la acción del clima” [10].

En este planteamiento Freyre —considerado por muchos un intelectual reaccionario— está cerca de Marx en su explicación del desarrollo de la sociedad brasileña. Son factores económicos y materiales los que determinaron el tipo de superestructura de la sociedad brasileña. Aunque no lo planteó con las categorías estrictamente del marxismo, el enfoque pone a pensar a muchos. Lo cierto es que en este monumental trabajo Freyre propuso una nueva mirada del Brasil, donde el negro es rescatado y dignificado; le devuelve al negro el papel que le corresponde en la historia del Brasil. Donde la ama de leche, las mulacas, y demás servicio doméstico ayudaron a fermentar al país más grande de Sur América. Con sus cantos, sus chorros de leches, succionados por los pequeños hijos de blancos, sus leyendas, sus bailes, sus recetas de cocina, sus rituales, en suma, con su cultura, éstas negras esbeltas y heráldicas también, dice Freyre, invirtieron al fermento del Brasil.      

NOTAS:

[1] Ramos, Arturo, As culturas negras no Novo Mundo, Rio de Janeiro, Companhia Editora Nacional, 1946, citado por Jaramillo Uribe, Jaime, “Los estudios afroamericanos y afrocolombianos. Balances y perspectivas”, en: Ensayos de Historia Social, t. II temas americanos y otros ensayos, Tercer mundo editores y Ediciones Uniandes, Bogotá, 1994   
[2] Ibíd.
[3] Para este ensayo utilizamos la edición de Biblioteca de Ayacucho, Caracas, 1977.
[4] Ribeiro, Darcy. “Prólogo”, en: Freyre Gilberto, Casa-grande y senzala, Biblioteca de Ayacucho, Caracas, 1977, p. Xx. 
[5] Jaramillo Uribe, Jaime, op. Cit. P. 250.
[6] Freyre, Gilberto. Casa-grande y senzala, Biblioteca de Ayacucho, Caracas, 1977, p. 299. 
[7] Freyre, Giberto. Op. Cit. P. 288.
[8] Freyre Gilberto. Op. Cit. P. 288.
[9] Gilberto Freyre se refiere aquí a resultados de los estudios sobre la sífilis del profesor Egas Moniz de Aragao. El mismo Nina Rodríguez, uno de los antropólogos más influyentes del Brasil,  según Freyre, sostenía que la mulata era un tipo anormal de superexitada genésica. Freyre, Gilberto, Op. Cit. P. 343.
[10] Freyre, Gilberto. Op. Cit., p. 343.   
_________________________________________
©   Dalín Miranda

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 25
Abril-Mayo-Junio de 2006

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v7n25casa.html
                                   

       

 

              

                                                     
         

PORTADA
VOLUMEN VII - NÚMERO 25