Fernando Mendoza:
Un actor convicto y confeso
Juan Carlos Moyano
Director de teatro y escritor
Tomado de la revista Teatros, de Bogotá.
Fernando Emeterio Mendoza López es alérgico a las entrevistas. No es la actitud más usual en el ambiente de los actores, donde predomina la necesidad de reconocimiento constante. Pero estamos ante un personaje distinto, que hace cincuenta años decidió actuar para vencer la timidez, sin sospechar que su vida quedaría involucrada para siempre con el escenario. Era una persona que experimentaba pavor cuando tenía que expresarse. Todavía es incapaz de transgredir cierto miedo natural que le llega cuando debe hablar en público, o abordar alguna situación inesperada. Él dice que medio siglo de actuación no le ha servido para dejar de ser tímido, excepto cuando está encarnando un personaje. Actuar es como ser y no ser, se sigue siendo la persona, pero deja de serlo para darle espacio a una personalidad distinta. Entonces, la licencia que concede la práctica de la actuación es la posibilidad de ser diferente, así sea de manera efímera. Es algo paradójico que entreteje los filamentos de la vida y el drama.
Monsieur Piyó
Actor del Teatro La Candelaria, viejo lobo de las tablas, discreto y responsable, casi nadie lo identifica por su nombre de pila. Nací en Ibagué, dijo un día, en un rapto de extroversión, descendiente de indios tolimenses y que, por lo tanto, era Pijao. Tuvo la ocurrencia de añadir que en francés Pijao se decía pjyó, y así se quedó para siempre. Su amigo Fernando Corredor se encargó de promover esa especie de seudónimo, que terminó volviéndose nombre propio. Estudió en el Colegio Nicolás Esguerra, cerca de la Estación de la Sabana, en el antiguo barrio de los Ferroviarios, muy cerca al lugar donde habita actualmente, y donde ha vivido casi siempre. Desde su apartamento, a la vuelta del Cine San Jorge, en la Carrera 15 con Calle 14, ha visto correr el río de la existencia, sobre el asfalto, entre manchas de aceite y goterones de sangre, porque vive en una calle que de noche incuba todos los peligros. La Favorita es el nombre del barrio. Un lugar del que nadie habla, pues no es una referencia conocida, a pesar de la persistencia de las calles y las edificaciones. Ahí vive el señor Piyó.
Cuando por primera vez vio teatro se conmovió profundamente. El mismo Fernando Corredor lo convidó a ver El oso, de Antón Chéjov, y Zoológico de cristal, de Tennesse Wi]liams, en el auditorio del Museo Nacional. Eso fue definitivo. Quedó impregnado con las palabras de los personajes y con los movimientos de esas criaturas que se desenvolvían en escena y penetraban entretelas y que estaban más allá de las apariencias. La impresión fue indeleble. Más adelante, los dos muchachos se inscribirían en el grupo de teatro de la Facultad de Arquitectura, en la Universidad Nacional. Ninguno de los dos se hizo arquitecto. Fue más fuerte el llamado del escenario. A mediados de los años cincuenta, Bogotá era un ‘moridero’ de compañías teatrales, españolas o argentinas, que venían de Lima o Caracas y se quebraban en una ciudad donde el público resultaba escaso. Quedaban elencos flotando, en busca de posibilidades más o menos imposibles. También se daban los primeros pasos en los radioteatros y se preparaban actores para la televisión. En ese momento, por azar y por deseo, Piyó formó parte de la efervescencia de una expresión naciente que hacía tentativas en los teleteatros, con directores como Bernardo Romero y Manuel Drezner. En esa época, compartió tablas con otros jóvenes que estaban actuando: Julio Cesar Luna, Consuelo Luzardo, María Eugenia Dávila y otras promesas que ya nadie menciona. Así lo refrendan las viejas fotos que vamos mirando, como quien ordena los recuerdos de un álbum, que registra esos años de iniciación.
