DEL COLOR DE LA ERRANCIA
Nora Carbonell
Foto de Álvaro Suescún
A todos mis mágicos:
Cristina, mi madre;
Vilma, Hernando,
Mary e Isabella.
Mi familia entera,
Jacobo Né,
las brujas y socias,
mis amigos y amigas
—refugios y puertos en el viaje primordial—.
Me encantan algunos lugares comunes, me hacen sentir en casa. La idea de que en la vida somos pasajeros en tránsito hacia el país verdadero, es un lugar común y lo asumo tranquilamente en este libro; sin olvidar que no viajo sola, porque los seres humanos somos “uno” en esta travesía primordial, como sucede en el laberinto de Borges, donde un poliedro de espejos, nos devuelve nuestra imagen repetida mil veces hacia el infinito.
Con estos poemas, le invito a vivir el ensueño de su propio viaje. Después veremos.
La autora
Las errancias de la poesía
Hernán Vargascarreño
El aún indescifrable misterio de las palabras, que aliadas erigen universos para nuestra dicha o desconcierto, se pasea ingenuo e inmutable por los poemas de Nora Carbonell. Al asediar su poética, nos volvemos habitantes de paisajes verdaderos vulnerados por el espejo de las almas, de paisajes nebulosos vueltos memoria futura por donde la poeta nos va llevando sin que logremos siquiera asir su mano, pues así lo quiere ella. Sus fugas por el mundo —Europa y América del Sur—, sus muelles, puertos y estaciones del olvido que insisten en los adioses sin respuesta, son parajes extraños que parecen ajenos pero que devienen en propios, apenas sentimos su dolor. Cómo no ver a Lorca pasar por entre la morería, cómo resistirse y no dejarse arrastrar por la saudade de fados y tangos, cómo no extraviar la sombra propia ante la niebla antigua de Lisboa ... inevitable enmudecer ante ese cielo rojo transmutado en arena de gladiadores, o ante el agua grande del Iguazú, o al atravesar el umbral de las desapariciones en la Isla Negra de Pablo; en fin, cómo no ser esa mano invisible que le dibuja un adiós a Nora en cualquier puerto del mundo, en cualquier arista del verso en el que muere la ciudad que nos aniquila o la remota infancia que nos acerca a la vejez. Cómo no atreverse a soltar amarras hasta alcanzar el extravío en las errancias de la poesía.
Si la vida no duele, no es digna de llamarse vida, es creencia de la poesía. Y uno lo cree también cuando ve a la poeta habitada por mundos silentes donde los protagonistas ya se han marchado, irremediables, a su eterno destierro, y ella, piedra viva, púrpura yacente, sabiendo que sus palabras no son vanas, demuestra así que la poesía es ese puente que une neblinas para que el vaho de las palabras atraviese los inevitables abismos.
Los que conocemos a Nora no podemos desprendernos de su aparente alegría envuelta entre el nerviosismo y la sorpresa, y nos es difícil no verla en sus pequeños asomos confesionales dentro de su obra. Pero quienes no la conocen, difícilmente podrán vislumbrar su presencia casi inasible en sus líneas, especie de niña traviesa que dibuja paisajes, desaparece, y nos abandona en ellos para que evidenciemos su peso y el escozor de la soledad, pues más que de ella, lo que pretende es hablar en nosotros con esa voz eterna e inaudible que nos desgarra las vísceras y nos aprieta el alma.
Recibe con gratitud mi espíritu este nuevo libro y celebro que esta autora del caribe colombiano, cómplice de oficios, logre evidenciar con la poesía ese ser alado que la habita, ese decir del temor a sus alas replegadas pero prestas a partir, su fino tallaje contra el viento, su vuelo y sus caídas sigilosas sobre aquellos silencios contemplativos o inquisidores en los que inevitablemente nos hace caer su poesía. Ars longa, vita brevis.
REVELACIONES
La realidad es apenas una luz dentro de las cosas.
Tela donde se enreda la mirada.
Adolfo Casais Montero
Informe de un amanecer
La lluvia, vidrio agudo,
da paso a otro amanecer.
Peregrina en la ciudad
vivo el deslumbrador instante
y anhelo revelaciones en el aire húmedo.
En vano hallé coincidencia y hospedaje.
