El mejor vividero del mundo
Donaldo Donado Vitoria
Caribia ya no era un caserío a orillas de un río de aguas transparentes que corrían sobre un lecho de piedras tan enormes como huevos prehistóricos. Ahora era una ciudad con cerca de dos millones de habitantes, que vivía de espaldas al río Magdala, célebre por sus frenéticos carnavales y por ser sede de las más reconocidas casas de modas del país.
Aunque los Buendía habían desaparecido de su faz, ahora los dueños de las pocas industrias, de lo mejor del comercio organizado, de las mujeres más bellas, del contrabando y de la administración pública, eran descendientes de libaneses, sirios, alemanes, italianos y estadounidenses cuyos abuelos habían arribado al puerto, a finales del siglo XIX y primeras décadas del XX, casi con una mano adelante y otra detrás.
Una soleada mañana de mayo, de cielo intenso y despejado, cuando los árboles de "Lluvia de oro", roble, acacias y arbustos como la cayena y el coral se encontraban en flor, los plácidos habitantes de Caribia amanecieron convencidos de que su ciudad era "el mejor vívidero del mundo".
Todos, o casi todos, se habían encargado de creérselo y hacérselo creer a los demás. Fue una labor en apariencia inocente, paulatina, incesante, sistemática. Parecía una misión de la CIA. Desde los editorialistas de Le Monde, el principal diario de la ciudad, algunos columnistas, provincianos furibundos, los hinchas rabiosos del amado equipo local de fútbol profesional, las gentes en calles, fábricas y oficinas, los vociferantes comentaristas deportivos de la radio local, los llamados líderes cívicos, las reinas del carnaval o las candidatas departamentales al reinado nacional de la belleza, los exaltados jugadores de dominó y los parsimoniosos del billar, los políticos elegidos o en campaña, hasta las madres en el imperio cotidiano de sus hogares, todos, casi todos, insistían, creían, aseguraban con vehemencia, con la convicción de los iluminados, que "Caribia era el mejor vívidero del mundo".
Nadie sabía con certeza, ni podía explicarlo más allá de la misma frase, qué era eso del "mejor vívidero del mundo". Porque no se trataba de una ciudad cosmopolita, con ilustre pasado histórico como muchas de América Latina fundadas por conquistadores españoles o portugueses. No. Era una ciudad con menos de doscientos años, fundada por un grupo de vaqueros extraviados en busca de mejores pastos y de estanques de agua para sus vacas sedientas.
De caserío de vaqueros pasó a aldea, luego a pueblo de comerciantes. La llamaban "la colmena bursátil" o "la sucursal fenicia del Caribe", por su intenso movimiento comercial. Sin duda, favorecida por su privilegiada ubicación geográfica, a orillas y a pocos kilómetros de la desembocadura del río principal del país, cerca del mar, y caracterizada por el espíritu conversador, dicharachero y práctico de los nativos.
Hasta que una fresca mañana de febrero de 1949, mientras el mundo desarrollado emergía de la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial y el país discurría en una de las más sangrientas oleadas de violencia política de su historia, desde el púlpito de la iglesia de San Roque, a pocos metros de la llamada Calle de Las Vacas, arteria insigne de la ciudad de entonces, el padre Stanley Matutis, un legendario sacerdote católico que había arribado años atrás desde la Transilvania del conde Drácula, tronó a los cuatro vientos: "Mientras el mundo está de luto y el país se desangra, aquí en Caribia vivimos en un remanso de paz. Por esto, por ser buenos hijos de Dios y por el espíritu pacífico y festivo de los caribeos, Caribia es el mejor vividero del mundo".
A partir de ese momento la expresión hizo carrera. A la mayoría le gustó, en especial a los comerciantes. Además, servía para ponérsela por delante a los habitantes del interior del país, sobre todo a los andinos de la capital, a quienes los caribeos denominaban con sentido despectivo y burlón como "cachacos". Estos han sido siempre la antítesis de los caribeos, por sus buenas maneras y ante todo por su índole ceremoniosa y reservada, lo que a los caribeos les parece la cumbre o la antesala de la hipocresía, de la puñalada por la espalda.
