El proceso de formación de Eugenio,
protagonista de la novela Lanchas en la Bahía,
del chileno Manuel Rojas

Roberto Ángel [1]
Pontificia Universidad Católica de Chile
rangel@uc.cl

En su primera parte, el objetivo del presente trabajo será observar y comprobar cómo Eugenio, protagonista de la novela Lanchas en la Bahía, de Manuel Rojas, sufre un proceso de armonización y crecimiento en el transcurso de ella, desde un inicio marcado por la soledad y la desesperanza hasta la concepción de un espacio más solidario y receptivo, que si bien no lo librará de la confusión e incertidumbre que reina en su mente, sí le permitirá mirar con más optimismo el futuro. Por medio del trabajo y gracias tanto al apoyo y solidaridad de sus compañeros Rucio del Norte y Alejandro como a propias revelaciones que percibe de él en lo otro (los otros), Eugenio se asentará en la vida y encontrará las armas necesarias para dar el salto desde la adolescencia al comienzo de la adultez.

En la segunda parte intentaré reconocer los rasgos que presenta Lanchas en la Bahía en relación con la nueva novela vanguardista de la década de los años 30, enfocándome específicamente en una novela que deja atrás la estética naturalista para dar paso a una narración del interior del ser humano.

En cuanto a su tercera parte, indagaré en el proceso de creación de Manuel Rojas e intentaré demostrar como, si bien el autor estaría impregnado con los ideales de la anarquía, su novela Lanchas en la Bahía tomaría cierta distancia con la denuncia social, no porque Rojas quisiera apartar sus ideologías de su creación artística, sino más bien porque su definición de anarquismo se acercaría más a las ideas de nobleza y fraternidad que a la que la emparenta a una lucha social violenta y revolucionaria.

I

En su comienzo la novela nos presenta a un Eugenio que trabaja de noche cuidando faluchos de presuntos robos de piratas. La consigna es clara: no dormirse a riesgo de ser despedido o atracado. Para el protagonista comenzará así “la hora triste del mar” (RL, 20), frase en la cual es posible ver a un Eugenio solitario y malhumorado.

A la hora de alimentarse en la embarcación, Eugenio reconocerá que “aquella comida en la oscuridad, solo, hacíame sentir más que ninguna otra cosa mi desolación” (21), con lo cual aparecerán entre sus recuerdos el de sus padres y su casa,  añorándolos y confirmando su desamparo. Pese a esto, Eugenio explicará que “me avergonzaba esto, pues yo quería ser un hombre duro, sin llantos […] como eran los demás hombres” (22), confirmando la intención del protagonista de madurar.
La imagen que nos quedará de este Eugenio sumido en la oscuridad será la de un adolescente que desea ser hombre, pero que no sabe como lograrlo y que terminará sacando “una botellita de leche” (22)  para saborearla “como un gato o como un niño” (22), pero jamás como un adulto.

Para Eugenio “todo lo que era luz […] calor, intimidad, estaba lejos […] habitante de la sombra” (22), con lo que todas sus energías de joven se volcarán hacia una aceptación hostil hacia lo que lo rodea: “¿Qué tal? ¿Cómo lo pasó?” (17), le preguntarán amablemente luego de su jornada nocturna, pero Eugenio responderá “con un movimiento de mal humor” (17). También reaccionará de mala manera cuando, por la mañana, descubren que se ha quedado dormido cuidando el falucho: “Asomé a cubierta lleno…de ira, esperando que alguien me dijera algo para llenarle de insultos” (27).

La soledad y la inversión del natural ritmo de trabajo y sueño (noche por día) serán los causantes de este estado de ánimo de Eugenio, quien luego de su faena no sentirá “deseos de hablar ni de reír, sólo pensando en el lecho: dormir, dormir” (29). Es así como, luego del reposo, Eugenio saldrá a la calle y experimentará la intensidad del espacio que lo rodea y se llenará “de una fuerza que me parecía propia y que no era sino el reflejo de la fuerza del mundo reproduciéndose en mí” (39). Pero la realidad es otra. Así, al mirarse en una vidriera, Eugenio descubrirá que es la imagen de “un joven […] delgado, cargado de espaldas, con las piernas un poco torcidas” (40), la cual se confrontará con la idea que él tiene de sí mismo: “recio, ancho, con el pecho erguido y la espalda recta” (40), primeras inclinaciones hacia un proceso de crecimiento en ciernes, que aún no podrá tener su punto de partida, ya que “muchas noches [lo habían] llevado a la sombra y muchas mañanas [lo habían devuelto] hacia la luz” (42).

