Dos cuentos:
1. El último nockout
Juan Miranda Marañon
La cara del Campeón era una mascara roja, sangraba profusamente, ambas cejas las tenía partidas, sangraba por la nariz y por la boca, sangraba pero no retrocedía, su ataque era incesante. El Campeón lanzaba golpes con mucha velocidad y fuerza, la mayoría de los golpes los erraba, los erraba porque yo los eludía con rápidos movimientos.
Era mi tercera pelea contra Billy Brayan, "El negro Brayan" le decían. A mí me llamaban por mi nombre, Pedro Herrera. La primera pelea la gané por nockout técnico en el noveno round, fue una pelea muy dura. La segunda la perdí por decisión, perdí la pelea, el invicto y el título de Campeón Latinoamericano.
Billy Brayan era zurdo. Para mí, los boxeadores zurdos eran fáciles de dominar, pero el Campeón pegaba supremamente fuerte con su mano izquierda. Su ataque siempre lo iniciaba con la derecha en forma de jab, después golpeaba abajo con la misma derecha, luego venía su izquierda brutal. Mi hijo Antonio, de doce años, y el hijo de Billy eran buenos amigos, andaban juntos, jugaban al fútbol y estudiaban en la misma escuela. Lo que no me gustaba a mí era que estaban juntos viendo la pelea en la primera fila. El circo de Cartagena estaba completamente lleno, desde el primer round la algarabía del público era un estruendo interminable.
Yo contragolpeaba a Billy, y su cara era horrible, el me decía:
—¡Te voy a matar, te voy a matar!
Su furia crecía, se desesperaba, yo realmente quería que pararan la pelea, Billy estaba muy mal, al término de cada round miraba a los muchachos, el hijo de Billy se veía muy triste, en sus ojos se notaba la preocupación.
Durante el minuto de descanso a Billy le limpiaban la cara y lo curaban. En el décimo round salí dispuesto a terminar la pelea, golpeé fuertemente el estómago del Campeón, pero este parecía tener la barriga de acero. Volví a golpearle la cara, le di un tremendo derechazo, su rostro hizo una mueca horrorosa, volví a mirar a los niños, fue entonces cuando sentí un golpe terrible. Sentí un estallido dentro de mí, trastabillé, tambaleando llegué a las cuerdas, todo me daba vueltas y era rojo. Vi la cara roja de Billy Brayan y sentí otro golpe, todo quedó muy claro, todo me dolía. Otro golpe y otra vez todo fue rojo, volví a ver a Billy, también vi al árbitro que trataba de detener a Billy. Otro golpe pero no me dolió y otro, y todo más rojo y todo daba vueltas, y la bulla se hizo como un canto y fui cayendo, y de pronto quedé de pie como si nada, pero mi cuerpo estaba bocarriba con los ojos abiertos mirando hacia ninguna parte. Fue extraño y desesperante, yo acá y mi cuerpo en la lona. La gente del Campeón salió a alzarlo en hombros, los fotógrafos y los de la radio lo invadieron todo, mi gente corrió hacia mi cuerpo. El ring se llenó de mas personas, yo traté de ir hasta donde estaba mi cuerpo, pero no pude. Iba subiendo lentamente, flotaba arriba del ring, todo iba quedando más abajo, yo subía más rápido, más alto. Todo se veía muy pequeño, no se oía nada.
2. El hombre del manto gris
Un hombre, envuelto en un manto gris, descendía por el camino que conduce del poblado a la playa. Dos militares le acompañaban, su andar era lento y vacilante; a cada paso parecía que fuese a doblar las piernas y caer al suelo. Sin embargo, sus acompañantes no lo ayudaban a sostenerse, limitábanse a estar atentos, uno a cada lado. El del manto se detuvo y lo mismo hicieron los otros dos. Levantó el rostro y divisó a lo lejos el Castillo de Salgar encumbrado, en la punta del cerro. Con la vista fue recorriendo una a una las islas que estaban al frente de la costa y que reverdecían en el atardecer.
