Los domingos de Charito
o la desconstrucción del mundo comunal barranquillero
Wilfredo Vega Bedoya
Universidad de Cartagena
RESUMEN: En este ensayo se da cuenta de la toma de posición ético-estética de la novela Los domingos de Charito, de Julio Olaciregui, en la cual se formula una deconstrucción de la tradición comunal barranquillera, de la estética del realismo mágico y una actualización del ideologema civilización vs. barbarie. Se ahonda en la intención estética y en la estructura de la obra para demostrar cómo su escritura apuesta a dar respuesta del carácter insustancial, prosaico, obsceno y arribista de este contexto.
Julio Olaciregui nació en Barranquilla en 1951. Su primer libro de cuentos fue Vestido de bestia (1978), al que le siguen las novelas Los domingos de Charito (1986), Trapos al sol (1991) y la miscelánea Vísperas de amor. Ha ejercido el periodismo en Colombia y París, donde reside desde fines de la década de los setenta.
Para Olaciregui, la lectura de Cien años de soledad representó su descubrimiento de la literatura, no obstante, afirma que las condiciones sociales que vivía eran muy "nebulosas", por lo cual su escritura se "remonta" a narrar otro tipo de realidad. El realismo mágico se le revela como un enmascaramiento de la decadencia comunal [1]. El desconocimiento y la negación del pensamiento ilustrado se muestran como las causas centrales de la decadencia del orden comunal Barranquillero. La escritura de Los domingos de Charito actualiza una de las tendencias interpretativas de la literatura latinoamericana; la novela en sí, representa una reinterpretación del ideologema civilización y barbarie [2]. Europa se esboza como el escenario de la ilusión, de la contemplación, mientras que Barranquilla se representa, desde una perspectiva pesimista y escatológica, como un espacio obsceno, intrascendente.
Contrario a la propuesta estética de Olaciregui, en Cien años de soledad se presenta una toma de posición [3] a-moderna y a-lineal (en la progresión del tiempo), en la cual se rechaza al racionalismo, específicamente, al historicismo ya que estos procesos son presentados como los responsables de la degradación del hombre en América Latina.
En Los domingos de Charito no hay lugar para lo mágico; no hay idealización alguna de la realidad, por el contrario, se recrudecen, se sobreexponen sus problemáticas sociales a través de un lenguaje hiperrealista que ahonda en lo vulgar, en lo obsceno, en lo escatológico y en lo incoherente. Se presenta, también, lo fisiológico —de cualquier orden— sin eufemismo alguno:
“Augusto tenía mal aliento en esa época. Y ella como que también si no hacía nunca una buena digestión, ahí con la carne sobada de las encías y las agrieras. Era romántico pasarse la bolita azucarada cuando apagaban las luces. Olía entonces a secreto, a salivitadorada, al agua de la misma cañería, a ríos de cerveza, a orín, a comienzos de fiesta. En una época creyó que ese sería el olor de siempre” [4].
La toma de posición de Olaciregui tiene nexos directos con la de Marvel Moreno en En Diciembre llegaban las brisas. En las dos obras el debate ideológico se centra en la configuración de un ethos civil reconstructor de los valores premodernos, cuyo machismo radical, conduce a los seres a habitar la soledad y el desamor; además, consideran que la edificación del entendimiento, de la argumentación, de la evaluación, posibilita asumir de manera crítica los procesos de modernización [5].
Julio Olaciregui en una entrevista concedida a Ignacio Ramírez y Olga Zurriago [6] precisa su interés por contar la vida de "personas mediocres no para salvar a la persona, porque hasta ya se habrá muerto, sino como una especie de revancha al menos". Consecuente con este propósito, el narrador de la novela también presenta como proyecto estético [7] "mostrar la vida de personajes intrascendentes para extraerlos del olvido" (265).
Ramón Molinares, maestro de Olaciregui, en un artículo titulado: "El tono desesperanzado de Los Domingos de Charito" [8] comenta que posiblemente su alumno decidió novelar la vida de una sirvienta como respuesta crítica a una concepción elitista de la cultura y como cuestionamiento a una injusta estratificación social basada en la necesaria división del trabajo.