Pero la suerte de Eugenio comenzará a cambiar. Luego de ser despedido por haberse quedado dormido sobre la lancha, cambiará de trabajo y realizará labores de carga y descarga en las embarcaciones de forma diurna, cambiando las oscuras sombras de la noche por la tibia luz del día.

Vital para la adaptación y desempeño de su nueva labor será la amistad que Eugenio entablará con sus compañeros Rucio del Norte y Alejandro. Este último le dará el trabajo, explicándole que “usted es un hombre sin trabajo y nada más; hay que ayudarlo” (47), mientras que el primero, con su apoyo inquebrantable, lo estimulará día tras día a seguir adelante. “Comprendí que me llamaba y en el llamado conteníase tan profundo y tierno sentimiento de compañerismo, que abandonando mi temor y sin pensar ya más que en ayudar a mis camaradas, me lancé lleno de bravura hacia la red” (49), explicará Eugenio refiriéndose a la voz de Rucio.

Claro, porque ahora, gracias a la solidaridad de sus nuevos amigos, Eugenio logrará que sus energías se enfoquen positivamente en la realización de su tarea, dejando atrás el desden con el cual veía otrora su antiguo rol. Rucio lo animará durante la jornada, le enseñará como cargar barricas enormes, le gritará: “¡Bravo, bravo! […] Este lanchero va a dar que hablar cuando se muera” (50). Y por la noche, sin tener donde dormir, será Alejandro quien lo ayudará: “Si no tiene dónde dormir, véngase conmigo” (53). Es decir, Eugenio pasará desde la angustia que le produce, durante su trabajo nocturno, el recuerdo de su familia, a pertenecer a una, la de sus nuevos compañeros.

Al respecto, Cedomil Goic, en su libro La Novela Chilena: Los Mitos Degradados, refiriéndose a Hijo de Ladrón, posterior novela de Rojas, explica que “la soledad y la incomunicación […] se salvan en el encuentro con el otro mediante los vehículos excepcionales de la sonrisa y la mirada” (Goic, 151), palabras que perfectamente también se podrían atribuir a Lanchas en la Bahía.  También Promis, en La Novela Chilena del Último Siglo, señala, refiriéndose a la nueva novela chilena de la década de los años 30, que “la existencia única era identificada […] con las formas de comportamiento que se generan cuando se establecen vínculos entre los individuos, cuando se comparten la soledad y la angustia personal” (Promis, 84). Claro, porque la obra de Rojas va a estar marcada, como él mismo lo explica en el libro Letras Anarquistas, por una ideología donde “el socialismo, más que una doctrina económica, más que un sistema social, es un sentimiento moral, una especie de sentimiento religioso, basado en el amor al prójimo y en el deseo de bienestar colectivo” (135). Es por esto que “el policía Victoriano Ruiz por espíritu humanitario arruina su carrera al consentir y participar de los robos una vez que ha reconocido en los ladrones a seres humanos como todos” (Goic, 164) en la novela Hijo de Ladrón. Del mismo modo, creo que similares sentimientos abrigaba Eugenio en el momento de perdonar a los piratas que, descubiertos, pretendían asaltar su nave: “Si llamaba a la ronda, aquellos tres hombres […] se ahogarían o pasaría la noche colgados de una boya, o los cazarían a tiros” (Rojas, 26). Todo esto se enmarca en lo que Darío Cortés, en su libro La Narrativa Anarquista de Manuel Rojas, denomina como el “humanismo rojiano”, el cual “se ordena […] en torno a la responsabilidad moral y social del hombre hacia el «desplazado de la sociedad»” (152). En lo que sigue, podremos encontrar otras actitudes que nos demostrarán esta solidaridad a toda prueba que rodea a toda la obra de Rojas y en especial a Lanchas en la Bahía.

