La intermediación
de los demonios
Clinton Ramírez C.
Estaba en presencia de una Nena diferente. Pensó que poco quedaba en ella de la muchacha que trató el mundano Poeta del Mar en los años de un fulgurante pasado europeo. Nada subsistía, sin duda, de la graciosa y desprevenida criatura que animó, un cuarto de siglo atrás, el coro de la iglesia San Juan Bautista, en los tiempos en que asumió la parroquia el padre Víctor Manuel, un apuesto sacerdote ítalo español de treinta y pocos años con quien los enemigos políticos del ex coronel Franco, en la víspera de un sonado debate electoral, la involucraron en una infame historia de rumores y pasquines, que apuntó a hacer volar por los aires el parque moral con que el retirado militar pensó combatir a la voraz clase política local, tan ufana de las clientelas y más segura de los amarres fraudulentos. Sabía, próxima a entrar a la madurez, quién era y qué quería seguir siendo. Seguridad, que dicho sea de paso, la hacía hermética, impenetrable, incluso para él, que podía jurar conocerla.
Transcurrida una campaña electoral anárquica y agresiva, derrotado el bando del progenitor, marchó a Europa a cumplir el sueño de perfeccionar el piano y complementar la formación de una niña de su clase. Había zarpado de Cartagena una fría mañana de octubre, sin derramar una lágrima, un tanto dolida de abandonar el país en circunstancias familiares poco afortunadas.
Se prometió en la cubierta del Satrustegui, viejo barco en el que arribó a Barcelona un mes más tarde, cambiar, no ser tan ingenua ni tan confiada, virtudes nada estimadas en la ciudad donde naciera. En Barcelona, una espléndida tarde de noviembre, la recibió el Poeta del Mar, veterano diplomático que aún oficiaba de cónsul en la ciudad condal.
La vida la había ofendido en una etapa crucial, prohijando en ella un carácter cortante, un tanto hosco, a ratos mortal, sin llegar a ser nunca vulgar ni hiriente, que hacía muy difícil acercársele de buenas a primera. En el trato íntimo, sentada a la mesa, puesta frente al piano, suelta de los rictus sociales de su clase, revelaba a una exquisita muchacha, un ser desprevenido, que jamás urdiría la perdición de nadie, aunque motivos no le faltaran para hacerlo y medios le sobraran.
A él le cabía en suerte conocer a esta Nena de ahora, madre de dos hijos, esposa de un hombre que no la hacía feliz ni tampoco lo contrario, una mujer de cuarenta años a la que una aplomada y distinguida experiencia la autorizaba a legislar sobre cualquier tópico humano, ya que los asuntos de orden divino prefería dejarlos en manos de otros espíritus.
Un par de años atrás habían empezado una relación intensa, desbordante. Ahora, a buen recaudo la pasión, ella le interesaba más en un plano estético, ya que era la irremplazable heroína de una ópera prima enrevesada que le quitaba el sueño y lo ponía de malas pulgas. A ella, de otra parte, no le podía gustar el cambio, ya que prefería ser más amante que un personaje protagónico en manos de un muchacho impaciente, cuando sabía por experiencia directa que nada más dañino para el arte que la falta de mesura. Además, poseído de una estúpida manía naturalista, quería saberlo y escribirlo todo de ella, sin dejar nada a la imaginación del lector. Así mismo, obstinado, terco, un tanto caprichoso insistía en que tocara para él jazz y algo de música popular.
No las tenía todas con él, metido en una novela de últimos límites, que le exigía un esfuerzo superior a sus actuales poderes. Carecía, además, del tacto que la persuadiera de introducir un cambio, así fuese mínimo, en sus gustos musicales. Algo que no sucedía con su don natural para la seducción. Imposible, pues, esperar que después de tanta agua corrida en las calles de lechos salitrosos, ella tocara algo de jazz, una petición a la que seguía sin encontrarle razón.
Aceptó, como aceptara tantas otras pequeñas derrotas esclarecedoras, que ella jamás interpretaría una pieza de jazz. Jamás había aceptado presiones de nadie. Se le hacía inadmisible que él no entendiera la razón de dicha negativa. No ignoraba, sin embargo, que los hombres podían ser tan o más empecinados que las mujeres. Eligió una vía de menor resistencia, ya que no quería estropear el rato que viviera con el muchacho. Lo apreciaba y él la hacía exprimir una pasión que nunca antes se permitiera. No era su primer amante, pero gozaba sin lugar a dudas del privilegio de ser un amigo sin segundas intenciones. Escogió cada palabra con extrema precaución, como si de ello dependiera la suerte de una relación que sabía condenada pero que no quería dejar morir antes de la hora fijada.
