La filosofía
en época de revoluciones
Marcos Winocur
“El hombre que piensa no es feliz”. Lo dice un campesino ruso dirigiéndose a un intelectual, ambos personajes de “La guerra y la paz”, la novela de Tolstoi. El nombre de aquel mujik es... Platón. ¿Qué queda entonces para el filósofo, profesional del pensar? Lo de todos, ni más ni menos: perseguir los satisfactores derivados del reconocimiento, o incluso la admiración de sus contemporáneos. Si faltan, es doblemente infeliz: por pensar y por paria. Fue el caso de David Hume (1711/1776), una suerte de Vincent van Gogh de la Filosofía. Así, el pensador inglés escribe: “Estoy de malhumor conmigo mismo y sin duda dentro de poco estaré de malhumor con el mundo, como otros autores fracasados.”
De haber vivido unos años más, habría visto sus ideas dar blanco en el corazón del idealismo alemán, al punto que Immanuel Kant expresa en sus “Prolegómenos” de 1783: “Confieso con franqueza que la indicación de David Hume fue la que sencillamente interrumpió hace años mi adormecimiento dogmático, y dio a mis investigaciones en el campo de la filosofía especulativa un rumbo completamente distinto.” ¿Cuál fue esa indicación?
El original concepto sobre la causalidad, situándola al centro de las relaciones entre los objetos. Hume, atendiendo a su contenido, la llamó “conexión necesaria”. Pero no reside ahí, en esa expresión tautológica, el mérito del filósofo inglés, sino en otro aspecto: cuestionar que fuera posible predecir la causalidad. Una experiencia puede ser repetida el número de veces que se quiera, nada asegura que la próxima dé idénticos resultados, afirmaba Hume. No se ha creado razón alguna que determine de modo absoluto: a tal causa, tal efecto. Kant lo dice con toda claridad en los “Prolegómenos”: no se trata de negar que “la noción de causa sea justa, útil e indispensable a todo el conocimiento natural, lo que jamás puso en duda Hume, sino plantearse si ha sido concebida por la razón a priori […]”. Y naturalmente, éste será el terreno del filósofo alemán y su apriorismo.
Hume y Kant, filósofos del siglo XVIII, tienen cita en el siglo XX. Los espera Albert Einstein. Ha formulado la teoría de la relatividad en Física, y va al encuentro de una lectura filosófica. Y escribe a su colega Max Born: “Estoy leyendo los ‘Prolegómenos’ y empiezo a comprender la enorme fuerza de sugestión que tenía el amigo Kant, y que todavía tiene […] aunque no sea tan bueno como su antecesor Hume, quien poseía un instinto mucho más seguro.” Así, los dos son revalorizados por Einstein. Y en tren de elegir, Hume.
Pensar que a su hora nadie le prestó atención. Había publicado la obra fundamental, el “Tratado de la naturaleza humana” y amargamente constataba: “pensé que iba a contribuir mucho a mi tranquilidad y a ahorrarme mortificaciones, el que me retirara al campo mientras el éxito de la obra permaneciera indeciso. Siento decir que así continuará por mucho tiempo.” Tenía Hume veintisiete años cuando escribía estas palabras y ese “mucho tiempo” fue de por vida y hasta su descubrimiento por Kant.
Estaba en juego el criterio de verdad. No lo da el acto repetitivo, éste sólo crea el hábito de pensar en cierta dirección. Que algo sea causa se sabe a posteriori cuando el efecto así lo verifica. Pero no antes. “Mañana será otro día”, reza un dicho popular. Sin embargo, no está excluido que de pronto no haya mañana, un accidente en la ruta del planeta, lo enseña la Astrofísica. Así, Leibniz pudo escribir ya en 1714: “cuando aguardamos la llegada del nuevo día lo hacemos por empiria, porque siempre ha ocurrido así.” Y al siglo siguiente, en 1875, Federico Engels, enemigo acérrimo de la concepción de David Hume, reconocía: “del constante espectáculo de la salida del sol en la aurora, no se deriva el que necesariamente vuelva a alumbrar al día siguiente […]”. Hume fue pionero en contradecir las ideas que llevan “a hacer del pasado un criterio para el futuro”, según sus palabras.
