La bella oscuridad
Juan Freddy Armando
Ánfíla fue mi nombre cuando tuve el don de la vida. Viví en Polinfornes, una pequeña aldea, casi una polis, situada al sur en el Peloponeso, tocada por las aguas del Adriático. Por ella pasaba siempre mucha gente, pues estaba en el camino de la próspera y nueva capital de Egipto, Tel El Amarna, llamada ciudad de la luz por algunos, y ciudad del horizonte por otros. Fui griega de nacimiento, aunque mis padres provinieron de Egipto, adonde habían ido sus abuelos desde la India y la China. Por eso tuve siempre piel cobriza, hecho que me atrajo el amor de muchos hombres, pero sólo uno pernoctó conmigo, aunque sólo dos veces. Mi olor, mi manera de hablar el griego, unida a mi mirada egipcia, me hacían un verdadero espécimen de mujer diferente.
Una tarde, cuando yo abandonaba a la niña y recibía a la mujer que hay en mí, llegó uno de los que pasaban cansados. Desde que lo tocaron mis ojos, me lució extraño, y tuve algo de miedo. Disipé mi inquietud porque, si bien no había llegado a viejo, ya la juventud huía rápidamente de su rostro, y era inofensivo. Tenía poco pelo en la cabeza. Los ojos profundos. El paso lento. Su larga y vertical nariz le impediría negar su condición de griego. Visto de perfil, daba más una estatua que un hombre, con piel blancolampiña y ríos de arrugas en su frente ancha. Lucía una persona lejana, y siempre sus palabras sonaban como si vinieran de lo profundo de un ánfora, retumbantes y suaves al mismo tiempo, y casi transparentes como un trozo de hilo de tejer que ondula por el aire desde su boca a mi oído. Sus ojos siempre se perdían en el interior de las cosas, como si quisiesen descoserlas con sus rayos y andarle cada fibra, y desmadejarla y volver a tejerla.
Pidió comida, pernoctar una noche y ofreció pagarlas. También rogó por silencio para sentarse sobre la hierba después de saciar el hambre y mirar, con ojos de loco, las hojas, los troncos, las piedras, los pajaritos que planean el aire. Siempre me pregunté qué buscará este viandante en esas nimiedades. Y por qué no me dio miedo cuando mi padre me dejó sola con él ese día en que se vio obligado a irse a buscar a mi madre, quien ya tardaba demasiado en su labor de recoger hojas de lino para secarlas y hacer tela, siguiendo su costumbre de mujer de la India, tradición que compartía con mi padre chino, que también era tejedor.
Su mirada me decía que siempre buscaba penetrar todo, desentrañar lo que cada cosa lleva dentro, con una locura propia del que quiere saber algo sobre algo de lo que ya cree saberlo todo, del que busca descubrir en cada cosa lo que la cosa no quiere decirle con la simple muestra de su desnudez de cosa traída sin ropa al mundo, como es casi todo lo que existe. En vez de gozar la belleza de ellas, este hombre lucía esquivo, como al que le muestran todo y aún así lucha por encontrar lo visible que él no puede percibir. Pero sentía que en mis ojos buscaba otro misterio, algo inconfesable quería encontrar en mis iris. Cuando se iba le pregunté qué buscaba en las cosas. Me dijo: "Busco su espalda, porque las cosas nunca quieren mostrarme su espalda, sino que por doquier están de frente, y quiero ver su otro lado".
Entonces le pregunté, qué hurgaba en mis ojos. Me dijo: "Saber lo que hay dentro del hombre que veo en ellos. Enseguida y sin esperar mi respuesta, tomó su carga y se marchó. Sentí que se llevaba algo de mis ojos. Después, pasaron más y más, jóvenes, adultos, ancianos, siempre con su bulto y algo para escribir. Le pregunté a mi padre a dónde iban, y me dijo que a Tebas, a los templos secretos de los faraones. Me pidió que no hablara con ellos, "sus ideas son peligrosas para el espíritu, pues en Egipto están los dioses del misterio y la duda, y quitan la paz a quien escucha sus oraciones". Todos pedían algo, y continuaban. Agua. Pan. Abrigo. Y mi padre siempre les daba eso sin hablarles. No quería oír sus palabras. Sospechaba que envenenasen, y él no deseaba oír nada en el mundo que no fuera sobre tejer y vender lino. Me decía repetidamente: "La verdadera sabiduría consiste en sólo saber lo que necesitamos para vivir. El saber ocioso nos lleva a la perdición, debido a que siempre esconde a algún dios que nos engaña. Vive, hija, como el lino, que es feliz ignorando si está en un palacio de Nínive o en los matorrales del camino a Damasco, en un jardín lujoso de Babilonia o en el lodo que deja el Nilo tres días después de haber llovido, y el agua se pudre. El lino no distingue si muere en la podredumbre o lo bañan los perfumes de cedro en el Líbano o los Eucaliptus de Persia, no lo seduce mágico olor del sándalo en un jardín de Dheli.