No trató directamente con Seki Sano, pero anduvo metido con sus discípulos en El Búho, donde trabajó dirigido por Fausto Cabrera. Sus pasos comenzaron a marcar el ritmo del movimiento teatral. El grupo de la Universidad Nacional cambió de directores en poco tiempo: Víctor Muñoz, Enrique Pontón, Dina Moscovici, y Enrique Pachón, quien tenía una manera muy especial de dirigir. Decía que el movimiento en escena debía ser espontáneo, entonces los actores se quedaban quietos o hacían cualquier cosa. Una vez Pachón dirigió una obra sobre Bolívar; los disparos se hacían martillando mechas de jugar tejo. Durante una función, una mecha quedó sin estallar y la reventaron al final, cuando la obra había terminado, desde el gallinero alguien dijo: "Se suicidó el director". Finalmente, Piyó se retiró del grupo y a los pocos meses asumió la dirección Santiago García, quien pondría en escena Galileo Galilei, de Bertolt Brecht, esa obra que escandalizó a las autoridades universitarias e inició el recorrido de los grandes montajes modernos en nuestra breve historia teatral. Cuando Piyó vio Galileo pensó que en esa clase de propuestas quería trabajar. Quedó vibrando: las imágenes, los parlamentos, le llegaban en oleadas a la cabeza y le hacían sentir que eso era lo suyo. Entonces, decidió acercarse al director, que había estudiado arquitectura y estaba iniciando uno de los procesos más fecundos del teatro colombiano. Esa decisión marcaría su vida como actor. Corría el año 1966 y nuestro personaje ya tenía unos diez años de teatro, pero no había obtenido ningún título académico. Su mayor logro era la pasión por el oficio escénico.
Santiago García, Carlos José Reyes, Patricia Ariza, Francisco Martínez, Mauro Echeverri, Eddy Armando, Miguel Torres, Celmira Yepes, Vicky Hernández y otros pioneros del teatro fundaron la Casa de la Cultura, en la Carrera 13 con Calle 20, en una zona dedicada hoy a la prostitución. Piyó fue a mirar los ensayos de Soldados, de Carlos José Reyes, a partir de La Casa Grande, de Álvaro Cepeda Samudio. Un día faltó un actor y el director le dijo a Fernando Mendoza si quería tomar el papel de locutor y así lo hizo. Desde entonces, han pasado casi cuarenta años y siempre ha estado en las obras del grupo, que luego sería rebautizado como Teatro La Candelaria. La etapa de la Casa de la Cultura fue intensa. Había varios directores y distintos elencos. Salía un grupo y entraba el otro . En un espacio pequeño, donde el ambiente crepitaba, el teatro brotaba a torrentes, en la fabulosa década de los sesenta. La revolución cubana estaba en plena apoteosis y las utopías ideológicas tomaban por asalto calles y escenarios. Fue un tiempo de conmociones impetuosas, que estremecieron la sensibilidad colectiva, rememora Piyó, como oteando un paisaje lejano. Dice que aprecia a Santiago García, y confiesa que ningún otro director ha logrado moverlo de una manera tan profunda en la construcción de personajes. El personaje viene a ser, reflexiona Piyó, lo que el director quiere o imagina, y las partes más sutiles, emotivas, íntimas, que le aporta el actor. Del diálogo creativo del director y del actor sale el personaje. El actor tiene que ser para el director como un mármol atractivo para esculpir.
A Fernando Mendoza le brillan los ojos de alegría recordando días de montajes febriles que lo fueron volviendo un animal de teatro. Marat/Sade, de Peter Weiss; El matrimonio, de Witold Gombrowicz; La patente, de Luigi Pirandello; La gaviota, de Antón Chéjov; La metamorfosis, de Franz Kafka; La cocina, de Arnold Wesker; El objeto amado, de Alfred Jarry; El baño, de Vladimir Maiakosvski... Eso fue entre los años 1966 y 1968, cuando el teatro en Colombia estaba creciendo. Directores como Santiago García, Enrique Buenaventura, Gilberto Martínez y Carlos José Reyes habían logrado avanzar a grandes pasos en un país trágico, que hasta ese momento había tenido poca producción dramática. En 1969 la Casa de la Cultura se transforma en Teatro La Candelaria, en la sede del viejo barrio, en la calle 12, donde comenzarían a forjarse los caminos de una de las agrupaciones históricas de nuestro teatro. Desde el principio, cuando comenzaron a ensayar en la vieja casona, Piyó se sintió parte del lugar y su espíritu se integró al ambiente. Recuerda que la casa era un inquilinato y los cuartos estaban numerados. Al fondo, había un solar donde tenían un horno de barro. Cuando estuvo levantada la sala, el escenario se convirtió en ese espacio excepcional donde le han ocurrido las mejores cosas de su existencia. Sabe que las obras son efímeras, pero en su memoria están presentes los montajes: Ubú encadenado —donde encarnó a Ubú, precisamente—; La buena alma de Se-Chuan, de Bertolt Brecht; Divinas palabras, de Valle Inclán, La Orestíada. Indudablemente, en la escena ya no era el hombre tímido del drama cotidiano. El actor se estaba forjando a fuego lento y el grupo hizo las veces de útero creativo. Tal vez por eso el camino de La Candelaria ha sido el camino de Piyó.
