Tabaco y azúcar, símbolos y mediaciones
en el pensamiento de Fernando Ortiz
Alex Támara Garay
Resumen: En la historiografía cubana de los siglos XIX y XX, no se encuentra un pensador que haya penetrado agudamente el estudio de la realidad cubana, valiendose del análisis del azúcar y el tabaco como lo realizado por el investigador Fernando Ortiz. El objetivo de esta reflexión es examinar las posibilidades simbólicas, ofrecidas en la lectura de Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, y así poder intentar acercarnos a la profundidad metafórica de su discurso. Estas instancias (tabaco y azúcar), desde nuestro parecer, plantean un orden simbólico que supera un perfil meramente comercial e industrial, incertando una visión integradora, permitiendo entender la configuración de la cubanidad y desde allí pensar lo nacional, que sería el resultado de una hibridación cultural, social, política y étnica, soportada en uno de los más originales conceptos y aportes expuestos por este intelectual: lo transcultural. Lo nacional es entonces un fluir permanente en el desarrollo y despliegue de sus actores sociales. El reconocimiento de las diferencias es en síntesis un punto esencial que media en la construcción de un proyecto integrador, vislumbrado desde la relación lúdica entre el tabaco y el azúcar. En este sentido la dialéctica propuesta (oposición-reconocimiento), constituye las claves para desentrañar los postulados ideopolíticos de este liberal cubano, necesario para identificar y entender los cambios y permanencias de la sociedad cubana del presente.
Palabras clave: Mediación, simbólico, transcultural, cubanidad, nacionalidad, tabaco, azúcar.
I. Breve desarrollo de su pensamiento histórico
Es oportuno para el presente ensayo historiográfico, situar en una perspectiva histórica la evolución del pensamiento de uno de los intelectuales del siglo XX, que más ha influido en la mentalidad cultural y política de muchas generaciones de individuos en Cuba, a lo largo del siglo XX.
Esta influencia tiene unos antecedentes importantes en la medida que permiten rastrear el complejo proceso de formación de la nacionalidad cubana, que en Fernando Ortiz, adquiere, sin lugar a dudas, un soporte ineludible al momento de preguntarse ¿quiénes y qué son ahora los cubanos como nación y sociedad? Este indagar permanente por los procesos culturales, históricos, políticos, económicos entre otros, se convierte en una preocupación vital para este pensador que experimentó la favorable condición de vivir en dos siglos distintos e importantes para Cuba: los siglos XIX y XX (1881-1969). De igual forma recibir la influencia académica e intelectual directa de dos mundos diferentes: Europa y América.
Su formación académica, para efectos de distinguir y sopesar su pensamiento histórico y político, la dividiremos en dos períodos. El primer período está fuertemente marcado por la filosofía positivista de sus maestros italianos Enrico Ferri y Cesare Lombroso. Para la década comprendida entre 1900 y 1910, Ortiz produce sus primeras investigaciones históricas y culturales, sobre algunos aspectos de la realidad cubana, sobresaliendo en trabajos como: Los negros brujos. Apuntes para un estudio de etnología criminal. Este último tuvo un impacto favorable en la crítica por el tratamiento etnológico y psicológico, muy ajustado a las condiciones socioculturales propias de la realidad del negro en Cuba. Ortiz no calcaba mecánicamente el esquema positivista de Lombroso y Ferri, quienes eran darwinistas sociales, por el contrario éste recreaba el análisis de la etnología criminal del negro con una perspectiva particular para su estudio. Sin embargo, su trabajo carecía de una interpretación histórica articulada que introdujera otras dinámicas sociales. Era un trabajo lineal y su tendencia histórica bastante descriptiva en la narración sobre los hechos [1].
El estudio fue novedoso porque inició un análisis sociocultural del fenómeno religioso en los negros, además pionero en su tratamiento, pero con una carga prejuiciosa hacia el negro con relación a sus prácticas culturales [2]. Al parecer Ortiz rompía un poco con la concepción darwinista social, pero no en su totalidad, él se alejaba en cierto sentido de la visión extremadamente racista y conservadurista que sí eran las tendencias adoptadas por sus viejos maestros europeos. José Matos Arévalo, nos dice al respecto:
“Al igual que Enrique José Varona y Manuel Sanguily, consideró esta corriente filosófica una vía especial de transformación social que servirá para acabar con los males y el atraso económico y cultural de la sociedad cubana” [3].