De generación en generación, la consigna pasó a hacer parte del patrimonio cultural de la ciudad. Nadie nacido aquí —creían— venía al mundo sin en esa información en los genes. Si no, era "cachaco", una forma del desprecio.
Fue una espiral de años, un proceso lento, insomne. Hasta que los comerciantes, los industriales y algunos dirigentes culturales convencidos, sin ninguna planificación previa, iniciaron un movimiento que apuntó como principal y obvia caja de resonancia a los medios de comunicación, dirigido a hacerles creer al resto del país y al mundo, lo que los caribeos sentían y vivían en su urbe alegre y tropical. Para esto, luego de semanas y semanas de discusiones insípidas, dominadas por intereses personalistas, insultos de todos los calibres, lograron fraguar una alianza y constituyeron la célebre Asociación de Vividores Chéveres, Asoviche.
La misión principal era convertir a Caribia en una ciudad de marca, para atraer inversiones en todos los sectores de la producción, estimular el turismo inédito, crear fuentes de empleo, acrecentar el bienestar de sus habitantes y convertirla en punta de lanza del país hacia la cacareada globalización.
A través de coloridos y folclóricos comerciales emitidos por la televisión local, regional, nacional y hasta internacional, Caribia arrancó su ofensiva por ubicarse a la vanguardia del mundo. "Estamos a las puertas del Primer Mundo", afirmó sin ningún quiebre en la voz, el comentarista deportivo más lenguaraz y osado de la radio local, desde su legendario espacio radial de las dos de la tarde, dirigido a los vendedores estacionarios del mercado.
El siguiente paso del movimiento arrancó como aconsejaban las técnicas de moda en mercadeo, publicidad y manejo de medios de comunicación: con una rueda de prensa presidida por el alcalde, seguida por un abundante coctel ofrecido por la alcaldía a los periodistas e invitados locales, nacionales e internacionales.
El lanzamiento tuvo el sello de casi todo los eventos sociales que se organizan allí: dejar que las cosas discurran sin matrices ni corset, espetar al imprudente con el mayor desparpajo posible, saltar por encima de las convenciones sin el menor rubor, abordar todos los temas y situaciones con la mejor superficialidad posible y hacer de la ambigüedad, de la ausencia de compromiso, la reina.
El alcalde, un negro del poblado de Coralibe, un histórico conglomerado de negros cimarrones fugados de las garras de la esclavitud durante la colonia española, ex guerrillero, reinsertado y con un revólver calibre 38 siempre a la mano en el cajón de su escritorio, abrió la rueda de prensa con el tono exaltado de los orgullosos en exceso de sí mismos: "¡Ciudadanos del mundo, aquí está Caribia esperándolos! Esta alegre y folclórica ciudad del Caribe es de ustedes. Vengan, que los estamos esperando con los brazos abiertos...", siguió con su alegato patriotero durante dos horas, sin escatimar en su lenguaje de hombre desaforado por la vida y las mujeres. Decían las expertas en control social, las chismosas, que tenía 45 hijos y que siempre que se emborrachaba hasta el amanecer en el estadero de salsa Taboga, en medio del letargo etílico y bajo las primeras luces del alba, se soltaba los amarres del pantalón y se sacaba la verga azulmorada y los testículos flácidos, los ponía sobre la mesa, y allí, de pie, se quedaba dormido. Ya era legendaria esta costumbre en él, que una de las meseras del lugar, la negra Eufemia, al momento de limpiar las mesas en la hora de la recogida, sin ningún escrúpulo le tomaba su gajo dormido con la mano izquierda, lo levantaba suave unos pocos centímetros, y con la derecha pasaba por debajo un trapo húmedo para limpiar los restos de cerveza, ceniza y gotas de limón, rescoldos de la parranda del alcalde, sus mujeres y sus amigos. Luego se lo volvía a dejar en el mismo lugar.