Mi primordial soledad
renace a un nuevo día y sabe que
otro día cualquiera, morirá conmigo,
lugar común y transitorio.
Aventura breve de mi alma.
Sensación agreste de un cielo
rojo
como la plaza en sangre de los gladiadores.
En fuga
A Magui y Claude Bissot.
Quedan atrás los cabos atados,
las incógnitas resueltas;
delante vislumbramos
una línea verdiazul
como principio del mundo,
y oímos un sonido invasor
en las fisuras de las piedras:
es el silencio que murmura.
En la delación
de los caminos aprendidos,
somos la arena que cae
inexorable
y sutil.
Santillana del mar, Salgar, Colombia
Sin alas
Creo que antes de ser mujer
fui pájara
pájara de vuelo migratorio
que anduvo en libertad
por apartadas regiones de aire y musgo.
Ahora, prisionera en este cuerpo
sin alas, a veces recupero
lo perdido
en el olor salado
de las tardes de Puerto Colombia,
cuando el sol me llama desde
su anaranjada soledad.
Otras veces rescato mi pasado
cuando diviso las nubes
desde las ventanas de los aviones
y siento el gozo del viento en mi espalda
igual a cuando era pájara
y andaba más cerca de Dios.
Una luna mestiza
Como un dios de fuego
cae lentamente el sol
en el mar guajiro.
Tras las discretas cortinas del ocaso
el sol se oculta
bajo el agua
para desdoblarse en luna.
Una luna mestiza
que oficia en vigilia
nuestras frágiles quimeras.
La ventana
La ventana es el ojo de la
luna
que acecha los ruidos de la
casa.
Por ella, la luna mira a
una muchacha
bajo el reflejo de su luz
en el cristal.
Hay un poblado silencio
en el verdor de la
noche.
El percusionista
Las copas, burbujas
ceremoniales, responden
a la exquisita táctica
del percusionista
que hace saltar
la música del cristal.
La brisa tiene olor a uva
y los caminantes beben
el agridulce vino
de las despedidas.
El percusionista sonríe
sin advertir la trascendencia
de su magia,
el aura que anuncia
el repentino advenimiento
de la patria lejana.
Creación de la tarde
Una joven crea
el esplendor de la tarde.
Dice “sol” y el astro obediente
agota su belleza,
escribe “pájaros” y las aves
dibujan sus líneas de fuga,
nombra “niña” y sorprende
al corazón de vuelta.
Una joven crea la tarde,
con la primigenia
sabiduría de su palabra.
El barco en la botella
Travieso
el geniecillo
del barco en la botella
desaparece
cuando se acerca
el planeta azul
de mi ojo.
El buque fantasma
Frente a una pintura de Jaime Carrasquilla.
Circunnavego en el tiempo congelado en esta ventana,
en esta imagen que se expone a mi asombro.
Hay algo inexpresable en el buque fantasma
¿Pasa? ¿Llega? ¿ O está inmóvil en la tumba lechosa
del mar?
Hay algo indefinible en el esbelto cadete
con el saxofón marinero
que arroja hacia mí su música salada.
¿Dónde está? ¿Dónde está el punto de encuentro
entre el buque inmenso con su carga de misterio,
el hombre que me da la espalda
aunque sabe que lo estoy mirando,
y mi deseo de entrar al mundo gris pacífico
y extendido frente a mí?
Yo no sé. Quizá el buque me espera desde siempre
para entrar conmigo al umbral del agua.
Silencio elemental
Si las piedras hablaran
perderían
el embrujo elemental
de su silencio
aquel cifrado enigma
urdido con paciencia
por el tiempo.
Si las piedras hablaran
¿Quién iría a contarle
a nuestros huesos
aquella historia lejana
de la tierra?
Silencio Profundo
En el silencio profundo
se escuchan los murmullos,
las voces del corazón,
nómada solitario
que apremia el final
de su angustiosa búsqueda.
El corazón, incansable
perseguidor de sí mismo.
El corazón que musita
su habilidosa tarea
de naufragios.
El corazón, rojo tejedor
de livianas ensoñaciones.
En el silencio profundo
se escuchan
los murmullos del viento.
¿De cuál lejana estación de adioses
viene el viento?
¿Por qué trae en su rugido,
la voz del mar
y en su aire
la fuerza de la ola?