Otros trabajos correspondientes a este período son: Para la agonografía española; Estudios monográficos de las fiestas menorquinas (1908), y un conjunto de ensayos periodísticos, donde insiste en una reflexión de corte histórico y sociológico aplicando el método de la arqueología social, insertando los principios de esta disciplina en los estudios sociales. La historia para Ortiz seguía siendo una herramienta que describía simplemente fenómenos culturales, no ahondaba en una problemática de conjunto, persistiendo en una historia de carácter narrativa. En sus artículos prevalece una concepción donde la historia debe ser guiada y construida por las élites sociales, donde participan los más capaces y aptos para dirigir los procesos sociales y políticos [4].
La historia en este primer período se nutre de un evolucionismo de corte teleológico, donde los factores económicos al parecer no influyen en el comportamiento social e histórico de la realidad cubana. Esta concepción lineal le impedía entender la historia como un proceso que integra en su dinámica lo político con lo económico y social, dándole un puesto privilegiado a las élites ilustradas para que éstas orientaran los destinos de Cuba [5].
El segundo período del pensamiento del autor que comentamos arranca a partir de 1910, y experimenta un viraje en la postura y concepción evolucionista de su enfoque histórico. José Matos Arévalo, lo presenta de la siguiente manera:
“Un momento importante en su formación lo constituye el ingreso en aquella época en la Sociedad Patriótica Amigos del País, y la publicación bajo su dirección de la revista Bimestre Cubano en 1910. A partir de entonces comienza a redefinirse el futuro cuerpo teórico del pensamiento ortociano, que integra nuevos elementos de análisis hacia una concepción de la Historia vinculada con su patria y el abandono paulatino de la visión natural biológica de corte positivista” [6].
La revista Bimestre se convertiría en el espacio comunicativo de mayor fuerza expresiva, y permitirá divulgar no sólo la producción intelectual de Ortiz, sino mostrar el aporte académico de otros investigadores sociales de la época, preocupados por el conocimiento y el debate de la historia de Cuba.
Este segundo período consolidó una visión integradora en la comprensión de la realidad cubana, sirviéndole de base fundamental para escribir la obra más importante de este intelectual: Contrapunteo del tabaco y el azúcar, publicada en 1944, considerada como uno de los aportes teóricos más significativos para la Cuba del siglo XX. Debemos destacar un recurso importante finamente trabajado por Ortiz, nos referimos al símbolo; recurso que está presente en muchos de sus trabajos anteriores a Contrapunteo, como en: Las fiestas menorquinas (1908). Para él, el recurso del símbolo constituye una herramienta y una pieza importante para argumentar, enriquecer y descifrar la organización social y política de los pueblos. En este sentido su obra está atravesada de metáforas; elementos constitutivos del cuerpo argumentativo de su obra, y característica presente en el desarrollo de la primera parte de Contrapunteo del tabaco y el azúcar.
II. La transculturación como instancia conceptual y su importancia para entender lo nacional
Uno de los aportes conceptuales incorporados a la Sociología y Antropología contemporánea, es el de la Transculturación [7], concepto que por vez primera fuera presentado y defendido por Fernando Ortiz. La importancia del concepto radica en que permite desbordar otras nociones acuñadas por las Ciencias Sociales, como el de aculturación, que permitió captar el proceso de desplazamiento de una cultura a otra, donde una de éstas se imponía sobre la otra en sus prácticas y comportamientos, logrando desplazar gran parte de sus imaginarios culturales, hasta el punto de neutralizarla. La aculturación como proceso es un fenómeno que permite sólo captar la supresión de unos valores en un grupo humano específico, instaurando otros valores diferentes de “mayor” significación. Es el reconocimiento de algo “superior” sobre otro “inferior”, su análisis era mecánico y unidimensional, y es ahí donde la transculturación como instancia conceptual, logra romper con la tendencia unívoca de interpretación sobre la compleja realidad social y cultural. Es este intelectual, entonces, quien propone esta nueva mediación para repensar y profundizar sobre la cubanidad en todos sus aspectos. Lo transcultural implica la ampliación y reconocimiento de diversos elementos que entran en dinámica, de tal forma que su importancia está en reconocer que la cultura como tal no es uniforme en sí, sino que es complementaria y fragmentaria, nutriéndose del cruce de procesos que confluyen entre sí; integrando un conjunto pero manteniendo diferencias y posiciones diversas; no es lo homogéneo lo que interesa, sino lo heterogéneo. Al respecto señala:
“La verdadera historia de Cuba es la historia de sus intrincadísimas transculturaciones” [8]. Esta visión de Ortiz, ya está alejada de su primera concepción positivista [9] y es en esta dirección que nos interesa explorar su aporte en la construcción de la nacionalidad. Él entendió que sólo captando esa confluencia de voces distintas se podría comprender y desarrollar un proyecto nacional que debía incluir la participación del español, indígena, negro y otras culturas migratorias que llegaron a Cuba por distintos caminos y ocuparon un espacio dentro de la cultura y sociedad. Cuba sigue siendo una síntesis compleja y por esta razón la nacionalidad debía pensarse sobre ese presupuesto. El esfuerzo de Ortiz, por explicar a Cuba desde una trayectoria histórica, encuentra en lo transcultural un excelente mecanismo conceptual, estrechamente relacionado con una posición abierta de claro fundamento liberal.