La adaptación que le prodigan sus compañeros va a permitir que Eugenio realice su faena no sólo con entusiasmo, sino que además se convertirá en una escuela de la vida, por medio de la cual se formará como persona. Si bien el trabajo que desempeña requiere un gran esfuerzo físico, esto justamente es lo que beneficia al protagonista: “No compañerito, así no. Lo primero que tiene que hacer es sacarse el paletó, el cuello y la corbata. Así tendrá más fuerza” (Rojas, Lanchas, 50), le explica Rucio durante sus primeros días. Así Eugenio aprenderá a utilizar su cuerpo, a fatigarse y de este modo ir apropiándose de algo que antes había extraviado: su propia vida.

A partir de este momento Eugenio comenzará a aprender que debe esforzarse para lograr convertirse en hombre, pero que a la vez este esfuerzo se verá recompensado con el regocijo de la experiencia: “Me detuve. Estaba bañado de sudor y cansado, pero me sentía alegre, animoso” (45).

De esta forma el aprendizaje de Eugenio no será metafísico, ni tampoco sus acciones serán las de un héroe, sino que su búsqueda será personal y de conocimiento propio. Fernando Moreno, en su texto La Existencia Herida, explica que “las pruebas que debe superar con ayuda de éstos y a pesar de aquellos no lo conducen a una meta ideal y definitiva, sino a una búsqueda de sí mismo” (236). También Promis señalará de igual forma que “la grandeza del ser humano no se basa en la enumeración…de hechos heroicos, sino en el triunfo y predomino de la naturaleza auténtica del individuo frente a las […] limitaciones […] exigidas por el medio social” (83).

Este proceso de formación de Eugenio también es percibido por Cortés, quien señala que “como en varios de sus primeros cuentos, ‘El Vaso de Leche’ por ejemplo, Rojas trata con suficiente éxito, el rito universal de pasar de adolescente a hombre maduro” (94). Claro, porque Rojas en El Vaso de Leche realiza algo similar de lo que más tarde aparecerá en Lanchas en la Bahía: Aquel niño, como Eugenio, se nos aparece en un mundo hostil, del cual no puede recoger ningún gesto de ternura. Pero Rojas nuevamente tiende un puente de esperanza entre la humanidad y el ser: una “señora rubia que tan generosamente se había conducido” (Rojas, Vaso, 45) precederá el gesto lleno de amor de Rucio del Norte, regalándole leche y vainillas ante su desesperada hambruna. El mensaje de Rojas parece claro: probablemente el joven del Vaso de Leche y Eugenio se habrían perdido, jamás habrían encontrado su rumbo, si no hubieran obtenido el apoyo de otro ser humano, ya que como el propio autor lo señala: “[yo] creo en el grupo, en la masa […] el hombre solo está jodido” (Qtd Cortés, 31).

Volviendo a Lanchas en la Bahía, podemos decir que Rucio se convertirá no tanto en un modelo a seguir como en un hombre ya hecho en el cual Eugenio reconocerá, de algún modo, su destino. Al igual que él, Rucio también se habrá educado en la calle y Eugenio sólo podrá verlo como alguien del cual tiene mucho que aprender: “Junto a la voz de Rucio del Norte la mía sonaba como la de un niño junto a la de su papá” (52).

En Rucio también reconocerá el amor, aprendiendo que éste no se contradice con la rudeza y la perseverancia: “Lo miraba […] todo lleno de músculos, extendiéndose a través de su cuerpo como raíces de un árbol…no había en él de suave, de tierno, sino los ojos, pequeños y azules, húmedos” (55). Para Goic todas estas visiones de sí mismo en los otros y de los otros son importantes pues “el conocimiento de los otros le lleva a la autognosis, a saberse distinto y provisto de otras expectaciones e impulsos que hacen de las circunstancias que vive algo transitorio” (165), un camino que ha de recorrer hasta alcanzar su madurez.

