El aljibe
Daniel Alejandro Gomez
Solíamos jugar a las bolitas, que en España se llaman canicas. Era en el colegio, el viejo colegio número cuatro, de Vicente López. A la entrada, como para desalentar a cualquier muchacho de sanas travesuras, estaba el impávido busto de Sarmiento, todo bronce y eternidad, con una mirada de las más temibles. Bueno, todo aquel lugar olía a viejo, y para consolidar el asunto había una placa a la entrada que nos arengaba en letras de oro toda su heráldica, su prosapia, tan bueno como el vino añejo. Las maestras nos inculcaban nuestra dignidad de aristócratas infantiles. Nos hablaban de siglos pasados, de ranchos, de campos. De los tiempos en que la calle Fondo de la Legua, donde estaba la escuela, era un camino de carros, todo de barro más antiguo que con el que se hizo Adán. Así que entrábamos ahí con aires y solemnidades de respeto; las demás escuelas eran bondadosamente despreciadas, novicias. Tenía la escuela un gran patio. No había señal alguna de honra histórica en él, a no ser la leyenda de una gran palmera que nos decían que la había plantado el mismo sujeto de la mirada ceñuda de la entrada, hombre grandioso y de sabiduría gigantesca, grande entre los grandes, según nos enseñaban los manuales. Decían que él había fundado el colegio, en los bíblicos tiempos en que antes que polvo este hombre hubo de ser carne, malhumorada, sí, pero carne al fin. En todo caso, a él nunca le importaron mis opiniones, ni las de ningún otro miembro de aquel colegio, pues “el viejo”, como lo llamábamos, mantenía con nosotros todo el trato que puede esperarse de una estatua; es decir, que ni siquiera nos dirigía la palabra. Bueno, estábamos con el patio. Ahí, en el patio, había un árbol, a unos metros de la palmera. Ya diré por qué recuerdo tanto cómo jugábamos a las bolitas en el recuadro de tierra que tenía el árbol.
Poseíamos un escenario, en un salón de actos. Los camaradas más apreciados podían ufanarse de haber pisado las tablas histriónicas de muy jóvenes, con uniformes azules, combatiendo contra unos odiados muchachos de rojo, que eran irremisiblemente vencidos, tal como lo decía la historia, aunque como la historia en tal circunstancia jugaba de local la cosa siempre se exageraba. Las guerras habían vencido a los españoles, y nosotros los seguíamos derrotando siempre, cada Nueve de Julio o Veinticinco de Mayo. Los libros escolares hacen lo mismo, generación tras generación; y claro que no dejan de decir la verdad, aunque, cuando ya me hice grande y más aguafiestas, pensé que aquellos libros decían una demasiada verdad. Nunca me dieron las medallas por aquellas guerras que ganamos en el salón de actos, pero me imagino que nuestros servicios a la patria serán recordados.
De repente, por aquella época, los pechos se llenaron de celeste y de blanco, la bandera resplandecía en el mástil, ni que el mismo Belgrano se hubiera levantado de la tumba para levantarla en persona, sentíamos que hasta el tipo del busto se ablandaba un poco y parecía sonreírnos con sus dientes de bronce helado, y en todas las voces, al empezar el día, se cantaba por las islas del sur que se combatían desde un tal Dos de Abril. Pasados los meses, hablando en serio y con dolor, tuvimos que descubrir —nosotros, las maestras, y acaso personas más serias y por ello más románticas e insensatas— que la guerra era algo más que un escenario, con el detalle de que había muertos y heridos, y no solamente españoles de firme acento rioplatense tendidos en el escenario. Bueno, yo estaba muy enojado con todo aquel asunto. Todos lo estábamos. Las glorias de aquellas paredes, que habían visto a la mismísima estatua majestuosa, que acaso sus dedos metálicos las habían rozado; todos aquellos laureles que nos legó el tiempo, todo parecía perdido, inútil. Entonces se produjo un hecho prodigioso. Donde jugábamos a las bolitas, en que estaba el recuadro de tierra, un día, a un muchacho se le hundió la pierna izquierda en la tierra que se había abierto como por arte de magia. Lo sacaron de allí. Y luego unos obreros vinieron y descubrieron que, debajo de la capa de tierra, había una débil coraza de madera, y bajo ella, oh sorpresa, un aljibe seco. Se produjo una honda emoción en el colegio. Claro que el aljibe no servía para nada a nadie, excepto para los obreros, que no creo estuvieran conformes con sus servicios, y para la historia de nuestro colegio, que le sacó mejor provecho, claro. Ello era una reliquia que venía a recordarnos los tiempos idos; ella remojó nuestros laureles y los puso verdes otra vez, nos llenó los pechos de escarapelas y cintas patrias y le dio varios acogedores discursos a la directora. Un aljibe más real para todos que la maligna realidad de aquellos meses. Pudimos esconder los vientos del sur, las heladas dolientes, las tormentas frías de allá abajo, en los escondrijos de la memoria. El aljibe era nuestro cobijo, nuestro pañuelo, la madre que nos acariciaba el orgullo; un amigo, una especie de triunfo microscópico, pero por ello más íntimo y sólido que las magnánimas proezas de los soldaditos pechados de cartón azul. Era la prueba de que éramos, en efecto, importantes; en él veíamos nuestra gloria, misteriosa, esquiva, incitante. Se sometió a un examen el aljibe y surgieron varias historias sobre él; de qué tiempo era, cómo lo habían tapado, etcétera. Y todas eran tan bien trabadas y tan sesudas, que, lógicamente, no había dos de ellas con las que te pudieras quedar con un poco de parecido. Nuestras maestras, en medio de la bienintencionada confusión general, tantearon que allí, por los fondos subterráneos del colegio, podría haber pasadizos secretos, tan y tan secretos que nunca fueron encontrados; si no contamos a la imaginación, que siempre echa una mano en este tipo de cosas. Pero nuestro aljibe fue tapado con una sólida y realista capa de cemento, para que nadie cayera en él. Nosotros buscamos más aljibes, y también los benditos pasadizos, de la época de la colonia, decían las teorías más encantadoras. Luego los actos siguieron, las batallas de traje de cartón continuaron, y cantamos la marcha de Malvinas por unos meses más. La gloria no da elección, prefiere las batallas a los sentimientos. Pero muchos empezamos a pensar que en los manuales y sus historias de guerras procéricas, y en la altísona placa donde se nos echaba en cara la historia del colegio, allí, pues, no estaba la gloria. Yo era muy pequeño, más creído y creíble que ahora; tuve la idea, pues, de preguntarle a la estatua, así, a bocajarro, sobre los pasadizos, pero por lo que sé aún hoy no se trata con nadie. Fue siempre un tipo altivo, no se le movía un pelo. De hecho no tenía ninguno. En todo caso, muchos de su tiempo insinuaron que era igual de afable tanto muerto como vivo. Son cosas de la historia. Y de verdad que comencé a pensar que la misma estaba bajo una capa de cemento, oculta. Hoy, quienes estén en ese colegio y pisen la capa de cemento, están pisando la historia, la verdadera, la de los sentimientos. Yo, al menos, ahora me lo sé.
El autor:
Daniel Alejandro Gómez es argentino, vive en España, tiene 30 años. Estudió Letras y Análisis de Sistemas. Ha publicado poemas en antologías y revistas impresas, igualmente ensayos, cuentos y poemas en diversos medios digitales: La casa de Asterión, Editorial Badosa, Voces, Almiar, Oxigen, Poesite, Isla Negra, Imaginando, Escáner Cultural.
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© Daniel Alejandro Gómez
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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