Harriman de día y a través de la noche
Fernando Arrojo-Ramos
Se miró en el espejo, buscando en vano una respuesta a inquietudes que no podía enumerar y mucho menos definir, y el espejo le mostró la melena, de un rubio desteñido, y el pequeño arete en el lóbulo de la oreja izquierda, detalles que veía indispensables para proclamar la igualdad de los sexos. El ser guapo o feo, alto o bajo, ir mejor o peor vestido, no le preocupaba tanto como expresar sus sentimientos de manera que pudieran ser apreciados por los demás.
Manuel Jarrero tenía treinta años. Hijo de cubanos anticastristas, vino al mundo en Ciego de Ávila el 2 de enero de 1959, el mismo día en que las columnas revolucionarias mandadas por Che Guevara y Camilo Cienfuegos entraban en La Habana. Cinco años más tarde, huyendo de la quema, la familia Jarrero emigró a Estados Unidos, y como la madre hablaba el inglés con cierta soltura, los comienzos no fueron particularmente difíciles. Un matrimonio judío que habían conocido en Ciego de Ávila, propietarios de varios apartamentos esparcidos por los municipios neoyorquinos, les arrendó uno de alquiler bajo que tenían en el Bronx, en un barrio exclusivamente de gringos. Los Jarrero habrían preferido vivir entre cubanos pero dominados por los inevitables abandonos a la pereza y lo barato del alquiler, se quedaron viviendo en el Bronx.
Cuando el viejo Jarrero, sargento de caballería del ejército cubano bajo Batista, aprendió algo de inglés con mucho esfuerzo, consiguió trabajo en la cadena de montaje de una fábrica de botellas; en cambio la madre, que de soltera había ejercido de maestra, daba clases de español, casi desde la llegada, en un colegio de monjas.
Al criarse entre gringos el pequeño Jarrero no sólo adoptó por fuerza su estilo de vida sino que también se vio rebautizado, pues los vecinos, incapaces de pronunciar algo tan extraño como Jarrero, juntaron a su manera el apellido con el nombre y lo llamaron Harriman, y de tal forma se le quedó el sobrenombre que llegó a sustituir al nombre verdadero. Años más tarde, ya de muchacho, los cubanos del Centro le dirían: “Harriman, tú tienes de cubano lo que nosotros de monjes budistas”. No obstante, hablaba bien el español, impuesto por sus padres a rajatabla, y con el tiempo se aficionó al ron y a los puros, lo cual le concedió cierta veracidad caribeña.
Harriman era hijo único. Sus padres lo tuvieron a una edad muy avanzada. “Una de esas faenas que te hace la naturaleza”, solía decir el padre. En la escuela los otros chicos, con padres mucho más jóvenes, le decían, “Harriman, tus abuelos te están esperando en la puerta”, y el pequeño Harriman volvía a casa perplejo, sin saber a ciencia cierta si era hijo o nieto. Cuando se hizo hombre, los padres, ya prácticamente con un pie en la tumba, como queriendo poner las cosas en su sitio o aventajar al tiempo, soñaban con tener un nieto verdadero antes de morir, ya casi un bisnieto, pero dejaron este mundo sin ver realizados sus deseos.
Los amores de Harriman, que a duras penas lograba retener, nunca llegaban a buen término. La primera novia que tuvo, una chica guapa y vivaracha, lo dejó por un apuesto beisbolista, y la segunda, a quien conoció en la Escuela de Artes Gráficas, menos atractiva que la otra pero estudiosa e idealista, prefirió dejarse seducir por la llamada romántica del Cuerpo de la Paz. Los escarceos amorosos que tuvo después con dos compañeras de oficina y con unas pocas mujeres, en bares y discotecas, fueron poco duraderos. El padre, un hombre chapado a la antigua, solía decir: “Este hijo es como un pichón que no logra emprender el vuelo. Todas las energías se le van en crear mapas a vista de pájaro, si a eso se le puede llamar vuelo. Y además es zurdo”, pero la madre, más comprensiva, salía en su defensa: “Tienes que reconocer, sin embargo, que como cartógrafo el chico tiene talento”. Ambos vivían sin grandes expectativas personales pero con la certeza de que el Sueño Americano del que tanto se hablaba se realizaría algún día en la persona del hijo.