De otra parte, Molinares resalta que en Los domingos de Charito hay una profunda meditación sobre la vida y sobre el arte creador. Destaca la visión lúcida que tiene Olaciregui sobre la literatura. Precisa que esta es una novela de acontecimientos, en la cual, los sucesos son el medio de análisis de la vida y el quehacer literario. Además considera, en la obra, las indagaciones sobre la humanidad y sus empresas como pesimistas e inútiles.
Por el contrario, Helena Robledo [9] afirma que el propósito de extraer del olvido a seres intrascendentes no se logra en la novela porque ésta se disuelve en la presencia excesiva de juegos poéticos y de reflexiones sobre la ficción. Asevera que el exceso de conceptualización desvanece la creación. Robledo acierta al afirmar que el vacío de la novela está en la falta de independencia del universo novelado [10].
Como se puede ver, Julio Olaciregui, el narrador de la novela —y algunos comentaristas y críticos— han afirmado que la intención estética de la obra es rescatar del olvido a personajes marginados. En este sentido se tergiversa el proyecto estético, ya que no se ahonda en la explicación de la escogencia de estos personajes como eje central de la obra. El énfasis de este análisis apuesta a sustentar que la presencia de seres mediocres, no encarna una reivindicación de su marginalidad, sino una formulación del origen de su insignificancia. Hay en el proyecto estético una intención de precisar la génesis de lo prosaico: "El hecho más diciente y significativo del momento, en nuestras vidas, es la vulgaridad. Se puede señalar al lado, como co-protagonistas, lo inacabado, lo apresurado, lo superficial" (125).
Se evidencia en la obra cómo la comunidad barranquillera participa de la modernización, sin la mediación del pensamiento ilustrado. Se muestra cómo el deseo de alcanzar el ascenso social impulsó a la población rural a volcarse a la ciudad, lo que condujo en poco tiempo a la masificación anómica del espacio (Barranquilla) [11]. Este deseo de ascenso social se percibe a través de las reflexiones que hace Augusto acerca de su condición "moderna" de vida:
“[…] pero él quería convencerse de que no creía en agüeros, por algo la familia de su abuelo se había alejado para siempre del monte, sus descendientes se habían abierto a los talleres, a las carnicerías, a las fábricas, a los almacenes, a las oficinas, al contrabando. Augusto era de verdad un hombre de la ciudad y andaba por allí casi solitario sin creer en nada, no, al fin y al cabo ni en él creía” (190).
El narrador enfatiza que a la hora de elegir una profesión, fue el único en participar en un oficio de contemplación y de reflexión, mientras que los demás optaron por el mundo del comercio, una juventud que endiosaba el dinero:
“El desordenado pensamiento hacía estragos entre la juventud de la época. A merced del vaivén de las modas y las leyes que rigen el comercio, solitarios, flacos, con parásitos, egoístas, y sin ardor, también olorosos a perfume, triunfantes, con llaveros de oro, negociantes en cocaína, boxeadores, muchos considerábamos, al llegar a los treinta años, que ya habíamos agotado todo los que nos había sido dado vivir y que la ilusión, bah, era tan sólo un recuerdo” (29).
La apatía frente al saber es ironizada por el narrador al mostrar a Augusto y a sus compañeros de clase voceando el lema de "solo sé que nada sé". Es un canto a lo insustancial que lo invita al exilio:
“Allá iba Augusto sintiéndose improductivo. En tercero bachillerato había repetido en coro el Sólo-sé-que-nada-sé, felices de encontrar, al fin, un pretexto ilustre para la ignorancia y la pereza. En el fondo todo eso continuaba, aunque menos alegre ahora, porque, a la fuerza, la tabula raza se había llenado: tal vez el horror de la juventud, una mariposa disecada o la aspas de un abanico de un hotel de cualquier parte, hicieron posible el esfuerzo la decisión final de embarcarme” (48).
Seguidamente, el narrador en el prólogo titulado "Días escritos" describe el saber como la sabia de la escritura; un saber progresivo que niega la inscripción pasiva en la tradición:
“—¿Y cuál es la materia de la escritura? —Tal vez la espera, las huellas que deja la búsqueda del conocimiento. Vivimos en estado permanente de aprendizaje: los viejos son los que se niegan a aprender más o los que ya lo aprendieron todo. Aprendí a escribir y se multiplicó el pensamiento leído, legendario. ¿Era sagrada toda escritura?" (53).
