La deriva del Hombre
Pedro Sevylla de Juana
Libro primero: Amanecer de pan y de simiente
CUATRO
Telúrico vientre domicilio de embriones, útero terreno, origen del origen primero.
Los inicios cronológicos profundos, nacen del centro incandescente, sucede así con el excelso vuelo de las aves o el indeciso reptar de la serpiente; porque todo se concreta en uno: lo de arriba y lo de abajo, lo enorme y lo minúsculo.
El día y la noche, las frías nieves y el carbón ardiente, el bien y el mal estaban en los inicios muy unidos; lo superfluo y lo esencial, lo sólido y lo líquido.
Rojo y negro eran un solo color, izquierda y derecha un mismo lado, espalda con espalda convivían, iguales y contrarios. En los códigos genéticos de los peces y los saurios, luchaban por la posterior evolución, simios y humanos.
Catedrales góticas y conmovedoras puestas de sol, bullían entre los audaces sentimientos solidarios, y los disparos dirigidos a la insurgente multitud por miles de tiranos.
CINCO
No podía durar eternamente la concordia, la tensión crecía como en resorte oprimido, como en caña arqueada; la identidad de cada animal, de cada planta, de cada pensamiento o acción se perfilaba.
La explosión liberadora fue la consecuencia natural, y cada elemento encontró su relativa posición: el cazador y la liebre, el punto, la coma y los paréntesis.
Rescoldo de volcanes, gris y pardo amanecía; duras las formas, desabridas.
Dio comienzo el orden de las cosas, gobernado por rígidos preceptos, cuando las pesadas rocas lograron diferenciarse del légamo.
NUEVE
Me inquietaba el misterio de la primera palabra, y adoré a la Tierra fértil hasta saber que era infecunda sin agua. Adoré al Agua, mientras descubría que es cosa del sol, la inexplicable magia de la evaporación. Adoré al Sol ignorando que su hoguera, precisa el soplo huracanado del aire, para arder con llama viva, dar calor, luz y energía.
Y adorando al Viento fugitivo, el alma se me rompía.
TRECE
Moldeó el río sus meandros, lecho abierto, guijarros; cabalgó la madrugada hacia formas más precisas, fuimos muchos para las escasas liebres y levantó hermano contra hermano la codicia.
“Que inicien el ataque los arqueros, caigan después los de a caballo, terminen los infantes la refriega”: con voz profunda y con aplomo, exclamó vigoroso el estratega. “Los muertos recogidos detrás de la línea de partida, no alcanzarán el ansiado paraíso”: sentenció iracundo el druida.
No hubo victoria que admitiera tierna a los pacíficos, heridos por las armas de uno y otro bando, ni lecho de plumas que distinguiera a los inválidos. Fueron los pícaros quienes reivindicaron el triunfo logrado por los recios; y para premiar a los héroes innúmeros, insuficientes resultaron los cielos.
CATORCE
Con el devenir del tiempo y el cavilar humano, aparecieron dos teorías contrapuestas, y tras cada una de ellas formó un bando. La primera está cargada de pesimismo: el mundo es redondo para que nuestra marcha no tenga fin; la otra trata al Demiurgo con enorme indulgencia: para acoger nuestra marcha sin final perfiló un mundo redondo.
Resultan inconciliables porque son simétricas.
VEINTITRÉS
El territorio hoy nombrado Valdepero -asentamiento dormido en las edades- ha conocido moradores de variada procedencia: francos, visigodos, árabes, romanos, cartagineses, iberos y celtas. Banderas y trompetas, pergaminos; cada cual a lo suyo, guerra o cordura, campo de batalla, caminos; adargas, lanzas, puñales, astil tajado de las plumas; ruinas, sangre, cadáveres, todo lo aniquila la crueldad de las disputas.
Arrasa la guerra poblados y cosechas, rompe los tersos páramos domicilio del alba, abandona rastrojos abiertos a la reja, arranca corazones robustos de lava y separa a los potros de la yegua; mata la vida en la vida engastada, modifica la liturgia y desparrama la miel de las colmenas.