A Harriman la profesión se la inspiró el cine, en blanco y negro y en color —películas en que aparecían mapas de viajes fabulosos, de tesoros ocultos, de tácticas militares. Ya desde niño le entusiasmó el cine americano, los héroes del celuloide de ayer y de hoy, quienes, según las circunstancias, encarnaban la valentía, el buen juicio, la firmeza de carácter y otras muchas virtudes, sirviéndole sus palabras y sus actos como puntos de apoyo para establecer normas de pensamiento y conducta, ya que vivía con la creencia humillante de que sus propios dichos y hechos carecían de substancia. ¿Cómo habría reaccionado Gary Cooper, o Marlon Brando, o James Stewart, o Sean Connery, o Robert de Niro, de tener que hacer frente a tal o cual problema? Del cine antiguo aprendió a besar apretado sin abrir los labios, a mirar de soslayo, a arquear las cejas, y del de su tiempo aprendió a besar con la lengua y a crear las peculiaridades de su aspecto. Harriman añoraba un pasado que no había llegado a conocer y vivía en un presente en el que no lograba encajar del todo.
Desde la niñez empezó a mostrar propensiones neuróticas, depresiones, que, según se fue haciendo mayor, culminaban con frecuencia en un pesimismo contumaz. Curiosamente, coincidían en él la exactitud, cuando, a zurdas, trazaba mapas con sumo cuidado y la confusión, cuando se sentía inclinado a organizar su vida, pensando que esa vez iba a derechas. Entre los temores morbosos que le invadían a menudo —su amigo y mentor Benny Padilla los calificaba de “alergias mentales”— destacaba el miedo a morir sin nadie alrededor que presenciara su partida. Benny le dijo una vez que lo suyo se agravaba por el hecho de vivir en Manhattan. “Estás rodeado de ocho millones de almas y, aun sin quererlo, ya no puedes vivir sin ellas, ni siquiera a la hora de eso tan personal que es la muerte”, le explicó. Y agregó a modo de consuelo: “Pero no estás solo, pues aquí, casi por obligación, todos somos carne de Freud”.
Benny, que era la pulcritud personificada, encontraba muy fachosa la apariencia de su amigo —el arete, el color del pelo, la vestimenta. Pero todo se lo disculpaba, pues Harriman era como un hijo para él. “El muchacho hace lo que puede por cuajar en un ambiente juvenil que gusta de lo estrafalario”, le justificaba, “en una cultura que tiende a la exageración y el espectáculo. Pobre chico, tan solo en el mundo, tan vulnerable, caminando incierto por la vida”.
Benny Padilla era hijo de un panadero cubano trasplantado a Nueva York y de una costurera americana de Nueva Jersey, ambos fallecidos. En sus años jóvenes, con intención de mejorar las condiciones económicas de la familia, se afanó en estudiar economía en una universidad de poca monta; sus profesores, sin embargo, percatándose pronto de la inutilidad de sus esfuerzos, le disuadieron. Se decidió entonces por la psicología, en la que puso mucha ilusión, terminando la carrera, a trancas y barrancas, con un diploma que avalaba ciertos conocimientos pero no le permitía ejercer a menos que obtuviera un Masters. Ahora, a sus cincuenta y cinco años, era un burócrata de tantos adscrito a la Administración del Seguro Social. Pero jamás había olvidado la psicología, la llevaba muy hondo en el corazón y en la mente, por lo que dedicaba sus horas libres a dar gratuitamente a los amigos consejos psicológicos, expresándose a veces en términos enfáticos que confundían a los “pacientes”. Además de Harriman, la gente que buscaba su consejo eran emigrantes hispanos recién llegados —algunos de ellos ilegalmente— que habían pasado muchas tribulaciones para entrar a los Estados Unidos y ahora vivían perplejos en un mundo rebajado por la inseguridad y la pobreza. Sin embargo, cuando empezaban a hablar el inglés con más soltura y conseguían trabajo, algunas veces con la ayuda de Benny, los problemas psicológicos se reducían considerablemente e incluso desaparecían. Esta gente sentía una gran admiración por “el doctor Padilla” —así lo llamaban—, que los guiaba de una manera infalible y era al mismo tiempo una especie de agencia de colocación.