¿Qué mensaje susurran
los dedos del viento
en la ventana?
¿De quién es el suspiro que viaja
en alas del viento?
En el silencio profundo
se escuchan los murmullos,
música de pájaros
devuelve el mágico patio de la infancia:
ancha visión distante
de un tierno limonero
y unos pies descalzos
van jugando a la rayuela.
En el silencio profundo
se escuchan los murmullos,
la antigüedad de mi silencio elemental,
el rumor de mi amada zona oscura,
la voz leve de la extraña que me habita.
Golpe de gracia
Alguien pintó con sangre
la escalera donde los niños
subían a mirar la luna.
Desolados, confiamos
en el celaje de viento
que rasgará la mano asesina,
en el golpe de gracia
que estrenará la mañana
con su vuelo ocre.
Dioses implacables
bendigan nuestra fe.
Extrañamiento
Cuando lunas volátiles
y alas de mariposas
son rostros de la playa,
la tarde inicia su fiesta
de resplandores
para el ojo insaciable.
Todo es perfecto;
sin embargo, se extraña
el temblor de los silencios,
el fucsia de las veraneras,
el juglar negro de las despedidas,
la sal húmeda de las bocas,
la inocencia perdida en el vuelo
de los alcatraces.
PUERTOS
...el puerto, que era nuestro único equipaje, sin más señas que su silueta, inmutable, nos ha abandonado.
Hernán Vargascarreño
Errancia
“La distancia me arrastra en su móvil exilio.”
Jules Supervielle
Le tomo el pulso a la soledad.
Un capuchino con brandy
en una esquina del viaje
y al garete,
la melodía esquiva
de los adioses.
En la estación de los trenes,
la pasión de la fuga
encendida
como siempre,
y el gris tenue de la tarde
sólo para mí.
El amor y el pasado
transitan
en cualquier vuelta del camino.
Otra vez, me enfrento
a este aire traslúcido
como frente a un papel en blanco
que espera
la próxima historia.
Barranquilla a las seis
“Ilusión de Caribe blanco-azul / de Colombia tendida en el umbral.” Amira De la Rosa
En la calle San Blas
sobre los altos andenes
y bajo ramas de almendros
escapan diminutas estrellas
de las manos del latonero,
y una canción deambula lujuriosa
por los bares de la treinta y siete.
Suena el ángelus
en el campanario de San José
y el cielo junta simple
los círculos que me asedian.
En esta hora de leyenda
hay otro río
que atraviesa la ciudad
con su vaho gris y cálido,
una gota de sílaba marina
que advierten todos mis sentidos,
una mano que lleva la mía
por lejanos espejismos de infancia.
Es inevitable.
En Barranquilla a las seis,
convergen
la distancia que me atrae
con su bohemio sol de invierno,
la obstinación de la memoria
y los sueños que parten
hacia el último presagio.
El muelle
Cuando un ave atraviesa
la bahía
y el mar susurra su canción
de olas,
el viejo muelle cuenta
los sueños imposibles
que el tiempo diluye entre la noche.
Así el agua borra las palabras
que navegan en botellas náufragas,
como polvo de herrumbre
en la proa de los barcos abandonados.
Cartagena, Colombia
Tango breve
Del bandoneón fluían las quejas
de un tango malevo
en la Placita Cortázar
del barrio Palermo Viejo.
Pájara transeúnte
entré al olvido
como al preludio de una tormenta.
Una pena sin lágrimas
vino a vivir en mí.
Iguazú, agua grande
Con el asombro que silencia
el estruendo del río y su altanera belleza.
Con la audacia de los vencejos
que hacen sus nidos debajo de las cataratas
y a las cinco de la tarde
dibujan círculos de vuelo
en las paredes de la bruma.
Con la fe de sus polluelos
abrigados por la madre blanca,
por el agua grande del Iguazú.
Con la entrega de la arena roja
que asfalta los caminos del coatí
y se deja poseer por las raíces del palo de rosa.
Con la voluptuosidad que emana
de los aromas de la selva y del grave ronroneo
del tigre que se oculta
para jugar al miedo.
Así, de esa manera, vivimos en Iguazú
todo el tiempo que habíamos perdido,
para luego quedarnos
con la memoria miel de lo irrepetible.