III. “Tabaco y azúcar” o la configuración del símbolo
No se encuentra en la historiografía cubana de los siglos XIX y XX, un pensador que haya penetrado agudamente el estudio de la realidad cubana, tomando como ejes de análisis el azúcar y el tabaco desde una mirada distinta y provocadora como lo ha presentado Fernando Ortiz en Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Es cierto que pensadores como Francisco Arango y Parreño, José Antonio Saco, Conde de Posos Dulces, Félix Varela, Luz y Caballero, L. V. Abad, Ramiro Guerra, Raúl Cepero Bonilla, Manuel Moreno Fraginal, entre otros, han contribuido poderosamente con sus trabajos al forjamiento de un conocimiento y una cultura sobre el azúcar dentro de la economía y la sociedad de la Cuba del siglo XIX y XX, desde diferentes perspectivas teóricas; pero sólo Fernando Ortiz, ha incorporado el análisis del azúcar y el tabaco como posibilidades simbólicas permitiendo dimensionar no sólo una práctica industrial o comercial de ambos productos, sino, proponer una lectura significativa que se apoya en éstos como pretexto para resignificar el orden simbólico de lo cultural, social y político de la Cuba del XIX y primeras décadas del siglo XX.
El orden simbólico propuesto por este pensador, es sin lugar a dudas uno de sus mayores aportes, puesto que permite descubrir una especie de propuesta oculta que subyace en la reflexión que el autor hace sobre el azúcar y el tabaco, y que va más allá de la lectura superficial del texto mismo. Fernando Ortiz se apoya en los dos productos para pensar otras instancias del mundo cultural cubano, como lo plural y su significación en la cubanidad para entender lo nacional, logrando redefinir y configurar una polisemia de significados alrededor de ellos. En tal sentido, azúcar y tabaco no son esferas puramente económicas y comerciales, sino que en su estudio adquieren una presencia en el orden metafórico que desborda los límites de análisis precedentes por otros historiadores, de allí su originalidad.
El contraste entre uno y otro es una estrategia pedagógica-discursiva que posibilita captar las diferencias sustanciales y los procesos antinómicos entre ellos; son productos que por sus características naturales y culturales difícilmente llegarán a encontrarse, sus dinámicas se oponen, parecen ser realidades distintas y como tal su tratamiento y abordaje tendrán que ser pensados de esa misma manera. Dejemos ver lo que dice este pensador al respecto:
“En el azúcar no hay rebeldía ni desafío, ni resquemor insatisfecho, ni suspicacia cavilosa, sino goce humilde, callado, tranquilo y agitador. El tabaco es audacia soñadora e individualista hasta la anarquía. El azúcar es prudencia pragmática y socialmente integrativa. El tabaco es atrevido como una blasfemia; el azúcar es humilde como una oración” [10].
Hay cierta tendencia en asimilar el azúcar con una condición estática, la cual no establece diferencias sustanciales entre sí misma, ni tampoco con sus productores y consumidores. Es una práctica rutinaria que no permite el juego de la imaginación y creatividad. Simbólicamente su cultivo, producción y comercialización dentro del mundo en que se envuelve y dentro de una mentalidad concreta, están proponiéndonos formas rígidas y conservadoras de la cultura. Fernando Ortiz, parece decirnos que a pesar de la riqueza económica representada por su explotación y producción, ésta no alcanza a atravesar como experiencia cotidiana la riqueza cultural representada en el tabaco y en su vocación estética y subversiva. El tabaco es propuesto como símbolo de la pluralidad, es una representación que permite pensar lo cubano desde diversas aristas, en su análisis caben las tendencias y posturas más marginales de la sociedad, no permite la segregación y anulación del otro, como sujeto dentro del complejo mundo cultural y social de una Cuba atravesada por múltiples actores y grupos humanos. En este sentido, la lectura que nos propone con el tabaco y el azúcar, busca penetrar la compleja estructura de la vida cotidiana, teniendo como pretexto directo la dialógica entre el uno y el otro.