No obstante, se entabla una protesta por la orfandad de principios, de historias, de acciones que modelen de manera racional los comportamientos de los individuos; hay un desencuentro con la tradición, un desencanto por la ausencia de valores que les permitan a los representantes de las nuevas generaciones comprender el presente y proyectar el futuro:
“Ya no culpaba al viejo Pradilla de nada. Gracias a la educación que había recibido-educado al azar, sin rígidos principios, sin insistencia particular en valores de otras épocas descubriendo las cosas tarde o muy temprano, en el libertinaje del comercio- pensaba que su espíritu no existía ni estaba moldeado por creencia alguna. […]. Aún cuando se había dado cuenta que le tocaba partir de cero, había recibido sin desearlo los mismos rasgos vulgares, el contenido impulso de desafío, el escepticismo, la indiferencia, la lejana placidez silenciosa, y la nunca colmada esperanza que aún persistían en el viejo Pradilla” (112-113).
En la novela también se ironiza la postura del espacio bárbaro frente a la idea moderna de la muerte de Dios. Esta se recrea por medio de la historia titulada "El arca del libro del paraíso perdido al paraíso recobrado", en la cual se expresa la incapacidad de los seres de guiar por sí mismos su destino. Alejandro López [12] señala cómo en Colombia se desvaneció la moral religiosa sin que la gente haya sido preparada con una ética cívica, que sustituya lo que anteriormente se cumplía como mandamiento divino.
El héroe lúcido, el narrador, se asume como un fiel representante de la modernidad; rechaza, así, cualquier revelación metafísica: "Una mujer con el pelo largo hasta la cintura que compra sortijas, prendas, dientes de oro. ¿Le leo la suerte patroncito? yo me quito de la ventana" (195). Se cierra esta posición con una sentencia de Cioran, en la cual se caracteriza a Dios como "la expresión positiva de la nada, la metáfora última del hombre solo".
El título de la novela redondea la negación de Dios. El narrador especifica que Charito era su idea de la literatura en esos domingos prosaicos, que no abrigan nada de sagrado:
“No era cierto entonces, que al llegar el sábado todo el mundo había acumulado lo necesario para subsistir dos días sin salir a la calle y por eso la orden generosa impartida hace siglos ya no podía respetarse, eran muy pocos los que podían estarse en su lugar sin salir de él durante el séptimo día" (181).
De otra parte, se deconstruye a los seres que utilizan el arte y el conocimiento de manera instrumental. Narciso Medrano será el antihéroe arribista. Narciso es un periodista con aires de intelectual que actúa de manera morbosa, vulgar, cobarde y acomplejada. Este personaje vende su escritura sin interesarse por adoptar una actitud ética y estética frente a la misma. Lo único que lo mueve es salir del anonimato, ascender, emerger lucrativamente. Se condena al pseudos-intelectual que niega el carácter autónomo del arte y que traiciona el saber en cuanto soporte para la construcción de un proyecto de nación [13]:
“Después de haber fracasado en la universidad -lo cual no le impidió acumular unos conocimientos aproximativos en los que pudieran advertirse vastas lagunas, verdaderos océanos de desaliento en donde se ahogaba rumiante, patihendido, miope […] el comentario y la corrección de textos, su empeño en apariencia inútil en estudiar lenguas y una cierta facilidad verbal llamaron la atención del viejo Madero Bossa quien no vaciló en encomendarle un día la constitución de un texto político, una especie de panegírico, una historia anacrónica y absurda en la que todo aquello que más detestábamos se ponía de manifiesto: la falta de belleza, la moda, el arribismo intelectual, la inexactitud, el naturalismo religioso, el desconocimiento del pasado, el realismo, el afán de lucro, la estrechez de espíritu, la voluntad de poder y otras lacras parecidas” (79).