Claudia Hassner vivía también en Manhattan, pero Harriman la conoció durante una semana de vacaciones en España, en Antonio’s, un pintoresco pub de Marbella, en el que un guitarrista de aspecto agitanado rasgueaba y entonaba por las noches aires favorables del sur. Moviendo las cejas y sonriendo a la manera de Clark Gable, Harriman se puso a charlar con ella. Era alta, rubia, y llevaba un vestido que acentuaba emocionalmente las formas de su cuerpo. Cambiaron nombres. Animado por su mirada sostenida, Harriman la invitó a un cubalibre y habló vagamente de sí mismo. Después le tocó el turno a ella. Era neoyorquina; sus abuelos eran de alguna parte de Alemania; había estado casada con un abogado durante dos años; se había divorciado hacía seis meses; no tenía hijos; trabajaba de actuaria en una compañía de seguros. Se expresaba con frases rápidas y precisión aburrida, pero avanzada la noche, y después de cuatro cubalibres, el habla se le hizo mucho más expansiva. Hablaron de mapas y de estadísticas, de Manhattan y de Marbella, de cine y de televisión, de restaurantes y discotecas, y del sexo. El repertorio del guitarrista incluía "La barca", una vieja balada que Claudia y Harriman encontraron particularmente romántica a lo largo de la noche. A las primeras horas de la madrugada, con el sentimiento de posesión que comparten los enamorados, decidieron que "La barca" era su canción y Antonio's su pub.
Volvieron a verse en Antonio's la noche siguiente, pero la subsiguiente dejaron de verse en el pub para verse en la cama, lo cual resultaba más gratificante y menos costoso. A partir de entonces el sexo se adueñó de sus sentidos, descubriendo a las primeras de cambio que cuando follaban les enardecía hablar a lo puta —como ellos decían—, cuanto más soez, mejor.
Cuando regresaron a Manhattan decidieron vivir juntos y, en cierto modo, separados, ya que cada uno mantuvo su propio apartamento de renta antigua, una bicoca que nadie dejaba por nada del mundo. No obstante, Claudia sugirió que se fueran a vivir al apartamento de él, que era algo más grande.
En la mínima batalla que libraron entre ellos para decidir quién llevaría la voz cantante, Claudia no dio lugar a alternativas. “Quizá tú hayas visto mucho mundo en los mapas”, dijo, “pero el que yo he visto y vivido, mucho más pequeño, claro, pero real, lo llevo conmigo y sé sacarle el jugo”.
Como Claudia era una mujer práctica, organizada, y él más bien conformista, comprendió que todo marcharía mejor si fuese ella quien marcara la pauta.
Claudia tenía su genio y sus caprichos. Le prohibió que fumara puros, pues el olor de las colillas le repelía; en cambio al ron no le hacía ascos, y con los porros sucedía otro tanto de lo mismo. De todos modos, el que casi siempre hubiera que hacer las cosas a su gusto no le importaba, porque, en compensación, en la cama lo pasaban fenomenal; efectivamente, ella sabía sacarle el jugo a la existencia. Algunas veces las disputas eran también fenomenales, pero siempre les quedaba el sexo y los momentos dulces, como París a Ingrid Bergman y Humphrey Bogart, en Casablanca; además, viajaban, frecuentaban restaurantes, discotecas, iban al cine. Afortunadamente, aportando dos sueldos a la causa común, en lo económico se manejaban muy bien. Las fobias le desaparecieron, como si la mente, ocupada ahora con temas más placenteros, hubiera decidido relegarlas al olvido.
A medida que pasaba el tiempo veía en Claudia la fuerza auxiliar que le había abandonado desde la muerte de sus padres. “Quizá algún día llegue a ser la madre de un nieto póstumo”, Harriman se decía esperanzado, acordándose de sus padres. “La quiero mucho y la necesito. No sé lo que haría sin ella. Además, en la cama es un portento”, le confió una vez a Benny, que resumió los sentimientos de su amigo en pocas palabras: “El tuyo es un amor justo y necesario. Claudia es, sin duda, tu raison d'être”. Tal criterio le pareció a Harriman una especie de bendición apostólica.
Pero el buen curso de las relaciones empezó a torcerse un año y pico más tarde. El primer tropiezo sucedió cuando Claudia dijo: “Me siento asfixiada. Necesito espacio,” y se sumó a un grupo de amigas que jugaban al bridge tres veces a la semana, y apenas paraba en casa; el segundo fue cuando ella se compró un foxterrier de pelo duro y áspero que resultó algo nervioso.
Entonces volvieron a poseerle las fobias, sin que pudiera determinar si habían sido la causa del distanciamiento de Claudia, o si eran por culpa suya. El consejo de Benny fue: “No te calientes los cascos. Qué más da. De una forma u otra, tu prolongado sabático ha llegado a su fin. Ahora lo que tienes que hacer es reaccionar positivamente, así que los días que Claudia asiste a su tertulia de bridge, vete tú a jugar bowling con los compañeros de oficina”.