Las palabras del alcalde resonaron hasta en el último rincón del mundo. Nadie se quedó sin saber de las aspiraciones válidas de Caribia de convertirse en la Meca de los vividores del siglo XXI: gentes ansiosas de calidad de vida, de disfrutar sus fortunas sin los temores del terrorismo ni los controles de seguridad antiterrorista, de un estilo de vida expansivo y libre, sin los excesos de la alta tecnología, ni las soledades ni tampoco las decadencias de las grandes metrópolis.
—¿Cuáles son las ventajas que ofrece Caribia a los interesados del mundo que quieran vivir e invertir aquí? —preguntó en inglés Jeremy Conrad, periodista de la BBC de Londres, al alcalde de Caribia, en medio de los murmullos de la rueda de prensa.
—Bueno, señor periodista, déjeme decirle que para mí y todo mi pueblo es un orgullo tenerlo a usted aquí entre esta pléyade de reporteros del mundo. Primero que todo, Caribia ofrece al mundo cariño verdadero. El que no se compra ni se vende. Somos la gente más alegre del país, somos sinceros, cálidos y amables, nos gusta la buena vida, la farra, oír y bailar buena salsa, vallenato y champeta. Porque pa'qué, pero somos los mejores bailadores, y tenemos el mejor carnaval, declarado patrimonio oral e intangible de la humanidad...".
En esa pausa que el alcalde dejó sin darse cuenta, por estar buscando en su discurso mental rasgos distintivos y ventajosos de la ciudad y sus gentes, Conrad aprovechó y volvió a la carga: "Pero estas son cualidades comunes en muchos otros lugares del mundo, ¿qué hace a Caribia una ciudad única, especial y atractiva, por ejemplo, para un británico?"
Esa era la pregunta que el alcalde estaba esperando. Enseguida hizo una señal a una de sus asistentes y dijo mirando a todos los asistentes con una leve sonrisa de picardía en las comisuras: "Miren esto". Enseguida descendió un telón blanco, las luces del salón se apagaron y comenzó a rodar sobre la pantalla las imágenes de una Caribia asombrosa, tomadas desde un helicóptero. La visión de la ciudad era impecable y su majestuosidad implacable; las había filmado el querido y afamado escritor, periodista y cineasta Alvaro Cepeda Samudio; el texto que las acompañaba, escrito por Gabriel García Márquez, tenía una belleza extraordinaria, que a los pocos segundos todos sintieron que estaban en un paraíso, en el lugar soñado, en Utopía. Las imágenes y las palabras mostraban una ciudad humana, con grandes extensiones vegetales, surcadas por autopistas de dieciséis carriles atiborradas de relucientes automóviles de todas las marcas, a los lados edificaciones blancas y relucientes cerca del río y al norte, la colosal estatua de mármol italiano del Congo Grande que emergía de las aguas amarillas del río Magdala en la desembocadura de Bocas del Toro; los parques pincelados con bosques de especies monumentales del trópico, estanques artificiales con yates de magnates anclados a sus orillas; cincuenta kilómetros de playas con mar azulverdoso, grandes y elegantes edificios de apartamentos a sus orillas; 200 kilómetros de playas vírgenes en inmediaciones de la Sierra Nevada, centro de la mayor biodiversidad del mundo y museo arqueológico a cielo abierto de culturas indígenas precolombinas; cinco puertos marítimos y tres fluviales; dos aeropuertos internacionales, uno en Palmar de Varela y otro en Tubará; selva virgen a 20 kilómetros del casco urbano, en Polonuevo, salpicada de mansiones blancas con piscinas de dos mil metros cuadrados; infinitos campos de golf de hierba azul como las llanuras de Kentucky.