Es también, un fiel representante del machismo decadente. Para él la mujer —al igual que Augusto— es la envoltura de un órgano sexual. El juego irónico con su nombre apunta a una dualidad de su carácter: por un lado es un Narciso, engrandecido en su amor propio; por el otro es un "Medrano", un cobarde humillado por su incapacidad de creación:
“No se le ocultaba que acaso el nombre con el que lo bautizaron sus padres por un inesperado prurito de cultura lo había moldeado llevándolo a una solitaria contemplación de sus cualidades. Seguía solo, abajo y solo, pese a la compañía que le brindaban Marleni, los niños y últimamente Dolores. En el espejo de su casa, viendo la forma de los objetos que había acumulado, buscando en algún libro la formulación de esas vagas intuiciones ideas que lo asaltaban —El amor al Ego es mucho más poderoso que el amor a la patria— se había dado cuenta del encierro en que se movía” (207-208).
De esta manera los personajes intrascendentes son el pretexto para dar cuenta de un espacio comunal prosaico. La explicación de la incoherencia del espacio caribeño de Barranquilla se presenta en la novela desde la evaluación y deconstrucción del pasado-tradición; en la obra se formula que el origen del deterioro comunal fue la no participación en un proyecto laico que acercara a los barranquilleros a las ideas de la modernidad, acción que los condenó a continuar sin evaluación alguna la tradición.
En cuanto a la estructura de la obra, presenta dos planos: en el primero se hallan los personajes que pertenecen al mundo de lo prosaico, y en el segundo está el trono del narrador lúcido. En el plano diegético, prima el estilo indirecto libre; este tipo de narración le permite al héroe introducirse libremente en la mente de los personajes. Primero hace una focalización panorámica, ubicando espacio-temporalmente a los personajes, luego va cerrando la visualización hasta llegar a la particularidad mínima, la del personaje mismo, como en el cine, termina en un close-up meticuloso que asume su punto de vista, pero para despedazarlos. A través de las intromisiones en la conciencia de los personajes, los evalúa y los juzga de principio a fin. No hay autonomía en sus voces, ellos son manejados explícitamente para resaltar la intención ideológica del narrador.
El dominio sarcástico que hace el narrador de los personajes se ilustra claramente, por ejemplo, en una de las reflexiones en que Augusto se lamenta y expresa su tristeza porque Charito lo abandonó, porque lo dejó a la deriva, "sin amor". El narrador juega con la desilusión de Augusto "por lo de abajo", por el sexo de Charito, por la perdida de "la sirvienta sin sueldo":
“En plena flor de la edad, cuando más necesitaba de su vigor, el hermoso pincel que tanta felicidad le trajera se le había convertido en un pájaro mustio, en un pellejo sin vida y sin dureza; ahora sí que estaría obligado a ponerse una faldita y entonces, cuando le entraran ganas de algo, lo único que le tocaría hacer sería acostarse boca abajo y esperar a que el hombre ese que se lo había pedido no fuera tan brutal con él. ¡Ni Dios lo quiera!, gritó sin darse cuenta" (190).
Otro aspecto a través del cual se expone la decadencia es el carnaval de Barranquilla, fiesta representativa de la región. Este evento es descrito como la máxima expresión de lo vulgar:
“Desde la muerte del Pombo le había perdido el gusto a los Carnavales pero ello no le impedía desaparecer de su casa durante los últimos cuatro días del mundo, eso eran para él aquellas fiestas; salía desde el sábado a mediodía después de santiguarse y echarse agua de colonia por todas partes y comenzaba de verdad a sentirse más vivo que nunca, a beberse a cántaros todo el licor de caña y los ríos de cerveza que se le atravesaban, sudando y buscando el sudor, el húmedo y antiguo goce de echar un polvo, harina de maíz, cal viva. El martes por la noche regresaba a casa exprimido y triste, contento de haber sudado y mordido, mojado y reseco, hediondo a pachulí y a vómito. La historia se había repetido tanto que no dudaba un solo instante de la resignación de Charito” (187).