Cada puñado de tierra oculta una gota de sangre: venas confiadas en el llano, arterias sorprendidas en los valles, y en lo más alto del collado, el corazón culpable. Nuestro pasado más valioso está cuajado de batallas. Nos derrotaron en mil ocasiones como mínimo, pero la vez que triunfamos equilibró la balanza, porque fuimos generosos con los vencidos.
Libro segundo: La aldea itinerante
VEINTISÉIS
En los remotos tiempos del Dios de las Cosechas, cuando no existía aún la especie humana, cada región deshabitada de la Tierra, aportó el grano cereal que cultivaba.
Se sumó el arroz al trigo y a la avena, el maíz y el mijo se unieron al centeno, semillas de todas procedencias, llegaron al molino más de ciento; harina tamizada en uniforme mezcla, bregada y sometida a vivo fuego, hasta tostar por completo la corteza.
Del resultante pan recién cocido, un pedazo retornó a cada comarca, del que proviene el hombre primitivo: igual composición, distinta traza.
Sea faz el hombre o sea espalda, rígido cuscurro o blanda miga, el color es lo único que cambia, la sustancia humana no varía.
El Escorial (España)
VEINTINUEVE
De barro amaso el cuerpo que mi mente precisa, de los virtuosos dioses la virtud alcanzo, recibo del rayo la luminosidad y la energía. A mí mismo me hago: corazón noble, vigorosos brazos, pies de arcilla.
Partiendo de las inalterables rocas, creo valle y ladera; solo yo, sin ayuda de nadie, elevo las montañas sobre la llanura extensa.
Preservo el territorio de la divinidad con tres círculos de niebla, que rodeando el templo inviolable, a la humana mirada lo falsean.
Puedo ser el copero de los dioses, mas prefiero edificar las aldeas tadzhikas —ventura de la tierra y de la estirpe— las más altas y las más antiguas. Desde el Pamir eminente, tengo el mundo a mis pies y ningún suceso me sorprende.
Emparento con mogoles y bactrianos, árabes, griegos y generosos persas; e incorporo a la suya mi sangre en beneficiosa mezcla. Desde las vegas llanas a las inclinadas cuestas, jóvenes labriegos de los campos feraces, declaman poemas tras el último esfuerzo recolector de cosechas.
Voy sentando con mi palabra y ejemplo -solo, sin ayuda de nadie- un linaje abierto a lo externo, pleno de posibilidades. De mi semilla nacerá el magnífico Iskender, nombre que las abuelas dan a sus nietos sabios y las madres a los hijos fuertes.
En su viaje acompaño a las nubes, porque mi entusiasmo es inquebrantable. Soy uno más, y los demás lo saben.
Dushambé (Tayikistán)
TREINTA YDOS
Primero el aire, el viento, el espíritu; después el agua, el mar, la líquida llanura; en tierra del Océano, pescador de Alotau, el hombre fue papúa. Fuerte, diestro, lúcido y magnánimo, se alineó en tribus enfrentadas y vinieron los comerciantes de esclavos; el mar trajo lo bueno junto a lo malo.
Muralla, mar, eres muralla; eres barrera y eres puente, tu unión consumada con la tierra, entrando, penetrando en ella, tan adentro y tantas veces, produjo el germen y la esencia, primera raíz de lo viviente.
Cierras en tus arcas perlas y corales, nácar; arcoiris subacuáticos y un relato veraz lleno de fábula.
Proas decoradas surcan tus aguas más allá del Sepik, jóvenes pulmones se sumergen someros, y se ignora mucho, mar, de tu misterio.
Alaridos hambrientos de amistades, tempestades de amor no compartido, quejas de soledad de soledades; insomne en tu lecho de cuchillos, olas altas, brazos de gigante. Te sientes solo, mar, muy solo; te invaden comerciantes y guerreros, a habitarte el hombre no se atreve, oro y plata naufragan en tu seno.
Sobre ti jamás galoparán caballos, no verás abejas polinizando flores, ni aves del paraíso adornando remolinos. Y darías la línea horizontal de tu horizonte, por tener quebradas montañosas donde se pone el sol rojizo; la mitad de los vientos que te soplan, por curvar meandros como el río, viendo florecer el ñame glauco, palmerales de sagú, la mandioca de los campos. Incluso la belleza de la vela henchida, llena del soplo que la empuja entregarías, porque una gacela comiera la hierba de tus riscos, o por sentir los cantos de las aves, palabras de las mil lenguas papúas, en tu oído.
