Muebles grandes
para casas chicas
Dévinso Jiménez
Desde la habitación contigua se escucha el timbre del teléfono repetidas veces hasta ahogarse. Hasta entonces me entero de que habían logrado arrendar el maldito cuarto con vista a la desolada montaña. Esa aburrida forma de llanto se empezó a meter en mi habitación desordenando aun más los sábados de la cama, rasgando las cortinas con el tildeo que conducía mi cabeza. Dejé de leer la prensa para convertirla en grumos que medía en cada una de las orejas, empujaba el papel con los índices hasta que escuchaba el bombeo del corazón. Entonces los ojos dejaban de dar vueltas ordenando todo de nuevo. Pero no sé por qué ranura, no sé si por la boca o por el culo se metía ese rin-rin de mierda, de inmediato la habitación era una orquesta de timbres polifónicos que les daban vida a los objetos con su vibración.
Arrinconado con la cabeza y el rabo entre las piernas, escuché un ¡aló! melodioso y entrecortado con un acento que liberaba eses. Lentamente la voz fue volviéndose un naranjal espinoso que murmuraba a medida que las hojas y el tronco le iban creciendo, las espinas rayaban el acabado del cuarto soltando la pintura en las fisuras del piso. Los dientes se me destemplaron saboreando ese sabor ácido de la fricción. Sin aguantar más, me levanté y con el impulso me le tiré encima a la puerta, en el primer intento su fuerza me doblegó con una llave maestra que me lanzó por detrás del sofá-cama en medio de la sala. Aspiré aire y me airé hasta tomar el cuchillo de la mesa y destrozar la puerta a puñaladas.
Ella me miró llevándose las manos al pecho, como recogiendo algún pedazo de alma que le quedaba fuera del cuerpo. Los pulmones me subían al pecho, lo inflaban en dos tiempos, mientras aún caían retablos de la puerta. En la hoja del cuchillo podía ver su rostro pasmado, no parecía movérsele un músculo, vi en esa figura de cera la inyección letal, la ampolla subía por su delgado cuello metálico soltando una que otra gota. No me había percatado de que estaba en ropa interior, con medias y sin zapatos, no me importó en absoluto. Fui acercándome, girando en mi mano la hoja filosa, sin perder el auricular en sus ojos, ella seguía sin despabilar. La sujeté del cuello y la apuñalé hasta que dejé de escuchar ese sórdido timbre en mi conciencia.
Más calmado, con una taza de café y un nuevo periódico en las manos, pensaba en cómo deshacerme del teléfono, el cuerpo no era problema, ¿cuándo ha importado que una desahuciada en medio de su melancolía se lance con el cuerpo en llamas de un sexto piso con vista a una desolada montaña? ¡Nunca! La noche de ese día dormía tranquilo recreando en el sueño el movimiento lineal que acompaña al cuchillo cuando se introduce en el cuerpo, hasta que volvió a sonar el teléfono, el celular, el timbre del apartamento, las bocinas de los carros y ese silbido íntimo que sale del cuerpo buscándome con el mismo desespero con que huía de él. Salté de la cama y corrí con el cuchillo en la mano hasta llegar a la rejilla de la entrada principal, allí me acorralaron dos hombres que me pedían soltar la cuchara, me movía sin perderlos de vista, apuntándolos con el puñal. En ese instante volvió a sonar el teléfono y uno de ellos le dijo al otro: “Es hora de la segunda dosis”. Me golpearon en las piernas y me colocaron una camisa a la fuerza, entonces caí viendo el letrero de la rejilla.
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© Dévinso Jiménez
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 25
Abril-Mayo-Junio de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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