La masificación de la ciudad es enfocada irónica y escatológicamente. Los barranquilleros son presentados como hombres hacinados y enjaulados; se pisotean y maltratan sin protesta alguna; la comunidad del silencio, del conformismo aterrador y enfermizo, no importa el grado de explotación y de violencia en el que están inmersos:
“Grupos de personas en las esquinas parecían llorar de hambre o de risa haciendo inútiles señas al bus para que se detuviera, se oyó otra vez, este vergajo cachaco nos va a matar, luego cien risas, ciento veinte carcajadas volando, cincuenta sentados y noventa de pie iban allí jodidos pero contentos, entre esos iba Vicente de bandera, como se dice, flotando a golpes de pantalón atrapado en lo profundo por unas gruesas piernas calientes, una sanguijuela, gusano anélido de cuerpo casi cilíndrico incrustado en una raja, olvidado y filoso sintiendo que le brotaban arrugadas tetas, una humedad le crecía, una caricia le estrangulaba la carne exprimiéndole la espalda, el manoseo era lento, el frote era continuo; ahí de nuevo las risas desgranándose locas por entre el cuello y las orejas de quienes lo rodeaban desesperados empujándose los unos contra los otros" (143).
Otro elemento que utiliza el narrador para señalar la simpleza es la música. Presenta los estribillos de las canciones para reafirmar lo banal; estribillos que resaltan el machismo y la virilidad:
la mujer de Antonio camina así
cuando sale de la casa camina así
por la mañanita camina así
cuando va al mercado camina así
la mujer de Antonio camina así... (108)
"Y esa música tan fastidiosa, aquí está el nocherito que a las niñitas las pone negritas nochero noche […]” (263).
En cuanto a Europa, el narrador presenta un tono totalmente distinto al que utiliza cuando hace referencia a Barranquilla. Expresa una admiración estética por el espacio parisino. Esta contemplación manifiesta explícitamente su opción de exilio y de participación del mundo occidental ilustrado:
“Los árboles desnudos aguardan ya el retorno de la primavera lejana. Esa desnudez es prueba de la esperanza. Lo irónico de estos paisajes urbanos es que a cada momento uno siente deseos de describirlos, de fotografiarlos o dibujarlos. Pasa lo mismo que con ciertas noches de luna: En lugar de admirar en silencio, lo que misteriosamente nos es ofrecido exclamamos: “¡Parece un cuadro de Magritte!” (45).
El análisis detallado de "algunos" elementos estructurales del lenguaje de la novela Los domingos de Charito enfatiza el señalamiento central de la obra: la carencia de ideas que sustente la edificación de un proyecto civil es la causa principal de la continuación de la tradición, del prosaísmo, la irracionalidad, la mediocridad, el exotismo oficial, la anomia, la emergencia económica y la decadencia de la comunidad barranquillera.
El tipo y el estilo de la narración, la forma como están organizados jerárquicamente los personajes, el manejo del espacio y el continuo uso del lenguaje crudo con énfasis en lo escatológico son elementos que concretan la toma de posición de la novela: la barbarie como continuidad y negación a la participación crítica y civil de un proyecto de ciudad-nación.
NOTAS:
[1] Ignacio Ramírez y Olga Zurriago. Hombres de palabra, Bogotá, Cosmos, 1989, p.106.
[2] Irlemar Chiampi en El realismo maravilloso afirma que la historia del pensamiento hispanoamericano es la historia de una inquietud eterna por la interpretación de la esencia que constituye “el ser americano”. Chiampi utiliza el término de “ideologemas” para denominar las tendencias que predominan en cada una de las etapas de su evolución histórica y las clasifica de la siguiente manera: Así, el ideologema de la crónica, representado por las unidades «maravilla» y «utopía plausible», se vincula a la conmoción causada por la ampliación del horizonte geográfico con el descubrimiento de América como cuarta parte del mundo y la implantación del sistema colonial español; el ideologema de la ilustración, que calificamos como «neo-utopía», señala la degeneración de ese sistema y la conspiración independista; el ideologema post-colonial, en las versiones «América continente del futuro» (Bello) y «Magna Patria» (Bolívar), reflejan la lucha por la emancipación política y por la consolidación de los movimientos de independencia; el ideologema del positivismo, que se inicia con la unidad «América Bárbara» (Sarmiento) y se consolida como «América enferma» durante el periodo finisecular, indica el impacto causado por las técnicas del progreso material y la ansiedad de los latinoamericanos por emparejarse con los pueblos civilizados. Dos de los ideologemas contemporáneos —«América Latina» (Rodó) y «América indígena» (Mariátegui)— se asocian respectivamente al enfrentamiento con la política neo-colonialista (cuyo paradigma son los Estados Unidos) y con la implantación del pensamiento revolucionario de izquierda. Finalmente, el ideologema de «América mestiza» remite, por lo menos en el momento de su asentamiento como proyecto cultural, a la segunda post-guerra, frente al rechazo del particularismo europeo y de la hegemonía continental de los norteamericanos. (1983: pp. 163-164)
[3] Para Pierre Bourdieu, las tomas de posición contemplan una objetivación ético-estética, en primera medida, de las percepciones del espacio social en que interactuó(a) el escritor, y en segunda medida, una objetivación de los otros "nombramientos del mundo" que figuran en el espacio de las tomas de posición del campo.
