El hombre en mis sueños
Elvira Urquijo De Moya
Licenciada en Lenguas Modernas
Universidad del Atlántico
“Blanco-negro, blanco-negro, blanco-negro”, repetía una y otra vez en su mente, mirando al piso con aire preocupado y el corazón latiendo tan de prisa que sus senos parecían dos volcanes a punto de hacer erupción.
Lentamente se iba acercando al último cuarto de aquella casa de verano a donde se había mudado tres días atrás, cuando su vida parecía cada vez mas complicada. Solo faltaba un instante para llegar. Una pared y una cortina le impedían ver el origen de aquel extraño ruido que la atemorizaba desde el momento en que el sol iluminó su rostro y la obligo a levantarse.

Sola, desesperada, con la pijama de seda blanca que había comprado para la gran noche, algo despeinada y con los pies descalzos, avanzaba lentamente, esgrimiendo en sus manos un candelabro para defenderse. “El tiempo se detuvo”, pensó mirando el reloj de pared que marcaba las tres en punto. Entonces decidió contar hasta cinco. Uno, cada número era más difícil de pronunciar, dos, temblaba de pies a cabeza, tres, su voz parecía quebrarse, cuatro, su corazón se detuvo, tomó valor y agarró fuertemente el candelabro, ya era tiempo, cinco. La puerta estaba abierta: una cama doble, dos mesas de noche, un tocador y el retrato de aquel hombre piel canela, labios sensuales, nariz aguileña, cejas encontradas y ojos verde infinito posándose en ella. Lanzó un suspiro profundo y el candelabro cayó. Imágenes fluyendo: Una ventana con vista al mar, un hombre dejándose caer por el acantilado, un grito…
—Me parece demasiado amplia. Estoy sola y no necesito de mucho espacio —decía mientras la arrendataria la miraba de pies a cabeza.
—Cuando la soledad es demasiado intensa, necesita de puertas abiertas para poder salir. ¡Quédese con ella! —insistió la casera extendiendo la mano con las llaves.
—Los tres primeros días son gratis, si no le gusta, me llama y cancelamos el contrato. ¡Ah!, se me olvidaba decirle que el último cuarto no se puede abrir, la anterior inquilina nunca encontró la llave. Debe haber un tesoro de recuerdos ahí guardados. Señorita Mares, es un placer tenerla aquí, disfrute su residencia.
Margarita se acomodó de espaldas a la pared más cercana y, mirando de un lado a otro, se fue deslizando hasta quedar sentada en el suelo. Entonces, con lágrimas en los sus ojos, pensó en voz alta:
—La vida continúa.
Cerró los ojos y se quedó profundamente dormida. Se sintió libre. La brisa del mar golpeaba su rostro, sus pies se hundían en la arena, su cabello volaba libre sobre sus hombros y espalda, un vestido vaporoso envolvía delicadamente su piel. Y más allá estaba él, contemplándola, detenido en sus piernas largas, en el cabello suelto y oscuro, en los grandes ojos profundos. Ella se sintió tocada por la mirada y buscó a su vez los ojos inquisidores.
Alguien tocaba a la puerta. Abrió los párpados. El reloj seguía marcando las tres de la tarde. Rápidamente se levantó para saber quién llamaba. El señor y la señora Cuevas, los vecinos más cercanos, venían a ofrecer su hospitalidad para con la nueva inquilina.
—Estamos aquí, a su derecha. Le hemos traído estas uvas que crecen en nuestro patio, esperamos que las disfrute. Ya sabe. Para cualquier cosa que necesite, estamos a sus órdenes. Por aquí es tranquilo, pero si necesita ayuda, no dude en llamarnos.
Margarita les sonrió, agradeciéndoles el gesto de amabilidad. Recibió la canasta de uvas y agregó que cuando necesitara ayuda, acudiría a ellos. Se despidieron y, al cerrar la puerta, se encontró nuevamente golpeada por la soledad. Comenzó a desempacar las cosas y de repente vio la pijama de tela blanca translúcida, comprada tres meses atrás. La tomó y la llevó lentamente a su rostro. Se sentó en la cama y elevó la mirada mientras las lágrimas invadían nuevamente sus ojos.
—Mírala, Margui, es preciosa, de tela transparente y encajes, ideal para la noche de bodas.
—No, no me gusta. Él es muy serio en estas cosas.
—¿Y qué tal esta roja, de seda? Hermosa, ¿cierto?
—¡Por Dios, Clau! ¿Cómo se te ocurre? A Leonardo no le gusta ese color, solo el blanco, únicamente el blanco.
—¿Cómo? ¿No le gustan los encajes, las transparencias, el color rojo? ¡Qué aburrido! Te pregunto: ¿Es tu matrimonio o tu primera comunión? En fin, tú eres la que se va a casar.
“No más”, pensó, “se acabó, no puedo estar torturándome a toda hora”. Sacó el vestido de baño azul marino con apliques de caracolas y el pareo de hilos dorados en forma de red. Se asomó a la ventana y sopesó la decidida idea de disfrutar del mar, el sol, la playa, la brisa, la arena dorada. Quizás las olas, con su vaivén de espuma, se llevaran todo aquello que agrietaba su corazón. Había que empezar de cero, mantener la mente en blanco durante varios días, ausente de lo ocurrido tres días atrás. Bajó y estuvo en la playa, contemplando el arco en descenso del sol hasta la llegada de la luz parda de la tarde y luego la luna y las estrellas. Ya de regreso en la casa, preparó comida y miró televisión hasta la llegada del sueño.