Cuando la cámara vuela sobre las calles de la ciudad, enfoca parejas felices caminando por los andenes amplios, niños jugando bola de trapo en canchas de arena, rutilantes cabinas telefónicas conectadas con todo el mundo en todas las esquinas, estaciones de metro olorosas a orquídeas, universidades y colegios de alto nivel a lado y lado de la vía que conduce al mar, y mujeres hermosas, muchas mujeres de grandes culos como televisores, altas y con caminado de venadas.
Todos, nativos y extranjeros, se sintieron hipnotizados. Un aire más trasparente dejaba ver desde lo alto del edificio de la alcaldía, la ciudad que acababan de contemplar extasiados en la pantalla de video. Los caribeos sentían que se trataba, no de artificios de la tecnología, sino de un acto de fe: de tanto desearlo se había convertido en realidad palpable, viva.
La insolente novedad se regó por el mundo en pocos minutos. El esplendor de la nueva urbe detiene por unos minutos la guerra en Irak. Los guerreros y soldados miran hacia el cielo durante un minuto. La bolsa de Nueva York entra en un frenesí inmemorial que borra del todo la herida de los atentados contra las torres gemelas y el Pentágono. Los corredores quedan estupefactos, con la boca abierta, a punto de soltar un grito de euforia. Un viento fresco y esperanzador recorre al mundo.
Al día siguiente, luego de esta radiación de felicidad global, comienzan las demostraciones de adhesión a Caribia. Su arrastre es el de un imán irresistible, sin cuestionamientos ni dudas. Entonces, la alcaldía de Cartagena de Indias y su Academia de Historia deciden trasladar sus fuertes y castillos militares de los tiempos de la colonia, al área metropolitana de Caribia; el presidente de la república, el congreso, la dirección de las empresas nacionales, los gremios de la producción, la bolsa de valores, el alto mando militar, el episcopado, el banco central y todas las instancias de poder, en pleno, se instalan en sus nuevas sedes de la nueva ciudad de marca.
Al mes, comienza el arribo de múltiples y diversas personalidades del mundo. Los aeropuertos, noche y día, se transforman en torrentosos ríos de gente de mundo, sonriente, perfumada y con trajes a la moda. Todos han olvidado el envenenamiento mortal de más de cien mil japoneses que, el mes anterior, habían bebido agua con arsénico del acueducto de Tokio
Por el muelle internacional arriban triunfales en medio de una azulosa capa de flashes, la princesa Carolina de Mónaco y su hermosa hija; Shakira regresa sonriente luego del lanzamiento de su último disco en inglés, de lazo con el hijo del ex presidente argentino; Tom Cruise y Penélope Cruz deciden continuar sus carreras de actores en esta tierra maravillosa; Maradona llega a continuar su eterno tratamiento contra la adicción a las drogas; Michael Schumacher monta su cuartel de entrenamientos en una enorme bodega de la Vía 40; Madonna con sus dos hijos y su nuevo esposo compra una mansión cerca al mar, desde la que se divisa el azuloso muelle de Puerto Colombia; Elizabeth Taylor decide morir aquí, junto a las aguas de Puerto Mocho; José Saramago se instala en una pequeña pero fresca casa del bullanguero barrio Rebolo, a escribir sus memorias; Soros, el audaz financista europeo llega decidido a invertir toda su fortuna; Juan Gabriel, el cantante mexicano, compra una manzana de casas del barrio El Prado, donde vivirá con sus 87 perros de raza y 45 gatos de angora; Mark McWire, retirado del béisbol de las Grandes Ligas, arriba con toda su familia y con la firme determinación de abrir una escuela de jonroneros en el barrio La Victoria; Fernando Savater, acompañado de su hijo Amador, alquila un luminoso penthouse cerca de la universidad del Atlántico; Mario Vargas Llosa cierra su casa de Londres y se radica en una quinta señorial en las afueras, cerca de Malambo; Mijail Gorbachov y su hija, huérfanos de Raisa, se hospedan en una suite presidencial del Hotel El Prado; a propósito de hotel, las grandes cadenas hoteleras