Juan Manuel Roca:
El señor de las imágenes

Libardo Barros Escorcia
Libardo_barros@hotmail.com

A las 9:50 de la mañana llegó el avión que traía a Juan Manuel Roca, a Barranquilla de Bogotá, en donde vive desde 1980. Su rostro amable para el encuentro me ofrece el equipaje de su sonrisa. De inmediato empieza un forcejeo con su inexcusable chaqueta de cuero negro. En instantes, con cara victoriosa y la prenda colgando de su brazo derecho como un animal amaestrado, sonríe y apunta con voz animada: “Ahora sí me descachaquicé” y se entrega al caluroso día sin recato.

Mientras para algunos Bogotá es la ciudad más importante porque lo tiene todo, en donde un escritor consagrado puede proyectarse mejor, para Juan Manuel es un sitio en el cual se puede estar solo a voluntad. Dice que en ciudades como Medellín como en cualquiera de la Costa Caribe, esto no es posible porque las personas tienen una conciencia más tribal: Cuando allá alguien dice “Vamos a tomarnos algo”, aparecen cuarenta y siete tipos. Pero esto no le fastidia para nada porque en Bogotá también se puede estar acompañado cuando sea necesario. En todo caso, la soledad no es para él un logro trascendental ni nada por el estilo; hace parte de su temperamento y nada más. Aunque las compañías femeninas siempre son un agrado, cuenta que está tan acostumbrado a estar solo que le entra un terror cuando después de cuatro días sigue viendo dos cepillos de dientes juntos, porque le parece que eso puede durar más de lo previsto. Después se ríe y vuelve a la carga con un apunte que le contó un amigo: “Lo ideal es practicar la monogamia, serle fiel a un solo harén”.

Vino a leer su poesía a Barranquilla, invitado por el Instituto Distrital de Cultura como parte del programa Verso a Verso, del 18 de agosto. Antes de su lectura, compartimos un diálogo animado por la fugaz compañía del pintor Eduardo Celis, a quien se encontró en su exposición del hotel El Prado. Sentados en los jardines, el poeta no desperdició la oportunidad de hablar de las ciudades de la costa y de lo que significa Barranquilla para él.

“Barranquilla me ha gustado por varios motivos, los que a su vez se mezclan. Uno muy poderoso, es que en apariencia se vea como una ciudad aldeana, que revela cierta quietud, que podría no ser de ciudad. Esto es una visión del mal viajero que no es capaz de darse cuenta de la vida interior del barranquillero. A mí siempre me ha parecido que la gente de Barranquilla está acoplada con el espacio. Más allá de la parte formal, aquí hay un habitar, un vivir en el cuerpo, de asumirlo y de disfrutarlo de una manera mucho más abierta y por lo tanto más expansiva que en otros lados. De la costa me ha gustado más Barranquilla que otras ciudades. Santa Marta me parece rodeada de una geografía extraordinaria y bellísima, pero es un sitio en el cual darían ganas de seguir los pasos de Bolívar; es una ciudad buena para irse a morir. En Cartagena parece que hay un talante, un regusto, por cierta heráldica que la envuelve en una  coraza aristocratizante; creo que es una ciudad anulada bajo el peso muerto de España”.

En medio de una brisa fresca que recorre el lugar, el poeta disfruta un sorbo largo de la cerveza que acaba de pedir, mientras observa la vieja construcción del hotel. Juan Manuel tiene varios amigos en Barranquilla, que trabajan en diferentes instancias de la creación: poetas, periodistas, escritores. Recuerda que su padre desde muy joven le contaba permanentemente los años que vivió en esta ciudad como estudiante del colegio Biffi. Oyendo esas historias, con todo lo buen narrador oral que era, este lugar se volvió, en el imaginario de su infancia, un sitio lleno de ensoñación y misterio. También el escritor Rojas Herazo, que era muy amigo de su padre, le hablaba con mucho desparpajo y con una idea mítica de Barranquilla. Esto le produjo que la primera vez que estuvo aquí, no sintiera que estaba llegando, sino volviendo. No esconde su nostalgia y continúa hablando un poco más animado.