Claudia llamó al perro Antonio, en recuerdo del pub donde ella y Harriman se habían conocido. Al principio el perro y el nombre agradaron a Harriman, pero después le sentó como un tiro que todas sus atenciones fueran para el animal. Antonio dormía con ellos, lo cual le sacaba de quicio, pues era como tener enfrente a un testigo mudo de sus actos, y por si no fuera poco las malditas idas y venidas del animal durante la noche no le dejaban pegar ojo. Hablando de espacio, con el perro ella disponía de menos, y además, pensándolo bien, el nombre suponía un desprecio por la noche en que se conocieron.
Ella seguía manteniéndose distante, y el sexo dejó de ser fenomenal para hacerse insignificante. Una pensada conveniencia se antepuso al deseo espontáneo. Nada más despertarse los sábados y domingos por la mañana, Claudia saltaba de la cama y se ponía a preparar el desayuno; él habría querido que permaneciera en el calor del lecho, provocar efervescencia en su cuerpo, pero ella se mantenía en sus trece: para empezar bien el día tenía que tomar un café, y quedarse en la cama le parecía una pérdida de tiempo; además, había que sacar a Antonio. Él no estaba dispuesto a recorrer esquinas y árboles con aquel perro de los Baskerville, una palita y una bolsa de plástico. Siempre había accedido a los caprichos de Claudia, pero lo del chucho pasaba de castaño a oscuro.
Al final la ruptura fue feroz.
—Estoy harto de tener que soportar a este jodido perro— dijo él. Y le dio un ultimátum: —El perro o yo.
—Y yo estoy harta de ti y tus manías. Eres un mandria. Y no tengo que darle muchas vueltas, me quedo con el perro —dijo ella.
Una semana después, sin embargo, Harriman, arrepentido de su explosión de sentimientos, se puso en contacto con Claudia, pero ella puso bien claro que todo había terminado. “No quiero saber nada de ti permanentemente, ¿entiendes, Harriman? Per-ma-nen-te-men-te”, fueron sus últimas palabras. Tres semanas más tarde, la transfirieron a las oficinas de Los Ángeles, y Harriman se quedó abandonado (así se sentía él) en Nueva York. ¿Sabía ella desde un principio que la iban a transferir? Quizá todo había sido decidido de antemano, pero fuera lo que fuese, Harriman volvía a conocer la capacidad destructora del silencio, un silencio con sabor de años, de siglos, un silencio de purgatorio sin salida, anudado implacablemente a la terrible realidad del rechazo. La indiferencia de Claudia era privilegio de su desamor y su sentencia era inapelable. Primero se sintió como paralizado, incapaz de reaccionar ante la desgracia; luego se sintió solo, infinitamente solo, y, en un instante de cólera, se lamentó de no ser niño, porque entonces habría roto a pedradas los cristales del coche de ella o el de otra persona. Después reflexionó que si fuese niño, aún tendría madre. Y se echó a llorar.
A partir de entonces, Harriman, sin poder evitarlo, se concentró exclusivamente en la desgracia, y la congoja se hizo draconiana. El insomnio se apoderó de sus noches, y las pocas veces que lograba dormir brevemente tenía sueños amorfos, en los que vientos furiosos parecían trastornar el horizonte. Dejó de ir a la oficina; la marijuana se hizo una necesidad diaria; y el piso no lo limpiaba, pero se afanaba en cambiar los muebles de lugar, lo cual, de algún modo, le producía satisfacción. Toda su comida era de latas que arrojaba al suelo, por lo que la sala de estar se convirtió en un basurero. Cuando vivía con Claudia había dejado de fumar, para contentarla, pero ahora volvió a consumir cigarrillos y puros con la persistencia de los actores de las películas antiguas, haciendo del suelo un inmenso cenicero. Se obsesionó con "La barca", la vieja balada que tocaba el guitarrista agitanado la noche en que Claudia y él se conocieron, y que después llegaría a ser “nuestra canción”. “¿Quien hubiera podido predecir entonces que aquella pieza musical, en la que Claudia y yo vimos tantos significados románticos, sería después tan patética, tan tristemente pertinente?” La letra, pensaba él, describía, con una fidelidad pasmosa, la historia de sus amores con ella hasta llegar dolorosamente al presente. En el cassette entonaba la canción un melódico cantante sudamericano de otros tiempos, a quien Harriman acompañaba repitiendo silenciosamente sus palabras. Imaginándose que era él el protagonista, Harriman empezaba la canción con un pensamiento que iba en contra de sus sentimientos: Dicen que la distancia es el olvido. Pero él desmentía en seguida tal idea con un pero yo no concibo esa razón, y explicaba el motivo, porque yo seguiré siendo el cautivo de los caprichos de tu corazón. Luego se dirigía a Claudia, rememorando lo que ocurrió cuando se conocieron: Supiste esclarecer mis pensamientos, me diste la verdad que yo soñé, ahuyentaste de mi los sufrimientos, en la primera noche que te amé. A continuación, Harriman veía claramente su situación actual y la causa de todo: Hoy mi playa se viste de amargura, una playa triste, sórdida, estragada por basura, como su propio apartamento, porque tu barca tiene que partir, a cruzar otros mares de locura. La barca, o sea, el destino, llevó a Claudia a Los Ángeles, que era, pensaba él, un mar de locura, un naufragio, una ciudad de incendios, saqueos, asesinatos, de bandas tiroteándose en las calles. La separación le destrozaba, pero, aun así, tenía para ella un consejo: cuida que no naufrague tu vivir. La canción llegaba ya a su conclusión y él mostraba su amor: Cuando la luz del sol se esté apagando y te sientas cansada de vagar, piensa que yo por ti estaré esperando hasta que tú decidas regresar. Quizá estuviera deambulando, en aquel mismo momento, por Los Ángeles, una ciudad arropada en una neblina tóxica que no deja ver la luz del sol. La pobre Claudia, siempre temiendo la violación, la puñalada inesperada, sola, a la deriva, como una persona sin hogar. A la postre, sin embargo, él lo perdonaría todo; su amor por ella así lo demandaba. La esperaría siempre.
