La poética del jazz
de Miguel Iriarte

Lidia Salas
lidiaspo@cantv.net

Cada vez que viajo  a Barranquilla  regreso a esta Caracas de mis exilios, con lo más preciado que puedo tomar de mi inolvidable ciudad natal:  los momentos compartidos con los amigos y  la familia y las palabras de sus poetas. Inicio el inventario de las obras  que encuentro en mis alforjas  con el último poemario de Miguel Iriarte, Cámara de jazz  (Fundación  Cultural Nueva Música y Editorial La Iguana Ciega, Barranquilla, 2005). El libro trae una interesante presentación y está traducido al inglés  por Miguel Falquez-Certain.

La escritura de estas páginas revela  una intención lúdica (no olvidar que play  tiene una significación ambivalente: jugar y tocar un instrumento). El poeta  advierte en el prólogo  la realización  de su sueño,  dirigir una Banda de jazz, a través de la literatura. Los poemas se arman entonces como una gran simulación, como un juego;   el poeta   convoca a los más grandes de este arte mestizo.  La manera como plantea la escritura revela su  gran conocimiento sobre los músicos y más que nada, su pasión por esas vidas y por lo que compusieron.  Quienes fundaron el legado musical más hermoso del siglo XX  así lo habían propuesto desde sus inicios. “ La música  es  una  adicción”, dijo  Miles Davis, y Duke Ellington: “La música es mi vicio y mi amante”.

En la comunión de los dos lenguajes, el del Jazz y el de la poesía, se observan varias vertientes:

1. La de presentar a los  inolvidables  personajes  del  movimiento  jazzísticos con  sus vidas y  sus desgarraduras,  en ocasiones,  a la manera del showman que se dirige a  un gran auditorio o  como el amigo que les habla desde una antigua complicidad.

2. La que expresa las íntimas emociones del poeta frente a la presencia contundente de la música en su biografía.

3. La que trata de convertir el poema en canción o en sonido de orquesta por sí mismo.             

Estas vertientes corren por  cauces  donde jamás se traiciona  al ritmo ni a las imágenes, elementos que sustentan la poesía verdadera, enriquecidos siempre con  una emoción que baja o sube en intensidad  de acuerdo con el instrumento en el que se  transforme la pluma:  saxofón grave, guitarra, clarinete o percusión.

En el primer poema,  “Black and Blue”, se rinde homenaje a Louis Armstrong,  la persona más importante de la historia del jazz, definiéndolo en apenas  tres versos:   “Louis Armstrong / Brazo fuerte de este río /Corriente principal de un arte de tristeza / cantada.” Con fuerza  y un poder de síntesis impresionante nos hace el retrato de Satchmo: “Con toda la boca, la risa y la trompeta” y más adelante da cuenta de su inolvidable talento:  “Nadie cantó mejor su carraspera.” El poeta dicta una cátedra  con sencillez y belleza, después  se convierte en respetuoso interlocutor para hacer referencia al barrio de New Orleans en donde el jazz clásico tomó su estilo cuando  recuerda a  quienes  tildaron a  Armstrong  como   “Un   triste entretenedor de Storyville”  y  a sus humildes orígenes : “ y a la diana / en la corneta vieja del reformatorio.”

El poema “Dizzy Atmosphere” puede ubicarse también en esta primera vertiente;  se  hace referencia  a la creación  del  jazz  moderno a  los  finales de  los  años  cuarenta, mediante la innovación en su  estructura llevada a cabo por  Dizzy Gillespie y Charly Parker .  “Trompeta nerviosa y epiléptica / Mirando al cielo a punto de elevarse / Para seguir acaso al triste pájaro /  de Parker” y de la influencia latina en su música por su amistad con Chano Pozo: “Bufón de corte afrocubano / Manteca para hacer la salsa.” Es oportuno comentar las estrofas de “Ornithology”  en donde se da cuenta de las desgarraduras en la vida de  “Bird” (“Pájaro” ) también conocido como Charly Parker con aquellos memorables versos: “Dejó el saxo bien en alto / Y nadie lo alcanzará / Porque allá arriba, a cierta altura / todas las alas se derriten.” 

El poema “Round about Monk”  escrito con singular maestría,  recuerda a uno de los pilares fundamentales del movimiento jazzístico en New York:  Thelonious Monk. Iriarte expresa el arte del pianista con los nuevos sonidos que arranca del instrumento, el asombro de quienes lo escuchan, la atmósfera de la nocturnidad en las calles y adentro de los bares,  la tristeza y la amargura presentes en el alma de este hombre, con las cuales engrandece su música.  Esta  página justifica hasta la saciedad el talento del autor, quien termina sus versos con una síntesis inolvidable: “Queda para la historia su piano estructural / Hecho del árbol del más profundo gospel /  Sólo para que suene el arte verdadero / en el que vale más lo que se calla  que lo dicho.”  

En esa misma atmósfera de admiración  acompañada, en estas estrofas, de un sentimiento fraternal por el hondo dolor de vivir que pagan algunas almas  frágiles como la de ese bajista de sonido innovador y denso a quien le dedica el poema “Los latidos de Mingus”, se inscribe este texto auténtico, en el cual compara  esa corriente del jazz  con nuestros   “ritmos de la sangre / Obscuros, ancestrales / Entre resquicios misteriosos de la cumbia.”