—Es una hermosa música que nada me dice. Créeme. Es como quien asiste a una puesta de sol a la orilla del mar pero carece de talento para ponerla en una sincera viñeta. No quiero tocar para probarte que puedo complacerte.
Unos meses atrás le había pedido interpretar el Adagio de Albinoni. Esa vez lo había invitado a la casa para tratar del silencio en el que languidecía la relación. Abordado el asunto sin tapujos, bebido un par de tragos, despejado los temores, restablecida las coordenadas del affaire, ella tomó asiento frente al piano, deslizando las manos sobre el teclado. No lo complació con el tema solicitado, pero compensó su sinceridad con un repertorio en el que puso todo lo que ella podía alcanzar como pianista.
Lenta, vigorosa, insensible, interpretó obras del tardo-romanticismo europeo, una travesía melódica que inició con el Concierto no 1 de Chaikovsky, siguió con algo de Schuman o de Bach, no se acordaba ya, para concluir con apartes muy libres del Allegro vivace del Concierto no 2 y el Vals no 7 en do sostenido, dos obras de Chopin. La primera de estas dos últimas piezas, una obra juvenil del compositor, según creyó oportuno subrayarle, y la segunda, una exquisitez cromática que ella, al otro lado del océano, en una sala de Bruselas ensayó durante las visitas del Poeta del Mar, aquel hombre severo, de rica y medida conversación, de mejor prosa y regulares versos, que nunca se atrevió a decirle que la amaba.
Esa vez se mostró ofendida y acaso defraudada:
—Todos son idénticos: unos soberanos idiotas.
Aunque dura de juicio, quizá le asistía razón.
Se revolvió en la cama resignado. Definitivamente no tocaría algo que se pareciera a la música de Chick Corea en el antiguo Steinway, aparato familiar en el que aprendió a tocar sentada en las piernas de su robusto padre. No se avendría a hacerlo ni en la reliquia de la casa ni en el armatoste de la iglesia. Ni siquiera en el piano que él estaría dispuesto a inventar para el lucimiento de unos firmes, hábiles y largos dedos que tantos sabían de fugas declarativas como de los antojadizos juegos del cuerpo. Moriría clásica, atada a una pasión mirada con recelo en un medio hostil, fiel a un repertorio pianístico sabido nota a nota al que la unía además la convicción: Chopin, Beethoven, Bach, Mozart, Schubert y Schuman.
No era ni pizca de ingenua ni tan apasionada para afirmar que más allá de la música clásica solo existía un desértico mar lunar. Apreciaba el bolero, el son, el porro, por mucho que jamás llegara a interpretar una canción de estos géneros tan entrañados en el espíritu popular.
A veces fingía estar radiante. Una estrategia de defensa contra la modorra que sigue al sexo. O, simplemente, bebía algo y se ponía a ojear revistas del jeet set internacional. Pero también prefería evadirse. Tenía de donde escoger y podía estar en cualquier parte.
En una playa de Gibraltar, en bañador de dos piezas, el cabello recogido, los pies en las olas, jugó alguna vez con unos binoculares a identificar una terraza de Tánger, semioculta tras una tarde de nardos al otro lado del ímpetu de las aguas.
Allí, él y ella, habían pasado parte de una noche antes de retirarse a un chalet de temporada, localizado en una colina a la que se ascendía siguiendo un camino empedrado. El poeta, que leía cómodo en un descanso, le había propuesto pasar unos días en Gibraltar, de donde tendría una visión opuesta de Tánger, una ciudad permisiva y peligrosa, que él vivió en una época disipada, no bien la Guerra concluyó y el mediterráneo africano volvió a llenarse de turistas, aventureros y negociantes del placer. Hablaba sin despabilare, mascando las palabras, para que éstas fueran fieles no tanto a los recuerdos como a los hechos en sí.
Venteaba fuerte y no lograba identificar mayor cosas tras el batir de las aguas. Así que se sentó de nuevo al lado del poeta, vestido de pantalones anchos, zapatos abiertos, que pasó a encender una pequeña pipa de marfil, que extrajo de un bolsillo de la chaqueta.