Luego dirigió su mirada al militar de la derecha: un joven alto, rubio y atlético que se notaba preocupado por aquel hombre a quien acompañaba. El del manto gris le dijo:
—Coronel, si muero en este puerto, le pido que lleve mis restos a mi tierra natal. Esta será su última misión conmigo.
—No va a morir aquí mi General. Yo lo veo mejor, es usted muy fuerte. El barco vendrá en cualquier momento y partiremos.
—Ese maldito barco no va a venir nunca, primero vendrá la muerte por mí. Caminemos hasta ese tronco, desde ahí quiero ver el ocaso y de pronto veo venir el barco o la muerte.
Mientras caminaban los pocos metros que faltaban para llegar al tronco, el General siguió murmurando:
—El barco o la muerte, el barco o la muerte, el barco o la muerte. —Y al sentarse en el tronco les dijo: —¡Váyanse!, quiero estar solo en el mundo, como están los traicionados, regresen por mí cuando esté oscureciendo.
—Como ordene, mi General —le dijo el coronel.
Y partió en compañía del otro. El hombre del manto gris quedó como él mismo dijo: solo en el mundo, viendo el ocaso y esperando el barco o la muerte. Lucía triste, tal vez más triste que adolorido por el mal que le agobiaba. A lo lejos divisó una vela, era una pequeña embarcación tripulada por un solo hombre. El viento era bueno para el destino de la nave y esta se aproximaba ligera hacia la playa. Muy pronto se acercó a la orilla. El general no había dejado de mirarla desde que la distinguió. Parecía fascinante, ahora podía distinguir al hombre sentado en la popa y sosteniendo la botabara para dirigir la vela.
Era un mestizo de piel tostada por el sol, traía puesto un sombrero de paja. Antes de que la nave llegara a la orilla, el tripulante distinguió al del tronco. Le llamó la atención ver a aquel hombre envuelto en un manto gris; la nave arribó casi precisamente frente al General.
Los hombres se miraron, el del bote saludó con la mano, lo mismo hizo el General. El hombre enrolló la vela en torno al mástil y la amarró, luego se tiró al agua que le daba por las rodillas, y caminó. Ya en tierra firme, dirigió su vista al del manto y le dijo:
—Ven, ayúdame a sacar el bote al seco y te daré un pescado.
Al general lo sorprendió aquello, se incorporó lentamente, dio un par de pasos y le dijo al pescador.
—De verdad quisiera ayudarte, pero no puedo. Estoy enfermo.
El pescador lo miró con pena y le dijo:
—Tranquilo, de todas maneras le daré el pescado, traigo una buena pesca.
El General camino hasta el bote, saco una mano por entre el manto, se apoyó en él y observó su interior.
—De verdad es una buena pesca —dijo el General.
En el fondo del bote había róbalos, lebranches, caritos, chivos y una inmensa raya. El General se quedó mirando al pescador y le dijo:
—Se ve que comes bastante.
El pescador era un hombre mediano y fornido.
—Sí, señor —le contestó.
—¿Qué más haces, además de pescar?
—Siembro el maíz, la yuca, el fríjol, y cuido a mi mujer y a mis hijos.
Hubo silencio. El pescador se quedó observando a aquel hombre pequeño, huesudo, con cara de amargado, envuelto en un manto gris y con botas negras que le llegaban casi hasta las rodillas. Entonces le preguntó:
—¿Y usted qué hace?
Al hombre del manto gris pareció desconcertarle aquella pregunta. Parecía como si jamás alguien se la hubiese formulado. Miró al pescador fijo a los ojos, luego miró al horizonte, levantó el mentón, tomó todo al aire que pudo, soltó el bote, se irguió y le dijo:
—Soy libertador.
—¡Libertador! —exclamo el pescador.
—Si, eso soy, un libertador moribundo y traicionado, pero soy un libertador.
