La efímera inmortalidad de los espejos
José Luis Garcés González
Cuento tomado del libro La efímera inmortalidad de los espejos.
Montería, Ediciones El Túnel, 1982
Puedes estar equivocada. Uno ve el rostro, la piel, la máscara. Nada más. El resto es presentimiento. Nadie sabe quién es. No, no digas que me conoces. ¿De qué color son los gusanos que saldrán por la cavidad muerta de tus ojos? ¿A dónde nos llevará este viento, este titubeante delirio de espadas? Frente a nosotros está el desafío del laberinto. Debemos contentarnos con descifrar la madeja de los primeros caprichos. Noté que en tus ojos grandes, que en tu boca carnosa, que en tu cara redon¬da empezabas a combinar la extrañeza con la rabia. Más tarde agregué: Siempre hay una estrella que nos guía, que en las noches de luna descansa en el fondo cristalino de las ciénagas. Que no se tergiverse la ruta de nuestra estrella, es la tarea que se nos impone al nacer.
—Me da miedo cuando hablas así —interrumpiste.
Si no te han dicho, en cualquier momento te pueden decir que no estás en tus cabales. Te has apuntado al caballo que va a perder. Encontrarse en el camino no significa seguir por el mismo trecho, persistir en la misma huella. Un accidente, una casualidad, dos rostros que ocasionalmente padecen el mismo sol. No retornes a las equivocaciones. Es la máscara la que se ve. Esa risa o esa tristeza son gestos efímeros, revanchas del rostro oculto. Las máscaras femeninas, dice Lawrence, necesi¬tan ostentar algo. El marido o la plata del marido; la familia o los ancestros; los blasones o los títulos, no importa su dudosa procedencia. La máscara vive de máscaras.
Es posible que me agradezcas la dura franqueza. O quizá digas que fui un melancólico farsante. Como lo decían a coro tus hermanas.
Las caras iracundas de tus hermanas. ¿Te has vuelto loca, muchacha? Te aconsejaron algo que ellas nunca practicarán. ¿Recuerdo mal? Y remataron con aquello de que las mujeres deben cobijarse debajo de un árbol que dé sombra. Y ése, ¿qué sombra es capaz de dar? Con esta situación no se puede con¬fiar sólo en el amor. Y la mayor, la ojona bocona, la que siem¬pre avivó el fuego de la contradicción, ostentando algo que leyó en el periódico el día anterior: no mija, la inflación tiene reventado a este país, las cosas aumentan cada día de precio y con un hombre pobretón y deschavetado de veras no se puede. Y tú callas por cuestión de jerarquía, pero después dices, para defenderte y para herirlas, que ellas están metalizadas, que tienen un signo de pesos en el mismo centro del corazón. Y ellas rieron, ya estás influida, qué lástima, Támara. Y siguie¬ron, días tras día, armando su espectáculo deprimente. Ame¬nazaron con decírselo a papá, no importa que se le dañe el fin de semana; y a mamá, la que permanece sentada a una máqui¬na de coser, sin reparar en que el médico le prohibió las rabias y las incomodidades. A papá se le debe informar, pues, aun¬que él permanece largo tiempo fuera, negocios mija negocios, papá siempre será papá. Tampoco importa que él agarre cuan¬do se pone verraco esas iras de antología, y rompa los espejos, los cuadros de familia, los platos chinos adquiridos de contra¬bando y maldiga y putee a la madre de tu madre, a esa tierna abuela que hace años permanece en el país de los muertos, y que en el cuarto de ustedes se muestra magnífica y saludable, canas plateadas, sonrisa de medio camino, colocada en un marco brillante terminado en ángulos discretamente oscuros.
Tus hermanas dando vueltas por la sala, agarrándose el pelo, secándose el sudor. Te dicen que están al borde de enfermar¬se, que les empieza a palpitar la cabeza. Y diciéndote que no están metalizadas, que eso no es cierto, que te equivocas, que ellas son mujeres realistas, que tienen el corazón caliente pero la cabeza fría, cuando silenciosa llega mamá, un poco inclina¬da hacia la izquierda, con la venda puesta en su pierna varico¬sa, y pregunta qué es lo que pasa, por qué discuten. Y la mayor, la que siempre posa de realista, le contesta nada ma¬má, pendejadas de las muchachas, tonterías. Y mamá las mira desconfiadas, volteando la cabeza en gesto de duda, pero no dice más, y se retira a la cocina, a su rutina indomeñable. Y apenas desaparece mamá prosiguen, ejemplos hay miles, sólo hay que mirar a nuestras amistades, ahí está el de la muchachita de la esquina, bonitica y todo, curiosita ella, que se enca¬prichó con el cocacolo pintoso que la mareaba cada noche des¬de la bacanidad de su monareta sacada a crédito, se fue con él, la preñó y la dejó, si te he visto no te conozco y a ese hijo bús¬cale padre. O el de la profesora aquella, la que te daba mate¬mática cuando hacías segundo. No digas que no te acuerdas. La que se pensaba que estaba lista para vestir santos, pero como las apariencias engañan nunca se sabe. ¿Santos? Para vestir y desvestir hombres. Se tiró a la aventura con un albañil fumón, aquel cepillo de alambre, el mismo que hizo la terraza salpicada de granito. No digas que no te acuerdas. Y el tipo la usó y la dejó, así no más, indio comido indio ido. Menos mal que no la embarazó, como que de lo vieja ya no cuajaba, pues si no, quién sabe qué hubiera sido de la pobre.
