Sobre Truman Capote:
El viejo y travieso gnomo
Roberto Burgos Cantor
Tomado de "Baúl de Mago",
columna del autor en el periódico El Universal (Cartagena, Colombia).
Dondequiera que esté, Truman Capote tendrá motivos para hacer más ironías feroces de sus conocidos o para practicar la misericordia con sus semejantes.
El año que acaba de agotarse fue rico en el avivamiento de su recuerdo. Dos películas sobre él; el imprevisto hallazgo de los originales de su primera, inédita novela; nuevas ediciones de sus libros y estudios referidos a su obra.
De alguna manera es una bella retribución y un acto de justicia, casi oportuno, a alguien que al momento de morir se le midió por el fracaso de sus exigencias propias y no se le tuvieron en cuenta los hallazgos y los logros de su vocación.
Capote pensaba que “Es una vida muy penosa la que consiste en enfrentarse todos los días con una hoja en blanco, rebuscar entre las nubes y traer algo aquí abajo”. Y para colmo tenía una conciencia artística de extrema exigencia: “el arte es la compensación de la vida por los deleites imperfectos de la vida”. “Una obra de arte es el misterio más grande, la magia extrema. Todo lo demás es aritmética o biología”.
Esas ideas del viejo Truman estuvieron unidas a un ejercicio de mirón implacable y en algún instante concibió que su obra maestra sería una especie de búsqueda del tiempo perdido, en otro tiempo y en una sociedad distinta. Esas inspiraciones revelan secretas identidades de las cuales sólo sabe y responde el escritor. Como se sabe, cada escritor funda la raza a la cual pertenece y quien se equívoca en ésta selección queda condenado a la esterilidad.
En tanto reunía el combustible para un propósito así, realizó varias hazañas. Se liberó de Faulkner con un ejercicio de inteligencia y de intuición artística admirables. Consistió en someter la ambición a las simetrías de una idea de la belleza y en pulir cierta aspereza del gruñón del Mississippi que resultaba de la crueldad humana y hacerla soportable por la inclusión del humor y de la compasión. Escribió la novela breve e inolvidable de Desayuno en Tiffany´s. Dedicó cinco años a escribir A sangre fría. Y ahora se conoce que tuvo el valor inmenso de guardar el original de su primera novela y ponerse a escribir Otras voces, otros ámbitos.
Es probable que algunos consideren un hecho notable la resistencia humana de Truman Capote para no sucumbir al elogio, a la aceptación entusiasta. Basta pensar en lo que dijo Somerseth Maugham, por la primera novela: la esperanza de la literatura moderna. Aunque la mayoría de los escritores mayores, y en su gloria, afirmen cosas parecidas, hay que considerar lo que Maugham representa para el género del cuento y para los lectores, así muchos no lo sepan.
A A sangre fría se le consideró el paradigma de la novela real, a pesar de que Capote había incursionado antes en esa senda. Por supuesto alegró a los novelistas con crisis creativas y a los periodistas acomplejados. Muchas veces pienso que la novela mostró con vigor y sin trampas que el tiempo de Dostoyevski, en su concepción religiosa de las culpas, había pasado, y que la humanidad estaba enfrentada al vacío de Becket, a la ausencia de sentido.
Pero su obra maestra, Plegarias atendidas, jamás llegó a su término. ¿Por qué? Tal vez por lo que iluminó Santa Teresa: Se derraman más lágrimas sobre plegarias atendidas que sobre las que no se oyen.
_________________________________________
© Roberto Burgos Cantor
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v7n26capote.html