Del exilio
y la tapa del excusado
Miguel Zapata Ferreira
Es una evidencia incuestionable de que un cambio se ha operado. El comportamiento se ha hecho inconsciente, fácil y dócil como el correr de una liebre. Ni siquiera se piensa en la utilidad o la razón para ejecutar el acto sino que aparece como una manifestación espontánea. Por ello, el acto lleva todas las marcas de un cambio esencial.
Las pocas personas que me conocen saben que vivo solo. Me rodean las cuatro paredes silenciosas, un versátil sofá, un minúsculo radio-alarma, los más esenciales útiles de cocina, una mesa, una silla y unos libros manoseados. En son de burla, alguien dijo una vez que yo vivía como un monje. Es verdad, pensé, y sonreí sin proponérmelo. David vino a visitarme —¿o fue Goliat? Después de unas cervezas, de desempeñar mi labor proselitista de policía internacional de las lenguas maternas, de postular realidades inventadas para dar alimento a la nostalgia, de caer en las trampas del exilio a sabiendas de que se está cayendo, David fue al baño. Por el número de cervezas, el rumor de cascada y la celeridad, juzgué sin atención que había ido a orinar. Poco después llegó mi turno. Fue en ese instante cuando descubrí la evidencia: la tapa del excusado estaba abajo y no arriba como siempre la dejo.
Me pregunto para qué rayos querría David bajar la tapa del excusado. Ya dije que vivía solo. Recordé mis años de casado cuando la posición de la tapa del excusado era el motivo de disputas familiares que, como florero de Llorente, empezaban por ahí y se extendían a todas las rabias, frustraciones, malentendidos y hasta amarguras de combates anteriores: que eres un desconsiderado, que sólo piensas en ti, que lo mismo es en la cama, tú, tú y siempre tú, que eres insensible a las necesidades de los demás, que así son todos los hombres, que se olvidan que los parió una mujer porque el único que parió fue Arnold Schwarzenegger, que creen que una es una sirvienta, que, nojoda: un día me voy a largar para que sepan lo que es doblarse el lomo limpiando excusados, baños, lavando ropa...
Como cuando a uno le van a poner una inyección o como se asiste al funeral de un amigo, a uno le toca guarecerse bajo el silencio, lo cual no sirve de nada porque tiene el efecto de halar más palabras y emociones, pero contestar no ayuda en nada tampoco.
Observando la evidencia ante mí, recordé a Juvenal Urbino en El amor en los tiempo del cólera, quien había llegado al colmo de orinar sentado como las mujeres para no salpicar de amarillo los bordes del excusado. Una próstata agrandada obliga a cualquiera a capitular y hasta a recordar con nostalgia los concursos de llenar botellas otrora. Confieso que la decisión de Juvenal Urbino a veces me parecía no de derrota sino de salomónica amnistía, y que en más de una ocasión resolví imitarlo la próxima vez.
Pero, insisto: vivo solo y mis pocos amigos lo saben. Así que la evidencia sugiere que ha ocurrido un cambio en el comportamiento del hombre. Sin embargo, para explicar el cambio, vale la pena postular dos hipótesis centrales: preguntarse si el cambio obedece a un convencimiento de la justicia de unas relaciones más equitativas entre hombre y mujer, o si por el contrario, el cambio es respuesta a un acondicionamiento a lo Skinner y Pavlov.
La hipótesis de que se ha efectuado en los hombres una toma de conciencia sobre la justicia del tratamiento a la mujer como a un ser igual, aunque atractiva, (la hipótesis y la mujer) no deja de cojear ante la evidencia del largo camino que hace falta recorrer en la sociedad. Hace falta demostrar la igualdad de participación de la mujer en los destinos de la nación, en la fuerza laboral, en las relaciones interpersonales, en la educación, en la justa remuneración, en las peleas del bar, en los balazos del juego del dominó, etc. En contraparte, hace falta demostrar la aumentada participación de los hombres en las labores de la cocina, el aseo de la casa, la crianza de los niños, la costura de la ropa, el lavado, planchado, el devorar telenovelas, revistas sobre Lady Di, etc., labores todas que, al dedicarse las mujeres a otras actividades más equitativas, de todas maneras deben ejecutarse. Para demostrar la equidad o su ausencia, basta con ejecutar la prueba de cuál de los dos, el hombre o la mujer, va a limpiar el excusado. Es ésta la prueba reina.
La contra hipótesis, la de que ahora es el hombre quien está sometido en una sociedad matriarcal y que, de acuerdo con ello, es él quien debe cuidar el aseo de la casa, lo que se evidencia en la práctica de poner la tapa del excusado en posición de conveniencia para la mujer y que, de ahora en adelante, éste usará rulos y crema de aguacate está aún más alejada de la verdad que la anterior. El citar el predominio sobre los hombres que tenían mujeres como Cleopatra, Juana de Arco, Policarpa Salavarrieta y Úrsula Iguarán es pataleo de ahogado. Ni siquiera sirve postular el caso de la nada merecedora Penélope cuyo vientre poderoso —al contrario de lo que ha dicho la ginocrítica— obligó al pobre Ulises, experto exiliado, a renunciar a la bella Nausica, a la embrujadora Circe, a pelearse a palos contra un “Terminator” que se llamaba Polifemo —famoso por saber dónde conseguir gafas con descuentos del cincuenta por ciento— a desafiar el mar, las tormentas y a lo último liquidar a flechazos a sus propios vecinos corriendo el riesgo, como de hecho ocurrió, que por su rabia su nombre pasara a la historia como nombre de perro. ¡Pobre Ulises, más fiel que su esposa y que su perro, Argos, apegado a un tálamo nupcial que seguramente su mujer le obligó a serruchar de un árbol del cuarto en vez de ir al carpintero más cercano a comprarlo! ¡Es que ni los reyes se salvan de esos caprichos!
Volviendo al juego de hipótesis, la de la del cambio como producto del acondicionamiento, a lo Skinner y Pavlov, se tiene que si el nuevo comportamiento no es deliberado ni racional, ello puede indicar que ya está grabado en lo más profundo de la psiquis del hombre. Es quizá como el sentido de orientación de las aves o como el desovar de los salmones en contra de la corriente de los ríos de piedra justamente en el sitio donde nacieron (los ríos y los salmones). Pero este nuevo acondicionamiento también presupone un descondicionamiento de una práctica milenaria. No parece natural que nuestros ancestros prehistóricos se preocuparan por subir la piedra a un árbol después de haber orinado sobre la arena. Así que, con el nuevo comportamiento, después de milenios de evolución separada, el hombre empieza a parecerse a las aves migratorias y a los salmones de Pitlochry. El exilio constante y el eterno retorno no son sólo trampas de la nostalgia: pueden ser comportamientos análogos al de bajar la tapa del excusado.
_________________________________________
© Miguel Zapata Ferreira
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 25
Abril-Mayo-Junio de 2006
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v7n25tapa.html