del mundo inauguran sus instalaciones en claros de la selva virgen o en las estribaciones de la Sierra Nevada; la multinacional Walt Disney inicia sus gestiones para abrir un parque de diversiones en el sector de Las Flores, a orillas de las fuertes ventiscas del río Magdala; Edward Kennedy, estragado por el alcohol, arriba solo y malgeniado en compañía del fantasma de su secretaria ahogada dentro de su carro; Fidel Castro, desde La Habana, aparta un cupo para pasar sus últimos años en el famoso asilo de San Antonio, de la carrera Progreso; Manuel Elkin Patarroyo con una alharaca usual y su séquito de científicos, reinstala su famoso laboratorio en el Hospital Universitario; galerías de arte de Soho, inauguran soberbias exposiciones con la vanguardia del atontado arte mundial; la BBC abre estudios al lado de la legendaria Emisora Atlántico; la ONU traslada su sede de Nueva York para un soberbio edificio del Paseo Bolívar, al lado de la alcaldía; el rey Juan Carlos de Borbón compra una casa de campo entre Galapa y Baranoa, donde Felipe, el Príncipe de Asturias, pasa la mayor parte del tiempo con su esposa, la periodista plebeya; Elton John se muda muy cerca de Juan Gabriel y prepara su nuevo disco con el grupo local de pop, "Los de adentro"; Pelé monta una escuela de fútbol para mujeres, diagonal al estadio municipal; André Agassi, su esposa Steffi Graft y su nuevo retoño se alejan un poco de la ciudad, pero tampoco quieren estar lejos de ella, y adquieren una bella villa campestre con 20 mil cabezas de ganado, cerca de Sabanalarga, y la Nasa, a pocos kilómetros de Santa Verónica, balneario nudista, construye una plataforma de lanzamiento de aeronaves, más avanzada que la de Cabo Cañaveral.
La lista es interminable. El mundo pupy se vuelca sobre Caribia, la utopía consumada.
Ante la avalancha, el alcalde aconsejado por sus ilustres asesores, expide un decreto que invita a todas las personalidades y empresas recién instaladas en la ciudad, a que no intenten, bajo ningún pretexto, mejorar la calidad de vida de la ciudad, ya que eso sería poner en duda su condición de ser "el mejor vívidero del mundo".
Hasta que llega el primer septiembre del siglo con apabullantes y desesperantes olas de calor. Tanto, que Giacomo Ferreti, representante de una fastuosa casa de moda, de voz meliflua y maneras de condesa, dijo con un inocultable enojo ante la cámara de un noticiero del mediodía: "Ay no, aquí parece que alumbraran dos soles".
Las playas y las piscinas estaban abarrotadas. El aire ardía, las pieles enrojecían. Los sombreros salieron a relucir, pero también fueron más evidente en centros comerciales, a bordo de carros descapotados y por las calles: la desnudez de hombros, muslos, nalgas, pies, tetas y espaldas. La refrigeración de casas, apartamentos y oficinas trabajaba al tope; no obstante, un vaho húmedo recorría las espaldas, molestaba al cuerpo y producía intemperancias en el ánimo. En esos días la policía tuvo que intervenir en múltiples enfrentamientos a puño entre conductores o entre transeúntes en las estaciones del metro, estimuladas por el agobio del calor.
El ambiente se puso pesado. El alcalde y sus asesores percibieron que de seguir así, el encantamiento se podría romper. "Esto no puede ser posible. Hay que hacer algo... y rápido", exclamó en una urgente y tensa reunión con su gabinete.
Es cuando la administración distrital toma una decisión propia de su índole. Saca a la calle las coloridas y alegres cumbiambas, los disfraces símbolo, y adelanta, por decreto, el carnaval. Al instante se arma en todas las esquinas de la ciudad, la guachafita, el merequetengue, el vacilón. Esta tierra es pródiga en las artes de hacerles el quite a las desgracias de la vida, al poder, al dolor, a la rutina, con la broma, el desparpajo y la burla, que se resume en la legendaria mamadera de gallo. Es quizá su mejor pertrecho, la más esencial armadura, contra el lado oscuro de la existencia, el burladero a la locura. Aquí nada es trágico.