La oposición desarrollada a lo largo del libro expone una disputa dialéctica entre lo homogéneo y heterogéneo, como si nos advirtiera que la Cuba debía explicarse y entenderse no desde un concepto inmóvil, que es la representación del azúcar y sí por el contrario desde la dinámica subvertora encarnada en el tabaco que era una configuración de las múltiples voces de una cultura en contradicción permanente, que debía aspirar a la construcción de una nación teniendo como referentes necesarios la participación democrática de todas las voces y sentires de sus grupos humanos. Establezcamos otra intervención de Fernando Ortiz, para ejemplificar su postura:
“La azucarería alcanzó pronto la unanimidad genérica del producto por la identidad universal de los resultados industriales. Casi todas las plantas tienen azúcar, algunas en abundancia como las cañas, las remolachas y otras más; hay muchos países que las siembran y varios procesos para extraerles sus jugos y de estos sus cristales, más o menos refinados; pero al final no hay más que un azúcar. Todas las sacarosas son iguales” [11].
Precisamente es esta uniformidad del azúcar en su producción y en su misma naturaleza, la que desprecia Ortiz, por ser repetitiva y rutinaria. Los procesos sociales y culturales esparcidos dentro de esa red conformada por la vida cotidiana, no obedecen a un comportamiento rígido o mecánico, y Ortiz parece comunicarnos a través del azúcar, unas significaciones que, de trasladarse como paradigma para asimilar la cubanidad, serían un obstáculo y un retroceso social y político.
“En el tabaco la uniformidad nunca se tuvo ni se tendrá. Son pocas las variedades botánicas que tienen nicotina; pero aun dentro de cada cosecha, cada planta, y cada hoja, tienen su calidad singular [...] cada hoja de tabaco es distinta de las otras, según los besos que le diera el sol” [12].
Es evidente la vocación del pensador por la individualidad y su desarrollo. Ningún individuo, ningún grupo social, sería igual al otro. Las culturas y sus procesos devienen distintos, por lo tanto su tratamiento será siempre diferente y cuidadoso.
Por estas razones pensar lo nacional desde la perspectiva de Fernando Ortiz, equivale al reconocimiento y la participación de la pluralidad de grupos étnicos desde la dimensión de lo social y político. Lo cultural es un problema vital y como tal implica un análisis y un compromiso que supera el prejuicio de las razas [13]. Era claro en Ortiz, la oposición a todo racismo, puesto que la esencia del racismo impedía la construcción de lo nacional, pues este tendía a dividir y disociar. La nacionalidad necesitaba fortalecerse a partir de su complejidad cultural. La raza, decía Ortiz, “es un concepto estático, la cultura es dinámica” [14]. Lo fluido estaba latiendo en el tabaco y era precisamente la representación que mejor podía explicar lo transcultural como fuerza y vitalidad de un pueblo. Era la anarquía en expresión abierta de la libertad individual y colectiva.
Pero si bien el tabaco permitía la trasgresión de los moldes y encasillamientos sociales, el azúcar fundamentó un tipo de relación del individuo al suelo y unas maneras de sujeción con lo propio (tierra), que explican muchas prácticas cotidianas del cubano con relación al forjamiento de la nación. El azúcar permitía crear procesos de afianzamiento con la tierra como espacio o geografía propios; elaborados a partir del trabajo colectivo y la creación de una mentalidad y un imaginario surgidos desde unos sentimientos desarrollados a partir de una memoria colectiva. Podríamos hablar de un doble arraigo territorial de la memoria: Uno físico (la tierra), y otro psicológico (prácticas de convivencias), los cuales influyeron en la formación de una conciencia por lo nacional y cubano concretamente, forjando un pensamiento de lo propio [15].
La visión integradora y dinámica de la cultura le proporciona a Fernando Ortiz, una característica diferente al resto de los pensadores cubanos. Su análisis sobre la construcción de la identidad, fundamentándose en un imaginario simbólico, encuentra en el tabaco y el azúcar, formas de interiorización teóricas que ayudan a entender y forjar una cultura desde sus propias dinámicas sociales. Subyace en la obra de Ortiz una propuesta de dimensión integradora para la Cuba del siglo XX, que se conecta desde el juego de los opuestos (tabaco-azúcar), protagonistas esenciales de la vida e historia de Cuba. En síntesis reaparece un eco que va y viene, un influjo y una simbiosis en permanente movimiento en la cual una sustancia es complemento de la otra. No hay una negación radical como tal. Azúcar y tabaco son extraños pero se aceptan y complementan. Ahí está la difícil pero necesaria práctica civilizada de la tolerancia política y cultural en el pensamiento de Fernando Ortiz.
