El elegido
Ricardo Alfonso Pacheco
Del grupo taller de creación literaria MASKELETRAS
Universidad del Atlántico
Cuando montó al bus jamás imaginó conocer a quien seguiría su tarea. Un papel en la vida, sin adornos y además cosido a un collage de papeles garabateados.
Para quienes lo vieron entonces desde el principio —por ejemplo, el chofer—, agitando su brazo como una rama, nada predecible iluminaba sus desdichas. Y la cerda sudada del primer asiento tan sólo vio los tiernecitos guiños de su reloj en la mano izquierda.
Se enfrentó con el escándalo del torniquete rehusado, y encaró un deshabitado pasillo; entonces pocos miraron (sin saberlo, seguro), pero se sobrepuso a la seudoinquisición y procedió a hacerle el mapa general a su decisión de sentarse. Avanzó, nada se le opuso, siguió avanzando un paso más.
Negaba y renegaba de su buena suerte, de su inteligencia —casi compasivamente— porque no fue inteligente elegir a esas personas para hablarles de una situación en cierto grado desgarradora, hecho que lo hizo sentir miserable por primera vez en la vida. Era cruel no poder determinar quienes, en la posibilidad de hacerte un favor, no le agregarían a su expresión gotas turbias de indiferencia que impedirían conocer su más inmediato juicio, y terminarían diciendo no, a secas.
Sin embargo, había algo sospechoso, era viernes: viernes y el bus de siempre con tantos asientos vacíos justo a las seis y quince de la tarde; en el inevitable tercer paso, cuando cantó con un ronquido el tapiz, se afirmó en la entera cuenta del hormigueo bullicioso que se veía a través de las ventanillas, lo que le hacía entregarse al placer de una fuga que se suponía concluida.
Media hora antes, cuando iba a tomar el bus, decidido a tragarse el grito de la jornada, quiso caminar más de la cuenta, llorando perezosamente por detrás de los ojos y arrebatándole un aliciente embustero al paso de los minutos, pero de un momento a otro aceptó su incompetencia y sacudió la rama derecha. Venía enmudecido, haciéndole una fuerte presión a las palabras para evitarles salir, ni siquiera en una melodía, incompatible entonces con el carbón de la esperanza que lo percudía.
Al cuarto paso pudo haber caído sobre el escudo, del brazo al espaldar de un asiento de la derecha porque el chofer se cansó de ser piadoso y comenzó a violentar la carretera con un drástico estornudo de la caja de cambios. De esta forma, hubiera resuelto el problema sentándose inmediatamente, pero fue más rápida la reacción al peligro que le enganchó a la baranda del techo y al mismo tiempo llenaba con puntitos alguna curva ingrata que el destino ofertaba.
Se creyó ahora enredado y arrojado en ese ovillo hacia un muro vulgar que lo chocaba despidiéndolo sin control, sin algo manipulable. Las prisas de la personas, lo rotundo de sus individualidades eran grandes ladrillos que encajaban perfectamente, sin dejar rendijas ni salientes para escalar.
Al quinto paso casi golpea con su cadera derecha a un anciano aguado que bailaba al compás de las borlas del autobús, que secreteaban todo como en el juego del teléfono roto. Finalmente se sentó, nada era raro ya, a veces la vida simplemente es especial.
Se quedó en su puesto conquistado, observando, como podía, al anciano, admirando la belleza de esas edades podridas que viven amedrentadas por un ritmo de pistones incesantes. Durante unos segundos todo estaba bien, completamente. Siempre la fugacidad chistosa de la alegría. Sintió olvidar una pena sin saber cuál de tantas, pero lo sobresaltó en una caricia la nobleza de una amargura, que describía menudencias de tiempo llenando el corazón y propinando cachetadas asiduamente. Como un buche de lazos vomitado sobre el tráfico, esa mecánica diaria rebuscaba entre calles y callejones detonadores, y tantas veces resultaban ser no más que chispas insulsas e insignificantes.
Con sorpresa, cada esquina próxima embutía grupos, maestros, pobres oficinistas, promotores, papás diligencieros, otros con cara de nada y señoras con pequeñas compras de mercado; algún héroe anónimo tal vez, alguna ninfómana destrozada o algún niño en un robusto traje de piel y huesos. Pero él no todavía. Cualquiera podía ser, sin embargo desde un puesto que había perdido entonces el confort del principio, eso no tenía la menor importancia.
Se llenaron los asientos y los pasillos, ocuparon el otro puesto de su banca, del lado de la ventanilla, hasta que lo vio aparecerse por entre las columnas despiertas, que aferradas a la baranda del techo cerraban sus ojos de vez en cuando para ver si así acortaban el viaje. Venía casi tropezando en un zigzag trabajoso, dificultado más aún, por la cumbia frenética de las destrezas de un chofer aventurero en su hora feliz. Era pequeño, cómo no lo iba a imaginar, su cara de miquillo impasible le daba un cierto aire ridículo de soberbia que nadie podría temer. Salido de quien sabe dónde, pareció preferir o verse obligado —por la vehemencia del ritmo— a tomar el puesto de pie justo delante de él. Venía vestido con un enorme suéter rojo que desplegaba como una bandera al agarrar las barandas de los dos asientos. A bordo de ese animal, las fórmulas, que son grotescos detalles del collage, rezan la paciencia y un poco de habilidad para no cometer alguna torpeza, cosas que se obtienen, como es de esperarse, con la práctica; delante de tantos desconocidos, la vergüenza es un bochorno diabólico.
Comprendía ahora en el fogonazo de una clara e inopinada idea cómo la rutina dicta oraciones subliminales de satisfacción, cómo condecora con la infelicidad a quienes tratan de rebasar una línea, cualquiera que sea. Casi seguro de que ser pobre era una maldición, pensaba con la bandera roja en la cara sobándole el sudor, de qué manera escaparía de ese algo desconocido, no de la rutina, no de la infelicidad, sino de ese fantasma doloso que algunas veces le sonreía y le hacía sonreír, llenándole de colores cósmicos el cielo mediocre para después perdérsele vistiéndose de aire.
El joven miquillo era una historia, de absurdas soberbias, pensaba. No me interesa, pensaba. Para él las cosas posiblemente tendrían otro tono si una mujer se hubiera parado allí, delante suyo, con algo que él pudiera cargarle en su asiento. Una mujer de escasa edad —mejor—, no muy delgada, igual a la de al lado.
Quizá por ocio se dedicó a odiar al joven antes de tener que bajarse, a inclinar hacia arriba un poco la cabeza para reiterarse, en la necesidad de sus prejuicios, que de verdad era ridículo y antipático. Nunca lo tocó, ni le dijo nada. Se levantó, con lo que el joven le abrió paso, acaso con temeridad y resolución, y lo dejó sentado ante una señora de pequeñas compras, a quien le goteaba un yogurt en una bolsa sin nudo. La mujer le bailaba desmañada en la plenitud del frenesí, con todo lo que tenía encima, y con una vergüenza inclemente sin remedio, programada para los últimos cinco minutos de la hora feliz.
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© Ricardo Alfonso Pacheco
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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