Pero en lo íntimo de su ser sabía que ya nunca volvería a tener con ella momentos dulces. Ni fervientes reciprocidades sexuales. Ni un hijo. Arrastrado por el vértigo de la desesperación, y recordando a Kirk Douglas, que se tajaba parte de la oreja cuando hizo de Van Gogh, se arrancó el arete, y, queriendo proclamar la desigualdad de los sexos, se cortó la melena, dejó de teñirse el pelo, que tomó un color barroso, y se dejó crecer la barba. El teléfono no lo contestaba.
Cuando a veces contemplaba la desolación del apartamento, los montones de basura que se iban apilando, pretendía hacerse justicia con un pesimismo maníaco, diciéndose: “Vives como te corresponde, en un monte de agonías acumuladas”.
Benny llamó a Harriman varias veces por teléfono, pues no había sabido de él en varios días, y al no tener respuesta fue al apartamento. Cuando Harriman abrió la puerta, Benny no pudo evitar un estremecimiento. Su aspecto era deplorable. Sus ojeras proclamaban las noches de insomnio, y sobre la oreja izquierda llevaba una venda ensangrentada apenas sujeta con esparadrapo. Una vez dentro, vio la desolación del apartamento, el mobiliario cambiado de lugar. Conocía las reacciones neurasténicas de su amigo cuando las cosas le iban mal, pero nunca había visto nada semejante; algo muy grave debía haber ocurrido. Se dijo que sería mejor no mostrarse demasiado alarmado.
—¿Qué te ha pasado en la oreja? —preguntó, afectando indiferencia.
—Nada, el pendiente— respondió Harriman, evasivo.
—Ya.
—Claudia me ha dejado. Permanentemente —dijo Harriman con voz temblorosa, y le contó a Benny lo que había ocurrido. “Está en Los Ángeles, fíjate”.
Después le habló sobre la canción, dándole toda clase de detalles. Benny pensó que lo de la canción era una solemne estupidez, de un sentimentalismo barato, pero no era el momento de meterse en controversias. Fue al cuarto de baño, volvió con un frasco de yodo y un paquete de gasas y se puso a lavar y vendar la herida. Harriman le dejó hacer, sin decir nada.
Benny sopesó la situación: Harriman parecía haber renunciado a la realidad para sumirse en una pesadilla destructiva, como si persiguiera un suicidio lento. Se imponían medidas inusitadas para devolver la normalidad a aquel ser tan atormentado. Pero no sabía qué hacer.
—Vente a mi casa. Allí no tendrás que preocuparte de nada —propuso suavemente.
—No. Tengo que quedarme aquí —respondió Harriman, tajante.
Benny cambió de táctica, y, pretendiendo que Harriman tomara la ofensiva, predicó enfáticamente,
—Hay días que, en efecto, atraen el desastre, pero si consideramos la adversidad con la perspectiva debida, vemos que pasan rápidos como un eclipse. La inercia conduce a la desesperación, convéncete. Haz la guerra al rechazo. Al enemigo hay que combatirlo con armas eficaces. Siempre hay esperanza.
—Desastre, eclipse, inercia, desesperación, rechazo —repitió Harriman, como en un trance.
