Orden Cerrado
Ricardo Llinás
Primer Puesto en el V Concurso de Cuento Universidad del Atlántico “Semana de las Lenguas”, abril de 2006, organizado por el Departamento de Idiomas, Facultad de Ciencias Humanas.
No saben qué es peor entre el sol calentándoles la nuca y el húmedo vapor de la gramilla del campo de paradas, que entra quemando por la nariz como si se tuviera la cara asomada a una olla de agua hirviendo. De todos modos toca aguantarse: al coronel no le gusta que se muevan en la fila. Además, esos dos martirios pueden olvidarse mientras la mente se ocupa del sudor que arde en los ojos y hace cosquillas en los labios y las mejillas. Las gotitas de sudor molestan en la cara, pero nadie puede moverse. Aprietan los dientes para hacer tensión en los músculos de la cara y algunas gotitas se corren. Eso alivia un poco.
El primer pelotón es de cuarenta hombres con un comandante al frente. Lentamente van llegando otros pelotones, se forman minuciosamente, perfectamente alineados. Cada soldado justo detrás del otro, viendo de frente la nuca ardiente del compañero de adelante y los hombros alineados con los de los soldados de los lados. En ambos sentidos rectos como un hilo tenso.
Hasta el momento van formados cuatro pelotones alineados entre sí. Lejos se ven venir, tras una cortina de polvo, muchos pelotones más. Cada comandante revisa que las filas estén perfectas, no vaya a ser que el coronel note una imperfección.
Una vez formado el batallón, todo está listo para darle parte al coronel. Desde arriba se ve la formación pareja como una cuadrícula, y las presillas brillan causando una impresión tornasol. Lastimosamente, en uno de los pelotones, el quinto a lo largo y tercero a lo ancho, hay un soldado fuera de fila. El resto de compañeros, tensos por el miedo, no hallaron la forma de avisarle que estaba mal ubicado, sin ser vistos. Antes de que pudieran hacerlo, el coronel se dio cuenta y fue abriéndose paso por entre la formación, con los ojos enfogonados. El tuerto, así le decían al soldado, estaba cinco centímetros corrido hacia la derecha. Era que le faltaba un ojo, por eso cuando miraba el centro de la nuca de su compañero de adelante (esa era la maña para alinearse), quedaba un poco corrido. El coronel se paró frente a él, lo miró unos segundos y luego se puso justo detrás de su cuerpo. Lo apretó por los brazos y, mirando sobre su hombro, le hizo alinear la punta de la nariz con el centro de la nuca de adelante, se volvió y le revisó los bolsillos de abajo de la guerrera: sabía muy bien que allí guardan todos los soldados una cuchara que tiene el mango doblado todo hacia atrás para que quepa. La tomó, se la incrustó en su único ojo y como quien saca una bola de helado, lo extrajo, pensando que así no perdería la alineación en la fila. Tiró el ojo al suelo y lo estripó como apagando una colilla de cigarrillo. El tuerto (ahora el ciego) apretó los músculos para aguantar, pues al coronel no le gusta que se muevan en la fila.
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© Ricardo Llinás
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 25
Abril-Mayo-Junio de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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