Y así. Pues la vida es un espejo. [Otra vez los espejos]. Y los espejos se hicieron para verse en ellos. Y si una se cayó, por ahí por ese camino no paso yo. Y tú, Támara, siempre has demostrado capacidad y una certidumbre asombrosa para sopesar a las circunstancias y a las personas. ¿Qué te pasa ahora? No puede ser posible. Es una luz fugaz, es una benga¬la. No, Támara, no, es tan poca cosa lo que pierdes. Ya te ven¬drá la serenidad, la ecuanimidad, la imparcialidad. Confía en ti y en nosotras que somos tus hermanas. Él es un simple parche poroso, en cambio tu familia siempre será tu familia, tu misma sangre. Madre no hay sino una. Y hombres, de esos está lleno el mundo. Piénsalo, medítalo por segunda vez. Y en seguida rumbo al cuarto contiguo, a discutir cuál de las tres había sido más convincente y más audaz, cuál había tenido mayor influencia. Y no se ponen de acuerdo, y forman su pequeño escándalo con torcidas de ojos y gestos desesperados. Cosas de las niñas.
Y la mayor sostiene que tú tiemblas ante la posibilidad de que papá se entere, pues papá como todo hombre de su tiempo y de su estructura, acepta hablar mal de las mujeres, hacerles algunas jugarretas, algunas proposiciones indecorosas, todo y mucho más, claro, mientras no sean sus hijas las que estén de por medio, y eso está bien. Pues lo de papá ya se sabe, y no es que se quiera hablar mal de él, se casó con mamá ilusionado como todos los idiotas, y como ambos estaban jóvenes los hijos vinieron a uno por año, sin descanso, dándole al cuerpo, como temiendo que se acabara el tiempo. ¿Papá, que se entere de lo de Támara? No, por nada del mundo. Aunque alguien podía decir que las está pagando, o que las ha comenzado a pagar, porque amenazas de abandonar a mamá cada rato las formula, y no de ahora, sino desde que se levantó (¿Así es cómo dicen los tiranuelos de la esquina?) a la india esa nalga pancha con la que anda enjaranado. Mejor es no hablar de eso. ¿Dejarnos solas? ¿Sin quien nos represente? ¿Sin poder presentarlo a los amigos que a veces caen por aquí en son de visita neutral o a echarnos primero el ojo y después el cuento? No, papá es in¬dispensable, y se acabó, no importa que haya que perdonarle sus pecadillos familiares, en el mundo nadie es perfecto, y como dice el dicho, quien no la comete a la entrada la comete a la salida. Hay que sobrellevarlo, con mañita, como si la cosa no quiere y la cosa queriendo, y que ninguna de ustedes pien¬se lo contrario. Es la única forma de salvar el hogar.
Ustedes saben lo que pesa la lengua de la gente. Horrorosa, inmunda, detestable. Decirle a alguien lo de esta loca, nunca, ni se les ocurra. Son amenazas las mías para ver si ella echa hacia atrás. Y explico: cuando digo papá digo mamá. Cuidado con ella. Ella vive como amargada, saltada, fuera de órbita, con esa maldita presión siempre alta, como dispuesta a esta¬llar en cualquier momento. Hoy no más tema. Que esté tran¬quila, sosegada, con la mente en lo que queremos, es decir, reflexionando y dándonos la razón. Hagamos como si no hubiera pasado nada, como si nada estuviera torcido en este mundo. Las mismas risas, las mismas bromas, las peloteritas cotidianas, así ella, mamá, que es la que está en casa, no se dará cuenta y no habrá posibilidad de que empiece a averiguar la causa del avispero. Advertiditas, ¿eh?
