Un bombón gay

Moisés Sandoval Calderón
sandovalsoto@prodigy.net.mx

  Al principio, parecía impaciente y nervioso. Sentado en el borde del pupitre, recorría con la mirada todos los rincones del salón de clase. Buscaba alguna cosa, aunque inútilmente. Luego se paró. Recorría el aula, tanteaba los respaldos y cavilaba:

  La tuve que haber dejado en alguna parte, pero no... Allí tiene que estar... Si aquí la dejé, estoy seguro. Alguno lo tiene que saber, la tiene que haber visto. No puede ocultarse, no puede esconderse... Alguien ha de haberla escondido. Pero no...

  Media hora después, ya se hallaba francamente alarmado y molesto. Y nadie parecía prestar atención a su búsqueda. Y es que cuánto ruido, cuánta agitación. Desde que se había marchado el maestro del turno de cuatro a cinco, la media hora había transcurrido sin que compareciera el de cinco a seis. Estaba claro que no se presentaría ya. Por lo que quedaba relajo para rato. Eso sí, cada grupo concentrado en lo suyo. Los de su equipo, aquellos en quienes tenía puesto el corazón y que ahora lo ignoraban, estaban enfrascados en una ruidosa discusión sobre el próximo partido del América. Los otros, los casanovas, echaban a la suerte el rumbo que tomarían en la caza de la tarde; las cifras se estaban inclinando por las tres morenitas del quinto semestre. Y a todo este barullo, las compañeras, como siempre, se mantenían al margen; todas aglutinadas en una sola cuadrilla, compacta y silenciosa; tal parecía que no estaban allí.

—Déjate ya de pendejadas, cholo, tú has de haber escondido mi mochila —exclamó de repente.

—¿Nomás la mía te gustó, Pedrito? ¿Por qué no le preguntas al costeño?

Había en las palabras del cholo un dejo de sarcasmo. Y no se movió cuando respondió a la bravata, solo se acomodó la cachucha y siguió con la mirada fija en los tantos que uno de los casanovas apuntaba en la pizarra.

  En ese momento, ninguno sospechaba el secreto que guardaba el Pedrito. Y sin embargo, el infeliz, como un caracol taciturno, inocentemente les había ido dejando un rastro. Esos zapatos a modo de sandalias de colores pastel; sus camisas, invariablemente con las mangas plisadas; el andar suyo, como reprimido, y la mirada contenida. Sobre todo esa mirada; nada que ver con las del resto de sus compañeros, escrutadoras e implacables, capaces de desnudar a una muchacha al primer reojo.

  Pero ya se sabía quién era el bandido que había dado en esconder la mochila, y de seguro también lo sabía el Pedrito, solo que su coraje no llegaba a tanto como para encararse directamente con el costeño, antes bien, con ese reclamo al enclenque cholo, le estaba mandando un comedido recado.

  Fue inútil. Por fin se quedó sentado en el pupitre, quieto y callado.

Este Pedrito, mofletudo y simpático, con su inevitable piochita desdibujada, el bigotito de llovizna, y su mortificada mochila siempre terciada a la cadera, había rolado los dos primeros años de la facultad rondado por las aulas casi como uno más entre todos. Como lo quería Raquel. En las confidencias del receso, le aspiraba su aliento, y hasta a veces le remendaba los harapos.

  Y todo había transcurrido así esos dos primeros años. Hasta que finalmente su recato fue vencido por ese descuido torpe: abandonar su mochila por un instante.

  Sin otro remedio que encarar al grupo, se levantó resuelto de su asiento y se dirigió a la puerta del salón. Desde ahí, trató de llamar la atención del grupo haciendo grandes aspavientos.

—¡Compañeros! Por favor, no se trata de acusar a nadie en particular, compañeros. Mi mochila es negra. La han de haber visto. A quien sepa donde está, compañeros, le pido, por favor, por favor, que lo diga, compañeros.

  Raquel quiso reaccionar, ir a su lado y apoyarlo. Pero no se movió de su asiento. ¡Por Dios! Que patético se veía el pobre. La voz le temblaba, y hasta parecía que ya se le asomaba una lágrima.

—¡Que baile! ¡Mucha ropa! ¡Vuelta! ¡Vuelta!

  Los gritos se sucedían sin identificarse la fuente. Sin duda animados porque el bullicio permitía el anonimato.

  Al Pedrito la mirada se le contrajo. Atormentado por la chacota, no esperó la respuesta, dio la media vuelta y salió arrebatadamente.

  Raquel sentía una opresión en el pecho. Si hubiera tenido más audacia. Pero la carrilla era tan fiera, los muchachos tan despiadados. Sólo cuando lo vio marcharse hacia la seguridad de los pasillos, saltó de su pupitre y corrió a su alcance.

