Del color de la errancia:
El laberinto en los poemas de Nora Carbonell

Lidia Salas
lidiaspo@cantv.net

















                                                         
                                                                                                                      Foto de Álvaro Suescún

Nora Carbonell,
poetisa de Barranquilla (Colombia),
autora del libro Del color de la errancia


Regreso a Caracas con la misma nostalgia de la primera vez. De Barranquilla, mi inolvidable ciudad natal, he tomado como siempre, un manojo de libros y de canciones, un racimo de momentos hermosos, en los cuales me refugio  para estar  en su indomable permanencia. En el poemario, Del color de la errancia (Ediciones Exilio y Editorial Lealon, Medellín, 2005) reencuentro la voz de Nora Carbonell,  con ese dejo de ternura y saudade  presente a través de toda su escritura; su mirada sosegada descubre el paisaje íntimo de la ciudad que nos ha  hermanado a pesar de la distancia;  las experiencias  vividas en  su errancia tiene el tono hermoso de los recuerdos;  el  lenguaje expresa  el ritmo que se obtiene a través de la perseverancia en el oficio;  el dolor de la soledad y del olvido,  con los cuales nos marca la vida, da a sus versos una atmósfera de entrañable emotividad.

Este libro, conformado por 34 poemas, algunos muy breves y otros de una cuartilla o algo más, está dividido en tres secciones:  "Revelaciones" con esclarecedor epígrafe de Adolfo Casais Monteros, "Puertos" con  hermoso  epígrafe de Hernán Vargascarreño y "Exilios" con epígrafes de Alejandra Pizarnick y Olga Orozco. La clave de su poética la descubro leyendo el último poema: “Porque no saben disparar los poetas / inventan estrategias para salir del laberinto […].”  (p. 85) y la confirma la nota final de la autora: “[...] como sucede en el laberinto de Borges, donde un poliedro de espejos nos devuelve nuestra imagen repetida mil veces hacia el infinito.” El espacio nacional  sitiado por una violencia interminable y simbolizado por el canto de la lechuza cuando anuncia la muerte, obliga a la sensibilidad del poeta a  fugarse a través de la escritura. El poemario se elabora entonces,  desde la arrancia  de un personaje poético, quien  en vano  pretende escapar de su dolor viajando  a lugares distantes, sin poder desprenderse, como en el poema de Cavafis,  de la calle de su barrio en donde todo lo ha perdido;  o también, regresando a  un ayer de seres amables,  quienes  forjaron  su imaginario exquisito.          

 
La condición de tal personaje se enuncia en el primer poema: “peregrina en la ciudad ”,  vale decir,  extranjera,  con la extrañeza  propia de esa “primordial soledad / que renace a un nuevo día.”  (p. 15)  Hay una metáfora que esclarece la idea de la errancia dentro de un laberinto:  “Somos la arena que cae / enexorable / y sutil.” (p. 17)  La arena tiene la condición de volátil e inestable pero encerrada en un reloj  se convierte  en prisionera de las horas. ¿Acaso por nuestro destino finito,   somos algo diferente a polvo en el cautiverio del tiempo?   

Pero ese polvo de los huesos posee una memoria atávica del espíritu libre que la habita, por eso tal vez la comparación: “Creo que antes de ser mujer / fui pájara / pájara de vuelo migratorio / que anduvo en libertad.” (p. 19)   Se establece así el conflicto entre la realidad y el sueño, entre la permanencia y el olvido con la consecuente herida de los adioses: “La brisa tiene olor a uva / y los caminantes beben / el agridulce vino  / de las despedidas.”  (p. 23)

El instrumento de la fuga se da esencialmente a través de la poesía, pero existen otros   medios   como el silencio,  la  contemplación   de   la  belleza del  paisaje, la música:  
“Del bandoneón fluían las quejas / de un tango malevo.” (p. 49) “Aquel desconocido […] nos lleva hasta el fado, señor musical  /  de la nostalgia.” ( p. 57)   El viaje  de quien escribe está signado por la vocación de la palabra:  En Argentina recordará a Cortazar, en Isla Negra  buscará la mirada de Pablo, en Granada  bajo los naranjales encendidos perseguirá la ruta de Federico, el mártir.

Sin embargo,  el dolor de ese vagar para descubrir la belleza y perderla en la partida no se compara  con el encuentro del amor o de la amistad en aquellos  seres que nos exilian con su olvido o con su muerte:   “Hablo del olvido, /  zona neutra  /  que  nos  separa de un vientre / y nos lanza al desarraigo.”  Tal rotura nos devuelve al temblor  del amor perdido o de la soledad.  Mención especial para las páginas que dedica a  Cristina: “mi madre y mi hija / la dolorosa de incertidumbres” (p. 75); a  Salvador,  el abuelo  “ lector de nubes”  (p. 77);  a Berta, la tía a quien invoca como: “Leyenda mía” (p. 82)

En este poemario los seres son puertos o refugios, por lo tanto, la pérdida de las  personas amadas  se convierte en el exilio verdadero,  en el espacio  doloroso donde se confronta la orfandad del ser.  Se pretende,  entonces, asir las ausencias  en el recuerdo de un atardecer, en el tono del oleaje en bajamar, en el aroma de las hojas o en el deslumbramiento del sol ya fenecido.  Es  en ese tono de ser incompleto en donde el lector, al compartir  el mensaje, convierte en universal lo que es individual e íntimo.      

La búsqueda  no sólo se da en las lejanías, se realiza en el paisaje nativo: “a veces recupero / lo perdido / en el olor salado  / de las tardes de Puerto Colombia” (p. 19) y se adentra en la ciudad tendida en el umbral de Colombia: “y una canción deambula lujuriosa  / por los bares de la treinta y siete”,   esa ciudad que ha vivido a espaldas del río: “hay otro río / que atraviesa la ciudad.” (p. 45)  Llega hasta el inicio: “música de pájaros / devuelve el mágico patio de la infancia.” (p. 36)

He descifrado cada verso, me ha tocado cada imagen y cada  metáfora, he comprendido esa flojera espiritual de escoger el camino fácil, de tener un corazón huidizo,  quizás porque yo escogí el camino de los enfrentamientos y del  exilio real.  Durante muchos años, Nora Carbonell fue el puente que cruzaba para saber de lo  que voluntariamente  había  abandonado. Por  eso,  he celebrado cada uno de sus triunfos,  por tal razón, he leído y releído cada uno de estos nuevos poemas y he andado de la mano de su acento por la geografía emocional  de su memoria.  Recomiendo a todos la lectura de estos versos sencillos en la forma pero profundos en su significado.  Celebro que sea la editorial Exilio, la que muestre a la audiencia el trabajo de esta poeta barranquillera, hermana mía por los afectos  y por las  desgarraduras  sufridas  en este laberinto que  es la vida misma.
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©   Lidia Salas

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN VII - NÚMERO 26