Benny tenía que regresar a la oficina a efectuar una serie de entrevistas, y se sintió pesaroso de tener que dejar solo a Harriman. Prometió volver al día siguiente. Se marchó con la desconcertante sensación de haber asistido a la degradación de un ser humano que se hallaba en un teatro de marionetas.
Cuando regresó al día siguiente le pareció encontrar a Harriman algo más tranquilo, lo cual le alegró, pues tal estado de ánimo favorecería el plan terapeútico que había concebido la noche anterior en los momentos de desvelo.
Rogelio Prado, antiguo “paciente” cubano a quien las cosas parecían irle ahora muy bien, recomendó a Minerva Flores, mulata de Camagüey, hermosa, excitante, dulce como el azúcar de su tierra, que prestaba servicios imaginativos a domicilio.
—Mini y yo somos uña y carne. Yo le llevo las cuentas —explicó Rogelio. Y agregó—: Tiene mucha clase, todos sus clientes son gente de arriba. Le garantizo, doctor, que quedará muy satisfecho.
Sugirió que se viera con ella en algún local elegante, pues no era una cualquiera.
Benny concertó una cita con Minerva en el bar del Grand Hyatt, en la 42. Él llegó primero y ocupó una mesa arrinconada, rumiando todavía los detalles de su plan. El local, amplio y elegante, rebosaba de gente y murmullos, pero cuando Minerva Flores hizo su aparición, las conversaciones parecieron languidecer y todas las miradas convergieron en aquella mulata espléndida y llamativa que se movía con la sinuosidad de una palmera en la noche tropical. Benny no se esperaba tanta exuberancia. Se puso en pie, haciendo con la mano un saludo modoso, y según avanzaba la mujer hacia él tuvo la sensación de hallarse rodeado por una espesa muralla de envidia masculina. La ayudó con la silla. Una vez sentados, se puso a hablar tontamente del tiempo sin concentrarse en las palabras. Ella dijo algo sobre Rogelio, pero Benny no puso atención. sólo sentía los impulsos de su propio deseo; los pechos de la mulata, más que adivinados por el escote generoso, le trastornaban. Todo el tiempo que había dedicado a madurar su plan, ahora, en unos segundos, se le perdía entre las piernas, interesado solamente en usar los invaluables servicios de aquella diosa morena en beneficio propio; mas, pensando en el amor que le tenía a Harriman, hizo un esfuerzo enorme para contener sus emociones, y ya más dueño de sí mismo expuso la razón de su encuentro.
—Tengo un amigo que es, bueno, como un hijo para mí. Sus padres eran también cubanos. Se llama Manuel Jarrero pero todos le decimos Harriman. El pobre muchacho ha roto con su novia y ahora se halla completamente desquiciado, sumido en un terrible estado de desesperación; su situación es realmente inquietante. Y mucho me temo que no va a solucionarse, pues Claudia —la ex-novia— no parece dispuesta a continuar las relaciones. Ahora bien, la larga experiencia que tengo en materias psicológicas y biológicas, a la que se subscriben mis innumerables lecturas de la obras de Jung y Freud, me ha enseñado que la libido rige los designios de todos los seres. Ecce el quid de la cuestión. Como me consta que Harriman no ha tenido relaciones sexuales con ninguna mujer durante algún tiempo, estimo que tal carencia exige una solución inmediata, precisa e imaginativa.
—Corriente— comentó ella.
Benny dijo que su propósito era llevar a cabo una suplantación integral.
—¿Y eso con qué se come? —quiso saber Minerva.
Benny determinó que la mulata era, sin duda, una hembra físicamente excepcional, pero de pocos alcances.
—Me explico. Mañana por la noche tú harás el papel de la ex-novia, quien, por las noticias que tengo, es —o era, en lo que a él respecta— un portento en la cama.
De la cartera sacó una foto de Claudia y Harriman y se la mostró.
—Aquí tienes a los dos. Quédate con la foto.
Minerva la examinó por unos momentos.
—Pero yo no me parezco en nada a esta mujer —dijo.
—Eso no import a—repuso Benny—. Usa una peluca del color de su pelo y péinala como en la foto; ponte lentillas de color; aplícate polvos de harina de arroz; maquíllate; en fin, haz lo que sea necesario para parecerte a ella. Además, en el apartamento de Harriman no hay mucha luz; estos días casi vive en la penumbra. Lo importante es crear una primera impresión y después, que se acueste con su ex, por así decirlo. Él se dará cuenta de que no eres Claudia, por supuesto, pero yo no creo que vaya a poner el grito en el cielo, pues, al fin y al cabo, el sexo es lo que cuenta. Y tú, hija mía, tienes mucho que ofrecer. Confía en mí, conozco bien la psique humana.