NOTAS:
[1] “Lo que llama la atención es que todos estos libros se escriben desde una perspectiva europea, atendiendo al nivel de desarrollo de las grandes ciudades. Sin embargo, Ortiz en Los Negros brujos utiliza el instrumental teórico de sus profesores y, sin reproducir las problemáticas sociológicas del mundo metropolitano, resuelve mantenerse a la altura metodológica bajo la cual se había formado e indaga en la problemática cubana, específicamente en la sociocultural”. Matos Arévalos José A, “La historia en Fernando Ortiz”, colección Pensadores cubanos, La Habana, Cuba, 2000, p. 2.
[2] “En Los negros brujos el propio Ortiz reconocía que algunas de sus proposiciones represivas podrían considerarse inquisitoriales. Su posición frente al brujo y el africano, extremadamente problemáticas, exigía los fundamentos teológicos de una filosofía penal. Esa teología evolutiva le permitió vislumbrar un sentido humanitario en la represión de las prácticas culturales dañinas para la República. Ortiz se sentía atraído por la fuerza moral de los principios de Kardec: hay un progreso pero está amenazado por los movimientos regresivos de la historia. La posibilidad de aplicar conceptualizaciones científicas al orden moral aseguraba la renovatio de la sociedad cubana”. Arcadio Díaz Quiñones. “Fernando Ortiz y Allan Kardec: Espiritismo y transculturación”. Ponencia leída en la Universidad Nacional de Quilmes, Argentina. Publicada en: Agropolis.com
[3] Matos, Arévalo José, Op. cit., p. 4.
[4] “Estas consideraciones sobre los actores sociales de la historia, no les permiten comprender aún el papel de las masas populares, más bien las considera como simples, en el carácter histórico; protagonizan la historia de Cuba diferentes grupos sociales: los plantadores, militares y magnates, luego la flor de la nacionalidad cubana de inicios del siglo XIX, que utilizó la palabra y la pluma como armas de lucha y finalmente la élite de patricios que dirigió el estallido de los movimientos insurreccionales separatistas. Matos Arévalo, José. Op. cit, p. 6.
[5] La concepción de pretender colocar el pensamiento de Fernando Ortiz, en una visión esquemática, le ha restado la vitalidad que merece su obra. Arcadio Diaz, al respecto, dice: “El inconveniente de esta interpretación lineal es que ignora el profundo interés de Ortiz por las corrientes espirituales del siglo XIX, las complejidades de su discurso nacional y sus continuas intervenciones en el fenómeno jurídico. Habría que explorar la continuidad de las perspectivas evolucionistas en Ortiz, su persistente afán por conciliar religión y ciencia, su constante atención al espiritismo y su interés por las discontinuidades de espacio y tiempo en la sociedad cubana. Los orígenes intelectuales de Ortiz incluyen su evidente y compleja reformulación de las tradiciones nacionales (Varela, Saco, Martí, y otros), y paralelamente su apropiación de la criminología “científica” y su interés en las nuevas formas periodísticas de relatos policiales”. Díaz Quiñones. Op. Cit.
[6] Ibíd., p. 7.
[7] Arcadio Díaz Quiñónes, ha considerado que lo transcultural en Ortiz, está fuertemente influenciado por la teoría trasmigracionista de Allan Kardec, quien se apoya en una filosofía espiritista, y basa sus principios en la teoría evolucionista del espíritu: “En efecto los espíritus son creados imperfectos y su existencia se desenvuelve a lo largo de una serie infinita de pruebas dolorosas que los despiertan, les fortalecen sus facultades y los elevan hacia los estadios superiores de la evolución psíquica”. Es por esto que Díaz Quiñónez, sostiene que el pensamiento político de Ortiz no puede entenderse sin referencia a Kardec y a la posibilidad utópica de que todos se integren al progreso espiritual. Esta noción de “progreso” se concibe de modo orgánico con la evolución biológica”. Díaz Quiñónez. Op, Cit.
[8] Ortiz, Fernando. El contrapunteo del tabaco y el azúcar, Ed. Cátedra, Madrid, España, 2002, p. 254.