“Barranquilla quizá sea una ciudad desordenada y sin una impronta arquitectónica muy definida a pesar de que tiene lugares muy bellos y muy descuidados a la vez. Barranquilla ha tenido siempre un espíritu o una cosa muy vital, frente a lo desvitalizado y mustio que se encuentra en otros lugares de la Costa. En medio de una aparente alegría y descuido exterior, lo que hay aquí es muy sólido. A lo que me gusta agregar que yo me entiendo mucho mejor con la gente del Caribe que con los andinos. Esto lo digo sin prejuicios ni por sacralizar la idea de lo caribe ni esas cosas, lo veo como algo natural”.

Una vez me lo encontré en Quibdó comiendo en el único sitio donde se puede disfrutar de una variedad de platos que no estaban nada mal. El cocinero, quien preparaba platos exquisitos, era además poeta. Juan Manuel, sin dejar de reír, anotó en ese momento que aquella comida le había salvado la vida como seguramente a otros tantos. Que tal oficio no podía ser más que un acto subversivo. Que ese hombre era el Chef Guevara de la cocina chocoana. De  Quessep comenta que de tanto vivir en Popayán es un costeño honoris Cauca. Aún con todo lo divertido que el país pueda ser, muchos escritores colombianos viven hoy en el exterior y tienen todas las excusas ya conocidas para hacerlo. En cambio, alguien como usted insiste en quedarse. Además; luce tan animado que a menos que esté en algo muy importante no rechaza invitaciones. ¿Por qué le gusta vivir en este país?

“Yo he ido a Europa y visitado ciudades muy bellas en Suiza. Pero cuando estoy lejos empiezo a sentir nostalgia de la gente y de los lugares. Extraño una buseta echándome humo en la Carrera décima; o la mano en el bolsillo del raterito. Uno encuentra que toda Europa está desvitalizada, son sitios muy mustios. Eso es aburridor. Es vivir en una escenografía bellísima en la que todo lo importante ocurrió en el pasado, como pasa en París, en donde la vida cotidiana es muy pobre. Yo no le encuentro la gracia a vivir en un museo. Yo vivo también aquí porque necesito estos aires, esta gente, este calor humano. Lo que es la gente y lo contradictorios que son. Con toda  su vitalidad y los horrores que eso crea”.  

¿Usted cree que los europeos tienen algo que enseñarnos en cuanto a la anhelada paz que da la sensación que nunca va a llegar?

“No me lo creo mucho. Europa es la madre de la violencia. Los ingleses, por ejemplo, han sido sanguinarios. Unos colonialistas pavorosos, peores que todos, que los españoles, franceses, portugueses, que todos. Sin embargo, se les ve desde fuera como caballeros tranquilos, flemáticos y elegantes. Así le  hayan amargado la vida a todo el mundo”.

Este es un país, como se ha dicho, de poetas. Por lo menos existe un corpus, una tradición poética, ni tan pobre ni tan esplendorosa. Menor si se quiere frente a la chilena, la peruana, pero válida. De todos nuestros poetas, ¿cuáles son para usted los más notorios?

“Algunos muy importantes, desde la Colonia, como la madre Josefa del Castillo, que tuvo el gran problema de haber nacido en Tunja, porque si hubiera nacido en Méjico sería otra Sor Juana ya que su obra está en ese mismo nivel. Otro muy importante es Domínguez Camargo, que es un poeta gongorino extraordinario, de la estatura de Ercilla. Poetas como José Asunción Silva, Luis Vidales, Aurelio Arturo, Carlos Obregón (que se suicidó muy joven en España, pero es poco conocido), buena parte de Gaitán Durán, Héctor Rojas Herazo, Fernando Charry Lara...”.

Ahora, de los poetas a partir del nadaísmo, ¿cuáles son sus más allegados?

“Los nadaistas producen en el país una especie de coral en la cual todos cantaban la misma tonada. En cambio ahora hay una diversidad de voces que es extraordinaria. Como José Manuel Arango, quien falleció hace poco, o Darío Jaramillo; Giovanni Quessep, el poeta viviente más notable del país. Hay también algunas mujeres importantes como Lucía Estrada, Andrea Cote, que son muy jóvenes, pero ya tienen una voz personal. De la región caribe, en donde ha habido más narradores, además de Quessep, hay otro poeta que me gusta mucho, Rómulo Bustos”.