Nerudiana
En jóvenes lecturas me rondaba
tu aliento de cíclope que todo lo percibía
con el ojo del instinto.
Tus poemas me trajeron
el árbol de las palabras, dédalo
de espejos, donde vagué sin encontrar
el sosiego a mi extrañeza.
La inutilidad de los caminos me llevó
al mapa de las decisiones
y cuando sonámbula pisé tus huellas
en “los huesos de la tierra”,
vi tu alma que atravesaba cumbres
de la nieve andina.
En Isla Negra, conocí el umbral de tus
desapariciones y escuché la convocatoria
de tu voz al juntar mi oído
a las paredes de tu casa.
Entendí la resistencia de tu verbo
frente a la mesa que te llegó del mar
y con la mirada ciega de la mujer de proa
lloré tus amores de paso.
Ahora, exaltado Pablo,
amada por tus indicios
he regresado al centro de mis obsesiones,
con el Pacífico
todo
en el diminuto prodigio de una caracola.
En Granada, la luna
En Granada, la luna
enciende temprano
los naranjales
de la Alhambra.
Invisible, Federico
deambula
por las callejuelas de la morería,
y en las cuevas del Sacromonte
los gitanos taconean
sobre el tablao de la noche.
Nosotros, invadidos por
la embriaguez de los viajeros,
también vagamos
insomnes y delirantes
por las orillas del Darro,
ilesos caminamos
entre el fuego de las luciérnagas.
Lisboa, Saudade
Cierro los ojos y regreso a Lisboa.
Inmóviles, los navegantes
vigilan el infinito.
Los blancos mástiles
cruzan la niebla antigua del puerto.
El lento ferry sesga el agua dócil
de invierno.
Margot se busca
en el mapa humedecido por la lluvia
(ella buscaba un recuerdo
que se negaba a abandonar).
Aquel desconocido,
manos fuertes, pulsera de plata
nos lleva hasta el fado, señor musical
de la nostalgia.
En el bar, los marineros hablan
en babélico rumor
y la seducción persigue
las hambrientas soledades.
Madrugada en Lisboa.
Cómo escucho nuestras pisadas
sobre las piedras de la plaza
y la voz grabada de Amalia Rodríguez
tan vívida, como el filo de luz
que roza mis ojos y me hace despertar.
Paisaje de Toscana
Como una pintura de Monet,
la campiña, violentada
amorosamente
por los lirios amarillos,
apaciguaba mi ambición
de caminos.
Una casa de palomas
era la estación de los trenes
con su rueda de molino
junto al pozo del jornalero.
El anciano
que barría las hojas
al filo de la carrilera
tenía la bella sonrisa
de un dios agradecido,
aún veo esa sonrisa
y oigo la canción que silbaba el viento.
Hablando de estaciones
En la estación pendular de las indecisiones
recuerdo al sabio de una película asiática:
“Entre dos caminos, escoge siempre el más intrincado”,
pero yo elijo el más fácil ;
como el árbol, sereno y misterioso,
que deja a los pájaros anidar en sus ramas
y luego marcharse por las rutas del cielo.
Como el reloj que avanza
sin llegar a ninguna parte
mientras el tiempo, metódicamente,
despliega su abanico de ases.
Confieso que me gusta lo difícil:
los amores inútiles,
los viajes sin brújula,
la estación de los asombros,
las distancias infranqueables;
esa mirada tuya, asaltada por la incertidumbre.
Pero elijo lo más fácil,
esta calma sembrada de preguntas,
esta oscura contemplación,
este derrumbe repleto
de construcciones pequeñas y cotidianas.
Quizá porque la estación de los cobardes
es la más difícil de sobrevivir.
EXILIOS
Sólo tú haces de mi memoria
una viajera fascinada,
un fuego incesante.
Alejandra Pizarnik
Aquí, frente al espejo, yo, la inevitable: una imagen
en sombras y toda la soledad multiplicada.
Olga Orozco
Del exilio
Esta vez no hablo
de equipajes y añoranzas,
ni del adiós incierto
que nos lleva a un
horizonte
de ensueño o desvarío.
Hablo del olvido,
zona neutra
que nos separa de un vientre
y nos lanza al desarraigo.
El exilio.
Abandonar el puerto
después que juramos
permanencia,
y marchar
tras una voz lejana
que nos habla del Amor,
ese otro nombre
de la Soledad.