[4] Julio Olaciregui, Los Domingos de Charito. Bogotá, Planeta, 1986, p.18. De aquí en adelante cuando se trate de esta novela el número de la página seguirá a la cita.
[5]Para Patricia Jaramillo: "Marvel Moreno expresaría, entonces la situación de anomia que se produce con la masificación de las ciudades, proceso que corresponde a la ruptura con la sociedad tradicional y la irrupción violenta de la modernidad. Sus afirmaciones, así como la visión de mundo que se expresa en la novela, serían, aunque parezca paradójico, una afirmación del escepticismo como actitud vital: crítica y ruptura hacia los valores de la pre-modernidad de las relaciones sociales entre hombres y mujeres, dominadas por el machismo y la falta de autodeterminación personal; crítica y ruptura con los valores clericales del catolicismo como el detentador de la crueldad, el sectarismo y la autolimitación." (Jaramillo, 1995)
[6]Ignacio Ramírez y Olga Turriago, Op. Cit., p. 107.
[7] En el trasfondo de las tomas de posición de las obras se halla un proyecto estético que expresa la percepción del quehacer literario del artista y que orienta su jugada literaria por realizar en el campo. Por ende, en el camino de la interpretación de la toma de posición es necesario interrogar y reconstruir el punto de vista social y artístico a partir del cual se generó la obra literaria. (Bourdieu, 1996)
[8] Ramón Molinares. "El tono desesperanzado de Los domingos de Charito". En: Lecturas Dominicales, El Espectador, Bogotá, No.186, Octubre 19 de 1986.
[9] Helena Robledo. "Charito o la náusea del recuerdo". En: Boletín Cultural y Bibliográfico, Vol. 24, No. 10, 1987, pp. 102-103.
[10] En este punto es necesario recordar que el escritor barranquillero asistió a las charlas de Roland Barthes en el Colegio Francés y tiene doctorado en literatura de La Sorbona, lo cual, hace posible entender, la influencia y presencia metaficcional excesiva en su obra. Esta sobreabundancia de reflexión da cuenta de la no desaprensión de la teoría semiótica, lo cual le resta calidad estética a la narración.
[11] José Luis Romero. Latinoamérica: Las ciudades y las ideas. México, Siglo XXI, 1984.
[12] Alejandro López, citado por Rubén Jaramillo. En: Colombia: La modernidad postergada. Bogotá, Temis, 1994, pp. 48-49.
[13] "Entre el intelectual y el capitalismo hay, pues, con frecuencia antipatía en el sentido antiguo —alquímico— de la palabra: «falta de afinidad entre dos sustancias». Siendo ambas sustancias valores cualitativos y valores cuantitativos, cultura ética o estética y dinero. […]. El intelectual tiende a resistir a esta amenaza que constantemente quiere transformar todo bien material o cultural, todo sentimiento, todo principio moral, toda emoción estética en una mercancía, en una «cosa» puesta en el mercado y vendida por su justo precio. En la medida en que resiste, no puede sino volverse instintiva, visceralmente anticapitalista. (Löwy, 1978: 21)
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El autor:
Wilfredo Esteban Vega Bedoya es docente e investigador de la Literatura del Caribe Colombiano, Magíster en Literatura Hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo de Bogotá. Ha publicado una serie de ensayos sobre Literatura del Caribe; y Literatura, Pedagogía e Infancia. Docente del Programa de Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena, miembro del Centro de Estudios de Investigaciones Literarias del Caribe (CEILIKA), miembro de la Corporación Literaria “Si Mañana Despierto”.
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© Wilfredo Vega Bedoya
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 25
Abril-Mayo-Junio de 2006
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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