¿Cómo ve el panorama actual de la literatura del país?

“Este es un país de grandes cuentistas. Más que de novelistas y poetas. El nivel estético de nuestra cuentística es de un rango muy alto en toda Latinoamércia. Los cuentos de Hernando Téllez, Fuenmayor, Carrasquilla, García Márquez. Y los más recientes como  Enrique Serrano, Pedro Badrán, Evelio Rosero, que cultivan esa vieja tradición del país. Desafortunadamente en el país las editoriales vienen privilegiando a los novelistas. Publican autores muy jóvenes, es un fenómeno tan raro, porque este es un género más bien para la madurez. Hay una especie de pseudo boom, un baby boom”.

Cuando usted habla de Héctor Rojas Herazo, se nota que aprecia mucho su obra, incluso, su personalidad.

“Yo heredé de mi padre la amistad de Héctor Rojas. En sus últimos años en Bogotá, estuvimos muy cerca, nos veíamos semanalmente. Héctor era un gran artista en todos los ámbitos, pero además de eso, era un espectáculo humano sin igual. Su honestidad, la vitalidad, el humor, la memoria, la gracia, la calidez como amigo, propias de un tipo muy frontal; un hombre sin dobleces, una persona extraordinaria. Y gran novelista y gran poeta. Un extraordinario narrador, cuidador del lenguaje, que no era facilista en la expresión. Esto sucede porque mucha gente confunde el lenguaje de la novela con el del periodismo, que es más directo y efusivo. Héctor posee, como Lezama Lima o Guimaraes Rosa, un universo barroco en el cual el lenguaje es tan protagonista como los personajes. Ahora, esa narración directa, sin tantas metáforas como en Hemingway, es también un camino válido. Todo depende cómo lo realice cada cual”.

Dice ser un pintor que no tiene ese don. Muy joven hizo unos dibujos y unos collages, más como un divertimento que con el propósito de ahondar en ese universo que requiere tanto rigor. Y aunque no dejó de gustarle, su negativa fue rotunda porque le hubiera dado mucha vergüenza terminar siendo un pintor de domingo. Sabe que en estas dos expresiones, los linderos se pueden unir. Ya lo han afirmado los profesores de literatura cuando hablan de pintar con palabras. Ante ese apunte, afirma burlón que es de las pocas veces que los profesores tienen razón. Su cercanía con la pintura ocupa un lugar muy importante en toda su obra desde sus comienzos. ¿Por qué se da esto?

“Siempre  me interesó más la poesía desde un ámbito visual. La poesía que más me atrae es la que está vinculada con la imagen. No sólo la ligada con la eufonía y la cosa musical; ni a la poesía como una forma del pensar, aunque también lo es, sino que me inclino más fundamentalmente por la creación de imágenes. En eso, por ejemplo, poetas expresionistas alemanes, Georg Trakl, Gottfried Benn y tantos otros, eran como pintores del habla. Mientras el movimiento expresionista alemán ocurre en la pintura y en el cine, esto se nota en Trakl o George, cuyos poemas están cargados de atmósferas. A ellos no les importa tanto lo episódico, lo anecdótico, para contar una historia, sino recrear unos textos que son una pintura escrita. Así como también se afirma que hay una poesía pintada en poetas de la plástica como Chagall, en cuyos cuadros hay un contenido lírico evidente. Con pinceladas que parecen más pensantes que pensadas, donde la razón no es tan importante sino algo fuera de la voluntad como los sueños, lo que sólo puede ser logrado por un poeta del pincel, de la paleta. Esa yunta tan fuerte que hay entre la poesía y la pintura. Hay quienes lo hacen mejor desde una orilla o de otra. En mi caso, ante la negación de la habilidad para expresarme pictóricamente, de alguna manera he intentado hacerlo a través de la poesía”.

¿Qué está haciendo ahora?

"Estoy escribiendo un libro de cuentos que tengo por ahí. Y otro de poemas que está casi terminado. O sea, que seguiré viviendo del cuento... y del verso".
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©   Libardo Barros Escorcia

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 25
Abril-Mayo-Junio de 2006

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN VII - NÚMERO 25