Él volvió, y me miró muy de cerca, y descubrí que una mujer parecida a mí traía en sus ojos. Habían pasado 20 años, y ya una vieja iba pidiéndome permiso para ser yo. Me acerqué más, y la mujer me miró con ojos como los míos, desde dentro de la vista del hombre maduro ya maduro. Sentía que yo ardía en el fuego de sus párpados. Me observó a menor distancia tanto que temblé. Entonces descubrí que nuestros cabellos habían cambiado: eran blancos y débiles. Me atreví a acercarme yo a él, más y más y le pedí que no pestañara. Examiné todo y descubrí algo insólito: Que ese lino que vestía aquella mujer era el mío, ese hombro era el mío, esos pechos, esa mirada. Le pregunté por cuál razón me tenía presa, como ahogada en las redes de su humor vítreo. Que me había turbado en su ausencia y sentía unas oscuridades frecuentes, y pensaba en él, le dije que debía ser cuando él cerraba sus ojos, que me cerraba las puertas de sus párpados, y yo no podía salir de esa cárcel sutil. Me respondió: "Eres tú quien me tienes preso en los tuyos. No sé cómo he logrado viajar tan lejos y seguir amarrado, sin salida, en la cóncava prisión de tu mirada. Dime, ¿todos los caminos que recorrí están en tus ojos?". Este misterio lo asustó e hizo marchar repentinamente. Pero ahora llevaba otra preocupación: ¿A dónde se fue el hombre apuesto que él había visto dos décadas antes en la niña de mis ojos, parecido a sí mismo. Hasta mirarse ahora en mis iris, no se dio cuenta de que él andaba con otro cuerpo más doblado y una cara estrujada. Otro que tal vez era él mismo, se había quedado en mi vista. Y trató entonces de penetrar en lo profundo de mis globos oculares. Quería conocer la espalda, el lado oscuro, de ese que lo miraba desde mis ojos. Saber cómo lo engañaba aquel tan parecido a él y no era otro que él.
A cada instante, yo miraba a todos lados, pues, como he dicho, mi padre me había aconsejado no hablar con esos hombres que van a Tebas y Tel El Amarna, a causa de que podrían ponerme a pensar, "y eso hace daño a la paz interior". Ahora comprobaba que mi progenitor tenía razón. Me angustiaban como al visitante sus cuestionamientos, porque también a mí me miraba otra mujer desde sus ojos. Algo parecido a los celos sentía contra esa anciana. Yo no debía pasar de tejer lino. Pero este hombre ya me tenía en sus redes, estaba preocupada por eso de tenerme encerrada en su mirada. Nunca había notado eso, porque mi padre y mi madre jamás me miraron tan de cerca como para fijarme qué había en sus ojos. Era la primera vez que me pasaba. Estaba inquieta por saber, por preguntar lo que no debía. Lo invité a comer en silencio después que mi padre fue a buscar a mi madre de entre las redes de hierbas y sol y brisas.
Luego, cuando deduje que mi padre estaba suficientemente lejos, mi atrevimiento y curiosidad lo invitaron a mi alcoba. Quería yo enterarme si en la oscuridad también podía verme en sus ojos de llamas. Y si él me veía en los suyos. Entramos, y cuando se cerró por completo la puerta, dominaron las sombras. "Una luz acaba de entrar en mi vida", me dijo. "Nunca había sentido tan próximo el olor de una mujer, y por primera vez en mi vida he dejado de pensar, he olvidado todo lo que sé. A ti te debo el mayor descubrimiento de mi vida: hoy he conocido la ignorancia. La mía. Pero qué rica, maravillosa y hermosa es. ¿De qué modo pude vivir tantos años sin conocer su esplendor? Cómo es de sabia la oscuridad del mundo. Cómo es de culta esta ausencia de ideas, de palabras. Ahora te veo en tu olor, te oigo en tu tacto, en tu boca vivo. El viaje de tus labios me resuelve el misterio de mi cuerpo. Tu movimiento, devela la gravedad del mundo. Tú eres mi definición del universo, el orden del caos".