Es curioso que esa actitud filosófica pudiera encarnarse en el plano social y político. El siglo XVIII de Hume es también el de las revoluciones burguesas, el contradecir al ancien régime a ambos lados del Atlántico. En 1776, año de la muerte del filósofo, la Revolución independentista norteamericana, en 1789, la Revolución francesa que va a “contaminar” al Occidente europeo, sin contar en ese mismo siglo la Revolución industrial en su propia casa, en Inglaterra. Y la referencia viene a colación. Con una convicción tan fuerte como la de esperar el día de mañana, muchos confiaban en la eternidad del ancien régime. Y resultó que de pronto se lo tragó el pasado, el noble ha quedado sin título y sin tierras, el rey sin cabeza. En ese sentido, bajo tal contextualización histórica, la lectura de Hume arroja otras luces. ¿Cuál es el criterio de verdad? La ruptura más que la permanencia, dice el siglo; y el filósofo, sin proponérselo, aporta la materia prima desde la subjetividad.
Si el lector me permite dejar por un instante el siglo XVIII de las luces y recordar que vivimos en una era de boom tecnológico revuelto con la fe, al punto que una personalidad política de primer orden y, para más, atea, declara: “Parecía imposible ¡pero sucedió! De repente, el sol dejó de salir sobre el horizonte”. Es Fidel Castro refiriéndose a la caída de la URSS. El hecho político, de factura humana, puesto a nivel de fe: tiene tanta fuerza como la rotación terrestre de cara al sol. Y resulta que ambos, la creencia absoluta y la carrera del planeta, son hechos perimibles a pesar de haber generado en nuestras conciencias un halo de eternidad.
Parece mentira, más de dos siglos atrás, el Kant que supo hacer una lectura creativa de su antecesor Hume, pierde el paso, sea literalmente dicho, cuando un sol inesperado aparece en el horizonte. Cuéntase que el filósofo alemán era conocido en su ciudad, de la cual nunca salió, por su apego al orden. Las comadres sabían la hora al verlo pasar bajo las ventanas. Ahí va el señor profesor Kant, anunciaban, son las ocho y cuarto. Un solo día perdió su puntualidad y sembró el caos entre las comadres: el día que llegó la noticia de la revolución en Francia.
El señor profesor, construyendo su sistema bajo el signo del innatismo, lo cual implica que el hombre lleva puestas sus ideas centrales desde siempre, no concebía la posibilidad de revoluciones. Sí, en cambio, Hegel, crítico de Kant y quien saludó la gesta francesa como nueva aurora de la humanidad. Sin abandonar el escenario de la subjetividad, Hegel, al igual que Hume, aporta la materia prima que se presta a una segunda lectura en cuanto sea contextualizada históricamente: la dialéctica donde la continuidad cede paso a la ruptura. Karl Marx, en la segunda mitad del siglo XIX, se ocupará de la dialéctica que, estando de cabeza, pondrá sobre sus pies, según se dijera entonces.
Es la astucia de la Historia, diría Hegel. El filósofo piensa, es su oficio. Cree tener derecho a una torre de marfil, es la subjetividad. Pero lo cerca un mundo donde la caldera a vapor pone en marcha las máquinas, la independencia es la voz de las colonias, se marcha a la toma de La Bastilla. Es el siglo XVIII, antecesor de los tiempos actuales. Y el filósofo da la espalda a ese mundo ruidoso sin sospechar que, a su manera, también él le rinde tributo desde la agrietada torre de marfil.
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© Marcos Winocur
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VII – Número 26
Julio-Agosto-Septiembre de 2006
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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