En la segunda vertiente,  donde la intimidad del poeta  se fusiona al lenguaje del saxo,  se encuentran los poemas que más me conmovieron.  En “Una  sordina para el señor Davis” se plantea una conversación plena de nostalgia con el autor de uno de los discos más hermosos que conozco:  Kind of Blue.  Le interroga: “¿Recuerda usted el día en que estuvo jaezando / por mi casa / Era usted una delgada lámina de miel  / Sonora y dolorosa / Que atravesaba el aire de mi cuarto”, para  comunicarle una verdad esencial:  “Le confieso usted  me ayudó a encontrar / El alma mía.” En esta página se detalla una de las experiencias  más exquisitas  de la vida, hacer el amor  bajo el sonido de una Banda de jazz:

Iriarte lo describe de la siguiente manera: “Recuerdo que yo estaba  / Con una bella mujer tumbada sobre el pecho… / Untándole  la  miel  de su dolor en todo el cuerpo… / Haciendo el amor con el profundo son /  De su trompeta.” 

Después que leí el poema “Mister Ellington hace una visita “ no he podido olvidar la musicalidad de sus palabras. “Está  tocando  la música / A mi puerta / Y no se irá si no le abro el corazón.”   Versos sencillos que encierran  una  emotividad profunda. Ellos rinden homenaje a Duke Ellington, uno de los mejores compositores de jazz de todos los tiempos.   “Sigue tocando la música  / A mi puerta / Y no se irá, eso me temo  /  Porque me tiene  la dosis con que vivo.”  Confesión del poeta de su adicción a la música. Verdad irrefutable comprendida por quienes alguna vez dejamos  entrar  el jazz a nuestras  vidas.

En esta vertiente está ubicado también el poema  “A las puertas de Billie” en homenaje a Billie Holyday.  Se presiente un acercamiento del autor a la cantante, se permite tutearla cuando dice: “Aquí estaremos, Billie, solos / Y podrás arañarme el corazón / Con tus voces de gata.”   Comparación que describe la tesitura de su voz y al final le declara  la sinceridad de su adoración:  “Aquí podrás entrar por todo el frente / Porque mi alma no tiene entradas falsas.”  Se hace referencia a los prejuicios sufridos a causa de su raza por la cantante, quien  a pesar de la ser la estrella de la noche, era obligada a entrar por la puerta del servicio, por  donde se sacaba la basura.

En “Mambo Mongo”, Iriarte escribe unos versos donde expresa sus emociones ante un Afro Blues de Mongo Santa María,   ese  bárbaro que él recuerda con nostalgia cuando dice: “El día en que removió  cada partícula de  polvo / Y de tristeza  / En mi vieja pensión en Barranquilla.”    En estos mismos versos mediante sonidos onomatopéyicos convierte el poema en conga, en  canción, entramos así a la tercera vertiente: “¡Mongo espíritu libre, bómboro, quiñá, quiñá! / ¡En los pasos de Pozo y por otros caminos  / Una historia distinta  cutaplá en el jazz!  ¡Bravo Poeta!

Cada lector encuentra lo que quiere en su lectura.  Leí, disfruté, lloré el poema “Soultrane” como si fuera un Blue.  Lo ubico por tanto en la última vertiente. “Desde el profundo sur viene rugiendo / A todo tren / un obscuro dolor por Alabama.”  Termina la página  con una emotiva mención a John  Coltrane el memorable saxofonista compañero de Miles Davis: “Mientras  llega Coltrane  / A grandes pasos / Con un vagón de jazz para mi pena .”  En esta misma onda  leí el poema que cierra el libro como un solo de guitarra. 

El nombre del poemario es sonoro y lleno de significado, Cámara de jazz, porque este tipo de música es lo clásico del siglo XX, así lo testimonian las composiciones de George Gershswin,  quien ha integrado un interés jazzístico al mundo académico. Encuentro en la poética  de Miguel Iriarte una sensibilidad que sostiene el mundo hermosamente sonoro de un arte que renace cada día en las versiones de los diferentes intérpretes. Recomiendo la lectura de esta buena poesía que se escribe en Barranquilla, para asomarse  al calendario de seres  maravillosos, geniales, sufrientes,  quienes transformaron su dolor en música, los sonidos en queja, la música en sensualidad.  Esta catarsis ha sido realizada también por el escritor. 

Por supuesto  me hubiera gustado encontrar  otros nombres como los de Ella Fitzgerald, Ray Charlie o  Benny Godman.  Debo confesar que escribo estas notas escuchando jazz.    El placer sólo puede estar acompañado de más placer.  Esperé algunos años  la publicación  de los poemas de este exquisito melómano.  Estoy complacida por la forma lograda, por la significación de cada una de sus líneas, por su aporte a la poesía colombiana y por su intento totalmente demostrado, que la escritura de ese sucrense, nacionalizado barranquillero, como alguna vez dijera el maestro Carlos María, tiene talla para pasearse por predios internacionales.          
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©   Lidia Salas

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 25
Abril-Mayo-Junio de 2006

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN VII - NÚMERO 25