—Te van a regresar la mochila. Ni modo que se la lleven a su casa —le dijo al tiempo que trataba de emparejarse a su paso atropellado.

—¿Yo qué le hice para que se porte así conmigo? ¿Eso es lo que le duele?

—Me estas hablando en inglés ¿A quién o a qué te refieres?

—¡Al costeño! ¡Al desgraciado del costeño! Yo, que no he hecho otra cosa que tratar de ignorarlo, de hacer como si no estuviera ahí...

—¿Y qué te importa el pendejo del costeño? Él o cualquiera que te haya escondido la mochila, viene siendo lo mismo. El caso es que no es para tanto, hombre. Te la van a devolver. Ven, regresemos. Estoy segura de que ya está en tu pupitre.

—Y tendría suerte si no apareciera, ¿sabes? Si hubiera desaparecido. Si se hubiera evaporado en la nada. Ojala hubiera sido solo eso, la nada.

  El Pedrito estaba de pie, apoyado en el barandal de la escalera. Mientras Raquel se instalaba a su lado, apoyaba la mano en su hombro. Eran tan semejantes. De todas la compañeras de clase, no había quien congeniara tanto con él, tan tímido, tan sensible e ingenuo. Y compartían la misma pasión por el cine y sus estrellas. Y qué decir de aquellas historias de amor que se contaban, sobre todo las que concluían con algún desenlace trágico y romántico.

—No es para tanto. Nada mas piénsalo ¿Qué ganarían con llevarse la mochila a su casa? ¿Es que guardabas algo valioso? —el tono de Raquel era severo.

—Ese costeño. Parece estar peleado con todo el mundo...

  Cuando regresaron al salón, lo primero que vieron fue la mochila. Solo que en ese momento, el costeño la sostenía en sus manos, esculcaba en su interior y, frente a toda la clase, les iba mostrando el contenido. Describía artículo por articulo en tono de falsete, afectando sus modales con una exagerada y fingida afeminación.

—¿Y ahora qué tenemos aquí? Mira nada más... ¡Para acentuar esas facciones, para prender ese tono apagado de los labios! Este estupendo estuche de cosméticos.

  El cholo se hallaba convertido en una especie de ayudante. Cada nuevo artículo descubierto era recibido en sus manos y mostrado en señal de triunfo.

  La batahola era general. Las carcajadas eran al punto de las lágrimas.

Allí, en la puerta, los ojos sombríos del  Pedrito parecieron apagarse en medio de su descolorida cara. Y como movidas por un impulso solidario, las muchachas se levantaron todas y fueron a fortalecer a Raquel con su presencia.

  El Pedrito no se movió pero ya no estaba ahí, se había retraído a su refugio secreto. Soñaba con un río, la superficie encrespada, brillando bajo la luna llena.

  Raquel comenzaba a salir lentamente seguida por sus compañeras. Cuando de reojo, alcanzó a ver que del interior de la mochila, el costeño sacaba una revista. Era una de esas publicaciones coloridas de las que se encuentran en cualquier puesto del mercado. Raquel se detuvo y esperó, los sentidos alertas.

—Mira nada más lo que tenemos aquí... Párense, muchachas, de seguro querrán pedírsela después para ojearla con más calma. ¡Un bombón gay! Y así se llama la revista ¿Eh? Miren a este cuero de chamaco que viene en la portada.

El Pedrito se detuvo a la salida de la escuela. Mantuvo la espalda derecha. Su figura regordeta se erguía ahora con altivez. Sus ademanes, ahora más sueltos; su pelo teñido, esos mechones plateados como las crestas de un río bajo la luna llena, le daban un aire distinguido de señorita digna. No se hubiera detenido pero le pareció que era Raquel la que venía cruzando la calle, directo a su encuentro. Era la hora de la entrada del turno siguiente. Ese turno que había cambiado porque ahora le parecía más cómodo estudiar por la mañana. Y es que estudiar en la tarde le hacía sentir que se pasaba todo el día en la escuela. Además, así tenía todo el crepúsculo para él solo; para repasar sus apuntes, buscar algún dato en la biblioteca, soñar con historias de amor con algún final trágico y romántico.

  Sí, era Raquel, solo que de seguro no alcanzó a verlo, y menos porque se le veía la mirada mojada, como si de repente hubiera derramado una lágrima.

El autor:

Moisés Sandoval Calderón nació en el Estado de Sinaloa, México, y reside en la ciudad de Culiacán. Actualmente, cursa la carrera de Derecho en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Ha publicado textos en las revistas Almiar, Margen Cero, Axolotl y No Retornable.
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©   Moisés Sandoval Calderón

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN VII - NÚMERO 26