Los ojos del pescador brillaron de la emoción y toda su cara expreso un júbilo inesperado, entonces le pregunto:
—¿Un libertador como Simón Bolívar?
El del manto gris volvió a agarrarse del bote, bajó el rostro y le contesto:
—Si, como Bolívar soy.
—¿Sabe una cosa? —le dijo el pescador. —Bolívar es mi héroe, y de mi hijo también. Él es pintor. Si usted viera el dibujo que hizo: Bolívar en su caballo blanco, en la cima del mundo, con el brazo en alto, empuñando su espada gloriosa.
El hombre del manto gris volvió a soltarse del bote, abrió los brazos y expuso toda su humanidad a los ojos del pescador. Vestía camisa blanca de seda y pantalón a rayas marrones y del lado derecho llevaba una espada.
—¿Una como ésta? —le pregunto el General.
—Sí, señor, una como esa.
El del Manto Gris desenvainó la espada y por un momento la sostuvo en lo alto, señaló con la punta hacia el norte y volvió a guardarla. Luego regresó al tronco y se sentó. Siguieron conversando durante un rato. El pescador le dio el más grande de los róbalos al General, el resto lo metió en un saco, se echó la red al hombro y al despedirse dijo:
—Mi nombre es Andrés.
—Ya mi nombre no importa —le contesto el General. —Soy el Libertador traicionado, tan traicionado que seré traicionado por los traicioneros que aún no han nacido.
El pescador se fue por el camino opuesto al del poblado y que conducía a su choza al pie del cerro.
Ahora el viento soplaba con más fuerza, el sol seguía descendiendo en el horizonte, las nubes formaban una cortina azul, rosada y violeta ante el astro rey.
El hombre del manto gris, el General, el Libertador traicionado, aquel hombre solo en el mundo, estaba encantado, viendo el hermoso ocaso. Cinco gaviotas volaban casi a ras del mar, sus alas a veces golpeaban con el agua. El hombre tomo un puñado de arena, lo apretó, luego abrió la mano y le dijo a las arenas:
—Colombia de mi corazón, ¿qué será de ti?
Cuando levantó el rostro, ya el sol se había ocultado tras el océano, dejando en el cielo el rastro de un gran incendio. Entonces divisó a lo lejos un barco que venía entrando a la bahía.
Del autor:
Ser escritor
Para mí ha sido un emocionante y exigente desafió. Desde el inicio hay que ir salvando innumerables obstáculos para llegar al objetivo deseado: La felicidad del lector, que a su vez es la felicidad del escritor.
Creo que todo escritor debe tener su manera de vivir y asumir el oficio. Sin duda cada quien ha llegado al fascinante mundo de la literatura por un camino diferente. Ha abierto una puerta, una ventana, vio una luz, un pájaro, una campana, un perro, un caballo; o talvez, de golpe, como en “El Aleph”, de Borges, ha visto el universo entero vibrando ante sí. Algo lo introdujo en este encantador mundo de ideas, palabras, tinta y papel. Y al que ya está dentro se le ama y jamás se puede salir. Y no se puede salir simplemente porque es imposible hacerlo, el camino por donde se llegó lo ha cerrado el transcurso del tiempo y las puertas y ventanas se han petrificado.
Ahora la luz es más intensa, los pájaros vuelan más y más y cantan de manera más hermosa, el perro es más amigo, el caballo más noble y el universo le habla al escritor. Solo queda un sentido a seguir para poder sobrevivir a este mundo. Seguir hacia adelante en la interminable búsqueda del saber.
Cuando llegué a la literatura pensé que con ella podría provocar emociones al lector y al tiempo ayudarle a cambiar para bien.Hoy descubro, después de un cuarto de siglo de estar en esto, que lo de las emociones en el lector está logrado pero no sé si he ayudado a lograr que ellos cambien. Lo que si sé es que algo maravilloso ha ocurrido:
La literatura me ha cambiado a mí.
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© Juan Miranda Marañón
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 25
Abril-Mayo-Junio de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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