De actores y toreros
Fernando Mendoza ha compartido con varias generaciones de actores y ha sido consciente de los procesos colectivos. Resalta con gratitud aquella etapa de énfasis ideológico, en la cual produjeron obras ligadas a problemas neurálgicos de la realidad nacional: Nosotros los comunes, La ciudad dorada y Guadalupe años sin cuenta, una especie de trilogía memorable que resume las preocupaciones de los años fulgurantes. Le gustaba mucho la reacción del público en las funciones de Guadalupe. Era algo arrollador experimentar el nexo profundo con las emociones que se despertaban en los espectadores. Era un montaje de ritmos rápidos. Cada obra es distinta, dice. El paso, por ejemplo, es lento. En El diálogo del rebusque experimentaba sensaciones encontradas, pues el personaje de don Iñigo, un costurero, le despertaba afecto, pero el Verdugo nunca pudo gustarle. Le resultaba contradictorio apersonarse de una criatura que le producía antipatía. Cosas del oficio y de la esquizofrenia profesional de los actores, quienes terminan manejando diversas relaciones con sus distintos personajes. Piyó viaja por los nombres de obras que van desde Vida y muerte Severina, un poema escénico de Joáo Cabral de Melo Neto, pasando por Los diez días que estremecieron el mundo, hasta En la raya y otras obras de la amplia producción del grupo. Ha estado en casi todos los montajes; aunque no participó en Femina Ludens porque todas eran actrices, y tampoco en Maravilla Estar donde ayudó en la trasescena.
Una de las obras recientes que más satisface a Piyó es De caos y de cacaos, donde interpreta a un galerista. La escena de la galería nació de una improvisación que propuso Patricia Ariza. Al principio él se negó pretextando que no poseía el bagaje cultural que debía tener el personaje. Finalmente aceptó. Se paró frente al espejo y comenzó a maquillarse. Fue apareciendo un rostro distinto y acudiendo a la mente visiones de museos, de exposiciones y de libros de arte; de pintores, unos reales y otros imaginarios, quienes conformaron el punto de vista del personaje. En las improvisaciones descubrió detalles claves, y obtuvo un factor sorpresa que desató carcajadas y proporcionó el equilibrio entre lo sarcástico, lo grotesco y lo refinado. Luego, el desarrollo del personaje lo ha encontrado el personaje mismo, como si el arte se construyera sobre lo artístico.
Con el Teatro La Candelaria ha viajado mucho. Su memoria está llena de ciudades, personas y lugares inolvidables que se van cruzando en el laberinto del recuerdo. Le fascina París, por su gracia femenina. Pero el lugar que le gusta para vivir es Bogotá: la ciudad de confianza, la casa. Le agrada el clima, sorprendente, lleno de contrastes. Le gusta pasar por las estaciones del año en una mañana o en un día. Disfruta del cielo azul, despejado, esplendoroso, o de los tonos grises, densos de niebla, lluviosos, como días londinenses. Le satisface caminar desde su casa, recorrer el eje ambiental, penetrar las calles angostas del viejo barrio y arribar al teatro. Santiago García piensa que él es una pieza fundamental en el grupo, un sillar, un actor de confianza que nunca le ha fallado. Piyó compara el teatro con una corrida de toros. El matador corre el riesgo de ser ensartado por la bestia, no puede mostrar inseguridad porque sería peligroso. La máxima garantía es la máxima concentración. Torero y actor tienen que fijar su atención en la acción y nada más. Cuando actúa, el placer está en terminar la escena más que en representarla. Al final se siente bien y comprueba que, una vez más, ha vencido su incurable timidez. Le cuesta sobreponerse al sentimiento aterrador de ser un incomunicado más. En la escena se siente otra persona, psíquicamente diferente, capaz de fluir como no podría hacerlo Fernando Mendoza en la tragicomedia cotidiana.