Minerva lo miró con extrañeza, pero no dijo nada.
—Estoy seguro de que cuando el sexo se le ponga a Harriman otra vez en marcha —con ardor imaginativo por tu parte, naturalmente, sobre todo cuando os despertéis por la mañana, no olvides eso—, saldrá de su postración mental. Es más, quién sabe, quizá llegue a olvidar a Claudia. Esfuérzate al máximo para excitar al muchacho.
Minerva seguía sin decir palabra. Algo amoscado, Benny prosiguió:
—Harriman tiene sus preferencias sexuales como cada quisqui. La suya, me lo ha dicho, es que su pareja hable —estuvo a punto de decir a lo puta, pero se contuvo a tiempo— con mucha franqueza sexual en la cama. Así que si no te importa... Si te parece, puedes exagerar las cosas.
Minerva se encogió de hombros. Benny le previno que encontraría el apartamento de Harriman algo desarreglado.
—Debes comprender que es el de un soltero que, en su estado actual, se siente totalmente ajeno a cuanto le rodea.
—Bueno— dijo Minerva.
—¿Preguntas? ¿Comentarios? —inquirió Benny ya falto de fuelle.
No, ella no tenía preguntas; la cosa se le presentaba muy clara. Sólo quería saber dónde vivía el tipo.
—Una vez que pase por mis manos será otro hombre, te lo garantizo. Tengo mucha experiencia —dijo. Después, con dulce acento caribeño, puntualizó que el importe de la sesión sería de quinientos dólares: cuatrocientos por los servicios y cien por el disfraz. La mitad en el acto y el resto después de prestar el servicio; Rogelio era su aval. Y agregó—: Créeme, es un precio de amigo.
Benny se quedó de piedra. No se esperaba pagar tanto dinero; a fin de cuentas, él no era más que un simple burócrata. No obstante, cuando logró reunir sus pensamientos, se convenció de que todo sacrificio sería poco para liberar a Harriman de su infierno mental. El precio de la terapia era, desde luego, muy elevado, pero realizada por aquella mujer irresistible sería sumamente beneficiosa. Aceptó, pues, las condiciones de Minerva, extendiéndole un cheque por los doscientos cincuenta dólares que le pedía de antemano. Quedaron en verse en casa de él dos días más tarde. Cuando dejaron el bar del Hyatt, Minerva se despidió rápidamente; dijo que tenía una cita con un ejecutivo, en el Hilton. Benny se dirigió a los lavabos, aún tentado por sus demonios interiores.
Eran las diez de la noche. Tumbado en el suelo de lo que, en otros tiempos, fue una sala de estar medianamente confortable, Harriman escuchaba el cassette de "La barca," cuando el zumbido del portero autómatico lo sacó de sus imaginaciones. Debía de ser Benny. Se levantó y, sorteando basura, oprimió, en el recibidor, el botón que franqueaba la entrada al edificio.
Fuera del portal, Minerva recibió el zumbido del portero autómatico, pero nadie le habló por el interfono, como si estuvieran esperándola. Algo extrañada, se metió en el edificio y tomó el ascensor hasta el tercer piso. La cita no era de su agrado. Los accesorios de costumbre —látigos, ligueros, botas altas, etc.— le eran familiares, incluso a veces la excitaban, pero los que le había impuesto el desgraciado ése de Benny, que hablaba tan raro y no dejaba de mirarle las tetas, eran realmente de carnaval; la peluca y el excesivo maquillaje le resultaban ridículos. “Yo estoy muy por encima de todo esto. ¡Anda! ¡que si no fuera por Rogelio!”, rezongó. Salió del ascensor. Ya ante la puerta del apartamento de Harriman, llamó discretamente con los nudillos.
Al abrir LA puerta para recibir a su amigo, Harriman se quedó estupefacto, porque ante él, sonriendo, como si nada hubiera ocurrido, estaba Claudia, luciendo un vestido muy ceñido y escotado que revelaba generosamente sus formas. Tal ilusión, sin embargo, sólo duró unos segundos, pues enseguida se dio cuenta de que aquello era una mascarada: la mujer que le sonreía se esforzaba por remedar a Claudia, y bajo la peluca y el maquillaje que se había puesto para realizar sus propósitos adivinó los rasgos de una mulata. La impostora preguntó si podía pasar, y él hizo un gesto indefinible. La mujer se metió en la sala y permaneció de pie, silenciosa. Del asombro, del desencanto, del enfado, Harriman humillado, desquiciado, pasó a una ira concentrada. Pensó: “Esta pendona indecente, con un disfraz grotesco, se ríe de mí y de Claudia”.