Sintió frío, abrió los ojos y otra vez se halló tocada por la sensación de que alguien la observaba.
—¿Quién está ahí? —preguntó. —Salga ahora mismo. Estoy armada. Voy a llamar la policía.
No hubo respuesta. Una brisa helada envolvió su cuerpo. Cerró los ojos y se sintió invadida por la extraña sensación de un estado de paz interior, como si unos brazos cálidos la consolaran del desamor que la habitaba. Quiso abrir sus ojos pero no pudo, algo extrañamente dulce y maravilloso la adormecía. Se sentía tan bien.
El despertador sonó con su timbre imprudente. El reloj de pared seguía marcando las tres de la madrugada. Observó que la ventana estaba abierta. La cerró y se tomó un somnífero. Durmió hasta el amanecer.
Se levantó, comió algo sencillo de desayuno. Por la tarde, decidió volver a la playa. La brisa era fuerte y las olas barrían la arena, dejando extrañas huellas de espuma. Sus pies se mojaban intermitentemente. Cada vez que una ola llegaba hasta ella, cerraba los ojos y disfrutaba el contacto del agua y luego la sensación de estar hundiéndose en la arena.
—¿Qué hace sola una mujer tan hermosa como usted en la playa? —preguntó una voz.
—¿Y por qué debo darle explicaciones a un desconocido?
—Míreme bien, mi nombre es Iván Cruz.
Ella alzó la mirada y observó en el hombre cierto aire familiar. Le dio la mano y sintió que la piel fría de la otra mano recorría todo su cuerpo.
—¿No lo conozco de otro lado?
—No lo creo. Y usted es...
—Margarita…, Margarita Mares, mucho gusto.
—El placer es mío, pero aún no ha respondido a mi pregunta.
—¿Cual?
—¿Qué hace usted tan sola por aquí?
—A veces es mejor estar sola que en mala compañía, ¿no lo cree?
—Totalmente de acuerdo.
—Perdón, señor Cruz, ¿donde vive?
—Al otro lado de la ciudad, pero me gusta venir aquí, es tranquilo y solitario. Créame, si la soledad es tan hermosa como usted, estaría siempre a su lado.
Sus ojos negros miraron las pupilas verdes del hombre y extrañamente se sintió segura, protegida, como si estar allí, con aquel extraño, fuera la situación más normal de su vida.
—Quiero olvidarme de todo, Iván, de mí, de lo que fue mi vida. Quiero olvidar la traición de Claudia, mi mejor amiga. Se fugó con mi futuro esposo. Todo este tiempo viví engañada…
Sus ojos, perdidos en un punto del mar, se opacaron de tristeza. Revivía aquel momento trágico.
—Pero la felicidad no les duró mucho, solo unos kilómetros...
—¿Cómo así?
—¿Nos tomamos algo?
—Me gustaría.
—Vamos, te invito a la casa.
Compartieron el resto de la tarde y parte de la noche, entre copas y sonrisas, miradas y caricias. Cada vez se fueron acercando más. Era extraño para ella, estar al lado de un hombre que acababa de conocer, diferente a Leonardo, y pasarla tan bien. Pensaba que si algo más estaba por suceder, no tendría ningún temor en hacerlo.
Un silencio los invadió de pronto. Sus miradas expresaban el deseo de poseerse, de dejar que los cuerpos comunicaran sin mordazas su pasión. No hubo nada más que decir. Cerraron los ojos y comenzaron a acariciarse con las yemas ardientes de los dedos. Los rostros se acercaban sintiendo cada uno la respiración del otro, hasta que el beso los unió. En medio de la oscuridad de la habitación y con el ruido de la fuerte brisa que soplaba afuera, los cuerpos se cerraron en el gemido final de la cópula, cayendo satisfechos, como muertos en vida.
Culminó la noche y los primeros resplandores sorprendieron a Margarita con aquel ruido extraño. Se levantó y fue sintiendo cómo su cuerpo carecía de fuerzas y sus ojos estaban tan hinchados que no podía abrirlos. Miró el reloj y las manecillas seguían marcando las inevitables tres. Después de un tiempo de confusiones y temores, y como impulsada por un pálpito, decidió ir al cuarto de los recuerdos.
Ahí estaba el retrato colgado en la pared. Era él, Iván Cruz. Y al fondo, en el marco de la ventana, contra la luz del amanecer, la imagen fantasmal de Iván lanzándose a los acantilados. Margarita gritó. Inútil hacerlo. Nadie ni nada podía evitar lo que había ocurrido, lo que estaba sucediendo ahora, por última vez, frente a ella. La carta que reposaba sobre la cama decía que dentro de treinta años, él iba a encontrar a la mujer que lo libraría de su tormento. Con ella olvidaría la traición que lo mantendría penando por ese tiempo.
—Usted, perdone, señora, tres días no más. Ya no me interesa alquilar esta casa…
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© Elvira Urquijo De Moya
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 25
Abril-Mayo-Junio de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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