El vestido
Mónica Lázaro
Su castigo había sido la eternidad; luego de su muerte, continuó el tormento de la conciencia. Noche tras noche, en una disciplina secular, recorría calles, arrastrando su vestido inasible, en el que se iba depositando la resonancia del dolor y el polvo. Nunca más había vuelto a penetrar esa otra dimensión que es la vida. Eran las tinieblas su morada y el viento su única compañía. Pero el rumor de esa noche fue distinto, pues con el sonido de la brisa, que esos días del año es especialmente fuerte, se filtraba en sus oídos enajenados el repiquetear de unos tambores no muy lejanos.
Al cruzar por inercia una esquina, tropezó con el chorro de luz que descendía de un poste. Sus ojos se descongelaron al calor de la luz artificial y, siguiéndola, fue a posar su mirada en las manos de un alterado vagabundo, que jugaban a mimetizarse en la guarida orgásmica de su miembro.
El hombre no podía verla, de manera que continuó, indiferente, su ritual onanístico, reflejando en su rostro un placer casi real. Mientras tanto, en ella comenzaban a refrescarse otros recuerdos, ya no mustios. Y de la maraña de su mente, comenzaron a salir unos pechos blancos, atrapados en el fuego y la saliva de una boca y unas manos.
Poco a poco fue separándose de su tristeza y, sin darse cuenta, fue quitando su vestido inmemorial. Sus senos de fantasma no eran muy distintos de los recordados. Con sus manos los frotó mientras confundía las imágenes pasadas con las del miserable que en frente suyo, se creía solo.
Veía al caballero que amó, su piel lustrosa. Casi podía sentir, como recobrando la carne devorada por los gusanos, el peso del otro cuerpo, la angustia de un placer que por cercano y lejano, le dolía.
Ya no pensaba en sus hijos, perpetuados en el agua. Terminó de quitarse el vestido que quedó tirado en el suelo, al pie del poste. Los ojos desorbitados del vagabundo se concentraron en los harapos salidos de la nada, y sus manos volvieron a ser manos. Se fijó entonces en la mujer.
Seguía sintiéndose cercano aquel ritmo alegre de tambores y flautas. El vestido, ignorado en el suelo, se elevó y, como consciente de una labor, emprendió, con el amparo del viento, el rumbo que abandonó su dueña.
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© Mónica Lázaro
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 25
Abril-Mayo-Junio de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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