Tú dudaste. La duda siempre será una constante de tu vida y de todas las vidas. ¿Si la cuestión no sale así? ¿Si planificamos a la inversa? Una vez me dijiste que no había dureza que te hiciera cambiar de decisión. Que no había vuelta de hoja. Es¬tuviste cerca del juramento. Tu semblante estuvo presto a ini¬ciar la ceremonia. Querías aparecer fiel hasta el final, dejar estampada tu figura de ojos grandes en la que no había oportunidad para el titubeo. Te dije: nunca pronuncies palabras defi¬nitivas, pues ellas van contra la misma vida. Esas pierden. Se desgastan. Se convierten en hueso muerto.
Te gustan las decisiones solemnes, Támara. No eres partidaria de mirar la realidad sin parpadeo de ojos. Quién quita que a la postre tus hermanas tengan razón. Muchas mujeres encuen¬tran en los hombres a los deseados camaradas de errores y nostalgias. Es posible que yo haya sido exagerado de palabras, hombre de verbo empalagoso. A veces las ideas se apresuran y hay que soltarlas, dejarlas que se defiendan del olvido. Y hablé demasiado. Y tú, tenue aún para el vocablo rígido, te sentiste azotada. ¿Por qué te quieres ir de mí? Me preguntaste. Y yo no supe qué contestar.
No, no quería irme de ti. Nada turbio empañaba nuestra rela¬ción. Cualquier día una rabieta de pubertad. Un atardecer de ojos torcidos muy cerca de los higos del río. Nada insólito. No eran deliberadas mis ausencias, y tú lo sabías. Al principio te disgustaron, luego comprendiste que mi trabajo me convertía en hombre móvil. No, no quería irme de ti, Támara. Sin em¬bargo algo, ni tu ni yo ni nadie puede saber qué, me decía que debía abandonarte. Habíamos tomado cierta confianza, y de súbito me pareciste más madura de lo que yo pensaba. La pequeña satisfacción en un rincón del alma, como dice el Alci en el arrabal. Y ya no había rubor en manifestarme el día de tu menstruación, o confesarme el deseo que experimentabas de amarme desnuda en la oscuridad.
Sí, al finalizar un agosto de escasos vientos, yo me perdí de tu presencia. Me demoré más de lo debido. Y en la lejanía te imaginaba yendo por las tardes a la cafetería, a ese recinto estrecho circundado de enredaderas, de olores picantes, de voces que derribaban cualquier susurro. Tus ojos grandes recorriendo las mesas y los rostros, dándote de sopetón con mi sitio vacío o con gestos extraños, indiferentes a tu desespero.
Yo sabía que el golpe te dejaría inservible por varios días. Na¬die podría hablarte. Nadie te sacaría una palabra. Nada ni nadie te sacaría de tu silencio. Una joven mujer tirada a la deriva, consumiendo su propia rabia, poseída por cierta lásti¬ma, por cierto dolor, por cualquiera de las denominaciones que tiene la tristeza.
Yo no volvería más a la cafetería. Era consciente que al desa¬parecer tú, la cafetería dejaría de existir. No sólo mueren las personas, también mueren las cosas. Empecé a acostumbrar¬me a la idea de que no regresaría jamás a ese lugar, a la risa de la negra Chávez, a la cara desconfiada del Nicolás, montuno y todo pero vivo para el negocio. La cafetería no era una direc¬ción en el mapa de la ciudad, era parte prudente y muda de nuestra vida. Tolerante, de tarde en tarde nos abría sus puer¬tas y expelía su tufo familiar, y nosotros entusiasmados y aún afectados por un leve toque de misterio, penetrábamos en ella, que era la forma más simple de penetrar en nosotros mismos.
Cuando decidí regresar, las primeras lluvias de Octubre inun¬daban las calles. Esta ciudad que no soporta un aguacero. Fui al bar de la treintaiuna, donde posiblemente encontraría a los periodistas radiales criticándose sus consecutivas y recíprocas metidas de pata. No estaban. Pregunté por ellos y la mesera me dijo que un vale los había ahuyentado desde dos semanas atrás. El bar era frecuentado por empleados que se gastaban en alcohol sus propinas sospechosas, y por algunos hacenda¬dos en busca de cierta pátina citadina. Me senté a la mesa habitual, la penúltima de la fila izquierda entrando por la calle. Allí vi pasar a gente que no conocía o que mi memoria había olvidado. Cocacola y limón le pedí a la mesera, y entre trago y trago tenía el vago presentimiento de que ibas a aparecer por la carrera, de norte a sur, con tu falda de cuadros plisados y las medias blancas gruesas dobladas impecables en los tobillos. El ojo no sólo ve, también confunde. En cualquier imagen la semejanza se me tornaba certeza, y me decía es Támara, camina con desgano, es ella, los cuadros de su falda están más des¬teñidos, cómo ha palidecido, Támara, te veo y no me ves. Cuando te acercabas, dejabas de ser Támara, eras otra, una muchacha cualquiera, una mujer de ciertos rasgos, alguien que podía tener algo de ti. Muchas tardes reincidí en el embe¬leso. Nunca pasaste. Yo, casi solo en ese inmenso bar rodea¬do de cuadros que un pintor cambiaba por amistad y licor, cumpliendo una cita que a nadie había puesto, escuchando una música sin traducción que brotaba de un rancio tocadiscos, tomaba sorbo a sorbo la pócima que yo mismo había prepara¬do. Podía encontrarte. Pero para mí, en ese entonces, la volun¬tad, era la decisión exclusiva de decir no. Y me resistía. Otro debía ser tu destino.