Nombrado para olvidar
Amor mío,
desde el ojo concéntrico
del ayer,
como una canción nostálgica,
regresan los días de sol
en esta niebla del tiempo evasivo.
Desde un buque en Puerto Madero
me llega en lejanía
la sirena del adiós.
Porque eras el amor perfecto
para mi alma huidiza,
te nombro para olvidar,
Jacobo.
Presencia
Cuando no estás
tu cuerpo viene
en el olor de la tarde
y con dedos de brisa
me tocas los labios.
Propuesta
Considera que el amor es el brillo fantasmal
que se refleja
en la inconstancia de las olas,
una arista de felicidad
en la estrella menguante de los caminos,
un asalto aleve
contra la plateada energía de la noche.
Voltea la página de tu obstinada nostalgia
y ve tras la fuga de tus sueños aún adolescentes,
avanza solo hacia un puerto seguro.
Mi corazón es un viajero sin anclas.
En cuál esquina del día
Si la búsqueda traza
perversos laberintos,
¿en cuál esquina del día
cederá su espacio, la añoranza?
Como signos del adiós cruzan el cielo los
pájaros.
Señales para Cristina
Cuánto silencio nos une, Cristina.
Ahora que transitas sonriente y apacible
por senderos en penumbra,
invento códigos para no perderte:
me valgo de jazmines, abrazos y palabras
-señales, maderos de salvación en el naufragio-
Cristina, mi madre y mi hija,
la dolorosa de incertidumbres
frente a mi locura
que extraña los limoneros de la infancia
y los puertos que no conoceré.
Cuán difícil fue desprenderme
de tu pálida inocencia de ama de casa,
mujer bondadosa
que me enseñaste el oficio de vivir.
Ahora, encina en otoño,
hilas sin premura
los sueños de las otras
y yo entro de puntillas
al espejo dual de tu mundo de
recuerdos y presentimientos.
Soy tu hilo de Ariadna, tu lámpara azul.
Salvador
En mitad del café de los domingos
cuando su risa de metal llenaba toda la casa,
Salvador nos hablaba de guerras perdidas
por un llanto de mujer.
Una mina de sal, poseía Salvador
bajo el cielo cobrizo del patio de la abuela,
y un fogón de leña que arrojaba tempestades
ante los ojos deslumbrados de sus nietos.
Yo nunca olvido el aire indígena
de mi abuelo Salvador:
él fue mi lector de nubes,
el vigía de mi faro imaginario,
mi osado llamador de lluvias
cuando retaba a Dios con su
vanidad de sabio.
A veces, cuando el olor del agua
despierta las acacias,
escucho en sus ramas la voz alta
del abuelo, quien me advierte
que el rayo más feroz
estalla
junto a la mansedumbre del árbol.
Entonces, su amorosa revelación
diluye el miedo de mis ojos.
La señora oscura
La muerte
esa señora lívida e inconmovible
asesina de niños
novia letal de los enfermos
puerta abierta a los desesperados
se va llevando al padre, muy pronto a la madre,
poco a poco a los tíos, a los amigos,
a los hijos que tuvimos o soñamos,
hace desfilar a los primos uno a uno junto a ella,
nos va arrastrando solos hacia la noche.
Yo sólo quiero que la señora oscura
segadora de las tormentas de la vida
diligente en su tarea de fundar ausencias
puntual en sus citas
la señora muerte, jardinera de los camposantos,
se cubra con una mantilla blanca
y deje abandonados por ahí,
como al descuido,
alguna ilusión, un pétalo, una voz de lluvia,
una libélula, un jirón de cielo,
y que piadosamente, renuncie
a matarnos
de la tristeza.
Como un hoja suelta en la tarde
A Berta, mi tía legendaria.
Cuando tomaba tus manos ateridas
por el invierno del abandono
como una hoja suelta en la tarde
vagaba tu mirada desbordante de preguntas
sobre mi rostro conmovido.
¿Qué viento apagó mi intenso vivir?
¿Dónde están mis hijos, perdidos entre la niebla de mi memoria?
¿Qué se hizo mi juventud deslumbrante en los salones de baile?
¿Qué fue de mis bellos amigos y de mis amores extranjeros?
¿ Cuándo se fue mi madre sin darme cuenta?