La novela repasará constantemente el deseo de Eugenio de llegar a ser un hombre. Mientras camina junto a Rucio rumbo al burdel, él confesará que se sentía “avergonzado de mi sensibilidad, quise dominarme, sobreponerme, mostrarme y portarme como un hombre, aun a pesar de mi angustia” (67). Pero el proceso será lento. Ya en el prostíbulo Eugenio se observará a sí mismo: “ni siquiera miraban a ese joven que no se reía ni hablaba, cuya mirada era vaga y que parecía pedir permiso hasta para respirar” (72). Yolanda, la prostituta con la cual se obsesionará hasta creerse enamorado, también dará su apreciación: “Era muy joven; el hombre nacía de él como una raíz lenta, pero segura” (75). Pero aún tenían que suceder algunas cosas antes de que esto ocurriera, por lo que Yoli lo tratará como lo que es: un niño más, el cual reposaba “en su falda, y en esta actitud no sentía sino una sensación de ternura, de reposo, de quietud” (81).

El punto de inflexión de la transformación de nuestro protagonista se producirá con la llegada a puerto de un marinero, el vaporino, quien viene desde lejanos lugares y hace su entrada en la obra como el pretendiente de Yolanda. Puede resultar un tanto vana la razón por la cual se enfurece Eugenio (el vaporino coquetea con Yolanda, prostituta, y por la cual Eugenio pretende tener algún tipo de derecho), pero el caso es que este ingenuo raciocinio, que tal parece una excusa, será la chispa que encenderá la mecha de su mente y su cuerpo para convertirse en hombre, proceso el cual ya no puede reprimirse más en su espera: “ya no soy un niño, y esa mujer y ese hombre; nadie se ríe de mí aunque me maten, la vida qué me importa, porque soy hombre, bien hombre y no me importa nada de nada” (94), dirá Eugenio, metamorfosis que también se acompañará del cuerpo: “Ya no era yo aquel jovencito que conoció una mañana a bordo del remolcador […] me mostraba recto, el pecho erguido y la espalda tiesa” (96).

Eugenio decidirá arreglar cuentas con el vaporino y nuevamente será posible ver el apoyo que Rucio le brindará en toda la obra. Al ser requerido por el protagonista, no se negará (“—¿Eres mi amigo o no? / —Lo soy” [94] ) , con lo cual Eugenio reconocerá que Rucio (a estas alturas ya, su inseparable amigo Rucio) “no podía hacer otra cosa que acompañarme, acompañarme hasta donde yo quisiera ir y más allá aún” (99).

Luego de la riña contra el vaporino, Eugenio es tomado preso. Será la cárcel la última estación de su educación. Eugenio saldrá de ella “delgado, con una delgadez de animal sano” (103). Nuevamente observaremos la solidaridad de sus compañeros, quienes lo “visitaron cada domingo, llevando…ropa limpia, café, azúcar y cigarrillos” (103).

Y a su salida, el propio Eugenio reconocerá que Yolanda tan sólo fue un pretexto en su vida, una justificación que permitiera dar el primer paso hacia la adultez: “Por ella hice lo que hice. ¿Por ella? Realmente por ella no. ¿Por qué entonces? […] Sí; lo sucedido no había sido sino un asunto personal, de mí mismo, en el que la mujer no tomó parte alguna” (104).

Los días de prisión permitirán a Eugenio valorar aún más todo lo que había conseguido y disfrutado (y también sufrido) junto a sus compañeros. Durante el presidio “había estado inmóvil, como antes en los faluchos cargados con seda” (105-106). De esta forma, Eugenio dirá que lo que va a necesitar ahora, para limpiarse y aclararse, serán “jornadas de fuerte trabajo, días de fatiga, movimientos enérgicos” (105), reconociendo una vez más el valor del trabajo con el cuerpo y la compañía de sus camaradas, quienes estarían “agarrados a las tinas oscilantes […] como imágenes del hombre en el mundo, luchando con ellas, dominándolas para vivir” (106). Y esto porque Eugenio, finalmente, aprenderá y aceptará que una de las formas de pagar su deuda, aquella que Goic “identifica con […] la culpa que hay que saldar a alguien, desconocido pero exigente” (Goic, Mitos, 154) y que señalará “el carácter ominoso de la existencia” (154), será por medio del empleo de su cuerpo, su esfuerzo, su fatiga, en una faena solidaria.