En pleno desfile carnestoléndico, con el que se abren los cuatro días de fiesta, la célebre Batalla de Flores, con media ciudad a lado y lado de la vía por donde discurre lento, en medio del africano ritmo de la cumbia, todo lo mejor del folclor de la región, se suelta un torrencial aguacero, sin ninguna nube en el cielo, a pleno sol. El público se levanta de los andenes y palcos, y comienza la desbandada para guarecerse del agua que cae a chuzos, implacable. Bajo el alero de una casa, un hombre maduro, con arrugas como machetazos, vestido de pantalón negro con encajes que descienden a los costados, camisa de colorines, un penacho de flores de papel en la cabeza y un machete de madera en la mano derecha, exclama:"Tranquilos, que no va a durar mucho. Esta lluvia con sol es porque se están casando una viejita y un viejito", resumiendo una vieja y olvidada creencia popular.
En pocos minutos el cielo se cierra y sólo deja filtrar la luz grisácea de un alba improvisado. El cielo se fractura en centella como velas que se apagan. En dos minutos se forman las primeras corrientes de agua en busca de otras corrientes. Son miles de chorritos que bajan de los techos o escurren de los callejones de las casas o los edificios. Todos terminan en las calles, saltarines, con crestas blancas, por donde recorren hasta treinta kilómetros, por instinto, en busca del río.
Sin embargo, como Caribia no tiene alcantarillado de aguas lluvias, los miles de chorritos desembocan en las calles y avenidas, donde forman unos proverbiales y salvajes arroyos. Cuando todas las celebridades del mundo que viven allí ven, en vivo o a través de las redes de televisión, la ferocidad de esos ríos africanos que cruzan y paralizan la ciudad, sienten el espanto propio de un pasajero de avión en emergencia y ante un inminente desastre.
Así, bruscamente, despertaron del hipnotismo del video del alcalde a la cruda realidad de los 200 años de Caribia. El encantamiento se vino al piso con el estruendo de un vitral de 300 metros cuadrados hecho añicos por una bomba. Entonces, en todos los idiomas del mundo, lanzaron improperios e insultos de todos los calibres al alcalde y a toda su generación. "Ne-gro mal-pa-ri-do", pronunciado silaba a silaba, con un ronco rencor, fue el concepto unánime.
Desde el aire refrigerado y perfumado de sus mansiones vieron como se desteñía la utopía y se caía a pedazos todo el paisaje de cartón piedra que en su sed de ambiguos y superficiales habían pedido a gritos a la vida y cosido con la misma esencia de las añoranzas y de los sueños consumistas de reyezuelos encantados
Vieron atónitos cómo los nativos arrojaban a las achocolatadas aguas de los arroyos toda la basura acumulada en los patios de sus casas y apartamentos. Los de unas cuadras más abajo, paralizados de la cólera, veían pasar raudos y bamboleantes: colchones con sus formidables mapas amarillentos de los orines de niños y de los sudores del amor; llantas gastadas y escuetas; caballos flacuchentos con raspaduras en las patas y los ojos hinchados de pavor; desvencijados muebles de madera; carrocerías desnudas de carros modelo cincuenta; buses de colores y lucecitas intermitentes, atestados de mujeres y niñas moradas de tanto gritar a la muerte que no se las lleve; postes completos del alumbrado público con kilómetros de alambre de alta tensión enredados en la lámpara todavía encendida; cabinas telefónicas con la voz de una persona que habla sola al otro lado de la línea; cajas fuertes repletas de sumarios de narcotraficantes y de cartas de amor a amantes furtivas, y chozas de bahareque, completas, con un hombre barrigón adentro acostado plácido en una hamaca.