Te prefiero indeciso, mar, titubeante, inestable y movedizo; así te necesitan el viento, la lluvia, la tierra y el inconsistente equilibrio.
Alotau (Nueva Guinea)
CUARENTA Y DOS
Sabra de espinas en la piel, corazón tierno, después de tantos años, en mí mismo inquiero.
¿Cuando hablamos de nuestra patria milenaria, de qué país hablamos?, ashkenazim, sefaradim, yemenitas, iraquíes, kurdos, persas, bújaros, afganos; si los múltiples orígenes suman en total setenta y cuatro.
De qué idioma hablamos cuando hablamos del nuestro: árabe, ladino, yiddish o hebreo; cuando hablamos del nuestro de qué dios hablamos: de Yavé, de Alá o del Dios de los Cristianos; y su palabra, su verbo, ¿es el Talmud, el Corán o el Evangelio?
El odio es la memoria amarga de una herida, y el amor —último sorbo de agua cedido en el desierto a quien desea arrebatarnos la vida— es donación sin condiciones, habitantes diversos de Israel con las gentes vecinas. El amor exige hechos, pide obras, abiertas voluntades; fuentes de aguas límpidas, Jordán y Tiberiades. Del Odio hasta el Amor hay un abismo que se nivela arrojando los prejuicios.
Me pregunto en los días sombríos, si del fusil o de la honda no hacemos herramienta, profesión, oficio; imprescindible dogma y heroísmo. Si no transformamos la guerra, después de tantos siglos, cristianos, musulmanes y judíos, en fin que lleva a los demás hacia el olvido.
Jerusalén (Israel)
Libro tercero: Mis pies sobre la tierra
CINCUENTA
Se nos pierde lo propio en lejanía, deshoja la amapola un suave viento, reverbera la imagen de la espiga y el otoño amanoja los sarmientos.
El pesimismo entre nosotros mora, abundante experiencia da razones: las desgracias nunca vienen solas, son reatas de ganado atadas las cabezas a las colas.
Basta presentir que la semilla ha germinado el surco, para que la sonrisa se apunte en los labios confundidos y retorne esperanzada la esperanza, desdibujando el rictus habitual de escepticismo.
CINCUENTA Y NUEVE
Un verano alto, cuajado de cosecha, la cesta de la merienda traías bajo el brazo, cuando agonizaba el sol en la era.
Te creí el verso que faltaba al poema, la nota musical cierre del canto, la pincelada resuelta que daba fin al cuadro. Yo era el labrador, el filósofo, el esteta; el músico y el pintor que buscaban sin tregua.
Campanas, trompetas, sonajeros; venías del Norte, mujer, y llenaste todos los huecos.
SESENTA Y SIETE
No se exhiben las chozas, consecuencia del dispendio habido en los palacios; se ven descomunales megalitos que hablan de pobres y de esclavos, ingente mármol victorioso extraído a latigazos.
Puesto a salvo el mensaje del pasado, a la arquitectura me ofrezco inapetente, y en mis visitas a lugares santos, no entro en catedrales para ver dinteles, pétreas columnas, labrados capiteles; busco cabellos de luz horadando rincones en penumbra, una selva de espacios verticales, el frescor, la soledad difusa.
Agua y minerales, carne y hueso, animal entre animales, mi interés se va con el hombre, ciudad o campo abierto.
Espero al muchacho en el crucial instante de penetrar la resistente adolescencia, cuando acepta decidido los debates, se enfrenta cara a cara a los problemas, busca la verdad en las incógnitas y saca las excepciones de las hinchadas reglas.
Escucho atento las juveniles aventuras que el anciano cuenta de manera distinta a cada hora, hago mías las viscosas dudas, las variaciones verbales de los faltos de memoria, sus lagunas.
Reacciones químicas o impulsos eléctricos, breve teoría y prolongada práctica, la inquietud del hombre viene de muy lejos y va adonde haga falta.
Mueve el mundo en sentidos divergentes, da vuelta a los siglos, los convulsiona y estremece; vacía los océanos en su incesante escrutinio y sólo posee una herramienta conocida, el entusiasmo enardecido que en su interior anida.