“—¡Espérenme! Era un grito ronco, como de desgarramiento. Nos detuvimos. Cristián avanzó hacia nosotros. Cuando se nos juntó, reanudamos la marcha” (Rojas, Hijo, 255). Con estas palabras da por terminada su narración Aniceto, protagonista de Hijo de Ladrón. Partiría haciendo camino junto a sus compañeros el Filósofo y Cristián. La vida los había reunido y difícil sería que ahora los separara. Camaradas ya por siempre, con ellos Aniceto terminaría su aprendizaje sin fin. “Claro […] Usted es nuestro compañero de cuadrilla y lo será hasta que quiera serlo o hasta que se muera” (107). Las palabras corresponden ahora a las de Alejandro, que junto con Rucio y Eugenio partirán a trabajar a Guayaquil. La amistad, el crecimiento, recién comienzan.

II

En su ensayo La Frase Nietzsche: “Dios ha Muerto”, Martin Heidegger realiza una interpretación de esta sentencia. Explica que las palabras “Dios ha Muerto” corresponden no tan sólo a la caída del Dios cristiano, sino que más bien se refieren a la pérdida de los ideales suprasensibles, lo que trajo consigo que lo más alto que poseía la humanidad, el  platonismo, careciera de sentido dejando vacío su puesto, hueco que para Heidegger aún queda mucho tiempo para que desaparezca. Para él “ya no queda nada a que el hombre pueda atenerse y por lo cual pueda guiarse” (181).

Lo relevante aquí es que para Heidegger estaríamos en una época de cambio, de la cual sería posible decir que “ni las perspectivas políticas, ni las económicas, ni las sociológicas, ni las técnicas y científicas, es más aún: ni siquiera las metafísicas y religiosas, bastan para pensar lo que sucede en esta edad” (220).

Esta idea de cambio es retomada por Virginia Woolf en su ensayo El Señor Bennett y la Señora Brown. Aquí Woolf señala que “hacia el mes de diciembre de 1910, el carácter humano cambió” (23), ante lo cual plantea que es fundamental para los nuevos escritores de novelas asumir el riesgo que implica intentar de explicar que es lo que sucedió (o que estaría sucediendo) con este nuevo mundo en el interior de los personajes, alejándose de descripciones y anécdotas que en nada tienen que ver con lo que las exigencias que el tiempo requiere. Para Woolf “esas herramientas [las naturalistas] no son nuestras herramientas, y ese cometido tampoco es el nuestro. Para nosotros, esas convenciones son el desastre, esas herramientas representan la muerte” (37).

Pareciera como si Manuel Rojas hubiera aceptado el desafío impuesto por Virginia Woolf y de esta forma Lanchas en la Bahía se nos va a presentar como una novela que se aleja de relato naturalista (en el cual el narrador pareciera mantener una cierta distancia con lo contado), para adentrarse en una historia que exprese lo que ocurre en la propia cabeza del protagonista. Goic, en su libro Historia de la Novela Hispanoamericana, al referirse a esta tendencia, explica que “el mundo representado en la novela contemporánea es eminentemente interior, en esencia, es el mundo de la conciencia” (179).

Y la llegada al mundo interior de Eugenio va a ser facilitada por un relato en primera persona, el cual va a permitir que realmente vivamos todo lo que le ocurra al protagonista. Al respecto, Hernán Díaz Arrieta, en su ensayo Lanchas en la Bahía, señala que “…el personaje nos interesa porque lo sentimos verdadero y nuestra vida se trasfunde fácilmente con la suya. Lo vemos, lo tocamos, sus estados de ánimo se nos comunican y salimos de nuestro pequeño yo casero. Vamos con él por las calles de Valparaíso y asistimos a todos los espectáculos que presencia” (153).

Pero, y tal como también lo explica Woolf, llevar a cabo esto no es tan sencillo, ya que esta nueva etapa de la humanidad es desconocida y estará enmarcada por la confusión que rodea a los pensamientos del protagonista. En Lanchas en la Bahía podremos encontrar un Eugenio perturbado, que en determinadas circunstancias no sabe a que atenerse: reconocerá que por ejemplo su “cerebro estaba envuelto en una especie de gelatina gris, como en conserva” (31) o que tenía “la cabeza vacía o como llena de un viento que zumbaba” (31). Esto logrará que el relato ya no sea tan simple y claro, sino que tras él podamos encontrar divagaciones irracionales, propias del interior de protagonista. De esta forma, según explica Goic, “la representación se hace así por la condición misma de las cosas, confusa, de límites esfumados, contradictoria, en fin: laberíntica” (Goic, Historia, 179).