Esto es lo visible. Porque debajo de las aguas corren toneladas de desperdicios domésticos e industriales, de escombros de reparaciones hechas en las casas durante los últimos 12 meses, de arena de las innumerables calles destapadas, de aguas de alcantarilla rebosada (mierda líquida), de aceites quemados de cambiadero de lubricantes, hojas y ramas de las podas públicas y privadas de árboles, arbustos y pastos, residuos líquidos de procesos industriales, morrocoyas de patio, suspiros de perros ahogados y demás vestigios de los tres reinos de la naturaleza.
Llovió tres días seguidos, con unas breves pausas en las que dormitaron por algunas horas los dioses de la lluvia. Luego otra vez se desgajaba el chaparrón y volvían las inundaciones a los barrios más cercanos al río y el arrasamiento hasta de la desesperanza.
Era el horror, pero también la fiesta. La lluvia y sus consecuencias en Caricia son motivo de jolgorio para los adolescentes, que en pantaloneta y descalzos, salen en combos a salvar náufragos y carros varados o arrastrados por la corriente. En esa divertida misión recogen algunos pesos para más tarde ir al cine, al salón de juegos de video a jugar maquinitas de la suerte o billar. Otros, simplemente, juegan plácidos, fútbol en la calle bajo la lluvia.
Mientras, al otro lado de la ciudad, bajo un cielo que parecía de un amanecer todavía sin sol, varios famosos se habían quedado dentro de sus carros de lujo, en medio de vías estrechas, inundadas, sin rejillas para desaguar. Luis Miguel, el famoso cantante mexicano de padre discutido, desencajado y colmado de ira, escuchó de la radio de su Audi, que Caribia era una ciudad sin red de alcantarillado para aguas lluvias. "Cabrones, come mierda", tronó.
Sosegadas las nubes, con el aire todavía como una lámina de agua invisible, con huellas evidentes de andenes arrasados más allá de sus cimientos, con placas completas del pavimento de concreto de las calzadas sacadas de su lugar, arrastradas aguas abajo varios kilómetros como cartulinas y varadas en algún cruce de vías, llegó la noche con el azote de una parte del reino animal que en forma de pestes llegaron a completar lo que había iniciado, días atrás, el reino mineral.
A eso de las seis de la tarde aparecieron, primero por los barrios de las mansiones, nubes de mosquitos carnívoros que se colaron por las rejillas y ductos de los aires condicionados, para caer como meteoritos puntiagudos sobre la piel sonrosada y perfumada de las vedettes.
A las ocho, miles de cucarachas emergieron sigilosas como un ejército inexpugnable por los desagües de las duchas, de los lavaderos, de las cocinas. Las señoras y algunos señores, entre alaridos y ataques de histeria, intentaron liberarse de ellas con las escobas como espadas, la única manera efectiva y letal de atacarlas, a pesar de los insecticidas, aerosoles y demás armas químicas disponibles.
Como a las diez aparecieron, impasibles, silenciosas pero siniestras, lagartijas color tierra de saltones ojos negros, que se pegaron a los techos, caminaban dos, tres pasos y se quedaban quietas, como escuchando impávidas las conversaciones de los residentes o las noticias de la televisión.
Estas y otras musarañas y sabandijas como ciempiés, lombrices de tierra y alacranes se encontraron debajo de los zapatos, de los tapetes, bajo los cuadros colgados o las materas. Crearon la sensación de ser invasores, de arribar desde la oscuridad y la porquería, de ser mensajeros de miedos milenarios a pesar de lo diminutos.
A la madrugada, dentro de las casas, en la penumbra de la vigilia, la gente desde sus camas comenzó a escuchar los ruiditos y aullidos de los ratones que rondaban y roían en las alacenas de las cocinas.
Al día siguiente, por las ranuras de paredes y pisos surgieron inocentes, incontenibles, las primeras yemas de la hierba callejera. Los campos de golf, bajo un sol luminoso, se convirtieron en un fangal azul perfumado de jazmines. El tono de los teléfonos dejó de escucharse ininterrumpido. Este servicio público regresó al estado en que se encontraba a finales de los años ochenta, demorando hasta cinco minutos para dar señales de vida. El agua salió por lo grifos con renacuajos y una leve película de cieno le dio la coloración sepia del café con leche. En la calle, la gente vio un triste espectáculo casi olvidado a fuerza de las utopías de la publicidad.