Me acerqué más a él, y el sentido del gusto hizo su efecto. Mi lengua quiso saber si su perfil era el mío, recorriendo su cuerpo. Él buscó lo mismo. Y así fue. El recorrido de sus labios sobre el mapa de mi cuerpo, completó nuestro retrato plano, angular, curvo, convexo, cóncavo, ondulado. Fuimos río y serpiente. Nube y aguacero. Sol y luna. Viento y brisa suave que va peinando las dunas. Fuimos lo que es la cellisca suave para la piedra que acaricia y se deja convertir en estatua gris de sal que flota en aguas de su arena. Nuestros dientes establecieron límites, marcaron suavemente los intersticios de la carne que oscuramente los buscaba, y no hubo más palabras por mucho rato. Nos gobernó el sopor. Nos dirigió la ausencia. La inconsciencia nos abandonó a merced de nuestros cuerpos, que sin dejar de ser dos fueron uno sordo, ciego, mudo, sin olor ni tacto. Fue un rapto de nosotros mismos, un viaje fuera de nuestros seres, que debió de haber durado mucho, porque cuando volvimos a nosotros, cuando caímos del abismo dichoso y regresamos del caos sublime, la arena del reloj estaba toda reposando en absoluta ignorancia del tiempo, en el fondo del cristal caída toda, y el rumor de la clepsidra estaba detenido, había renunciado a su viaje redondo, pues por ella había pasado a borbotones locos el agua de todos los ríos de la Tierra.
El visitante me dijo entonces: "Mi cabeza tenía muchas palabras, pero estaba vacía. Tú la has llenado de vida". Le respondí: "Compréndelo: Nada hay en la cabeza que no haya llegado por los sentidos". Me propuso: "Véndeme esa frase". Le dije: "Ya te la he vendido, y con el viaje a la oscuridad que me has dado está pagada". Oído esto, puso su carga al hombro y se marchó.
Treinta y tres años después mis padres habían muerto, y me tocó ir a vender elegantes cortes y vestidos de lino, al Pireo, el puerto de la divina ciudad de Atenas. Al terminar, quise subir a conocer la Acrópolis. Oí una discusión en la Academia, y aunque nunca he dado mucho valor a las ideas, me acerqué. Sentí gran timidez al llegar porque sólo una mujer, alta y solemne, de voz pausada y bien pronunciadas palabras estaba allí. Hipatia, me dijeron que se llamaba. Yo no estaba vestida como ella ni me ha sido dado el don de la palabra.
Un viejo de voz ronca y lenta, de pausado caminar, rostro enjuto y ojos redondamente hermosos, llamado Aristóteles discutía acaloradamente con otros sabios. Su dedo índice levantábase con energía desde su brazo derecho, mientras su izquierdo temblaba sobre la curva del bastón. Me parecía haberlo visto antes en alguna otra parte, pero no di importancia a esta sensación, pues con los años he perdido la confianza en mi memoria, lo mismo que en mi imaginación. Estoy segura de que mi supuesto recuerdo de él era una fantasía producida por la pena de verlo desesperado ante el ataque de los presentes. Sus ojos buscaban algún lugar donde asirse para sostener el pensamiento, porque al parecer todo el mundo se oponía a su opinión, tanto los alumnos, el público, la mujer y los doctores de la ciencia. Su mirada temblorosa y desesperada se encontró con la mía, que lo penetró como un rayo, y se tambaleó, casi cae. Pero esa misma fuerza de mi vista le dio la energía que lo sostuvo en pie, y dijo en alta voz, mientras me señalaba: "Ella es mi testigo".
Mi rostro, cubierto de vergüenza, bajó casi hasta perderse en el cuello del vestido, y dije: "¿De qué puede ser testigo una ignorante que no tiene ni siquiera una migaja del valor espartano ni una pizca del saber ateniense, sino sólo la pobreza de no ser más que una ridícula peloponesa?" Se acercó a mí, y, con su mano en mi barbilla, levantó mi rostro ya muy cercano al suyo, y respondió: "Estos sabios, alumnos y público me enfrentan, porque no aceptan esta idea: Nada hay en la cabeza que no haya llegado por los sentidos. Tú eres mi testigo de que es así".
Se hizo un silencio largo.
No se oyó más nada, y un abrazo nos desnudó, y se esfumaron todos, y en aguas del río de la lujuria nos transportamos a mi vieja habitación, y en el viaje nos acompañaron también nuestros cuerpos. "Yo no sabía que había tanta vida en mí. Le escuché decir. Y respondí: "Aristóteles: Véndeme esa frase". Cerró el diálogo así: "El esclavo no puede vender nada suyo a su dueño, pues todo bien proviene de él, dice un viejo proverbio. Porque todo lo suyo es suyo". Y ya fueron inútiles las palabras, y entramos en la bella oscuridad.
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© Juan Freddy Armando
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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