“En un solo día, millares de ideas han cruzado vuestra mente, millares de emociones han chocado entre sí, y han desaparecido en el más caótico desorden. Sin embargo, permitís que los escritores os endilguen una versión de todo eso…que en nada se parece a esta sorprendente aparición” (45), arenga Woolf. Su propuesta ya había sido lanzada. Pues con Lanchas en la Bahía Rojas recoge la llamada e intenta hacer hablar a Eugenio casi con las mismas palabras antes pronunciadas: “mi cerebro […] empezó a vibrar, solicitado y herido por los llamados, las sugestiones, las insinuaciones, los deseos, que flotaban allí como ondas en un campo eléctrico” (66-67). Y ante esta ola de pensamientos que lo atosigan, muchas veces Eugenio reconocerá su insuficiencia para discernir entre tanto atiborramiento y dirá: “¿Qué es lo que sabes entonces? Quién sabe […] En realidad no sabes lo que quieres ni lo que vas a hacer” (87-88).

Para Goic al “tipo de narrar en la novela contemporánea, nada pareciera caracterizarlo mejor que su incoherencia” (Mitos, 165.) Y Rojas ha tomado esto casi como una técnica, con la cual pretende, intentando procurarse nuevas herramientas, tal como lo sugiere Woolf, relatar de la misma forma que lo hiciera el ritmo de la conciencia. El propio Rojas, explicando la forma de narrar de Aniceto en Hijo de Ladrón, dirá que “sigue…el mismo moviendo de la mente, que divaga, piensa o recuerda sin sujeción a normas fijas establecidas exterior y previamente y sin respeto al orden cronológico” (Rojas, Árbol, 65).

Por supuesto que esto que señala Rojas es posible encontrarlo de forma más acabada en Hijo de Ladrón (1951) que en Lanchas en la Bahía (1934). Creo que esto se debe a que ésta última fue una de sus primeras novelas, ubicada en lo que Darío Cortés denomina su narrativa de transición, en donde aún no depuraba totalmente esta práctica. Pero pese a esto, tampoco es posible negar que estas características se encuentren en Lanchas en la Bahía. Primero, porque por un lado es claro que en las palabras y accionar de Eugenio podemos encontrar el rasgo de la confusión; y segundo, porque si bien el relato pareciera tener un eje temporal lineal, en  la novela existen sutiles saltos de tiempo que parecieran seguir los pensamientos de Eugenio (por ejemplo la historia que se traslada al pasado desde el momento en el cual Eugenio trabaja de día como lanchero, al instante de detallar los pormenores de su contratación) y que tendrán su mejor expresión en la ya madura novela que es Hijo de Ladrón.

Quisiera terminar esta parte con las palabras que, a modo de reclamo en contra de Arnold Bennett y la lectura de su libro Hilda Lessways, pronuncia Virginia Woolf: “En este momento, gritamos: ¡Por el amor de Dios, piedad! […] Pero no podemos oír la voz […] de Hilda. Sólo podemos oír la voz del señor Bennett contándonos detalles sobre alquileres” (36). Fiero reclamo. Tal vez si Virginia Woolf hubiera leído Lanchas en la Bahía sus palabras habrían cambiado y podrían haber sido éstas: “En este momento, gritamos: ¡Por el amor de Dios! Por fin un escritor que lo intenta, por fin puedo realmente saber quien es Eugenio.”

III

La narración en las novelas de Rojas, como se aprecia en Lanchas en la Bahía,  se aleja de la denuncia social para darle más importancia al relato de la vida común de un hombre que podría ser cualquiera. Díaz Arrieta, recordando la vida de Rojas, en la cual llevó a cabo una importante suma de trabajos distintos y mal pagados, sobrellevando días de miseria y esfuerzo, comenta que “de toda esta combinación no ha resultado, como parecía lógico, ni un obrero más, huelguista y rebelde, luchador por  ‘las reivindicaciones del pueblo’, ni un panfletista de Gorki o un narrador turbio de historias truculentas, a base melodramática, con pretensiones ideológico sociales” (152). Similar opinión aparece en el libro de Cortés: “La narrativa […] de Rojas no depende de un mensaje directo…con una función simbólica o de denuncia” (27).