La mayoría de los semáforos habían sido arrancados de raíz y sus tubos retorcidos formaron un amasijo metálico de unos cincuenta metros de alto, que cuando bajaron las arremetidas de los arroyos, se varó a la entrada del Caño de la Ahuyama; así toda la señalización urbana desapareció. La ciudad parecía un pueblito sin aspiraciones.
Al día siguiente, de los arrabales inundados y húmedos salieron miles de personas harapientas y hambrientas que, primero, se tomaron las vías del centro de la ciudad, donde instalaron ventorrillos, tenderetes y mosqueros a un lado de las calzadas, invadiendo andenes y parte de las vías. Allí venden de todo. Desde condones, yuca y plátano, hasta metralletas y drogas.
La corrupción se toma por asalto a la administración pública; la lengua del alcalde amanece envenenada insultando y atacando la honra de todo el mundo; Le Monde se vuelve provinciano y localista; sus periodistas no investigan; pobreza y superficialidad en la información; cierran los cines y hay conversaciones en plenas proyecciones, insultos entre los asistentes, pitos para los que van al baño; el único cine cierra su programación; los parques son invadidos por grupos de desplazados y la ciudad queda sin parques; la programación del canal local se vuelve insulsa, farandulera, burdamente comercial y provinciana; las escuelas destartaladas vuelven a ser centros de desorden, descontrol e ineptitud, cunde la mala calidad en la educación; en la universidad pública se reinician los asesinatos misteriosos, las demostraciones cotidianas de intolerancia política y académica, enfrentamientos físicos y verbales entre grupos políticos de izquierda; reina la educación mediocre y "la sociología aquí no pega", dice alguien a un amigo; el tráfico se vuelve un caos, los conductores de buses, busetas, colectivos, taxis y vehículos particulares cruzan con los semáforos en rojo y el mayor desparpajo, se parquean en sitios prohibidos, los buses y carros particulares se detienen en cualquier lado a recoger pasajeros; todo es chévere, increíble, bacano. No hay nada igual. Caribia no es una ciudad turística con medianos, menos con grandes atractivos, pero sus habitantes son gente buena.
El calor se desata, todos viven ensopados, grasientos; niños y jóvenes pobres y sin oportunidades suben a los buses a vender dulces y a pedir limosnas; regresan al mercado público las aguas fétidas, las alcantarillas rebosadas de mierda, las basuras por todos lados, corral de marranos.
Los enfermos se mueren en las puertas de los hospitales públicos y privados, los exámenes y tratamientos urgentes demoran hasta 6 meses en realizarse o iniciarse.
Comienza la desbandada, la fuga de las celebridades, llenas de pánico ante la posibilidad de que caiga un próximo aguacero. Temen que la ciudad se acabe, sea borrada y con ella ellos. Se marchan, caen once aguaceros seguidos. La ciudad queda arrasada, pero pasada la temporada de lluvias, en diciembre, llega la temporada de las brisas de fin de año, de los vientos alisios. Se secan el conformismo enraizado, las ganas de bailar, los corazones enamorados de dos mujeres, el ánimo pendenciero de las chismosas, el cuero de los tambores, las leyes que no se aplican, la moral de los
pájaros. Todo se seca. La arena corre en los brazos del aire juguetón.
La música fluye por todos lados. Un aire de familia reunida en la terraza de la calle con los amigos todo lo ocupa. Poco a poco se restaura el ánimo festivo y entre días de soles y brisas pasa la vida, olvidándose, imperceptible, la hecatombe reciente, refundiéndose en la frágil memoria. Y es entonces cuando vuelve, insólita, a resurgir en la mente de los habitantes la idea de que viven en "el mejor vívidero del mundo".
Bogotá, 16 de junio de 2005.
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© Donaldo Donado Vitoria
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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