A este hombre entrado en años, parsimonioso y robusto, parco de palabras, de dura mirada animal y sonrisa de abuelo apacible, debía buena parte, si no toda, de una educación europea y, ante todo, mediterránea, recibida, disfrutada y padecida en vivo, en los esplendores y rigores de la naturaleza.
Había muerto en Ciénaga, en una casa de altos del Parque Centenario, tocado de la cabeza, recitando versos intraducibles, después de un último periplo a los viejos y profundos mares del sur.
Hablaba poco de este amigo entrañable que invariablemente tuvo para ella la mirada, la palabra y el silencio precisos, en cuya compañía aprendió una montaña de cosas, pero por encima de todo una, conocerse tanto como para saber a qué atenerse en una vida de altos y bajos.
Podía llenar cientos de páginas con la memoria de las muchas y diversas ocurrencias que él le acolitó. Le complacía recordar su primera visita a Venecia y el instructivo paseo en góndolas que hicieron, aunque igual, con una intensidad de emoción mayor, la incursión a un empinado pueblo de cabreros, bien al sur de Reggio, donde se detuvo con los brazos abiertos, los cabellos al viento, ante la viva postal de un mar Jónico salpicado de islas, pequeñas embarcaciones y costas de estrechas playas.
El le indicó un punto impreciso en un costado de Sicilia, una franja que se extendía durante kilómetros como una mancha de tierra ondulada en el mar Jónico:
—Allá, en aquella punta, es Siracusa. Allí estuve una vez con tu padre. Se enamoró sin remedio. Dios sabe lo que tuve que hacer para llevármelo medio borracho a Catania, en la embarcación de un viejo comerciante de vinos y frutas.
Abrió la boca para pronunciar sin ceremonias el nombre del comerciante. Ella conocía la anécdota. El comerciante era el progenitor del padre Víctor Manuel, un militar español retirado, residenciado en Tarento, de donde hacía un fructífero comercio con las principales ciudades costeras de la isla de Sicilia. Aquello había sucedió hacía muchos años. El poeta le explicó que, en ese entonces, el futuro padre Víctor Manuel vivía en Messina, en la casa de los parientes albaneses de su difunta madre, muerta al él nacer. Un par de años más tarde, padre e hijo, marcharon a Madrid, ciudad en donde el joven ingresó a la carrera sacerdotal a los dieciséis años, en un convento de jesuitas.
—Mira lo tramposa que es la vida. Su hijo es ahora el párroco de nuestra ciudad.
No quería saber nada de trampas. La vida le había hecho muchas. No necesito de mirar a través de la ventana. Desde allí podía apreciar la ventana del edifico cural. En una habitación del fondo del piso, al otro lado de la avenida que separa el hotel de la iglesia, vivía el padre Víctor Manuel, siempre apuesto y enérgico, inmune a los años y a los rumores de una ciudad azarosa e inviviible, menos para espíritus como él, en el que no podía tener cabida las minucias de la inquietante parroquia.
La historia que fluía de los ojos y no de los labios grandes de la mujer no le era ajena. Igual Silvano Damato, su huraño progenitor, había sido un calabrés que recaló en Ciénaga para fundar una librería de textos esotéricos. El cura, en cambio, había venido procedente de Barranquilla, treinta años atrás. Ciénaga, según algunos detractores del religioso, había sido para él el castigo a una vida poco adusta llevada en Barranquilla, un comportamiento incómodo para quienes no soportaban la elegancia del sacerdote, el éxito de una vasta cultura y, sobre todo, un pasado que lo ligaba a las milicias campesinas de Chaparral, en el Tolima, una parroquia, a la que fuera promovido luego de una estancia de dos años en La Habana prerevolucionaria, a la que llegó directo de Sevilla, la ciudad ésta en donde hizo los pininos curiales, en plena consolidación lítica del franquismo. Continuaba al frente de la iglesia de San Juan Bautista, de las obras pías y de una feligresía gorda, sin quejarse jamás de su suerte, ni sentir que estaba en el peor de los infiernos. Silvano Damato, en otro extremo, no soportó el fracaso de la librería, en un pueblo que se preciaba de una innumerable legión de poetas callejeros, pero con un rojo balance de pocos lectores. A Bogotá huiría hastiado y tras él marchó la muchacha que le servía, apretada de vientre, con tres meses de un embarazo indisimulable. Había, pues, nacido en Bogotá, una ciudad de gélidas noches en la que creció, estudió filosofía en una universidad revoltosa de piedras y motines y de donde, a la muerte de la madre, rota por un brutal cáncer de matriz, vino a Ciénaga para tomar una plaza de profesor en el San Juan del Córdoba, colegio éste que fundara el Poeta del Mar y en el que el padre Víctor Manuel remoloneaba unas elegantes y precisas clases de historia del arte. Un invisible hilo había echado a andar, a muchos años de allí, acaso en la isla de un viejo imperio naval, sin pensar en rutas ni vidas, y ahora él, concluyó, tenía entre sus manos una punta de aquella misteriosa madeja, aunque ignorara el tiempo asignado a semejante privilegio o maldición.