En su ensayo Viaje al País de los Profetas, Rojas declara: “Tengo una formación ideológica socialista, más bien dicho, una formación anarquista, formación que no he dejado nunca, por más que las circunstancias de la vida y de mi vida me hayan reducido al solitario trabajo de escritor” (Qtd Cortés, 26). Entonces nos preguntamos lo mismo que Díaz Arrieta: ¿Cómo un autor que se considera acérrimamente socialista y anarquista no trasmite una denuncia social en cada una de sus novelas? Para responder a esto debemos adentrarnos en la definición que tiene Rojas del anarquismo.

Para Rojas “el socialismo, más que una doctrina económica, más que un sistema social, es un sentimiento moral, una especie de sentimiento religioso, basado en el amor al prójimo y en el deseo de bienestar colectivo [2]” (Rojas, Letras, 135). Es decir, para nuestro autor los conceptos de revolución o sindicato son secundarios y aceptará el sistema socialista sólo porque, según él mismo señala, “no ve…en ninguna otra doctrina político-social…la grandeza que tiene el socialismo” (191), que le permitirá colocar como base los verdaderos estandartes de su ideología: la solidaridad y el amor hacia el ser humano.

Para Rojas los verdaderos anarquistas van a ser hombres muy nobles, colmados de ternura hacia los demás. Serán seres que intentarán otorgar libertad y apoyo al resto de sus pares. “La mayoría de los anarquistas son hombres de buena fe; pueden ser tontos o ingenuos, pero tienen buena fe” (Qtd Cortés, 34). También Cortés, comprendiendo todo esto, dirá que “…la narrativa anarquista de Rojas…no pretende anular el orden establecido por medio de la violencia, la insurrección y el caos, actividades que generalmente se asocian con esta ideología” (Cortés, 27). Así podemos decir, con palabras de Manuel González Prada, que “si ha de censurarse algo al anarquista, censúresele su optimismo y la confianza en la bondad ingénita del hombre” (Qtd Cortés, 28).

Quisiera aclarar que todo lo anteriormente expuesto no quiere decir que Manuel Rojas esté en desacuerdo con la formación de sindicatos de trabajadores o que sea ciego a una lectura de la realidad en la cual se aprecia un abuso social hacia el proletariado. Lo que ocurre es que todos estos motivos pasan a ser secundarias en su obra, tal como lo demuestra el caso de Lanchas en la Bahía, en donde podemos contar tan sólo tres momentos en los cuales se aparecen estos temas y los cuales nunca son desarrollados a fondo. Estos corresponden a: 1) Alejandro le explica a Eugenio que para aceptarlo en su nuevo trabajo debe inscribirse en el Sindicato de Trabajadores; 2) la queja de Rucio del Norte ante el maltrato de los embarcadores hacia los nuevos trabajadores del mar; 3) la sentencia que lee Eugenio de Kropotkine: “El pueblo sufre y pregunta: «¿Qué hacer para salir del atolladero?»” (Rojas, Lanchas, 107). A estos tres, habría que agregar el relevador instante en cual Eugenio necesita conversar acerca de lo que siente por Yolanda. Se decide por Rucio, ya que, como él mismo lo explica, “Alejandro me intimidaba; parecía estar siempre bajo el dominio de su idea obsesionante: el Sindicato…no me atrevía a hablarle […] convencido de que a un hombre así…era ridículo hablarle del amor de un chiquillo” (88).

Creo que esto se explica como una suerte de manifestación de intenciones de Rojas hacia el lector. Es como si dijera: “Está bien, reconozco que es muy importante el tema del Sindicato y esas cosas, pero yo, ahora, quisiera hablar acerca de Eugenio, de lo que a él le pasa y de su relación con el mundo y los que lo rodean.”

De esta manera Lanchas en la Bahía va a rodearse de temas que sugieren la solidaridad, la ternura, la colaboración con el prójimo, la nobleza del ser humano, todo aquel proceso de formación de Eugenio que ya recorrimos. Por esto es que prefiero señalar que no es que la literatura de Manuel Rojas no sea de corte anárquico ni que tome distancia con sus más íntimas ideologías, sino que, simplemente, el autor tiene otra mirada para definir la anarquía y el socialismo.