El amor ha sido un enigma indescifrable. Está ahí, es algo estremecedor que transforma la materia del espíritu, agita los días, alarga las noches, enferma, resucita y nos deja desolados. Su corazón se ha movido como las velas de una pequeña embarcación. Pero ha sido cauteloso y ha evitado los maremotos interiores. Recuerda con especial cariño a su amiga Luz Marina Botero, la muchacha del pelo ensortijado que cantaba joropos en Guadalupe..., la hermosa princesa de La historia del soldado, la actriz de temple, la mujer inteligente, la presencia huidiza de lo femenino en los sueños del actor, quien se lamenta porque la vida es un sueño muy breve. Piyó prende un cigarrillo y lanza pequeñas nubes de humo mientras degusta el peso específico del silencio, como en una obra de teatro. Sabe que los sentimientos son bastante caprichosos. En ellos parece no existir lógica. Aparecen y desaparecen y sólo quedan las tenues huellas que deja el tiempo. Siente amor hacia el trabajo porque el teatro es el arte de la vida. En él todo converge: la historia, el sexo, los sueños, la política, la filosofía, las cosas conocidas y los secretos inconfesables. El amor le da confianza, pero advierte que le da susto y por eso no ha tenido pareja. Sin embargo, no es un solitario.
Concibe la soledad como una especie de compañía, como alguien que le ofrece la oportunidad de aprovechar mejor el tiempo. Siendo un hombre con setenta años de vida y cincuenta en el arte teatral, podría ser uno de los actores activos más antiguos en el teatro colombiano.
A veces parece un niño silencioso, una presencia ausente, alguien que se ha suspendido en el tiempo. Uno de sus mejores amigos es Sebastián, hijo del actor Fernando Peñuela. Habla con alegría de un afecto que nació cuando el niño era bebé y se miraron con la inocencia de la infancia y la sabiduría de la vejez. Con la misma ingenuidad pinta y dibuja, aplicando matices estéticos que revelan una sensibilidad múltiple. También escribe versos que lo prolongan y lo reinventan. Le gusta recordar y mirar por la ventana. Se le viene a la cabeza Silvino Arturo Carrasco, quien anduvo en La Candelaria y murió averiado por la vida, incomprendido, sin amor, sin comida. Recuerda a Fabio Rojas, el Fantasma, otro actor de vieja data, que al final de su camino parecía un desterrado de sí mismo. Nunca ha olvidado a Graciela Méndez, actriz de talento metida, a veces, en un mundo delirante. Cree que a ella se le confundían las obras y las cosas de la vida. Debe andar por ahí, como si fuera uno de sus propios personajes. Quizá sueñe todavía con los escenarios.
Piyó suspira y comenta, con aire de confidencia, que sin el teatro hubiera sido un pobre diablo. Enciende otro cigarrillo y lanza bocanadas en cámara lenta. Le gustaría que existiera el más allá. Sería ideal que se conservara el espíritu, la conciencia, para que la muerte no fuera absoluta. Es la ilusión de no desaparecer, son los juegos de la mente para mermar la certeza de la extinción definitiva. Sin embargo, sabe que el arte es una forma de trascender la línea final. Por ahora, lo reconforta hacer funciones, sentir las palpitaciones del público. Le gustan los aplausos, antes de caer al vacío, al silencio que lo acompaña, cuando cada noche después de la función, toma un taxi y regresa a su apartamento, en el barrio La Favorita, en el corazón turbulento de Bogotá. Me repite que es alérgico a las entrevistas y me despide amablemente, como si el último acto de la conversación hubiera terminado.
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© Juan Carlos Moyano
LA CASA DE ASTERIÓN
La Cuerda
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 25
Abril-Mayo-Junio de 2006
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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