“Babosa mentira, esta historia tan cierta”, pensó sin atreverse a abrir la boca ante una Nena impasible, dueña de las palabra de una vida disfrutada y mejor entendida, contra la que no estaría en condición de proferir un juicio desfavorable.
La pareja descendió la rocosa costa, buscando una playa de bajas arenas sofocantes. El poeta le explicó, mientras descendían, los gustos gastronómicos de los calabreses, hombres y mujeres hoscos de mirada, en verdad serviciales de trato, muy amantes, como los napolitanos, de cantar y bailar de noche, luego de la cena, en pequeños grupos frente a las puertas de las casas o en las mismas playas, a la luz de una buena fogata.
Hombre de impredecibles rutinas. Así se lo había definido una vez. Una tarde en París, aburridos de andar, la lluvia los sorprendió cerca del Ritz. En el bar del renombrado hotel, en un rincón de lo más cálido, en el creciente murmullo de las mesas, bebieron, él dos martinis y ella un daiquiri que encontró áspero y en exceso dulzón, más de lo tolerable. El leía o fingía leer un diario, alguna revista de frivolidades, a las que recurría para oxigenarse de pesadas lecturas doctas y no perderle el hilo al veloz metro de su tiempo, como le explicara, dos noches atrás, mientras volvían en tren desde Bloi, donde el poeta la llevó al enmarañado taller de un viejo pintor bogotano de boina y espeja barba blanca, exiliado hacia medio siglo allí, no por razones políticas, como creyó oportuno explicarle, ni para vivir cerca de las innovaciones del arte, ya que el hombre seguía aferrado a un gusto renacentista de ángeles, madonas e iglesias que adquirió de un primer viaje que hiciera a Italia siendo muy joven, al principio de la centuria.
—Vino huyendo de un amor de primera juventud que le hubiera impedido entregarse a pintar sin ninguna aspiración y sin esperar nada.
El, pensó ella, también había renunciado al amor, a la estabilidad de un hogar. En cambio, silencioso siempre, abrazó una carrera consular iniciada en Curazao que le había permitido conocer el mundo, escribir sin afanes una obra que acaso tuviera algún corto mérito, no en los muchos poemarios publicados, como en una producción en prosa dispersa en revistas y periódicos, que nunca tomó el camino de la novela, un género de fondo en el que sin duda le hubiese ido muy bien. Los artistas se equivocaban mucho y de buena fe y éste no sería el único de una extensa historia literaria. La vida del pintor podía ser la de su amigo el veterano diplomático y poeta, pero respetuosa de los mayores y prudente en los juicios, prefirió guardarse el comentario.
Todo París estaría en las mesas y las barras del hotel. El París de los intelectuales, los empresarios, los políticos, los periodistas, las modelos, las actrices, los artistas, y apretados islotes de extranjeros, en una ordenada y complacida babel de lenguas.
Estadía de un par de horas en la que el poeta apenas abrió la boca para decirle muy al final, ojeando una revista:
—Así se apura la vida en el gran mundo. Nada que no sepamos hacer. Fíjate.