Conclusión

En su ensayo Algo sobre mi Experiencia Literaria, Manuel Rojas señala que “lo más valioso que la novela tiene […es] el estudio y descripción de la vida sensible del hombre…” (Rojas, Árbol, 69). Para él lo fundamental en su obra será el poder compenetrarse con lo que lo rodea, de manera de poder expresar las cosas por medio de sus emociones. Henri Matisse decía: “no hay que trabajar con los elementos que no hayan pasado por el sentimiento” (Matisse, 201). De Rojas podríamos señalar lo mismo. Gracias a su compromiso con la búsqueda del misterio del ser, ha abierto una puerta para relatar los sinsabores y alegrías de la humanidad. “Por eso repito que no debemos temer y que debemos pensar que nuestro patrimonio es el universo” (Borges, 273). Para Rojas este universo será inmenso: serán los relatos del interior del hombre.

Notas:

[1] Roberto Angel actualmente es aspirante al grado de Magíster en Literatura por la Pontificia Universidad Católica de Chile.

[2] Al respecto, quisiera colocar aquí un breve texto de Manuel Rojas, aparecido en su ensayo “El socialismo y la libertad”, en el cual el autor realiza una especie de clasificación de distintos sujetos socialistas que podrían existir: “La experiencia ha demostrado que existen varios tipos de socialistas, casi tantos como constituciones psíquicas hay. No obstante, a primera vista pueden distinguirse cuatro tipos principales y quizá si fundamentales: 1. el socialista tipo intelectual, que está dispuesto a aceptar, y acepta, todo aquello que se le presenta como socialismo, aunque ello no sea mas que una banda de músicos y un tony o un organillero con su mona; 2. el socialista por afanes o principios materiales, que está convencido de que el socialismo ha sido creado únicamente para mejorar su situación económica; 3. el socialista por afanes o principios administrativos, que se cree llamado a dirigir, ahora y siempre, a los anteriores; y 4. el socialista por afanes o principios morales. Al primero podrá encontrársele en las innumerables sociedades de amigos del socialismo y a1 segundo y a1 tercero en los partidos socialistas de todo el mundo. En cuanto a1 cuarto, rara vez se le hallará acompañado de más de dos o tres personas. No es miembro de ningún partido político y el socialismo de partido, por su parte, le mira siempre con oblicuos ojos, considerándole siempre como un ser demasiado independiente. Su excesiva independencia le hace sospechoso de tibio socialismo y de otras cosas peores” (Rojas, Letras, 190).


Bibliografía:

-Borges, Jorge Luis. “El escritor argentino y la tradición.” Obras completas I. España: Emecé, 1996.

-Cortés, Darío. La narrativa anarquista de Manuel Rojas. España: Pliegos.

-Díaz, Hernán. “Lanchas en la bahía.” Manuel Rojas. Estudios críticos. Chile: USACH, 2005.

-Goic, Cedomil. “Hijo de ladrón”. La novela chilena: Los mitos degradados. Chile: Universitaria, 1991.

------------------- “Superrealismo.” Historia de la novela hispanoamericana. Chile: UCV.

-Heidegger, Martin. “La frase de Nietzsche: «Dios ha muerto»". Sendas perdidas. Argentina: Losada.

-Matisse, Henri. Reflexiones sobre el arte. Argentina: Emecé, 1998.

-Moreno, Fernando. “La existencia herida.’ ” Manuel Rojas. Estudios críticos. Chile: SACH, 2005.

-Promis, José. La novela chilena del último siglo. Chile: La Noria, 1993.

-Rojas, Manuel. “Algo sobre mi experiencia literaria.” El árbol siempre verde. Chile: Zig-Zag, 1960.

------------. “El Vaso de leche”. El delincuente y otros cuentos. Chile: Zig-Zag., 1989.

------------.  Hijo de ladrón. Chile: Zig-Zag, 1986.

------------.  Lanchas en la bahía. Chile: Zig-Zag, 1985.

------------.  Letras anarquistas. Comp: Carmen Soria. Chile: Planeta, 2005.

-Woolf, Virginia. “El Señor Bennet y la Señora Brown.” La torre inclinada y otros ensayos. Editorial Lumen.
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©   Roberto Ángel

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN VII - NÚMERO 26