Soy una pieza que ayuda a que el reloj se active y mueva a la que a mi me mueve, en una evolución flexible, donde se da lo que se tiene y lo necesario se recibe.
Suponiendo la existencia un lapso breve, ayude cada vecino a su vecino, que la Naturaleza se ocupa de la especie.
SETENTA
Evidencias te anuncian que apenas distingo, te percibo en las nubes y en el aire limpio. Del silencio me llegas improvisando una danza, de infinitas abejas blancas. Vienes a mí mansamente como la noche amiga, y me cercas trazando travesuras de niña. Cuánto bien me hace la apacible tregua, que abres en mi alma al bajar dispersa.
Eres una y eres tantas, tan iguales, tan perfectas, que la suma de todas resulta incompleta. En el desierto de tu cuerpo me extravío; sin horizontes, sin puntos cardinales, sin referencias concretas que me ubiquen en la uniforme diversidad de tu paisaje.
Tu inocencia se funde en mis manos tibias y ya no vuelves a ser la misma. Nieve gélida, porque te amo intacta te amo efímera, y le pido al sol de enero sus tenues caricias.
OCHENTA Y UNO
La Naturaleza juega al juego de las sillas con el hombre. Siendo como son insuficientes los asientos para todos, cuando la música vuelve al silencio que rompe, y quienes giran en corro buscan acomodo, los participantes menos hábiles, los más torpes, los débiles, los incapaces de empujar a otros y los que gustan en verdad de los acordes, quedan fuera del enredo como juguetes rotos.
No es extraño, el demiurgo mismo, el creador, teniendo vedado jugar a las canicas con los esféricos planetas, utiliza al hombre a modo de muñeco en su guiñol; actúa como un infante carente de amigos, como un chiquillo egoísta y voluble que pasa del contento al enfado en un suspiro.
Yo no inventé la otra vida, continuidad o segunda residencia, ni la descubrí tras el escrutinio de la filosofía. Me la explicaron resumida en su índole compleja: un tiempo sin final en el infierno o en la gloria, tras el cotejo de los comportamientos y las reglas, efectuado por quien da el ser y vigila el existir de las personas.
El alma, hubieron de concebir el alma; y debía ser eterna, capaz de sufrir el perpetuo castigo que el corrupto cuerpo no acepta.
Indefenso frente al cosmos arrogante —desnuda raíz bajo la tierra, minúscula lombriz, larva inactiva— todas las noches de manera inevitable acepto un Dios a mi medida; y orgulloso de mis manos, satisfecho del cerebro, irremediablemente, cada amanecer lo niego.
Libro cuarto: Crecido a la intemperie
NOVENTA
Descubre el hombre en el mundo una alacena, repleta de vegetales vivos, tímidas gacelas, palominos y caimanes al acecho de la supervivencia; una cadena que va de la serpiente al ave y de la punzante zarza a las ballenas.
Acumula abastos para el porvenir incierto, sobrantes y carencias le fuerzan al trueque, hace del ganado eficaz moneda de regateo y sirviéndose de la tibia plata y del oro ardiente, convierte el mundo en un mercado abierto.
La roca labrada, la estrella de mar, el marfil del elefante y la sangre del irredento, llevan impreso un código de barras que explica la composición y el precio.
El dinero grande, el que persigue sólo su incremento y compra panadería y panadero en vez de pan, al modo de los celestes agujeros negros actúa como un perfecto imán: todo cuanto existe somete a su imperio: la dignidad de las personas y la justicia social.
La cólera del hombre en ocasiones definidas, se arma de justicia y argumentos y arroja al eterno silencio de las tinieblas vacías, a los traficantes del esfuerzo ajeno, de la acción ilusionada y de la vida.
NOVENTA Y DOS
En lo antiguo el hombre era más que nada su ralea, y la tribu representaba la patria del hombre, la familia, el amparo y la despensa; la propiedad era común y eran comunes los hijos, los proyectos, el trabajo y la cosecha; el íntimo dolor o el profundo contento también se compartían y lo individual no se manifestaba apenas, apenas florecía.
La tribu se fue diluyendo en las costumbres, la bonanza permitió al hombre mostrar lo verdaderamente suyo; el individuo, separado de los otros, se hizo gente y la gente descubrió, inventó, modificó, puso precio a las cosas.