De súbito, se le apareció en la mente un punto en la lejanía que según se le iba aproximando aumentaba de tamaño hasta convertirse en una cascada que caía desde muy alto sobre las losas de un patio, haciendo un ruido atroz que no le dejaba pensar. Tuvo entonces la sensación de que le observaban una infinidad de pares de ojos a los que no debía defraudar, y, en medio del ruido, oyó una voz imperiosa que le dijo: “Si te aprendes bien el papel y lo desempeñas a gusto de todos, este ruido que tanto te mortifica, desaparecerá", ordenando luego con firmeza: “¡Acción!”.
Cuando la puerta se abrió Minerva se halló frente a un hombre de aspecto lastimoso —desgreñado, sucio, maloliente, los ojos vidriosos, sin afeitar, la oreja izquierda vendada, con puntitos de sangre—, y del interior del apartamento le llegó un tufo como a huevos podridos. Aquel individuo no parecía ser el mismo que el de la foto. Nada más verla, los ojos de él parecieron cobrar vida, mas poco después el rostro se quedó sin expresión y los ojos volvieron a apagarse. “Se ha dado cuenta, naturalmente, de que no soy ella. El plan de ese idiota es una perfecta majadería”, pensó.
—Eres Harriman, ¿no?
El otro asintió con la cabeza.
—¿Puedo pasar?
Harriman hizo un gesto que a ella le pareció afirmativo.
Cuando Minerva pudo distinguir la condición del cuarto en la semioscuridad, casi le dieron ganas de vomitar; el suelo era un auténtico estercolero: latas y botellas vacías, rebujos de paquetes de cigarrillos, vasos de plástico, servilletas usadas, kleenex, colillas, cajas de cerillas, restos de comida... Tratando de dorarle la píldora, Benny había mencionado el “desarreglo” en el apartamento de su amigo, pero lo que tenía ante sus ojos era un cementerio de basura. No había visto tanta porquería desde los primeros tiempos de su llegada a Nueva York, cuando vivía en un apartamento que se caía a pedazos y que nadie limpiaba, compartido con catorce cubanos más —hombres, mujeres, niños—, que sólo pensaban en sobrevivir lo mejor que podían en una ciudad que les era hostil. “Pobre hombre”, se compadeció, “el desengaño amoroso le ha pegado fuerte, pero ni por todo el oro del mundo voy yo a pasar la noche en esta pocilga, ni acostarme con este tipo que huele a muerto”.
Permanecieron los dos de pie, silenciosos, rodeados de inmundicia. La escasa luz de las lámparas se proyectaba, aquí y allá, sobre las latas y las botellas en el suelo, produciendo reflejos metálicos y verdosos que parecían velar burlonamente el cadáver de la escoria.
Aunque él seguía inexpresivo, mudo, ella adivinó su cólera interior por el crispamiento de las manos. De súbito él se dio media vuelta y desapareció en el dormitorio. Minerva se sintió aliviada; el hombre querría dar por terminado el asunto sin cruzar palabras. “Gracias a Dios que esta mierda de cita concluye aquí. Ese imbécil de Benny y su idea de la sustitución, o como quiera que lo llamara, un curalotodo que no cura nada”. Estaba ya a punto de marcharse, cuando Harriman surgió del dormitorio, yendo hacia ella a paso lento, con las manos tras la espalda, en una actitud que le pareció conciliatoria. Él querría disculparse y ella no iba a quedar mal; con una sonrisa algo forzada, dijo:
—Soy Minerva, una amiga de Benny Padilla. Perdona, hombre, todo fue una broma que se inventó él. Pero no te molesto más, ya me voy. Buenas noches ¡Y cuídate, de veras, chico, cuídate!
Harriman le habló entonces por primera vez, en inglés.
—Are you talking to me? You talking to me?—inquirió, desafiante, casi a gritos, como si ella fuera sorda, al tiempo que la señalaba y se señalaba a sí mismo con el dedo de la mano derecha.
El tono de su voz y la pregunta la desconcertaron. ¿Querría aquel tipo meterse ahora en una bronca? “Yo he oído algo así en una película”, se dijo. Pero no podía decir en cuál. Era antigua, de eso estaba segura. La habría visto en video con Rogelio. ¿No era sobre un taxista, en Nueva York, que se volvía loco? ¿Y quién demonio era el actor, Robert de Niro o Al Pacino?
Pero se quedó sin tiempo para restablecer la memoria, pues la bala que le entró por entre los ojos la dejó sin pensamientos.
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© Fernando Arrojo Ramos
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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