Salieron a la rue Cambon. Ella siempre tomada del fuerte brazo del poeta. Hacía una tarde-noche glacial, brillante y silenciosa, como si el efecto de la lluvia hubiera sido, a más de descontaminar los cielos, eliminar los ruidos de la ciudad, incluso los humanos. En una pequeña iglesia de vitrales del siglo XIII entraron a escuchar misa. Ella siguió el oficio con excesivo esmero, mientras el pagano poeta, a quien no le era indiferente el valor de la liturgia católica, permaneció de pie a su lado, dado en observar para algún imaginario poema, las columnas, los arcos de punto y, ubicando, con severos ojos de entendido, la clave de la bóveda central, habiéndole prestado pocos oídos a los hermosos cantos del coro, que interpretó varias pasajes en latín antiguo.
Esta vez, sin embargo, no fingía estar exultante ni vivía un momento de pura evasión, sino que estaba allí, desnuda, el cabello suelto, delante de la cama, todos los sentidos puestos en él.
Un argumento contundente, irrebatible, le iluminó todavía más el firme, hermoso y moreno rostro:
—Igual sucede contigo, querido. Jamás escribirás un poema. Tú serás un narrador de erudita imaginación. Cambiarás solo para afirmarte en tus vicios literarios.
Le molestó que se expresara de un modo tan concluyente, sin espantarse, un tanto cínica, aferrada a un breve lenguaje de jamases, siempres y nadas.
Se formuló la pregunta a sabiendas de incurrir en un deliberado pleonasmo. Había querido decir con eso de que era un narrador de erudita imaginación algo que estaba claro. Quería decirle, simple y llanamente, que él pertenecía a la legión de los que siempre harían de la palabra un arte elaborado que sacrificaría la sencillez y la claridad a nombre de un estilo denso, oscuro, fehaciente prueba no de talento sino de un vacío de experiencia que se pretende suplir echando mano del recurso fácil de la técnica verbal.
—¿No me crees? ¿Piensas que solo te digo la verdad?
No creía ni pensó en la verdad de nada. La verdad —creía y pensó—, ya que la Nena insistía en extender una anodina charla post coito en el declinar de una tarde calurosa, no sería distinto a algo que por la cualidad de su naturaleza se ve, se oye o se siente, pero está prohibido discutir. Nada más. Ella, alguna otra tarde, en un hotel de Santa Marta, al que escaparan un sábado temprano, ubicado frente a la bahía azotada por un norte imposible a principios de diciembre, recordó haberle regalado una involuntaria cátedra sobre la verdad, la ilusión, la ficción y el poder de la mentira. Se apuntó esa vez una frase estupenda, en realidad, de puro efecto —“Se puede decir mentira tras mentira sin ser un mentiroso”—, de esas que minan la imaginación y paralizan la razón en un umbral, sin ser del todo ciertas. Solo en algo estaría de acuerdo con la Nena: que la gente, alérgica a las verdades, seguían prefiriendo las mentiras que las reemplazan.
—Pasamos buena parte de la vida aceptando y acomodando mentiras. Sin mentiras la sociedad sería un imposible juego. Algo como esto debí haber leído en uno de los libros de Rousseau, en mis años de Bruselas. Mí tío tenía toda su obra. Leyendo a ese engreído, esquizofrénico, inteligente y elegante autor aprendí a mejorar mi francés. ¡Ni te imaginas el placer de leerlo en un idioma de pensadas palabras!
Se arrimó al borde la cama sin esconder una sonrisa de pícaro triunfo. Retiró de un movimiento la sábana que lo cubría. “Anda. Estírate. Ponte de lado. Eso es”. En el epílogo de una cita generosa y exacta, sobre el tronco desnudo del muchacho, del que nunca se jactaría conocer como pocas, concedió en interpretar un fragmento de una pieza de Ernesto Lecuona, una conocida melodía que sorprendió a su amigo, un genuino apunte que sumado a otros ganaría tal vez algún día la condición de inmodificable en una sincera, sencilla y valiosa página. No aspiraba más.
Fina, ágil y metódica, el ceño contraído, dibujó una segura línea melódica que él, sin respirar y complacido, siguió con mudo regocijo intelectual. Aquello no duró treinta segundos. Saltando de la cama, la vio correr de puntillas hacia el baño, donde poco después la sintió asearse. La sesión concluía. Ella se cambio y salió de la habitación en silencio. No volvieron a verse en muchas semanas. Un período de feliz escritura, de absoluto anonimato, de total entrega, signado por el favor de las musas en las que no creía.
Santa Marta, 2005.
_________________________________________
© Clinton Ramírez C.
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII– Número 25
Abril-Mayo-Junio de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v7n25demon.html