Cuando quiten el precio a las cosas, la gente llorará como si le arrebataran las cosas, porque no sabe separar las cosas del precio de las cosas.
Cuando quiten el precio a las cosas, aparecerán la duda y el recelo, pues la gente aprende en la primera infancia --saber agostador de la inocencia- que antes o después todo le cuesta; y si, en etiqueta colgada o adherida, no se muestra bien visible el monto -escrito en caracteres claros, cercano al número redondo- suele deberse a que es muy alto.
Cuando quiten el precio a las cosas y las cosas se muestren desnudas a la gente, la gente no reconocerá las cosas, porque sabe que el precio es para las cosas como la forma, el color, el olor o la textura que deben tener todas las cosas.
Cuando quiten el precio a las cosas, no sabrá el orden que siguen las cosas, equivocará la jerarquía y todo será un caos para la gente que ordena las cosas por el precio que tienen las cosas.
Pero si queremos que la gente valore atributos primordiales, como la belleza de líneas, la utilidad práctica, el sonido del viento al abrazar su superficie, la suavidad del tacto, la naturaleza de la sustancia sólida, debemos quitar el precio que un día se puso a las cosas.
Cuando logremos quitar el precio a las cosas -acontecimiento histórico memorable- del individuo aislado, de la gente, surgirá el hombre: corazón animado de sístoles y diástoles.
CIEN
Ayer, tan sólo ayer, realidad insoslayable —llueve sobre Madrid, doce de marzo— el terror escogió trenes repletos de obreros y estudiantes, para exhibir su monstruoso gesto enmascarado.
Esperaron ocultos los sicarios a los más madrugadores, a los forzados a vivir lejos del lugar de su trabajo, y cuando los tuvieron hombro con hombro, cara con cara, comprimidos; cuando la densidad de población llegó a su límite más alto, sirviéndose de los últimos avances de la técnica, provocaron violentas explosiones, estruendos, llamaradas, fogonazos.
En la apocalíptica escenificación del último desastre, los esbirros del terror atacaron a la sociedad en sus cimientos, estallando bombas repletas de fanatismo y de barbarie. Perseguían el número, la turbamulta, el humano hormiguero; caja de resonancia de su falsa razón inconfesable.
Al instante los cuerpos fueron acericos agujereados de metralla, lavaron el suelo litros y litros de sangre efervescente, cubrieron raíles y traviesas pedazos de carne adheridos a la chapa y un desgarro de gritos huyó por las bocas abiertas en los vientres.
Incapaz la piedra, incapaz el árbol, incapaces el lobo y la serpiente, el tiburón y el leopardo; resultaron ser infrahombres residuales, fragmentarios o cocientes, los únicos capaces de concebir tales estragos.
En nombre de qué ofensa inexcusable prepararon los potentes explosivos, en nombre de qué dios o de qué patria colocaron los cables, sabiendo que a esa hora y en ese concreto espacio no iban a encontrar culpables.
Sin embargo, más allá de la muerte conseguida, fracasaron; más allá de comportamiento tan abstruso y tan cobarde, se mostraron incapaces de impedir que el cuerpo solidario, llevase su mano a taponar la herida inabarcable.
Ayer, tan sólo ayer —llueve sobre Madrid, doce de marzo— el terror reventó trenes repletos de obreros y estudiantes.
CIENTO TRES
Sin duda estoy profetizando: acabarán por encontrarse en los inabarcables infiernos, Sísifo y Tántalo.
“Tu tormento resulta llevadero”: exclamarán ambos: “el mío es en verdad acerbo”.
CIENTO SEIS
Hoy que la esperanza es breve y vive en desencanto diluida, ¿quién ofrecerá un futuro codiciado si muere la Utopía? Quién descubrirá la poesía, vedija entre las zarzas, velero de papel a la deriva. Quién pondrá imaginación en las pintadas —ingenio de las frases— que derribe barreras y murallas.
Por qué razón edificante la policía hostigará a los jóvenes, qué relato heroico reservará la madurez a los hijos y a los nietos, quién defenderá al pueblo de la acción de los políticos, quién inventará el orden al revés a cada instante, quién hablará de la persona, qué será de la palabra compañero, quién osará trazar camino propio, quién se opondrá a los intereses de los más interesados, qué será de la pluralidad de vías, ¿quién estará de nuestro lado, si muere la Utopía?