[9] “Ya en la década de los años treinta, Ortiz negaba las jerarquías sociales. Pero no habrá abandonado la fundamental noción kardecista de progreso espiritual presentada aquí como desracialización. Así mismo reemplaza la categoría de mestizaje con el concepto de transmigración, enriqueciendo sus posibilidades interpretativas al ofrecer un tejido complejo de relaciones y encuentros. Díaz Quiñónez. Op. Cit.
[10] Ortiz, Fernando. Op. Cit., p. 152.
[11] Ortiz, Fernando. Contrapunteo cubano...Op. Cit., p. 159.
[12] Ibíd., p.159.
[13] “Los racismos se han alzado una y otra vez contra todo elemento formativo de nuestra sociedad cubana, integrada por las inmigraciones de las más diversas razas, nacionalidades, creencias y lenguajes; aun cuando las inquinas racistas, o disfrazadas de racismos han caído con más insistencia y gravedad sobre los hombres negros de Cuba, sobre aquellos que, por circunstancias nacionales o extranjeras en un dado momento histórico, resultan más indefensos y de más fácil y provechoso atropello. Los enconos e injusticias de los racismos a todos alcanzan y son para todos una amenaza permanente. Quien fomenta el odio enarbolando bandera de raza, se verá un día perseguido a sus vez por pretexto de raza también. Todo racismo es en definitiva un insulto y un peligro para todos los cubanos por igual”. Ortiz, Fernando. “Defensa cubana contra el racismo antisemita”, en: Revista Bimestre cubana, de la Sociedad Económica de Amigos del País, Vol. LXXI, enero- junio, La Habana, 1956, p. 99.
[14] Ortiz, Fernando, “Ni racismo ni xenofobia”, en: Revista Bimestre cubana, Vol. LXX, La Habana, 1955, p. 67.
[15] “El tabaco y el azúcar, los protagonistas de la historia de Fernando Ortiz, cobran en esta obra una personalidad extraordinaria revelándose como factores determinantes de la evolución y estructura de la sociedad cubana. A pesar de decir que el tabaco era más cubano, por no necesitar para su cultivo importar mano de obra ni capitales extranjeros, de los dos, la caña de azúcar era el elemento que había impreso un carácter más fuerte a la sociedad, ayudando a su formación no tanto por la llegada de miles de esclavos, chinos, gallegos, canarios o yucatecos, como por ayudar a consolidar una forma de vivir, a arraigar al hombre a la tierra, crear un universo cultural. El mismo universo elegido y exaltado por la historiografía nacionalista, por novelistas y poetas. Naranjo, Osorio Consuelo. “La historia se forja en el campo: Nación y cultura cubana en el siglo XX”, Historia social, No. 40, Valencia, España, 2001, pp. 153-174.
BIBLIOGRAFÍA:
DÍAZ QUIÑÓNEZ, Arcadio; ORTIZ, Fernando, y KARDEC, Allan. "Espiritismo y Transculturación. Ponencia leída en la Universidad Nacional de Quilmas.
MATOS ARÉVALO, José. La historia en Fernando Ortiz. Colección Pensadores Cubanos. La Habana, 2000.
NARANJO OSORIO, Osorio Consuelo. “La historia se forja en el campo: Nación y cultura cubana en el siglo XX”. En: Historia social, No. 40. Valencia, 2001.
ORTIZ, Fernando, “Defensa cubana contra el racismo Antisemita”. En: Revista Bimestre Cubana, Sociedad Económica de Amigos del País, Vol. LXXI. La Habana, enero-junio de 1956.
Ortiz, Fernando. “Ni racismo ni xenofobia”. En: Revista Bimestre cubana, Vol. LXX. La Habana, 1955.
ORTIZ, Fernando. Contrapunteo del tabaco y el azúcar. Madrid, Cátedra, 2002.
El autor:
Alex Támara Garay es Licenciado en Educación: Especialidad en Ciencias Sociales y Económicas, y Especialista en enseñanza de la Historia, ambos grados en la Universidad del Atlántico, Barranquilla-Colombia. Maestría en Historia de Puerto Rico y el Caribe, Universidad de Puerto Rico, Recinto Río Piedras. Se desempeña como ayudante de investigación en el Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad de Puerto Rico. Publicaciones: “El desafío del cine en la Historia: Pancho Villa y Paul Leduc en la dinámica de John Reed”, en la Revista Cine y Educación, Universidad de Cádiz, Abril, 2005.
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© Álex Támara Garay
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 25
Abril-Mayo-Junio de 2006
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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