Ninguna respuesta te daba, mi avecilla melancólica, porque nada sabía.
¿Qué podía saber yo que aún me debato frente a mis propias preguntas?
Sin embargo, cuando aquel suspiro de mar desesperado
escapó de tu dolor, te anuncié que ya viajabas hacia el infinito, graciosa y altanera,
como cuando eras una muchacha y deslumbrabas en los salones de baile a tus bellos amigos
y a tus amores extranjeros.
Leyenda mía, deja ese sitio enigmático al cual te fuiste
y ven a visitarme algunas veces
en la estela de las cinco de la tarde,
en la luna disuelta de la lluvia
o en el abrazo de mi madre.
Septiembre 23 de 2.000.
Frente a la madre muerta
A Clemencia Tariffa
Estás dormida, madre,
y las hormigas exploran tu silencio,
buscando el misterio que urdió tus días
y los míos
-telaraña alrededor de la nostalgia
de aquel tiempo feliz-
Todavía no despiertes, madre,
sigue mirando detrás del sueño,
y cuando regreses, cuéntame
qué encontraste
para mis versos delirantes.
Yo te esperaré cantando,
con un lucero encendido
en la puerta de la casa.
Estrategias para salir del laberinto
Me da vergüenza llorar por antiguos amores
mientras la lechuza anuncia la muerte
y en la madrugada se escucha el grito
de otra madre herida.
Para desterrar la aflicción no queremos exorcismos,
el pavor nos anuncia que aún estamos vivos.
¿Qué hacemos para escapar del laberinto?
Nadie sueña esperanzas en un país sitiado.
Sólo los poetas pretenden acallar las balas
con palabras como viento-rosa, río- trigo,
gardenia y canto.
Imaginan fugarse, por ejemplo, a un lugar lejano,
primavera ajena bajo la íntima lluvia;
mudarse como inquilinos a sus propios textos
y salvar en ellos a todos sus amores.
Porque no saben disparar, los poetas
inventan estrategias para salir del laberinto,
como pájaros que emigran del miedo
por cada resquicio del atardecer.
INDICE
Las errancias de la poesía
(Prólogo)
REVELACIONES
Informe de un amanecer
En fuga
Sin alas
Una luna mestiza
La ventana
El percusionista
Creación de la tarde
El barco en la botella
El buque fantasma
Silencio elemental
Silencio profundo
Golpe de gracia
Extrañamiento
PUERTOS
Errancia
Barranquilla a las seis
El muelle
Tango breve
Iguazú, agua grande
Nerudiana
En Granada, la luna
Lisboa, saudade
Paisaje de Toscana
Hablando de estaciones
EXILIOS
Del exilio
Nombrado para olvidar
Presencia
Propuesta
En cuál esquina
Señales para Cristina
Salvador
La señora oscura
Como una hoja suelta en la tarde
Frente a la madre muerta
Estrategias para salir del laberinto
La autora:


Nora Carbonell, escritora de Barranquilla (Colombia), ejerce como docente de Lengua Castellana, egresada de la Universidad del Atlántico; con post-grado en Pedagogía de la Lengua Escrita de la Universidad de Santo Tomás y estudios de Formación de Profesores en Madrid (España). Autora de los siguientes libros de poemas: Voz de ausencia, Bogotá, Ediciones Puesto de Combate, 1983; Horas del asedio, Barranquilla, Ediciones Editorial Mejoras, 1.990; 13 Poemas y Medio, C.P.V Ediciones, 1998. También ha publicado los libros de Literatura Infantil: Armando líos en el arco iris, Barranquilla, Ediciones Comfamiliar,1991; Lluvia María y el ladrón de sonidos, Álamo Ediciones, 1998; La Z en el país de los números enteros, Ediciones Comfamiliar, 1998. Entre otros, ha obtenido los siguientes premios: Primer Premio en el 1er. Concurso de Cuentos Infantiles, Comfamiliar del Atlántico, (Colombia) 1990; Mención de honor en Poesía en el 3er. Concurso Literario Xicoatl en Salzburgo (Austria), 1996; Primer Premio en el 1er. Concurso de Cuento Caribe, El Túnel de Montería (Colombia), 2004.
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© Nora Carbonell
© Hernán Vargascarrerño (prólogo)
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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