Quién reducirá las insalvables diferencias que separan halcones de palomas, quién amará al hombre por su esencia quebradiza, quién buscará la paz, el perdón, la valentía; el amor, la libertad, la convivencia, si muere la Utopía.
Quién impedirá que a nuestra arcilla vacíen en moldes inhumanos los que hacen herramientas de las vidas. Quién acogerá las excepciones, quién será de lo diverso garantía. Quién nos librará de la ortodoxia, quién nos sacará de la estadística, ¿quién sobrevivirá al sistema, si muere la Utopía?
CIENTO NUEVE
Buscando una luz que eternos enigmas esclarezca, en el fondo incontable de la Biblioteca Nacional, hallé inconcluso el Poema que escribe sin descanso la vieja humanidad.
Hembra o varón emergidos de la bestia, vigorosa mocedad, vejez pausada, cada uno de los múltiples poetas lanza un grito de esplendor incandescente o un vagido de amortiguadas tinieblas, añadiendo al conjunto sus líneas incompletas.
Contradictorios versos del hombre confundido: en algunos duerme la madre, otros muestran afilados los cuchillos; los más liberan breves vuelos de plácidas palomas, mientras que en numerosas excepciones culebrean serpientes de extravío.
Hay cantos humanos atribuidos a Whitman, americano del Norte como Eliot y Pound; al sureño Neruda, al español Machado, a un griego llamado Odiseas, a Yeats el irlandés; a Ekelöf el escandinavo, a los franceses Rimbaud y Baudelaire. Hay poemas que dicen todo de los caminos borrados, de los pasos perdidos, firmados por Vallejo, Hierro, Maiakovski, Apollinaire y Darío. Palabras que resuenan en la bóveda del cielo, escritas por Pessoa, Rilke, Aleixandre; Thomas, Hugo, Lorca, Juan Ramón o Montale. He leído en Gilgamesh, Mahabharata y Ramayana, profundos y espléndidos pasajes, que continúan su relato en la Biblia o en los Vedas y en las inmortales epopeyas de Homero, Virgilio y Dante.
A esas piezas bendecidas se arriman trozos ilegibles, confusos, sin misterio; alejados de la belleza, a la emoción ajenos. Pero basta examinar con atención el prolongado Poema, de arriba abajo y de izquierda a derecha, para conocer el caminar errante de la tribu, el zigzagueo, la desencantada huída y el esperanzado regreso.
Yo añado estos versos a los tuyos, escritos en papel pautado, en los blancos muros, en el agua clara y en la suave arena; para alargar el Poema interminable que escriben los poetas, conocidos y anónimos de todos los tiempos, de todas las razas y creencias.
***
Contraportada
Poeta mucho antes que novelista, para Pedro Sevylla de Juana la poesía adopta a la realidad, la amamanta, la acuna, la desnuda y la hace suya, recreándola. “Poesía es belleza y equilibrio, es síntesis y es ritmo. Poesía es búsqueda. Poesía es progreso. Es donación, es aire, es acero, es espuma, es raíz, es vértigo”.
Hombre de su tiempo, Pedro Sevylla de Juana se sabe partícula de un Universo inabarcable, y buceando en sí mismo explora las diversas vertientes de la existencia. Quizá el tiempo y el lugar de su infancia —tierra y piedra, cereales: Valdepero (Palencia), 1946— mitificados por la voluntad escrutadora, estén en el origen de "La deriva del hombre", término marinero que expresa la distancia existente entre el punto de destino y el punto de arribada, entre lo deseado y lo conseguido.
Vigorosos versos batidos en el yunque de la fragua, acero bien templado y reja aguzada, el autor acopia en el presente libro el trabajo de los diez últimos años y la filosofía destilada en el alambique de la vida, sumándose a las vanguardias poéticas actuales.
Del libro La deriva del hombre
Madrid (España) Devenir 2006
Pedro Sevylla de Juana
C/Principal, 64
28280-El Escorial (Madrid)
valdepero@hotmail.com
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© Pedro Sevylla de Juana
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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