Soy un hombre a quien le pesa el pasado. Para mí el pasado no es borrón y cuenta nueva. Para mi lo pasado pasado no está. El pasado revolotea, insiste, se desanima, toma nuevas fuerzas, y se muestra de cuerpo entero. El pasado deja siempre una cica¬triz en el rostro, una honda fisura en el alma. El pasado no es muerte. Por el contrario, es una astilla de la muerte, si se quie¬re, incrustada en la vida. Pasado reactualizado es el presente. Acumulación de pasados es el presente. Continuación inme¬morial de los espejos. Cadena infinita de espejos. Espejos dadivosos que tergiversan los restos del naufragio. En una ocasión me hablaste de tu pasado, Támara. No recuerdo con exactitud los hechos. Voces que llegaban al grito. Carne pri¬meriza. Carne inicial. Un pasado que no te dejaba levantar cabeza, Támara. La alegría de una noche que se convirtió en estupidez, en lágrimas, en maldiciones. Luego los deseos por librarte de esa fetidez inubicable, pero el enemigo no era tan¬gible. Ya había hecho su daño. Había penetrado y desgarrado el eslabón de las trivialidades. Tu mencionaste pedazos de pretéritos, noches de locura, episodios en donde se mezclan placer y desvaríos.
Un anochecer, escuchándote esas historias truncas, aparente¬mente inconexas, te conté, aparición inconsulta del azar, pedazos de la vida de un tal Santomé. No había mucha similitud. Pero, quizá sin otro tema, acudí a esa narración. Estuviste atenta, sin despabilar, y al finalizar dijiste, un poco a la deriva, se parece al caso de papá. Eso bastaba. Te traje el libro. No eras muy buena lectora, pero la novela te agarró desde el primer momento. Cada día me contabas los capítulos que ibas leyendo. Precisiones, detalles, demostrando que la memoria se afianza asombrosamente en la desgracia. Tal vez Santomé y papá eran una misma persona. Es posible que ello te hubiese inducido a guardar el libro. La relación estrecha entre el hombre de la novela y el hombre de la vida. En fin, no hice nin¬guna presión para que me lo devolvieras. De algo habría de ser¬virte. Santomé, papá, el mismo engranaje de familia, la misma lánguida melancolía.
Ayer jueves, Roger, el flaco diminuto del puesto de revistas, me hizo señas desde la otra acera. La risita jodona, la burlita de rutina. De una de sus cajas sacó el libro metido en una bol¬sa plástica. El mismo Benedetti, Támara. Lo agarré y lo recorrí hoja por hoja. Algunas frases subrayadas, algunas palabras en las márgenes, ninguna nota, ningún signo. El libro era lo único que tenías de mí. Nuestro lazo secreto. Me lo habías dejado en uno de los lugares donde nos vimos por primera vez. No pude no pensar que las cosas siempre terminan por donde comien¬zan.
—Hace un mes lo trajo —dijo Roger.
Metí el libro en medio del periódico de la mañana. No había necesidad de hacer preguntas. Seguí rumbo al bar del medio¬día, evitando la posibilidad de encontrarte. Ha transcurrido cierto tiempo, y los viejos dicen que el tiempo lo cura todo. Quizá habrás entendido que era necesario tergiversar la ruta de nuestra estrella. No es derrota. Desaparecí de tu vista cuan¬do comprendí que estábamos apostando a lo inútil. Que otros se alucinen en ese desierto imposible. Debe haber fiesta en la familia. Impedí, por ahora, la desintegración de la herrumbre. Creerán tus hermanas que has recapacitado, que te volviste razonable. Que han triunfado ellas. Tal vez nunca sabrán que la efímera victoria se las entregó la distancia. La persona menos indicada. La convicción de que es bueno mirarse en los espejos. De cuando en cuando y lentamente.
Montería,mayo de 1976 a abril de 1981.
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© José Luis Garcés González
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 25
Abril-Mayo-Junio de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
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